martes, 25 de julio de 2017

La batalla de Clavijo.

El año 783, Mauregato accedió al trono de Asturias auxiliado por Abderrahman I, a la sazón emir de Córdoba. El andalusí exigió como tributo por su ayuda la entrega anual de cien vírgenes cristianas. A Mauregato le sucedió Bermudo I y a este Alfonso II el Casto, quien se negó a seguir pagando el humillante tributo y se enfrentó al Emirato en la batalla de Lutos, en el año 794. Ganó y rompió el acuerdo.
Unos años después, Abderrahman II reclamó de nuevo el pago de las doncellas. Por entonces reinaba en Asturias Ramiro I, que se negó a satisfacer las intenciones del emir omeya de Córdoba. Para dirimir la cuestión las huestes de uno y otro se enfrentaron en la Batalla de Clavijo, el año 844. Cuentan las crónicas que el Apóstol Santiago acudió en un caballo blanco en auxilio del rey cristiano.
   Cae pronta la oscurecida
e interrumpe la batalla.
Cada bando se retira
a cuidarse las heridas
y a preparar la mañana.
   Reza con fe el buen Ramiro,
pidiendo a Dios que le asista,
hasta que queda dormido.
   ¡En sus sueños ha tenido
una celestial visita!
   “Soy Santiago -le ha hablado-,
a éste, tu pueblo y el mío       
el Señor me ha encomendado
y no voy a abandonaros
en tiempos de desafío.
De mañana, en la alborada,
lanza a tus tropas sin  miedo.
Yo acudiré con mi espada
a dar muerte al sarraceno
junto a tus bravos guerreros
y a los ángeles del cielo”.
   Cuenta Ramiro a sus hombres
la ayuda que el cielo manda.
Todos invocan su nombre:
   -¡El Santo Apóstol nos llama
en la defensa de España!
   Con nuevos bríos se lanzan
contra las huestes del moro.
   En blanco corcel cabalga
blandiendo firme la espada,
junto a ellos, el Apóstol.

jueves, 20 de julio de 2017

La Memocracia

La Democracia ha ido derivando muy deprisa hacia la Memocracia, o gobierno de los memos. Desde hace algún tiempo, cuanto más memo es un político más posibilidades tiene de ser elegido por los votantes. Hemos llegado así a una situación en la que el destino de nuestra sociedad está en manos de auténticos memos. ¿Cómo hemos podido alcanzar tan altas cotas de insensatez?
Hay muchas causas de esta deriva, pero una importante tiene su origen en la proliferación de las redes sociales. Todo ser humano debe atravesar la edad del pavo, un periodo ineludible en la evolución de las personas. En esa fase del desarrollo se produce una violenta eclosión de las hormonas que convulsiona la personalidad de los adolescentes y hace que cometan insensateces y digan memeces. Hasta hace unos años todavía, los preceptores, padres y profesores, les corregían y orientaban contribuyendo a que al llegar a la edad adulta, el grado de memez de cada individuo estuviera muy limitado, o incluso, en algunos raros casos, hubiera desaparecido por completo.  Con el surgimiento de las redes sociales, ese positivo encauzamiento de la conducta humana ha desaparecido. Cualquiera puede propalar a los cuatro vientos la mayor insensatez sin que nadie le corrija. El adolescente, no solo no encuentra ninguna objeción a sus disparates, sino que además converge con otros insensatos que jalean sus ocurrencias, y en consecuencia se convence de que está haciendo agudas observaciones. Atraviesa la edad del pavo sin que nadie le ayude a desprenderse de las plumas perniciosas y llega por tanto a la adultez con todo el bagaje repleto de inconsistencias. Se convierte en un adulto memo.
Así es como hemos llegado a la proliferación de adultos memos en lugares influyentes, que no solo dicen y hacen tonterías, sino que además se muestran orgullosos de sus actos y los exhiben sin el menor rubor. Son memos prepotentes convencidos de que están en posesión de la verdad. Son memos peligrosos.

La Memocracia es un sistema perverso que coloca en el vértice de la pirámide a individuos estúpidos ufanos de su estupidez. Siempre ha habido estúpidos en una proporción elevada, pero nunca han gozado de tanto poder como ahora. “La persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe”, dice Carlo M. Cipolla; si se instalan en lugares donde sus actuaciones repercuten en toda la sociedad, el peligro se multiplica. Si no se corrige pronto esta deriva, y no es fácil, la sociedad va derecha al desastre. 

domingo, 16 de julio de 2017

El héroe de Pensacola.

Un héroe poco conocido.

El 23 de julio de 1746 nació en Macharaviaya, actualmente en la provincia de Málaga, Bernardo de Gálvez y Madrid. Militar y político, héroe de Pensacola, semidesconocido en España a pesar de sus grandes méritos.
A los 16 años inició su carrera militar, ingresando en el regimiento francés Royale Cantabre. Participó en la invasión de Portugal, después de que España declarara la guerra al Reino Unido.
En 1769 llegó a Nueva España, que en su momento comprendía el actual México, más los actuales estados de California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington. Florida, y zonas de Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma y Luisiana.
El territorio abarcaba además los actuales Guatemala, Costa Rica, El Salvador, Belice, Honduras, Nicaragua, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, y Puerto Rico.
El Virreinato de Nueva España incluía también, parte de la Columbia Británica, actual Canadá, Filipinas, algunas islas del Pacífico, y durante 16 años la isla de Formosa, actual Taiwan.
En su nuevo destino participó en la campaña contra los apaches y ascendió a capitán del Regimiento de la Corona de Nueva España. Combatiendo contra los indígenas consiguió el grado de comandante de Nueva Vizcaya y Sonora, la actual Nuevo México. Sufrió varias heridas y regresó a España en el 72. Participó en la expedición contra Argel, donde volvió a ser herido de gravedad y ascendió a teniente coronel.
En 1776 se le nombró coronel del Regimiento de Infantería de Luisiana y regresó a América, ocupando también el cargo de Gobernador de la provincia.
En 1777 se casó con Marie Felicité Saint-Maxent, joven viuda criolla.
Se preocupó de asegurar el territorio y promovió nuevos asentamientos con colonos provenientes fundamentalmente de las Islas Canarias; entre otros, San Bernardo, Barataria, Galveztown y Valenzuela. Además, impulsó políticas de entendimiento con los indios.
El 4 de julio de 1776 se había producido la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En un primer momento España se declaró neutral, pero pronto colaboró con los estadounidenses, y el 21 de junio de 1779 declaró la guerra al Reino Unido. Gálvez se puso al frente de un pequeño ejército formado por blancos, negros, mulatos e indios, tomó Baton Rouge y rindió el fuerte de Panmure, que controlaba la navegación por el Misisipi. Al ocupar la región y permitir la navegación por el río mejoró drásticamente la situación de las tropas estadounidenses en Georgia y Carolina del Sur.
Regresó a Nueva Orleans para preparar la campaña contra Mobile y Pensacola. En marzo de 1780 tomó la primera, pero, por diversas vicisitudes, hasta mayo del año siguiente no pudo rendir Pensacola. Lo hizo al mando de un ejército de 7.000 hombres, 1.500 de los cuales eran indios, la mayor parte seminolas. Para tomar la plaza, Gálvez decidió que no era suficiente el acoso por tierra, sino que había que penetrar en la bahía con los barcos, para lo que era necesario atravesar un peligroso estrecho protegido por dos baterías de cañones. Como el jefe de la escuadra se negó a asumir tan alto riesgo, Gálvez subió a otro bergantín de nombre “Gálveztown”, y se dispuso a entrar él solo. “El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy delante para quitarle el miedo”. Entró en la bahía bajo el fuego enemigo, seguido por dos pequeñas cañoneras, pero consiguió pasar sin sufrir grandes daños.
Después pasó toda la escuadra.
Esta difícil conquista le valió el ascenso a Teniente General, siendo el más joven en alcanzar ese grado.
Por la heroica acción el rey Carlos III le concedió el título de Conde de Gálvez y en su escudo figuró un bergantín y la leyenda “Yo solo”.
La batalla de Pensacola fue decisiva para el desarrollo de la guerra y así lo reconocieron Thomas Jefferson y Georges Washington, invitando a Gálvez a participar en las celebraciones del 4 de julio.
En 1783 regresó a España, para volver al año siguiente a Cuba como Gobernador y Capitán General. En 1785 fue nombrado Virrey de Nueva España.
A partir de agosto de 1786 se empezó a deteriorar su salud, y finalmente falleció en noviembre de ese año a causa de una enfermedad contraída durante su estancia en Luisiana.
Sus restos reposan en la Iglesia de San Fernando, en Ciudad de México.
En junio de 1976, el rey Juan Carlos I, inauguró una estatua que se le erigió en Washington D.C., junto a las de los libertadores.
En 2014, se colgó en la sala del Senado estadounidense un retrato suyo, obra del pintor Carlos Monserrate, copia de otro realizado en 1784.

En diciembre de ese año, Barack Obama, firmó una resolución del Congreso de los Estados Unidos por la que se concedía la ciudadanía honoraria a Bernardo de Gálvez y Madrid, 231 años después del fin de la contienda, por ser un “héroe de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos que arriesgó su vida por la libertad de los estadounidenses”.  

jueves, 29 de junio de 2017

Soy un A.I.R.E. y hoy es mi cumpleaños.

Hoy, 15 de julio, es mi cumpleaños. Pertenezco desde hace tres décadas a la Agencia Internacional para la Regularización de la Existencia. No sé quién nos puso el nombre pero creo que no estuvo acertado, a mí nunca me gustó. Son cosas de los políticos, en una clara muestra de su hipocresía siempre buscan eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre. Nos podían haber llamado policía encargada de la sostenibilidad de la sociedad, por ejemplo. Eso suena más serio. Y sería más fácil comprender cuál es nuestra importante función.
Nuestro trabajo es fundamental para el desarrollo eficiente de la humanidad, nadie lo pone en duda. Gracias a la labor que hemos venido desarrollando en los últimos tiempos la sociedad ha podido, primero, volver a los niveles de progreso que se alcanzaron a finales del siglo XX, y después, superarlos ampliamente.
Hubo un momento a principios del siglo XXI en que parecía que todo se iba al traste. La gran crisis sorprendió a los países más ricos con el paso cambiado. Los más prestigiosos economistas aventuraban una solución tras otra pero ninguna era la buena. El estatus alcanzado por la sociedad empezó a degradarse muy deprisa. Cundió el pánico. La gente contemplaba aterrada cómo se iba desmoronando todo lo que parecía firmemente establecido. Lo que llamaban el estado del bienestar se hundió en unos pocos meses. La riqueza de las naciones no alcanzaba ni para educación, ni para sanidad, ni para mantener las pensiones de los jubilados. En 2015 la población mundial alcanzó los 7.500 millones de personas. En 2030 pasó de 8.500 millones. Las previsiones apuntaban que en 2050 se llegaría a los 10.000 o incluso 11.000 millones. No había suficiente dinero para tanta gente. No había casi espacio. Los adelantos técnicos, en vez de contribuir al bienestar servían para eliminar puestos de trabajo. Las colas del paro cada vez eran más largas. Se extendió la pobreza y resurgió el hambre en países que vivían seguros de haber dejado atrás ese estado de cosas. Hubo revueltas, luchas callejeras, se multiplicaron los robos y asesinatos. Los países intentaban proteger cada uno su parcela y reverdecieron odios que se creían ya superados. Los nacionalismos excluyentes rebrotaron con fuerza. Los Estados levantaron muros en sus fronteras para detener la inmigración pero todos los esfuerzos resultaron inútiles. Las masas ingentes que se movían de un lugar a otro intentando encontrar un mundo mejor arrasaban con cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. El viaje, además, no les llevaba a ningún sitio porque no había lugar donde ubicarse, en todas partes se habían derrumbado las estructuras que pudiesen mantener un mínimo de bienestar general. Nadie lo reconocía abiertamente, pero se había instalado una especie de amarga resignación ante un futuro de desolación. Se tenía la certeza de que nos precipitábamos hacia una guerra de proporciones aterradoras. De hecho, los más radicales pregonaban que era necesario emprenderla cuanto antes, pero las máximas autoridades no se atrevían. Les retenía el convencimiento de que una vez iniciada no habría nadie capaz de detenerla a tiempo y era previsible que acabaría por eliminar a toda la humanidad.
La solución llegó de Oriente. Allí saben cómo manejar estos temas, si hay gangrena se amputa, de nada sirven los paños calientes. Los japoneses fueron los pioneros en implementar las medidas y obtuvieron unos resultados tan espectaculares que enseguida les copiaron todos los demás países. En pocos meses la situación dio un giro de 180 grados.
Yo me alisté en la primera promoción de mi país. Tenía 20 años, era fuerte y estaba lleno de energía. Superé todas las pruebas a pesar de que eran ciertamente exigentes. Nos prepararon a conciencia, no podíamos fracasar. Aún recuerdo, como si fuera hoy, la emoción que sentí el primer día de trabajo. ¡Con qué entusiasmo emprendimos nuestra decisiva misión!
Empezamos por los terminales. Esos que se mantenían durante días y días entubados, enganchados a una máquina, por la absurda idea de que había que intentar todo lo humanamente posible para salvarlos. Un auténtico desatino, eran desechos sin esperanza que suponían un despilfarro de millones para las arcas públicas. Algunos médicos trataron de resistir, algunos familiares también. Lo intentaron por la fuerza y por el soborno. No consiguieron nada, éramos los más fuertes y éramos insobornables. Nos habían elegido bien. Superamos muchas pruebas antes de conseguir formar parte de aquellos equipos de élite. Sabíamos lo que teníamos que hacer y lo hacíamos. Llegábamos a los hospitales, a las clínicas, incluso a las casas particulares de los más pudientes, desconectábamos los aparatos, los inutilizábamos, si era preciso los destrozábamos, y se acabó. El efecto fue radical, instantáneo, prueba de que aquel derroche era artificial y no servía para nada, como mucho para tranquilizar algunas conciencias. El mundo desmoronándose y ellos preocupados con sus ridículos problemillas de conciencia.
Cuando vieron que éramos implacables, muchos intentaron esconderse para continuar con sus prácticas subrepticiamente. Empresa inútil, también nos habían entrenado para esa eventualidad. Conocíamos sus argucias y siempre acabábamos localizándolos. En unos meses no quedó ninguno y los resultados se hicieron patentes de modo fulminante.
Las cifras fueron altamente positivas, incluso espectaculares. Pero a pesar de ello se demostraron insuficientes. Inmediatamente se decidió ampliar el espectro.
El C.S.E., Comité de Sostenibilidad Existencial, asesorado por un grupo de expertos, calculó que el tope tenía que establecerse en 85. La población que superaba esa barrera se había disparado exponencialmente en los últimos años. Cuando nos dijeron la cifra casi no la podíamos creer, era desmesurada. Los economistas calcularon que corrigiendo ese extremo, los números cuadrarían.
Esta segunda fase de la operación presentó mayores dificultades. Al iniciarla nos encontramos ante un contingente de enormes proporciones, la longevidad se había convertido en una terrible plaga. Fue necesario triplicar la plantilla para enfrentar el asunto con garantías. Hasta que no conocimos el problema en profundidad no pudimos darnos cuenta de la complejidad del mismo. Era impensable que la sociedad pudiera sobrevivir con aquella tremenda rémora. Absolutamente imposible. El saneamiento fue fácil en las residencias geriátricas, es evidente, pero enseguida pudimos comprobar que el porcentaje que vivía en aquellos centros era una ínfima proporción del total. La crisis los había vaciado, no había dinero para mantenerlos allí y las familias habían vuelto a hacerse cargo de los internos. En la mayoría de los casos para beneficiarse de la pensión de los antiguos residentes. Muchas familias vivían del dinero que percibían los ancianos. Una muestra más de hasta dónde había degenerado el sistema. Ante esta situación, hubo que hacer el trabajo casa por casa. Aquí la oposición que encontramos fue mucho mayor. Principalmente porque al efectuar el servicio, la familia se quedaba sin la remuneración del ente interceptado. Incluso nos encontramos más de un caso en el que el sujeto ya no existía. Se había ocultado su desaparición para continuar percibiendo el subsidio. Gente sin conciencia cívica. Anteponían su particular egoísmo al interés de la comunidad.    
Hicimos una labor excelente, nos llevó tiempo y mucho esfuerzo, pero los resultados compensaron tanto sacrificio.
Cuando íbamos por las casas, algunos se escondían, otros intentaban falsificar sus documentos, en los casos más extremos intentaron rechazarnos con gran violencia. Todo inútil, teníamos los medios técnicos y humanos para detectar las trampas o para enfrentarnos a los que pretendían oponerse a la ley. En apenas un año no quedó nadie por encima del límite fijado.
A pesar de la oposición que encontramos, llevamos a cabo el proceso de sostenibilidad con gran profesionalidad y exquisito cuidado. Los sujetos, una vez descubiertos y afianzados, eran conducidos a las C.T., Casas de Tránsito, donde, en un entorno muy confortable, se les permitía prepararse para el viaje durante unas horas en rigurosa intimidad. Después eran sedados dulcemente y ya no despertaban. ¿Cuántos a lo largo de la historia no habrían suspirado por un final tan agradable?
Una vez dejamos expedita la franja señalada por los expertos, se confeccionó un preciso censo para localizar con absoluta exactitud y precisión a los que iban accediendo a la frontera. Todo quedó reducido a un simple ejercicio de mantenimiento.
Los resultados fueron espectaculares, la sociedad dio un salto adelante en la consecución del estado del bienestar como jamás se había logrado antes en toda la historia de la humanidad. Tan extraordinarios fueron los efectos del plan establecido que el Comité de Sostenibilidad Existencial decidió que había que continuar avanzando en la misma dirección. La mejoría de las condiciones de vida animó a la gente a tener más hijos y el aumento de la pirámide demográfica por la base obligaba a reducirla por la cumbre. Era necesario hacer otro esfuerzo para que no se malograran los éxitos alcanzados. Se planificó una exigente agenda de trabajos, se organizaron numerosos encuentros, se analizaron múltiples alternativas, se estudiaron a conciencia las diferentes posibilidades y se compararon infinitas proyecciones. No se escatimó en medios, se contó con la participación de los más eminentes economistas, matemáticos y físicos, incluso se invitó a dos premios Nobel a participar en los debates. Ayudó mucho el hecho de que la mayoría de los líderes mundiales tenía menos de 30 años. La conclusión de los expertos fue que había establecer el límite en los 75.
Después se rebajó a 62, y en la última revisión se fijó en 50.
Gracias a estas medidas la humanidad está viviendo una época esplendorosa. Nunca antes se habían alcanzado niveles de bienestar similares a los que disfruta en la actualidad. Me siento muy orgulloso de haber contribuido con mi trabajo a este estado de cosas.
Y ahora me voy a preparar para mi viaje. Debo confesar que en un momento de debilidad se me pasó por la cabeza la idea de intentar escapar, pero pronto la rechacé, sé que es inútil. Mis compañeros son implacables y me encontrarían rápidamente. Los aguardo con serenidad, saben que es mi cumpleaños y no tardarán en venir a buscarme para acompañarme al Centro de Tránsito. 

Novela corta y Relatos en: "El crimen de Lainma y otros horrores".
Disponible en Amazon. 

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El crimen de Lainma y otros horrores de [Molinos, Luis]

miércoles, 21 de junio de 2017

Terrorismo y superpoblación

En 1850 la población mundial alcanzó los mil millones de habitantes. En 1930 llegó a los 2.000 millones. En 1960 se sobrepasaron los 3.000 millones. Hoy, en 2017, ya somos 7.500 millones.
En 1967, un informe de la OCDE, "Population Control and Economic Developement", establecía tres supuestos de crecimiento de la población mundial para el año 2050. Estos eran, 7.000 millones para la variante baja, 9.000 millones para la media, y 11.000 millones para la alta. La primera variante la hemos superado con casi cuarenta años de adelanto. Las últimas previsiones se corrigieron y ahora anuncian que alcanzaremos los 9.000 millones, la variante intermedia, para el 2030. A este ritmo es previsible que superaremos con amplitud la variante más alta, la más pesimista, en el 2050. En apenas 200 años la población mundial habrá crecido en más de 10.000 millones de seres. ¿Cuánto más puede aumentar?
Este crecimiento desorbitado no está regularmente repartido por el planeta. Naciones Unidas prevé que en 2050 la mitad de la población mundial estará concentrada en tan solo 9 países y 5 serán africanos. Según esas previsiones, Nigeria, que actualmente ocupa la séptima plaza y es el único país africano entre los diez primeros, pasará a ocupar el tercer lugar, desbancando a Estados Unidos. Los restantes serán China, India (14% de población musulmana), Pakistán (95% de musulmanes, más de 1.000 mujeres asesinadas “por honor” cada año, según la Pakistan´s Human Rights Commission), República Democrática del Congo (mayoritariamente cristiana), Etiopía (33% de musulmanes), Tanzania (35% de musulmanes), Estados Unidos, Indonesia (90% de musulmanes), y Uganda (mayoritariamente católicos).
En nuestros días, en Bangladés (90% musulmanes), el país con mayor densidad de población del mundo, el 60% tiene menos de 25 años. En contraste, los países europeos no hacen más que envejecer. En 2050, uno de cada tres europeos tendrá más de 60 años, mientras en América Latina y Asia la proporción será del 25%. En España el grupo de los menores de 25 no llega al 30%, siendo ya de un 23% el de mayores de 60 años.
En Egipto (90% de población musulmana) se producen cada año más de 2,5 millones de alumbramientos, en términos proporcionales cuatro veces más que la media de los países occidentales. En España el promedio de hijos por mujer es de 1,2. Las cifras son similares en el resto de países de la UE. En muchos países africanos pasa de 6, y la mayoría está por encima de 5.
Se está produciendo desde hace décadas una explosión demográfica en unos países mientras en otros los nacimientos no alcanzan a reemplazar las defunciones. Los distintos sistemas sociales y de ámbito cultural no hacen más que incrementar las diferencias. En países con sistemas de pensiones deficitarios o inexistentes, el tener muchos hijos da una cierta esperanza de sustento para la vejez. En España es justo lo contrario, durante los años de crisis, muchos ancianos, con sus pensiones, han tenido que amparar a sus hijos y nietos. También afecta significativamente a la tendencia la distinta forma de enfrentar el aborto. El Islam es contrario al aborto, en ese sentido no se diferencia del cristianismo. La diferencia está en que en la inmensa mayoría de los países musulmanes se respetan los preceptos religiosos, mientras que en los occidentales no, y el aborto se considera un derecho. Mientras “nosotras parimos, nosotras decidimos”, en otras culturas deciden tener cinco, siete, o nueve hijos. El 97% de los abortos practicados en España, más de 100.000 al año (más de un millón en el conjunto de la UE), se hacen bajo el supuesto de protección de la salud psicológica de la madre. Estas cifras inciden poderosamente en el descenso de la natalidad en Europa.
Hace pocos meses, la prensa daba cuenta de que en Uttar Pradesh, el estado más poblado de la India con unos 200 millones, se habían presentado 2,6 millones de personas para optar a una oferta para cubrir 368 empleos públicos. Las autoridades renunciaron a la entrevista personal porque calcularon que necesitarían cuatro años a razón de 2.000 entrevistas diarias. Los requisitos consistían en tener acabados los estudios primarios y saber montar en bicicleta. Se presentaron 255 doctores, 25.000 posgraduados y 150.000 licenciados. Ante esas cifras nuestras crisis resultan risibles.
Los países más pobres son los que más crecen en población, mientras los más ricos se estancan. En ese contexto el trasvase de personas hacia los países con más oportunidades es inevitable por muchos muros que se levanten. En Europa está pasando desde hace décadas y se ha acelerado dramáticamente en los últimos años.
Los primeros emigrantes que empezaron a llegar poco después de la Segunda Guerra Mundial, perdían en gran manera el contacto con sus países de origen y se veían obligados a integrarse en su nuevo lugar de residencia intentando adaptarse a sus usos y costumbres. Los que llegan ahora, debido a internet y la globalización, pueden permanecer en constante contacto con los países de procedencia, no tienen ninguna necesidad de cambiar sus hábitos ni su modo de vida. Pueden residir en un sitio y actuar como si estuvieran en otro. 
La inmigración masiva, siendo en sí misma un problema, se agrava hasta límites insostenibles cuando los que llegan no se integran ni se adaptan a las costumbres del país de acogida, sino que, o bien se aíslan en guetos donde viven de modo muy similar a sus países de origen, o bien pretenden imponer su modo de vida a la sociedad que les acoge. Estos colectivos son más vulnerables a las crisis por educación, idioma, relaciones familiares, etc, y ello genera, por comparación, una disposición a la revuelta. Son terreno propicio para prender la llama de la radicalidad y la violencia. La juventud está siempre dispuesta a comportamientos extremistas, y en juventud los inmigrantes ganan por goleada.
Según el sociólogo alemán Gunnar Heinsohn, los hombres de entre quince y treinta años conforman la parte más violenta de cualquier sociedad. Una sociedad sobrecargada de gente joven tiene muchas probabilidades de sufrir episodios violentos. Los jóvenes tienen gran dificultad para hallar un sitio de prestigio en la sociedad y buscan otras alternativas, que suelen ser de tipo violento.   
Muchos de los jóvenes desarraigados que pueblan las grandes urbes europeas se sentirán en mayor o menor medida próximos a los que perpetran atentados contra intereses occidentales y desearán emularlos.
Cada vez que se produce un atentado, cada vez con más frecuencia, en suelo europeo, los noticiarios dicen que los terroristas son belgas, o franceses, o ingleses. No es cierto, son extranjeros con pasaporte de algún país de la UE. Aunque hayan nacido aquí, son más extraños al sentimiento europeo que cualquier otro que nunca haya pisado Europa. Odian y desprecian todo lo que representa el modo de vida de un europeo, o un occidental. Sus valores son otros. Durante años han ido rumiando el odio al entorno en el que viven.
En los años 30 del pasado siglo no todos los alemanes eran fanáticos nazis, pero la mayoría se dejó arrastrar, o se puso de perfil, o comprendió, toleró o amparó a los asesinos nazis. No todos los rusos era fanáticos estalinistas, pero la mayoría se dejó arrastrar, o se puso de perfil, o comprendió, toleró o amparó a los asesinos estalinistas. Podemos decir lo mismo de lo sucedido en China, en Japón, en Ruanda, o en Camboya. La mayoría de sus habitantes querrían la paz, pero eso no impidió que se produjeran millones de muertes. Es evidente que muchos musulmanes son pacíficos y lo que desean es vivir en paz, pero unos pocos fanáticos asesinos pueden arrastrar a muchos miles de prosélitos, mientras otros cientos de miles de pasivos congéneres se dejarán arrastrar, o se pondrán de perfil, o comprenderán, tolerarán o ampararán la violencia. Nos lo enseña la historia una y otra vez. Y otra. Y otra. El ser humano es así.
Todos los pueblos tienen señas con las que se identifican, idioma, cultura, religión, modo de vida, costumbres, gastronomía, forma de vestir, aspecto físico, y un sinfín de características que, si lo desean o lo necesitan, les sirve para agregarse a unos colectivos y separarse de otros. Las minorías violentas apelan a esas diferencias para seducir a las mayorías y suelen tener un éxito rotundo.
Europa se ha ido llenando de inmigrantes que buscaban una vida mejor que la que padecían en sus lugares de nacimiento. Los que se han integrado han contribuido a enriquecer a la sociedad, siempre la unión y la fusión son enriquecedoras. Los que no se han integrado han generado un grave problema. Viven entre nosotros pero no conviven. El rechazo engendra odio y el odio agresividad y venganza. “Es triste condición humana que más se unen los hombres para compartir los odios que para compartir un mismo amor”, decía Jacinto Benavente. Y odiar significa sentir asco por la simple existencia del otro, desear eliminarlo. Si además eliminar al otro está premiado con el Paraíso ¿cómo se puede detener esta deriva? El virus del odio se extiende muy deprisa y no tenemos vacuna.  
El primer síntoma de la decadencia de una civilización es la demografía. Una sociedad que no es capaz de crecer está condenada a desaparecer, por simple extinción, o por asimilación de otra más prolífica.
Europa ha sido invadida por una civilización más joven y dinámica, resuelta a imponer sus costumbres y su modo de vida. Dispuesta a reemplazar a la civilización existente. No es una cuestión de asimilación o integración. Es una cuestión de sustitución. 
Es un comportamiento cuanto menos incongruente, y desde luego violento y agresivo. Para entrar en un club se necesita una invitación o pagar una entrada. Y una vez dentro hay que respetar las normas establecidas. Si no te gustan es mejor quedarse afuera o buscar otro club. Lo que no parece de recibo es entrar sin que te inviten y encima pretender cambiar las normas.
Es muy duro emigrar, dejar atrás tu tierra, tus vivencias, tu entorno, para empezar de cero en un sitio nuevo. Pero si emigras a otro lugar es porque piensas que vas a vivir mejor, porque has decidido que en ese nuevo lugar las condiciones son más favorables que las que dejas atrás. Si al llegar a él, pretendes que la situación se equipare a la que abandonaste, ¿para qué hacer el viaje? La razón última no queda clara.
Es muy duro emigrar, pero hay una forma de emigración que no necesita desplazamiento. Se puede emigrar sin moverse del sitio. Se pueden perder la tierra, las vivencias, la cultura, las tradiciones, estando quieto, inmóvil. Basta con no hacer nada. Es suficiente con olvidarse del esfuerzo que costó a nuestros antepasados legarnos un lugar donde vivir. O lo que es peor, renegar de esa herencia.
Basta con mirar para otro lado, dudando de nuestras esencias, y confiando de un modo irracional en que no existe un problema, y que en caso de que existiese se va a arreglar solo. Si persistimos en ese camino, habrá que contemplar la posibilidad de que nuestros descendientes se vean obligados a vivir en algún tipo de exilio interior.  

Europa está pagando ahora las facturas de una mala compra. Y la seguirán pagando, y cada vez con mayores intereses, las próximas generaciones que no son responsables del mal negocio de sus progenitores.

martes, 13 de junio de 2017

Entran tropas

El 14 de junio del 40 entraron en Tánger las fuerzas españolas para hacerse cargo de la seguridad. Por entonces la ciudad tenía unos 80.000 habitantes, 22.000 eran de los que llamábamos europeos, de ellos unos 15.000 españoles, 2.500 franceses, 1.200 italianos, 1.000 ingleses, y unos 1.000 de otras nacionalidades.
Las potencias europeas se estaban destrozando entre ellas en una terrible guerra, Francia estaba ocupada, e Inglaterra dedicaba todos sus esfuerzos a evitar la invasión de su territorio. España, en tanto que país neutral, decidió unilateralmente que ejercer la autoridad en Tánger era el mejor modo de garantizar la paz en la Zona.
Se suspendió el Estatuto y se anexionaron las instituciones al protectorado español. Un tabor de la Mehalla de Tetuán entró por el Charf y atravesó desfilando todo el Bulevar. El oficial que mandaba las tropas cabalgaba al frente en un hermoso caballo negro. El sudor del animal hacía brillar su piel de abenuz que contrastaba con el sulham blanco inmaculado con que el militar cubría su uniforme de gala. Se había dejado crecer la barba y en su gorra de plato la estrella de comandante había reemplazado a las de capitán. Luciendo una amplia sonrisa de satisfacción, montaba erguido, mirando a un lado y otro, saludando con ligeros movimientos de cabeza a las jóvenes que vitoreaban a las tropas desde las aceras. Desfilaba ufano como gallo en corral, con la cresta alzada y las plumas relucientes. Al verme se llevó la mano a la gorra en posición de saludo y me hizo signos de que pasaría a visitarme.
Tardó más de tres meses en aparecer por la librería. Me explicó que las labores de seguridad se habían encomendado a dos tabores de Tetuán que debían turnarse cada seis meses. Como estaba en el primer turno tenía que organizar muchas cosas y había estado extremadamente ocupado, sin tiempo para venir  a vernos.
- Ahora ya está casi todo regulado. Unos pocos ajustes más y a vivir. Este destino es una perita en dulce, Casimiro. Por lo que he podido colegir durante estos meses me lo voy a pasar de fábula. Desde que llegué no han parado de invitarme a recepciones. Sólo he podido asistir a dos pero cuando regrese en el siguiente turno no pienso perderme ninguna. Hay un ambiente que ni me lo creo. Menudo ganado tenéis por aquí, amigo. Algo espectacular. Si quieres venir te llevaré alguna vez, no te preocupes. Te nombro agregado civil para leva y enganche - y se reía a grandes carcajadas-, excelente trabajo, ¿eh?, de primera. ¿Cómo sigue su señora madre?, ¿ya no pone la bandera?
Mi madre no se encontraba bien. Llevaba varias semanas sin salir de casa, había perdido peso y daba la impresión de que se le estaba yendo la vitalidad con gran rapidez. Nunca había querido tener una mujer que le aliviase las faenas caseras pero ante la evidencia de su falta de fuerzas no tuvo más remedio que aceptar ayuda.

Contratamos a una rifeña grande, sonrosada y jarifa, que se llamaba Fetoma. Llevaba la cara y las manos tatuadas con dibujos de líneas azules y lucía tres dientes de oro que destellaban como tres luceros cada vez que se reía. De las orejas le colgaban dos arracadas mayúsculas, en los brazos no le cabían más ajorcas y el tobillo derecho lo adornaba con un khalkhal de plata. Iba siempre descalza y resultó ser una gran cocinera.

Fragmento de "Me quedé en Tánger", novela que se desarrolla en la ciudad de Tánger y el norte de Marruecos durante los dos primeros tercios del siglo XX.
Disponible en Amazon, en digital y en papel.


 

Opinión de lectores:
el 1 de noviembre de 2015
Muy bien escrito. Entretenido , se lee de un tirón y describe perfectamente la historia de Tánger y las diferentes culturas que estuvieron presentes en la ciudad cuando era internacional y el paso a la época actual.
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el 27 de noviembre de 2014
Forma novelada de una historia no muy lejana. Me captó desde la primera línea y consiguió que leyera con gusto, me emocionara y disfrutara de su lectura.La volveré a leer.

jueves, 18 de mayo de 2017

El 19 de mayo de 1895 murió José Martí

El padre Patrocinio me tenía al corriente de los acontecimientos, iba todos los días a la Comandancia y siempre traía a las reuniones noticias de última hora.   
Una tarde de finales de mayo nos dio una de la mayor trascendencia:
-Ayer cayó Martí -dijo según entraba por la puerta con el ímpetu acostumbrado.
El doctor y su ayudante, que acababan de sentarse, dieron un respingo.
-¿Cómo es eso? -preguntó Anselmo, visiblemente nervioso- ¿Qué quiere decir cayó?
-Que está muerto, difunto, cadáver. Cayó en Dos Ríos, en el transcurso de una dura batalla entre los mambises y las fuerzas del coronel Ximénez de Sandoval.
-¿Está seguro de la noticia? ¿No podría tratarse de un bulo?
-No hay ninguna duda. El cadáver fue recuperado por los soldados y lo llevaron a Santiago para darle respetuosa sepultura.
-¡Cuánto lo siento! ¡Qué desgracia! Era un gran hombre, un hombre extraordinario, irrepetible.
-Un hombre responsable de esta cruenta guerra que sufrimos. Él es el máximo culpable de la sublevación, él fundó el Partido Revolucionario Cubano, él encrespó a las masas contra los españoles, él soliviantó los ánimos de gente sencilla que no pensaba rebelarse.
-Padre, eso es pensar que un solo hombre puede transformar el pensamiento de todo un pueblo. ¿No le parece más razonable creer que lo que hacen estos grandes hombres es encauzar un sentimiento que está latente en ese pueblo, solo esperando que alguien lo desvele y lo dirija?    
-Los pueblos piensan poco, amigo Anselmo, están a lo que caiga. Lo mismo les da una cosa que la contraria. Se limitan a seguir a quien les prometa una vida mejor.
-Padre, no siga por ahí.
-No me vuelva a mezclar las churras con las merinas. Estoy hablando de la vida terrenal, de este valle de lágrimas por el que transcurre nuestra existencia, de este huerto feraz para los demagogos.
-Martí no es…, no era, un demagogo. Era un patriota…
-Un traidor.
-Un amante de su pueblo. Y por encima de todo un poeta. Llevo aquí unos versos suyos que me llegaron hace bien pocos días. Ahora, conociendo la triste noticia, parecen premonitorios. Con su permiso se los voy a leer:
Yo quiero salir del mundo
por la puerta natural,
en un carro de hojas verdes
a morir me han de llevar.
No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor,
yo soy bueno y como bueno
moriré de cara al sol.

¿No le parece extraordinario que compusiera estas rimas hace pocas fechas? Es como si presintiera su destino.

Fragmento de "La indiana Manuela", novela histórica que se desarrolla en Cuba a finales del siglo XIX.
Disponible en Amazon.


La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

martes, 18 de abril de 2017

Los bereberes arrasan Córdoba.

A la carrera llegó al palacio y a la carrera subió la majestuosa escalinata de mármol. Entró como un ciclón en la alcoba donde Maryam empezaba a desperezarse.
-¡Despierta! -casi gritó-, tenemos que irnos. No hay mucho tiempo, han asesinado a Wadih y estamos en peligro. No tardarán en venir a por nosotros. Ahora ese miserable de Ben Ahraf es de los que tienen el poder y se querrá vengar, no podemos perder ni un momento. Tenemos que salir enseguida.
La princesa se levantó de un salto, intentando asimilar lo que estaba escuchando.
-No puede ser, no puede ser -repetía apesadumbrada-, ha sucedido, al final ha sucedido lo que temíamos.
Vio al eunuco que se asomaba a la puerta para saber qué estaba pasando y le gritó,
-Alí, rápido, tenemos que irnos. Recoge las cosas, lo imprescindible, no podemos perder ni un momento. No van a tardar en venir a por nosotros. Si nos quedamos aquí estamos muertos. ¡Rápido!

El sirviente no necesitó que le repitieran la orden. Hacía ya muchas jornadas que la princesa le había hablado de la posibilidad de que tuvieran que abandonar el palacio y sabía lo que tenía que hacer. Recogió el dinero que tenían preparado y bajó a repartir una parte entre la servidumbre. Mientras, la princesa guardó las joyas más valiosas en una bolsa y después se recogió la larga cabellera ocultándola completamente con un gorro de lana y se colocó unas ropas de Tomás para intentar tener apariencia de hombre.

Fragmento de "La perla de al Ándalus", novela histórica que se desarrolla en la Córdoba andalusí. Disponible en Amazon, en papel y en digital.


5 stars


Opinión de lectores.
on January 2, 2015
Format: Kindle Edition|Verified Purchase

LA PERLA DE AL ÁNDALUS (Spanish Edition) by [Molinos, Luis] 

viernes, 14 de abril de 2017

¿Cuándo empezó la decadencia?

Parece que los chinos ya lo sabían, un antiguo proverbio dice que el leve aleteo de una mariposa se puede sentir en otro punto del mundo. Lorenz eleva un poco el efecto y dice que ese sutil aleteo podría provocar un huracán al otro lado del planeta. En muchas ocasiones es difícil determinar el origen de las cosas, pero todos los acontecimientos tienen una causa primigenia que los motiva. Nada nace porque sí, siempre hay una mariposa que bate las alas.
Europa está en crisis. Es posible que esté en una crisis terminal. Me refiero a la Europa que durante siglos ha liderado lo que llamamos la civilización occidental. La Europa que se ha sustentado en la filosofía griega, el derecho romano, y la moral católica. Los tres pilares básicos sobre los que se construyó la sociedad que ha liderado el progreso del ser humano en el mundo y que ha hecho posible que un número muy importante de hombres y mujeres haya podido beneficiarse de las más altas cotas de bienestar conocidas en la historia de la humanidad.
No fue fácil. Han hecho falta muchos siglos de lucha, grandes y terribles guerras, y enorme sufrimiento, para que nuestros antepasados nos legasen un mundo más justo, más igualitario, más abierto, más cómodo, más solidario, y más habitable que el que ellos vivieron.
Todo el inmenso acervo que nos traspasaron lo estamos dilapidando a marchas forzadas. Puede que en tres o cuatro generaciones no quede nada de él. El gigantesco esfuerzo de nuestros ancestros solo habrá servido para que unas pocas generaciones de egoístas y desagradecidos descendientes se beneficiaran de su extraordinaria determinación. Dicen que las empresas familiares las inicia el abuelo, las engrandece el hijo, y las liquida el nieto vividor y descerebrado. Eso tampoco es nuevo, un antiguo refrán popular advierte que, “de abuelos ricos, hijos pobres y nietos miserables”. Nosotros somos ese nieto ingrato que en pocas décadas se ha fundido el legado de sus progenitores con la ridícula idea de que las cosas son para siempre y no es necesario luchar para conservarlas. Y hasta se permite afirmar con suficiencia que su abuelo era un pobre zafio e ignorante. Hemos perdido el coraje, el tesón, la determinación y, sobre todo, los valores que impulsaron a nuestros abuelos. Acostumbrados desde niños a recibir cualquier capricho, por absurdo que fuese, los nietos han perdido la agresividad necesaria para desenvolverse en un entorno medianamente problemático. No necesitaban luchar, bastaba con pedir. O mejor todavía, con exigir. En su entorno no existían los problemas, todo el mundo era bueno, seráfico. Viva la madre superiora, a vivir que son dos días y el que venga detrás que arree.
El cuerpo humano se sostiene gracias al esqueleto, cuanto más sólidos los huesos, más robusto el cuerpo. El espíritu se sostiene en las ideas, en los valores, en las certezas, cuanto más sólidas, más firme y determinado el carácter, más apto para afrontar los vientos contrarios. El hombre necesita tener certezas. No se trata de no dudar, la duda genera curiosidad y la curiosidad motiva la inteligencia y hace avanzar. La duda creativa es buena y necesaria pero no se puede dudar de todo a todas horas. No se puede dudar de las esencias. Estas, reales o inventadas, deben permanecer en el acervo cultural del hombre. El armazón anímico las necesita como un cojo necesita un bastón, para no caerse. No todo es relativo.
¿Cuándo perdimos los nietos las certezas que sostenían firmes a nuestros abuelos? ¿Cuándo empezamos a dudar de que veíamos blanco lo blanco y negro lo negro? ¿Cuándo todo se volvió gris, o malva, o rosa pálido? Supongo que cuando nos convencieron de que lo que veíamos no era lo que creíamos ver, sino que en realidad lo que debíamos ver era lo que lo que nos decían que viéramos. La verdad no surgía del interior, en un proceso de reflexión, la verdad venía impuesta desde afuera. La verdad la dictaminaron los “expertos”, sea lo que sea lo que se camufla en ese vocablo.
¿Pero dónde aleteó la mariposa por primera vez? ¿Dónde se originó el tsunami que arrasó los pilares de la civilización occidental?
A principios del siglo XX, en París, unos pocos pintores iniciaron un movimiento que quería romper con la pintura tradicional. Como no había manera de superar a los clásicos decidieron explorar otras formas de expresión. Por alguna razón difícil de concretar, algunos “expertos” acogieron la novedad con inusitado entusiasmo. En muy poco tiempo los responsables del invento fueron elevados a los altares del arte y sus obras saludadas como la cúspide de la genialidad. Las masas, incultas e insensibles, solo veían extrañas y antiestéticas formas y colores, y escuchaban perplejas las exaltadas alabanzas que les dedicaban los expertos. En un primer momento, pensaron que era asunto de unos pocos y que no valía la pena hacer caso. Pero, ¡ay!, cuando se apercibieron de los desorbitados precios que adquiría cualquier pequeño garabato empezaron a dudar. Si alguien estaba dispuesto a pagar una fortuna por aquellas cosas debía ser por algo que ellos, en su ignorancia, no llegaban a comprender, pero que debía estar allí aunque no pudieran verlo. La historia nos enseña que la voluntad de unos pocos resueltos suele arrastrar la de otros muchos pasivos. Rápidamente se fueron incorporando entusiastas ensalzadores de las nuevas expresiones, y cuando el número fue medianamente significativo, las masas, las pobres e ignorantes masas, se fueron encontrando cada vez más angustiadas y desorientadas. Si la gente que entendía decía que aquello era bueno, debía serlo, aunque la belleza y emotividad que transmitían no fueran capaces de penetrar en sus incultos cerebros. El pueblo, ese sufrido pueblo, lanza y escudo de los demagogos, empezó a avergonzarse de su ignorancia e insensibilidad. Las buenas gentes no se atrevían a declarar sus pensamientos en público por miedo a patentizar sus limitaciones, callaban o asentían sin mucha convicción para no ser tachados de palurdos, y finalmente claudicaron completamente. Aquellas cosas eran geniales expresiones de espíritus superiores, y punto. Admirémoslas.
Pero la asunción de la realidad impuesta no podía ser gratuita. Tenía que tener consecuencias. Pronto se fueron evanesciendo las certezas. Los pilares que sustentaban el templo se resquebrajaron y el edificio entero se fue desmoronando. Si uno no puede creer en lo que ve ¿cómo va a creer en lo que no ve?, en la religión, en la patria, en las tradiciones, ¿quién se va creer la historia? A saber lo que nos habrán contado. Poco a poco todo se puso en cuestión, nada es lo que nos parece. Las cosas ya no son como las vemos sino como nos dicen que son. Nada tiene un nombre concreto para expresar una idea concreta. No se puede llamar a las cosas por su nombre, hay que utilizar algún giro que diluya la plasmación nítida de la idea. La inconcreción en los términos nos ha convertido en la sociedad del eufemismo. Para todo hay que emplear términos vagos e imprecisos, melifluos y resbaladizos, y la sociedad entera se ha convertido en una sociedad evanescente, blanda, indeterminada y acomplejada.  

Tenemos un problema. Cuando una sociedad sin principios sólidos entra en contacto con otra en la que nadie duda porque todo está escrito y es inamovible, es muy probable que la primera sea engullida por la segunda.