jueves, 18 de mayo de 2017

El 19 de mayo de 1895 murió José Martí

El padre Patrocinio me tenía al corriente de los acontecimientos, iba todos los días a la Comandancia y siempre traía a las reuniones noticias de última hora.   
Una tarde de finales de mayo nos dio una de la mayor trascendencia:
-Ayer cayó Martí -dijo según entraba por la puerta con el ímpetu acostumbrado.
El doctor y su ayudante, que acababan de sentarse, dieron un respingo.
-¿Cómo es eso? -preguntó Anselmo, visiblemente nervioso- ¿Qué quiere decir cayó?
-Que está muerto, difunto, cadáver. Cayó en Dos Ríos, en el transcurso de una dura batalla entre los mambises y las fuerzas del coronel Ximénez de Sandoval.
-¿Está seguro de la noticia? ¿No podría tratarse de un bulo?
-No hay ninguna duda. El cadáver fue recuperado por los soldados y lo llevaron a Santiago para darle respetuosa sepultura.
-¡Cuánto lo siento! ¡Qué desgracia! Era un gran hombre, un hombre extraordinario, irrepetible.
-Un hombre responsable de esta cruenta guerra que sufrimos. Él es el máximo culpable de la sublevación, él fundó el Partido Revolucionario Cubano, él encrespó a las masas contra los españoles, él soliviantó los ánimos de gente sencilla que no pensaba rebelarse.
-Padre, eso es pensar que un solo hombre puede transformar el pensamiento de todo un pueblo. ¿No le parece más razonable creer que lo que hacen estos grandes hombres es encauzar un sentimiento que está latente en ese pueblo, solo esperando que alguien lo desvele y lo dirija?    
-Los pueblos piensan poco, amigo Anselmo, están a lo que caiga. Lo mismo les da una cosa que la contraria. Se limitan a seguir a quien les prometa una vida mejor.
-Padre, no siga por ahí.
-No me vuelva a mezclar las churras con las merinas. Estoy hablando de la vida terrenal, de este valle de lágrimas por el que transcurre nuestra existencia, de este huerto feraz para los demagogos.
-Martí no es…, no era, un demagogo. Era un patriota…
-Un traidor.
-Un amante de su pueblo. Y por encima de todo un poeta. Llevo aquí unos versos suyos que me llegaron hace bien pocos días. Ahora, conociendo la triste noticia, parecen premonitorios. Con su permiso se los voy a leer:
Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural,
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar.
No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor,
yo soy bueno y como bueno
moriré de cara al sol.

¿No le parece extraordinario que compusiera estas rimas hace pocas fechas? Es como si presintiera su destino.

Fragmento de "La indiana Manuela", novela histórica que se desarrolla en Cuba a finales del siglo XIX.
Disponible en Amazon.


La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

martes, 18 de abril de 2017

Los bereberes arrasan Córdoba.

A la carrera llegó al palacio y a la carrera subió la majestuosa escalinata de mármol. Entró como un ciclón en la alcoba donde Maryam empezaba a desperezarse.
-¡Despierta! -casi gritó-, tenemos que irnos. No hay mucho tiempo, han asesinado a Wadih y estamos en peligro. No tardarán en venir a por nosotros. Ahora ese miserable de Ben Ahraf es de los que tienen el poder y se querrá vengar, no podemos perder ni un momento. Tenemos que salir enseguida.
La princesa se levantó de un salto, intentando asimilar lo que estaba escuchando.
-No puede ser, no puede ser -repetía apesadumbrada-, ha sucedido, al final ha sucedido lo que temíamos.
Vio al eunuco que se asomaba a la puerta para saber qué estaba pasando y le gritó,
-Alí, rápido, tenemos que irnos. Recoge las cosas, lo imprescindible, no podemos perder ni un momento. No van a tardar en venir a por nosotros. Si nos quedamos aquí estamos muertos. ¡Rápido!

El sirviente no necesitó que le repitieran la orden. Hacía ya muchas jornadas que la princesa le había hablado de la posibilidad de que tuvieran que abandonar el palacio y sabía lo que tenía que hacer. Recogió el dinero que tenían preparado y bajó a repartir una parte entre la servidumbre. Mientras, la princesa guardó las joyas más valiosas en una bolsa y después se recogió la larga cabellera ocultándola completamente con un gorro de lana y se colocó unas ropas de Tomás para intentar tener apariencia de hombre.

Fragmento de "La perla de al Ándalus", novela histórica que se desarrolla en la Córdoba andalusí. Disponible en Amazon, en papel y en digital.


5 stars


Opinión de lectores.
on January 2, 2015
Format: Kindle Edition|Verified Purchase

LA PERLA DE AL ÁNDALUS (Spanish Edition) by [Molinos, Luis] 

viernes, 14 de abril de 2017

¿Cuándo empezó la decadencia?

Parece que los chinos ya lo sabían, un antiguo proverbio dice que el leve aleteo de una mariposa se puede sentir en otro punto del mundo. Lorenz eleva un poco el efecto y dice que ese sutil aleteo podría provocar un huracán al otro lado del planeta. En muchas ocasiones es difícil determinar el origen de las cosas, pero todos los acontecimientos tienen una causa primigenia que los motiva. Nada nace porque sí, siempre hay una mariposa que bate las alas.
Europa está en crisis. Es posible que esté en una crisis terminal. Me refiero a la Europa que durante siglos ha liderado lo que llamamos la civilización occidental. La Europa que se ha sustentado en la filosofía griega, el derecho romano, y la moral católica. Los tres pilares básicos sobre los que se construyó la sociedad que ha liderado el progreso del ser humano en el mundo y que ha hecho posible que un número muy importante de hombres y mujeres haya podido beneficiarse de las más altas cotas de bienestar conocidas en la historia de la humanidad.
No fue fácil. Han hecho falta muchos siglos de lucha, grandes y terribles guerras, y enorme sufrimiento, para que nuestros antepasados nos legasen un mundo más justo, más igualitario, más abierto, más cómodo, más solidario, y más habitable que el que ellos vivieron.
Todo el inmenso acervo que nos traspasaron lo estamos dilapidando a marchas forzadas. Puede que en tres o cuatro generaciones no quede nada de él. El gigantesco esfuerzo de nuestros ancestros solo habrá servido para que unas pocas generaciones de egoístas y desagradecidos descendientes se beneficiaran de su extraordinaria determinación. Dicen que las empresas familiares las inicia el abuelo, las engrandece el hijo, y las liquida el nieto vividor y descerebrado. Eso tampoco es nuevo, un antiguo refrán popular advierte que, “de abuelos ricos, hijos pobres y nietos miserables”. Nosotros somos ese nieto ingrato que en pocas décadas se ha fundido el legado de sus progenitores con la ridícula idea de que las cosas son para siempre y no es necesario luchar para conservarlas. Y hasta se permite afirmar con suficiencia que su abuelo era un pobre zafio e ignorante. Hemos perdido el coraje, el tesón, la determinación y, sobre todo, los valores que impulsaron a nuestros abuelos. Acostumbrados desde niños a recibir cualquier capricho, por absurdo que fuese, los nietos han perdido la agresividad necesaria para desenvolverse en un entorno medianamente problemático. No necesitaban luchar, bastaba con pedir. O mejor todavía, con exigir. En su entorno no existían los problemas, todo el mundo era bueno, seráfico. Viva la madre superiora, a vivir que son dos días y el que venga detrás que arree.
El cuerpo humano se sostiene gracias al esqueleto, cuanto más sólidos los huesos, más robusto el cuerpo. El espíritu se sostiene en las ideas, en los valores, en las certezas, cuanto más sólidas, más firme y determinado el carácter, más apto para afrontar los vientos contrarios. El hombre necesita tener certezas. No se trata de no dudar, la duda genera curiosidad y la curiosidad motiva la inteligencia y hace avanzar. La duda creativa es buena y necesaria pero no se puede dudar de todo a todas horas. No se puede dudar de las esencias. Estas, reales o inventadas, deben permanecer en el acervo cultural del hombre. El armazón anímico las necesita como un cojo necesita un bastón, para no caerse. No todo es relativo.
¿Cuándo perdimos los nietos las certezas que sostenían firmes a nuestros abuelos? ¿Cuándo empezamos a dudar de que veíamos blanco lo blanco y negro lo negro? ¿Cuándo todo se volvió gris, o malva, o rosa pálido? Supongo que cuando nos convencieron de que lo que veíamos no era lo que creíamos ver, sino que en realidad lo que debíamos ver era lo que lo que nos decían que viéramos. La verdad no surgía del interior, en un proceso de reflexión, la verdad venía impuesta desde afuera. La verdad la dictaminaron los “expertos”, sea lo que sea lo que se camufla en ese vocablo.
¿Pero dónde aleteó la mariposa por primera vez? ¿Dónde se originó el tsunami que arrasó los pilares de la civilización occidental?
A principios del siglo XX, en París, unos pocos pintores iniciaron un movimiento que quería romper con la pintura tradicional. Como no había manera de superar a los clásicos decidieron explorar otras formas de expresión. Por alguna razón difícil de concretar, algunos “expertos” acogieron la novedad con inusitado entusiasmo. En muy poco tiempo los responsables del invento fueron elevados a los altares del arte y sus obras saludadas como la cúspide de la genialidad. Las masas, incultas e insensibles, solo veían extrañas y antiestéticas formas y colores, y escuchaban perplejas las exaltadas alabanzas que les dedicaban los expertos. En un primer momento, pensaron que era asunto de unos pocos y que no valía la pena hacer caso. Pero, ¡ay!, cuando se apercibieron de los desorbitados precios que adquiría cualquier pequeño garabato empezaron a dudar. Si alguien estaba dispuesto a pagar una fortuna por aquellas cosas debía ser por algo que ellos, en su ignorancia, no llegaban a comprender, pero que debía estar allí aunque no pudieran verlo. La historia nos enseña que la voluntad de unos pocos resueltos suele arrastrar la de otros muchos pasivos. Rápidamente se fueron incorporando entusiastas ensalzadores de las nuevas expresiones, y cuando el número fue medianamente significativo, las masas, las pobres e ignorantes masas, se fueron encontrando cada vez más angustiadas y desorientadas. Si la gente que entendía decía que aquello era bueno, debía serlo, aunque la belleza y emotividad que transmitían no fueran capaces de penetrar en sus incultos cerebros. El pueblo, ese sufrido pueblo, lanza y escudo de los demagogos, empezó a avergonzarse de su ignorancia e insensibilidad. Las buenas gentes no se atrevían a declarar sus pensamientos en público por miedo a patentizar sus limitaciones, callaban o asentían sin mucha convicción para no ser tachados de palurdos, y finalmente claudicaron completamente. Aquellas cosas eran geniales expresiones de espíritus superiores, y punto. Admirémoslas.
Pero la asunción de la realidad impuesta no podía ser gratuita. Tenía que tener consecuencias. Pronto se fueron evanesciendo las certezas. Los pilares que sustentaban el templo se resquebrajaron y el edificio entero se fue desmoronando. Si uno no puede creer en lo que ve ¿cómo va a creer en lo que no ve?, en la religión, en la patria, en las tradiciones, ¿quién se va creer la historia? A saber lo que nos habrán contado. Poco a poco todo se puso en cuestión, nada es lo que nos parece. Las cosas ya no son como las vemos sino como nos dicen que son. Nada tiene un nombre concreto para expresar una idea concreta. No se puede llamar a las cosas por su nombre, hay que utilizar algún giro que diluya la plasmación nítida de la idea. La inconcreción en los términos nos ha convertido en la sociedad del eufemismo. Para todo hay que emplear términos vagos e imprecisos, melifluos y resbaladizos, y la sociedad entera se ha convertido en una sociedad evanescente, blanda, indeterminada y acomplejada.  

Tenemos un problema. Cuando una sociedad sin principios sólidos entra en contacto con otra en la que nadie duda porque todo está escrito y es inamovible, es muy probable que la primera sea engullida por la segunda.

domingo, 2 de abril de 2017

El Semíramis

A primera hora del sábado 2 de abril de 1954, se difundió por los altavoces del barco un programa que se estaba emitiendo en Radio Barcelona. Familiares de los repatriados habían acudido a la emisora a saludar a sus allegados. El locutor citaba a alguien con nombre y apellidos y decía: “Tu padre, o tu madre, o tu hermano o novia, te manda un mensaje”. A continuación, una voz quebrada por la emoción balbuceaba: “Hijo mío, te estamos esperando, tu madre está bien, te queremos”. Pocas palabras más podían salir de las gargantas ocluidas por la extrema turbación del momento. Algunas madres apenas si podían repetir algo más que: “¡Hijo!, ¡hijo!”, entre sollozos y suspiros. Los aludidos corrían al oír sus nombres: “¡Yo! ¡Yo!”. Se colocaban junto al altavoz y gritaban: “¡Soy yo!, ¡estoy aquí, padre! ¡Estoy bien!”. Como si su padre o madre o hermano, pudiera escuchar sus gritos de júbilo. “¡Padre! -decía una voz joven-, soy tu hija Isabel, cuando te fuiste tenía dos años, no sé si me reconocerás”, y el padre, flaco, macilento, apoyado en un mamparo para no derrumbarse en el suelo, a punto de desfallecer, no tenía fuerzas mas que para llorar. Las lágrimas brotaban incontenibles, unos ojos que se habían mantenido secos cuando soportaban los más extremos sufrimientos, se desbordaban al escuchar la tierna voz de la sangre. No había emoción comparable al reencuentro con los seres queridos después de tantos años de desesperanza.

Fragmento de "El infierno de los inocentes", novela que narra las vicisitudes que sufrieron los niños que envió la República a Rusia, y los soldados de la División Azul que cayeron prisioneros en aquel país.
Disponible en Amazon, en digital y en papel.
EL INFIERNO DE LOS INOCENTES de [Molinos, Luis]

martes, 21 de marzo de 2017

Es lo menos lo que vemos.

En mi pueblo antiguamente nos aburríamos mucho. Los niños no hacían más que jugar y los mayores charlar o leer. Puro aburrimiento. No era extraño en aquellos días remotos ver a la gente en los parques con un libro en las manos. Nadie se asombraba si veía a una madre sentada en un banco leyendo una novela y junto a ella a su pequeña hija entreteniéndose con un cuento.
Después empezó a emitir la televisión y la gente se animó mucho. Las cosas cobraron una nueva dimensión. Como es lógico todo el mundo prefirió ver los parques a través de la pantalla. ¿Para qué desplazarte si hay alguien que amablemente te dice lo que tienes que ver?
Los comerciantes comprendieron muy pronto que puesto que la gente pasaba mucho tiempo mirando allí, ese era el mejor sitio para anunciar sus productos. El que tenía algo que vender entendió que aquella señal llegaba a todos los hogares y que resultaba rentable hacer publicidad aunque tuvieran que pagar fuertes cantidades por la difusión. El razonamiento era correcto pero pronto se enfrentaron a un problema, no podían anunciarse en todos los programas y a todas horas porque no había sitio para todos al mismo tiempo. Estaban obligados a seleccionar y ¿cómo podían determinar en qué momentos era más rentable emitir el anuncio?, ¿cómo podían saber si el mensaje era recibido por unos pocos o por muchos? Cuando alguien tiene que ir a un lugar a hacer algo, se le puede controlar con facilidad pero, ¿cómo se podía saber lo que ocurría dentro de cada hogar?
Para encontrar la solución, la empresa Found Stultus reunió a una comisión de ingenieros, filósofos, psicólogos y decoradores de interiores, y los encerró en un hotel aislado en la montaña para que encontraran el modo de saber en qué momentos había más gente con la vista fija en la pantalla.
El primer hallazgo lo aportó el equipo de ingenieros al mando del Doctor Jhon S. Pabilad.
Diseñó un aparato que podía controlar a qué horas y durante cuánto tiempo permanecían los televisores encendidos, y de ahí se podía deducir qué programas eran los que tenían más aceptación. El equipo de psicólogos determinó categóricamente que era poco probable que alguien encendiera el televisor para irse al parque. El equipo de decoradores de interior cambió la decoración del hotel a un diseño minimalista. El equipo de filósofos aún no se ha pronunciado.
En seguida se encontraron con otro problema, ¿dónde colocar los aparatos? Era evidente que no podían poner un controlador de señal en todos y cada uno de los hogares porque el pueblo había crecido mucho y tenía demasiadas casas. Era absolutamente necesario hacer una pequeña selección que fuera representativa de la mayoría.
El concejal de medio ambiente tenía a su hijo estudiando en Estados Unidos “Universal mass communication”, que según explicó eran unos estudios que proporcionaban los conocimientos exactos que se necesitaban para resolver el entuerto. Según el edil, su chico llevaba cinco años en la universidad de Miami, estaba a punto de terminar la tesina final de carrera y tenía un expediente académico extraordinario, por lo que era la persona ideal para encargarse de hacer la selección de hogares.
En realidad lo único cierto era que el niño llevaba cinco años en Miami, pero no había aprobado ni una asignatura y en la facultad no le habían visto el pelo desde que fue a matricularse, un lustro antes. En su haber hay que anotar que bailaba la salsa como un auténtico caribeño.
Después de cinco años falsificando las notas no le costó ningún trabajo hacer lo mismo con el título y apareció por el pueblo con un diploma de lo más aparente. La corporación quedó deslumbrada con los adornos dorados del documento y con aquella caligrafía inglesa tan elegante. Inmediatamente le encargaron el trabajo.
El zagal se puso manos a la obra con inusitado entusiasmo. Reunió a sus coleguillas de infancia, cuatro, y les puso al corriente de la labor que tenían por delante. Con un cuestionario concienzudamente preparado por el equipo de psicólogos, se lanzaron con el apasionado ímpetu de la juventud a investigar por los hogares del pueblo.
Sabido es desde antiguo que la cabra tira al monte y que el hombre se siente más cómodo relacionándose con congéneres afines, así que empezaron la encuesta por sus amigos de cuelgue.
Cuando se enteraron de que se habían aprobado unas ayudas económicas a las familias para agradecerles su colaboración y para compensarlas por las molestias de tener los aparatitos en sus casas, decidieron que no era necesario profundizar en la investigación. Era del todo evidente que los colegas de los colegas representaban fidedignamente al conjunto de la población. Cada uno de ellos resultó que encajaba a la perfección con cada sector de población señalado por los psicólogos. Se completaron los cuestionarios con la misma pulcritud con que se había elaborado el título y todo el mundo quedó gratamente satisfecho.
En unos pocos días quedaron instalados los medidores de audiencia.
Inmediatamente se empezaron a recibir los datos de los programas más vistos por los poseedores de los aparatos y a inferirlos al total de la población. Los programadores iban adaptando los espacios a la demanda de los espectadores, y estos iban seleccionando los nuevos programas con arreglo a sus delicados gustos. Lógicamente, cuanto más visualizado consideraban un programa más pagaban los anunciantes por aparecer en ellos y más interés tenía la televisión en que perdurase. Así, todo el pueblo se aficionó a los espacios favoritos de los amigos del hijo del concejal, todos disfrutan mucho con la programación y ningún habitante se aburre.
Desde entonces no se ha vuelto a ver a nadie con un libro en el parque.


Hace cuatrocientos años Baltasar Gracián ya dijo: “Vívese lo más de la información, es lo menos lo que vemos. Vivimos de la fe ajena, es el oído puerta segunda de la verdad y la principal de la mentira”.   

"Es lo menos lo que vemos" es uno de los relatos que se incluyen en el libro, "El crimen de Lainma y otros horrores". Disponible en Amazon.


El crimen de Lainma y otros horrores de [Molinos, Luis]

viernes, 24 de febrero de 2017

El grito de Baire.

El sacerdote llegó a última a hora de la tarde y, como de costumbre, entró en la casa como una exhalación. Se podría decir, que venía aún más excitado de lo habitual. Sin dar tiempo a que nadie le explicase por qué le habían llamado se lanzó a exponer atropelladamente las noticias que traía. Mientras lo conducía a la biblioteca, él no paraba de hablar con gran excitación:
-Vengo de la Comandancia, he pasado allí la mayor parte del día, no te puedes imaginar el barullo que hay montado. Esta mañana se ha recibido un cable de la zona oriental avisando de que varias partidas de rebeldes se han levantado en armas en algunas localidades cercanas a Santiago y han declarado la independencia. Las noticias son todavía confusas pero parece que uno de los principales instigadores es un propietario de una localidad llamada Baire que ha liberado a todos sus esclavos y después de atacar un puesto militar se ha refugiado en la sierra. En Comandancia han tomado la información con la mayor de las preocupaciones pues parece que no es un hecho aislado, sino que se está extendiendo rápidamente por muchas localidades orientales. Las tropas están haciendo redadas por La Habana deteniendo a todos los fichados como simpatizantes de la rebelión. Están convencidos de que aquí controlaran la situación pero en oriente no está tan claro. Un coronel de Estado Mayor me ha asegurado que el líder principal es José Martí, pero están los mismos de la anterior guerra, con Maceo y Máximo Gómez a la cabeza. ¿Qué te parece, Manolita? ¿Estaba yo en lo cierto, o no?
-Cálmese padre, aquí tenemos problemas más urgentes -le dije mientras accedíamos al salón donde estaban Gedeón y el doctor.
-¿Más que esto? Buenas tardes, señores. ¿Qué puede haber más preocupante que otra guerra? Dime, hija mía, ¿de qué se trata?   
-A Gedeón lo han retado a un duelo.
-¿Un duelo? ¿Pero qué guanajada es esa? ¿Se ha iniciado una guerra y andan ustedes enredando con duelos? ¿Quién es el retador?
-Es un oficial del ejército.
-¿Un oficial? ¿Y qué hace un oficial enzarzado en duelos en estos momentos tan trascendentes para la Patria? Debería estar combatiendo y no complicado en rencillas privadas. El ejército ha suspendido todos los permisos, las tropas tienen órdenes de permanecer acuarteladas. Ningún elemento puede estar a su libre albedrío. Díganme su nombre que me encargaré de que lo arresten.
-Se lo prohíbo, padre -dijo Gedeón-, no antes de que cumplamos con el lance.
-Pero hombre, Gedeón, usted es un hombre sensato, deje esas locuras para los más jóvenes.
-El honor no tiene edad, padre.
-¡Ah!, ¡el honor!, ¡el honor! Es un sentimiento noble, sí. ¿Pero no puede quedar reparado de otro modo menos peligroso?
-Si no hay peligro no hay desagravio.
-Y usted doctor, ¿también está metido en esto?
-No he tenido otro remedio, me han nombrado padrino.
-¿Usted que hizo un juramento para salvar la vida de sus semejantes anda metido en un asunto donde la pueden perder?

-Ya sabe padre que los asuntos de honor son ajenos a los que conciernen al cuerpo, como dijo el poeta, el honor es patrimonio del alma. Poco podemos hacer al respecto los facultativos. He procurado, no obstante, minimizar las consecuencias. He acordado con el otro padrino que será a primera sangre, hay muchas posibilidades de que todo quede zanjado con una ligera herida.

Fragmento de "La indiana Manuela", novela que se desarrolla a finales del siglo XIX en la isla de Cuba. Disponible en Amazon en digital y papel.



La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

domingo, 19 de febrero de 2017

La expulsión.

El día 21 de septiembre todos los nobles del territorio fueron convocados por el Virrey Marqués de Caracena para un asunto que se sospechaba era de la máxima gravedad. Mi señor acudía junto a su hijo y me ordenó que los acompañase. Tuve que ir con ellos, dejando a mi joven esposa al cuidado de la guarnición, ¿cómo iba a suponer que dentro de las murallas podía correr algún peligro?
Una vez congregados en su Palacio, el señor Marqués dio cuenta a los nobles del Real Decreto que el día 11 de ese mismo mes había firmado S.M. el Rey Don Felipe III, en el que se ordenaba la inmediata expulsión de todos los moriscos.
Se daba un plazo de tres días para que todos fuesen embarcados. Tres días. Bajo pena de muerte. No se les permitía sacar de sus viviendas más que los bienes que pudiesen llevar consigo y se prohibía que al marchar destruyeran sus casas o cosechas.
La noticia se venía rumoreando desde hacía semanas, o incluso meses, pero un hecho de tanto respeto, aún esperado, siempre alcanza desprevenido. Mi primer deseo fue regresar de inmediato junto a mi esposa, pues debo decir que aunque la orden de expulsión excluía a las mujeres moriscas que hubiesen desposado con cristianos viejos, enseguida intuí que nos veríamos atrapados por los acontecimientos que se iban a precipitar.
El Bando que el Virrey nos anticipó, el mismo que iba a pregonarse por las calles del Reino, era terminante: Su Majestad el Rey, agotadas todas las diligencias y medidas de gracia tendentes a instruir a los moriscos en la Santa Fe, constatando el poco aprovechamiento logrado, su pertinacia en la apostasía, su prodición, y consciente del evidente peligro de todo ello se infería para sus reinos, habiéndose hecho encomendar a Nuestro Señor y confiando en su divino favor, resolvía que se sacaran todos los moriscos de nuestro Reino de Valencia y se echaran a Berbería.  
En consecuencia, el Virrey ordenaba que todos los moriscos del Reino, así hombres como mujeres con sus hijos, salieran del lugar donde tuvieren sus casas y fuesen a embarcarse en el plazo de tres días para pasarlos a Berbería. Que no llevasen consigo sino los muebles que pudiesen sobre sus personas. Los que no cumplieren con lo establecido incurrirían en pena de vida.

A los efectos de asegurar el viaje, las autoridades cuidarían de que no recibieran mal trato, ni de obra ni de palabra, y les proveerían del bastimento necesario para su sustento durante la embarcación.

Fragmento de "El salto del Caballo Verde", novela que se desarrolla entre el siglo XVII y la actualidad. Disponible en Amazon.


En digital
El salto del Caballo Verde de [Molinos, Luis]

En papel

martes, 14 de febrero de 2017

La explosión.

Pasaban unos minutos de las nueve y media.
Nos quedamos todos callados, cada uno con nuestros pensamientos, en medio de un profundo silencio.
De repente el silencio pareció espesarse aún más, se hizo abismal, como si alguna fuerza quisiera succionar el menor murmullo hacia el centro de la tierra. Un segundo después se iluminó el cielo por el lado del puerto, una llamarada colosal rompió la noche con un resplandor inusitado. Al instante un gigantesco estruendo se abatió sobre nuestras cabezas y nos obligó a encogernos aterrorizados. Parecía que el mundo se venía abajo.
Tomasita y Teresita empezaron a chillar, yo me levanté de la hamaca de un salto y Gustavo se abrazó a mí, todos miramos hacia el lugar de las llamas. El puerto era el infierno de Dante, el Maine una antorcha monstruosa, hierros, maderos, trozos del casco y la cubierta volaban por los aires en todas direcciones. Lenguas de fuego subían al cielo. La luz que irradiaban permitía ver a decenas de cuerpos que se debatían en las aguas pidiendo auxilio.
Nos quedamos paralizados, horrorizados, incapaces de pronunciar algo más que interjecciones de asombro y espanto.
Pronto vimos cómo el barco se escoraba por estribor y empezaba a hundir la proa en las lóbregas aguas. Las llamas empezaron a ser reemplazadas por una espesa y negra humareda. Algunas chalupas iniciaron un acercamiento al casco para intentar rescatar a los que intentaban mantenerse a flote.
-Esto es el fin -acerté a decir-, ahora ya no hay esperanza. La guerra se abalanza sobre nosotros. Que Dios nos ampare.
-¿Pero qué ha pasado?
Nadie sabía qué era lo que había pasado, tan solo contemplábamos aterrados una pavorosa escena de dolor y destrucción. La isla llevaba varios años en guerra pero nosotros no la veíamos. Ahora la podía contemplar desde la terraza de la casa.

Enseguida empezó a correr la gente hacia el puerto para observar de cerca el infausto espectáculo. 

Fragmento de "La indiana Manuela", novela que se desarrolla a finales del siglo XIX en la isla de Cuba. Disponible en Amazon.


La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

sábado, 11 de febrero de 2017

El 10 de febrero de 1943.

El 10 de febrero de 1943, a Daniel le correspondió la última guardia de la noche. Esperaba el relevo embutido en un agujero del terreno y aterido a pesar de toda la ropa que llevaba puesta, tanta que le dificultaba los movimientos, tenía sus manos cubiertas por las manoplas de lana, la cabeza ceñida con el pasamontañas que no dejaba hueco mas que para boca, nariz y ojos, y encima de todo eso, la capa de camuflaje blanco que le llegaba de la cabeza a los pies. Pero toda la ropa que llevaba puesta era insuficiente para protegerle de la gélida ventisca que cortaba como un cuchillo y penetraba hasta los huesos. Tenía miedo de congelarse como se habían congelado muchos compañeros a los que habían tenido que cortar los dedos de las manos o de los pies. Tenía miedo de convertirse en un cadáver congelado, había contemplado cadáveres que más parecían monigotes de hielo, que se rompían al intentar moverlos. A veces, al querer transportarlos, si no se les manipulaba con sumo cuidado se les desprendía un brazo, una pierna, o incluso la cabeza, y había que llevarlos en varios trozos. Contaba ansiosamente los minutos esperando que llegase el momento de correr al búnker a calentarse junto a la estufa. El alférez le había dicho que estuviese más alerta que nunca, desde hacía varios días los espías habían detectado fuertes movimientos de tropas al otro lado de las alambradas, todo hacía sospechar que se preparaba un ataque a gran escala. Él se había tomado muy en serio las advertencias y no se había permitido ni un instante de distracción, estuvo todo el tiempo aguzando el oído para detectar el más liviano susurro extraño, y tratando de atravesar las espesas tinieblas con la vista. Pero al frente reinaba la calma, tan solo alterada por el constante y monótono zumbido de los motores de los carros de combate que mantenían en funcionamiento para que no se congelasen. Fuera de ese ruido el silencio era total. Solo el frío estaba presente, tenaz, penetrante, opresivo, como si fuera lo único real en aquel entorno fantasmagórico.    
Fragmento de "El infierno de los inocentes".
Disponible en Amazon.
EL INFIERNO DE LOS INOCENTES de [Molinos, Luis]

viernes, 10 de febrero de 2017

El galimatías de su señoría.

Los españoles tenemos un nuevo senador. Hasta el otro día no tenía muy claro para qué servía el Senado, pero ahora menos. Teóricamente es el órgano destinado a ratificar, modificar o rechazar lo aprobado en el Congreso de los Diputados, pero ya no estoy muy seguro. He visto la incorporación del nuevo senador, el excelentísimo señor don Robert Masih Nahar, y dudo de que su función encaje en la definición anterior. Por un momento he dudado si lo que estaba contemplando no sería un vídeo de esos de cámara oculta que se realizan para solaz de gente ociosa; pero no, era la más cruda realidad. El señor Presidente de la Cámara, erguido en la tribuna presidencial, ha llamado a Don Robert y este ha acudido presto al requerimiento. Bien trajeado, rostro orondo, tez aceitunada, sonrisa satisfecha, ha descendido los escalones del hemiciclo con paso ufano hasta situarse en el atril frontero al del Presidente, listo para realizar el solemne acto de jurar o prometer su importante cargo. El señor Presidente ha desgranado la fórmula de rigor y el señor Robert ha contestado. ¿Qué ha contestado? He ahí el busilis de la cuestión. De su boca han salido unos cuantos sonidos, eso hay que admitirlo, ¿pero qué ha dicho?, difícil saberlo. Entre un rimero de runrunes guturales y vocablos ininteligibles me ha parecido entender “república catalana”, el resto es un misterio. Tampoco el señor Presidente, a pesar de estar a un metro, ha debido entenderlo porque ha vuelto a preguntar con mucho interés: “¿Pero acatáis la Constitución?”. El señor Robert ha rebobinado y repetido con fidelidad su primera intervención. Curiosamente, aunque ha sonado exactamente igual, esta vez el señor Presidente ha debido entender el confuso galimatías porque se ha dado por satisfecho y ha aprobado la incorporación del nuevo senador. No obstante, alguna pequeña duda debería quedarle porque se ha creído en la obligación de decir: “Queda claro que el señor senador acata la Constitución”. ¿Claro? A Antonio Ozores intentando que no se le entendiera se le habría entendido mucho mejor.     
El caso es que el Presidente le ha dado la bienvenida muy educadamente y don Robert ha pasado de señor a señoría.  

Visto lo visto me asaltan varios interrogantes que como no alcanzo a responder están afectando seriamente a mi salud. Parece que su señoría llegó a España desde su India natal hace doce años, si en ese tiempo no ha sido capaz de aprender el idioma para comunicarse medianamente con sus conciudadanos, ¿cómo va a poder ratificar, modificar o rechazar lo aprobado por el Congreso? Supongo que para ser senador deberá tener la nacionalidad española, y que por lo tanto habrá jurado antes la Constitución. ¿Emplearía el mismo galimatías para hacerlo? ¿Le entendieron entonces? ¿Cuánto cobra un senador? ¿Para qué sirve un senador? ¿Cuánto cuesta el Senado? ¿Para qué sirve el Senado? ¿Nos habremos vuelto todos locos? ¿Nos están tomando el pelo? ¿Somos idiotas?  

lunes, 6 de febrero de 2017

El padre de Alejandro.

El último faraón egipcio autóctono fue Najthorhabet; Nectanebo II para los griegos. Cuando el ejército persa de Artajerjes III le derrotó e invadió el país, sobre el 350 a.C., el faraón huyó primero a Menfis y después acabó refugiándose en Nubia. Allí estuvo dos años y finalmente se trasladó a Macedonia invitado por el rey Filipo. Nectanebo era una persona con grandes poderes, había aprendido de los sacerdotes de Amón artes desconocidas para los demás hombres y era capaz de hacer cosas mágicas. Podía adivinar el futuro y conseguía sanar o hacer enfermar a otros practicando ritos secretos. Su fama se propagó enseguida y Olimpia de Epiro, la esposa de Filipo, convenció a su esposo para que lo albergaran en su palacio. Filipo era un guerrero que pasaba mucho tiempo en campaña con su ejército, Olimpia era joven y hermosa, y Nectanebo además de mago era hombre vigoroso, ¿qué podía suceder? 
A Nectanebo, dadas sus extraordinarias facultades, no le debió resultar muy difícil convencer a la reina de lo que el futuro le tenía reservado. Le aseguró que tendría un hijo con Amón y que ese hijo conquistaría el mundo. Lo único que tenía que hacer era esperar la visita del dios en su dormitorio y recibirlo con amor. Los poderes de Nectanebo le permitían transformarse en otra persona o en un animal, y desde luego era capaz de transformarse en un dios para los ojos de una mujer subyugada. Durante varias noches Nectanebo fue Amón y Olimpia yació con él y concibió un hijo que conquistó el mundo, el gran Alejandro.
Toda esa historia había sido anticipada por los sabios sacerdotes. Cuando el faraón escapó a Nubia, sus partidarios fueron a consultar con el oráculo para saber si iba a regresar. El oráculo les dijo: “El faraón regresará dentro de unos años, pero no más viejo sino rejuvenecido, y ese joven faraón derrotará y someterá a nuestros enemigos los persas”. No regresó Nectanebo sino Alejandro. El joven faraón llegó, derrotó a los persas y los liberó de su yugo.

Cuando Alejandro fue a Egipto, lo primero que hizo fue ir al oasis de Siwa para consultar al oráculo de Amón. Atravesó el desierto favorecido por lluvias puntuales, y respetado por el terrible simún que sepultó al ejército persa del rey Cambises. Al llegar le planteó al augur tres preguntas, sólo conocemos dos de ellas con sus respuestas. A la primera, el oráculo le confirmó que él era hijo del dios, a la segunda, que dominaría el mundo. Por eso hizo lo que hizo. La tercera pregunta nunca la conoceremos.

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]


sábado, 4 de febrero de 2017

Locusta, asesina en serie.

Locusta nació en la Galia. Apenas ha llegado información de su niñez y su primera juventud ; no sabemos si fue instruida en la ciencia que la hizo famosa o si sus conocimientos se debieron al esfuerzo personal sustentado en una innata curiosidad. El caso es que desde muy joven se aficionó a la botánica y se interesó vivamente por las singulares propiedades que mostraban algunas plantas y otros organismos portadores de sustancias tóxicas. Utilizando el método de ensayo y error, experimentando con animales y personas, fue perfeccionando la técnica hasta convertirse en una muy cualificada elaboradora de venenos. Marchó a Roma a mediados del siglo I decidida a exhibir sus amplios conocimientos, y como no tardó en dar fehacientes muestras de ser una profesional muy competente, fue encerrada y condenada a muerte. Agripina la Joven, por entonces esposa del emperador Claudio, enterada de sus habilidades culinarias, la liberó y tomó a su servicio. El deseo de Agripina era ver coronado emperador al hijo de su primer matrimonio, Nerón, pero para ello se interponía en el camino su esposo. Como aguardar hasta que la madre naturaleza permitiera la sucesión se le hacía largo y poco fiable decidió acortar los plazos. Encargó a Locusta preparar unas sabrosas setas bien aderezadas para la cena de Claudio y lo hizo con tanta eficacia que esa misma noche lo pasaportó a los confines del Hades. Ya dice un sabio refrán que más mató una cena que sanó Avicena.
Nerón Claudio César Augusto Germánico tenía 17 años cuando fue coronado emperador, pero por allí andaba su hermanastro Británico, que entonces tenía 14, hijo de Claudio y de su anterior esposa Mesalina, y su presencia no le hacía mucha gracia. En previsión de que algún día se pusiera a enredar con su derecho sucesorio decidió que lo mejor era quitarle la idea de la cabeza cuanto antes y encomendó a su esclava Locusta la elaboración de una agradable pócima. La mujer falló a la primera pero al segundo intento dejó al joven heredero listo para pasar a la historia antes de tiempo.

Después de unos primeros años ejerciendo el poder de modo razonable, Nerón entró en un periodo de agitación. Ordenó el asesinato de su madre Agripina, de su esposa Octavia (hija de Claudio), del prefecto Burro y provocó la muerte de su amante Popea haciéndola abortar de una patada en el vientre. Además ordenó suicidarse a Séneca y Petronio, y eliminó a unos cuantos posibles rivales más. Tuvo tiempo también de tocar la lira, componer canciones, incendiar Roma y perseguir a los cristianos con vesania. En ese ambiente desquiciado es de imaginar que Locusta se encontraba a sus anchas y pudo desplegar sus habilidades con profusión, máxime contando, como contaba, con la protección del emperador. Durante unos años ayudó a los personajes más influyentes del Imperio a resolver problemas de enemistades o de herencias, y lo hacía con tal perfección y sutileza que el que no estaba en el ajo no podía sospechar que el finado hubiera sido impulsado a despedirse de este mundo. Las malas lenguas dicen que ayudó a abreviar las incomodidades de esta vida a unas cuatrocientas personas, pasando a la historia como la primera asesina en serie reconocida No debió ser una persona egoísta pues no tuvo inconveniente en difundir sus conocimientos; para que su ciencia no desapareciera transmitió sus hallazgos a unos cuantos discípulos, principalmente mujeres. Por desgracia, ella misma fue víctima de la impaciencia existencial que caracterizó aquella época y no pudo disfrutar de una sosegada vejez. Tras el suicidio forzoso de Nerón en el año 59, el nuevo emperador Galba la volvió a condenar a muerte y esta vez se cumplió la sentencia, aunque con un procedimiento menos sutil que los que ella empleaba. Cuentan las crónicas que primero fue pisoteada por una jirafa enfurecida y después descuartizada por un grupo de leones.  

jueves, 2 de febrero de 2017

Los caballos danzantes de Síbaris.

Síbaris fue una ciudad griega situada en el golfo de Tarento, en lo que hoy es Calabria, al sur de Italia. Seguramente constituyó el más importante asentamiento de los varios que conformaron el territorio que los romanos bautizaron, por su importancia económica y cultural, como la Magna Grecia. Navegantes procedentes del Peloponeso la fundaron hacia el 700 a.C., llegando a alcanzar altas cotas de prosperidad y desarrollo, lo que les permitió expandirse por los territorios próximos hasta llegar a englobar a otras 25 poblaciones. Su bienestar se basó en la producción de vino, lana, miel, madera, cera, plata y tejidos. Parece que su producto más demandado eran las telas de color púrpura, muy de moda entre los etruscos. Se les supone amantes del lujo y los placeres, muy dados a holgarse en fastuosas orgías e interminables banquetes. Ese gozoso tren de vida y su afición al deleite dio origen a la acepción del vocablo “sibarita”. Según el DRAE: “Persona que se trata con mucho regalo y refinamiento.”

Todo se les acabó en 510 a.C., al entrar en guerra con sus vecinos de Crotona. Ya se sabe que con quien es más fácil reñir es con el vecino. Los sibaritas eran buenos jinetes amantes de los caballos y habían ejercitado a su caballería para bailar al ritmo de la flauta. Sus adversarios infiltraron algunos espías que tomaron buena nota de las diferentes melodías que utilizaban. Cuando se inició la batalla, los crotoniatas, que también tenían flautas, las hicieron sonar con fuerza y los caballos del ejército sibarita se pusieron a danzar provocando un desconcierto total en sus filas, llevándolos a una rápida derrota. Según cuenta Estrabón, los vencedores desviaron el curso del río Cratis para anegar la ciudad de la vida placentera y borrarla del mapa.    

martes, 24 de enero de 2017

El caballo de Diocleciano

En tiempos del emperador Trajano, Alejandría soportó varias revueltas que destruyeron el templo parcialmente y que asolaron parte de la riqueza de la biblioteca.  No obstante aquello fue sólo un pequeño aviso. Lo peor estaba por llegar.
El emperador Adriano mandó su reconstrucción y el Serapeo volvió a renacer. Siempre ligada al templo, la biblioteca fue poco a poco recuperando su importancia, acogiendo, preservando y aumentando el saber de los hombres, al amparo de una relativa calma.
Sin embargo, unos años más tarde, desde finales del segundo siglo d.C. y sobre todo a lo largo de todo el tercero, la ciudad de Alejandría tuvo que soportar una larga serie de desastres.      

Caracalla la saqueó en 211 y 217, y Valeriano destruyó gran parte en 253. Volvió a sufrir enormes destrozos cuando la conquistó la reina Zenobia de Palmira en 269 y otra vez padeció una sangría cuando Aureliano la reconquistó para los romanos en 273. Por si todo eso no era suficiente, en 297 la ciudad tuvo que soportar un nuevo saqueo cuando Diocleciano la invadió tras un asedio de ocho meses, para abortar la revuelta provocada por Lucio Domicio Domiciano. Contaban las crónicas que una vez sometido el levantamiento, Diocleciano ordenó a sus tropas que no tuvieran piedad de los vencidos, que no se detuvieran ante la rendición y continuaran el escarmiento matando a los sublevados hasta que la sangre de los muertos llegara a las rodillas de su caballo. Acababa de dar esa orden cuando el corcel tropezó y dobló las patas. Aquello se interpretó como un mensaje para que se detuviera la matanza. Esa caída salvó seguramente a muchos alejandrinos de la muerte y para conmemorar el acontecimiento, agradecidos, erigieron una estatua al caballo.

Fragmento de "Los libros de Alejandría", una novela sobre la Gran Biblioteca de Alejandría. Disponible en Amazon.

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]

domingo, 22 de enero de 2017

Los libros de Alejandría

El último faraón egipcio autóctono fue Najthorhabet, Nectanebo II para los griegos. Cuando el ejército persa de Artajerjes III le derrotó e invadió el país, sobre el 350 a.C., el faraón huyó primero a Menfis y después acabó refugiándose en Nubia. Allí estuvo dos años y finalmente se trasladó a Macedonia invitado por el rey Filipo. Nectanebo era una persona con grandes poderes, había aprendido de los sacerdotes de Amón artes desconocidas para los demás hombres y era capaz de hacer cosas mágicas. Podía adivinar el futuro y conseguía sanar o hacer enfermar a otros practicando ritos secretos. Su fama se propagó enseguida y Olimpia de Epiro, la esposa de Filipo, convenció a su esposo para que lo albergaran en su palacio. Filipo era un guerrero que pasaba mucho tiempo en campaña con su ejército, Olimpia era joven y hermosa, y Nectanebo además de mago era hombre vigoroso, ¿qué podía suceder? 
A Nectanebo, dadas sus extraordinarias facultades, no le debió resultar muy difícil convencer a la reina de lo que el futuro le tenía reservado. Le aseguró que tendría un hijo con Amón y que ese hijo conquistaría el mundo. Lo único que tenía que hacer era esperar la visita del dios en su dormitorio y recibirlo con amor. Los poderes de Nectanebo le permitían transformarse en otra persona o en un animal, y desde luego era capaz de transformarse en un dios para los ojos de una mujer subyugada. Durante varias noches Nectanebo fue Amón, y Olimpia yació con él y concibió un hijo que conquistó el mundo, el gran Alejandro.
Toda esa historia había sido anticipada por los sabios sacerdotes. Cuando el faraón escapó a Nubia, sus partidarios fueron a consultar con el oráculo para saber si iba a regresar. El oráculo les dijo: “El faraón regresará dentro de unos años, pero no más viejo sino rejuvenecido, y ese joven faraón derrotará y someterá a nuestros enemigos los persas”. No regresó Nectanebo sino Alejandro. El joven faraón llegó, derrotó a los persas y los liberó de su yugo.

Cuando Alejandro entró en Egipto, lo primero que hizo fue ir al oasis de Siwa para consultar al oráculo de Amón. Atravesó el desierto favorecido por lluvias puntuales, y respetado por el terrible simún que sepultó al ejército persa del rey Cambises. Al llegar le planteó al augur tres preguntas, sólo conocemos dos de ellas con sus respuestas. A la primera, el oráculo le confirmó que él era hijo del dios, a la segunda, que dominaría el mundo. Por eso hizo lo que hizo. La tercera pregunta nunca la conoceremos.

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela histórica sobre la gran biblioteca. Disponible en Amazon.

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]

martes, 17 de enero de 2017

Llega el Maine.

Hacía poco más de un mes que Gustavo había cumplido doce años y pensé que ya tenía edad para conocer su historia y entender las circunstancias que me habían hecho ocultársela hasta entonces. La fallida visita de Mauricio me aconsejaba no demorar más la conversación si no quería que el niño acabase enterándose por otro conducto, lo que resultaría mucho más traumático. Pero aunque tenía tomada la decisión no acababa de encontrar el momento idóneo para transmitírsela.
Mientras tanto la vida se aceleraba afuera. Como anticipó el general del Estado Mayor, el cónsul Lee aprovechó el altercado de los periódicos para exigir a su gobierno una intervención más comprometida. El diplomático era sobrino del famoso general sudista de la Guerra de Secesión, y tan beligerante como su tío. Alegó que la situación se había vuelto tan inestable que las autoridades no eran capaces de garantizar la seguridad de los súbditos americanos y de sus intereses, y que se hacía necesaria la presencia de al menos algún barco de su armada. 
A raíz del suceso, el presidente McKinley se apresuró en declarar fracasada la autonomía. No se le podía acusar de premioso, esa declaración la hizo a los ¡once días! de su implantación. A la solicitud de Lee respondió situando en los cayos de las Tortugas, a cuatro horas de navegación a Cuba, una armada compuesta por 4 acorazados, 6 cruceros y 5 torpederos. Al mismo tiempo anunció el envío a La Habana del acorazado “Maine”, en visita de “cortesía”.
Tomasita estaba colgando ropa en la terraza y lo vio atravesar la bocana. Corrió a avisarme:
-¡Doña Manuela! -dijo a gritos muy excitada-. Está entrando en el puerto un barco de guerra muy grande, lleva desplegada la bandera de los Estados Unidos del norte, es un buque enorme, ¡llenito de cañones!
Subimos a verlo en el momento en que lanzaba las salvas de saludo reglamentarias. Lentamente se fue acostando al muelle para colocarse a escasos metros del Alfonso XII, buque insignia de la armada española, que ya llevaba tiempo amarrado.
Enseguida se propagó la noticia por la ciudad y empezó a bajar gente hacia el puerto para contemplarlo de cerca.
-¡Ay! Doña Manolita, ¿esto es bueno o malo?

-Nada que lleve cañones puede ser bueno, Tomasita.

Fragmento de " La indiana Manuela", novela que se desarrolla en la isla de Cuba en las postrimerías del siglo XIX, cuando España perdió las últimas colonias. 

Disponible en Amazon, en formato digital y en papel.

La indiana Manuela de [Molinos, Luis]


lunes, 2 de enero de 2017

La indiana Manuela.

Cuando llegamos llovía a mares. Ni siquiera pudimos salir a cubierta para admirar la belleza de la entrada a la bahía. Desde el interior, tras las sucias cristaleras, Dorita me señaló los imponentes castillos que protegían la bocana, El Morro a un lado, La Punta al otro, pero apenas si se podían vislumbrar unas formas borrosas entre la cortina de agua. Un poco más adelante, la fortaleza de La Cabaña era como un gran fantasma de piedra tras la catarata celestial.
Al pie de la escalerilla nos estaba esperando un criado de los Gamoneda, un joven negro, alto y bien parecido, que sería más o menos de mi edad. Le acompañaba otro cochero muy viejo. Habían llevado una calesa tirada por dos caballos zainos y una tartana para el abundante equipaje de Dorita, dos baúles y cinco grandes maletas, además de varios bolsos de menor tamaño.
Me los presentaron como Marcelo y José. El joven era quien llevaba la iniciativa.
-Marcelo lleva con nosotros desde que era un niño -dijo Gedeón-. Él y sus dos hermanas son como de la familia, luego las verá.
A pesar de la capota de vaqueta que protegía el coche, y de que el recorrido hasta la casa era muy corto, llegamos empapados. La villa resultó ser un edificio imponente. Estaba en una plaza y ocupaba toda una manzana. Una galería de columnas con arcos recorría toda la fachada. En el portalón de entrada nos esperaban las dos hermanas acompañadas por un portero ataviado como un almirante. Las mujeres eran tan risueñas como Marcelo y parecían actuar al unísono.
-Estas son Tomasita y Teresita, ¿a que parecen mellizas? Pues no lo son, Tomasita es un año mayor, aunque no resulte fácil distinguirlas.
El portal daba acceso a una amplia escalera de mármol blanco que llevaba a la primera planta. Dos estatuas de bronce erigidas sobre basamentos de mármol negro flanqueaban la primera grada. La casa me pareció enorme. Muchísimo más grande que la villa de la familia de Mauricio y de un lujo sin parangón. Tanto el amplio recibidor, como los pasillos, como las estancias que me iban mostrando, aparecían repletos de muebles estilo imperio de caoba y palisandro, tapices flamencos, sillones de cordobán, cuadros de diversos estilos y tamaños, jarrones de exquisita loza, esculturas de alabastro, delicados visillos en los amplios ventanales, y, lo que más me cautivó, un espléndido piano de cola Steinway que relucía majestuoso en la esquina de uno de los salones, tan limpio y brillante que veía reflejada mi imagen en la madera como en un espejo.

La edificación tenía tres alturas, la planta baja se dedicaba a oficinas y las dos superiores a vivienda. En la parte trasera estaban las cocheras y caballerizas, junto a un pequeño jardín que las separaba de las habitaciones de la servidumbre. A mí me instalaron en la segunda planta, en un dormitorio más espacioso que toda mi casa de San Fernando, con un gran balcón que daba a la bahía. Echada en la cama podía ver a las gaviotas surcar el cielo. 

Fragmento de "La indiana Manuela", novela que transcurre en La Habana, a finales del siglo XIX.
Disponible en Amazon, en versión digital y en papel.
https://www.amazon.es/indiana-Manuela-Luis-Molinos-ebook/dp/B01MR6M56M/ref=sr_1_6?ie=UTF8&qid=1484656637&sr=8-6&keywords=luis+molinos

La indiana Manuela de [Molinos, Luis]