jueves, 21 de septiembre de 2017

Yo también quiero un referéndum.

En el noreste de España hay gente que quiere separarse del resto. Serán unos dos millones, tal vez tres, pero hacen mucho ruido. Infinitamente más ruido que los 43 o 44 millones que quieren que el país permanezca unido. Desde hace muchos años, muchas generaciones han vivido en esta España que heredamos de nuestro antepasados, una entidad que tiene 505.370 km2, 1.952,7 km de fronteras, y 4.964 km de costa. Todo lo que ocurre en ese conjunto nos afecta a todos los que vivimos en él. Si alguien quiere modificar algo incidirá en nuestras vidas; en las nuestras y en las de nuestros descendientes. Por lo tanto tendrán que contar con nuestra opinión. Esos dos o tres millones gritan mucho y se ponen estupendos diciendo que quieren votar porque eso es lo democrático. Eso es democracia, dicen. Estoy totalmente de acuerdo en lo de votar, pero TODOS. Todos los que se vieran afectados por una modificación de la situación actual tienen derecho a votar. Eso es lo democrático, no que lo decidan entre los residentes en un determinado sitio. Por lo tanto, si hay que decidir si España sigue como está o se divide en varias partes, se tendrá que consultar a los habitantes de todo el territorio.
Los dos o tres millones que quieren fragmentar el país hacen infinitamente más ruido que los 43 o 44 millones que quieren que permanezca unido. Se organizan, se manifiestan, llenan las calles, agitan banderas, cantan, amenazan e insultan a los que no piensan como ellos, y salen en las televisiones a todas horas. ¿Qué hacen los 43 o 44 millones que no quieren que se divida el país? Critican al gobierno porque no actúa con suficiente contundencia. Pero en petit comité, sin levantar mucho la voz, no vaya a ser que alguien se entere y le llame facha. Fascistas son los que quieren imponer su voluntad sin tener en cuenta la de los demás. Fascistas, racistas, y xenófobos, los que se sienten superiores a los demás (si se sintieran inferiores no querrían separase).    

Como los 43 o 44 millones que queremos una España unida no hacemos casi ruido, los otros se envalentonan y cada vez gritan más. A estas alturas, en todas las capitales de España debería haber multitudinarias manifestaciones afirmando la unidad del país, apoyando a las fuerzas constitucionales, a los jueces, fiscales, policías, guardia civil, y al Gobierno. Agitando banderas constitucionales y cantando el himno de todos. ¿Por qué permanecemos pasivos ante el ataque constante de unos pocos? Lo que quieren hacer esos pocos nos afecta a todos. ¿Todo lo tiene que resolver el Gobierno cuando ni siquiera tiene el apoyo claro de los otros partidos constitucionales? ¿No deberíamos mostrar nuestro apoyo de modo incuestionable, alto y claro? Que se vea, que se oiga, que salga en las televisiones. Nuestros ascendientes nos dejaron un acervo que tenemos la obligación de transmitir a nuestros descendientes; si no mejor, al menos igual. Nunca peor.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El hecho diferencial

Escuché a los sabios más sapientes,
de este país tan plurinacional,
explicar que el “hecho diferencial”,
va en función de donde vive la gente.
Soy tal vez algo duro de mollera
y me costó hallar las diferencias
que al albur del lugar de residencia
obvias resultan para los lumbreras.
Me esforcé con denuedo, con vehemencia,
y examiné con tesón y con templanza
a personas de engañosa semejanza
sospechando que ocultaban diferencias.
Norte, sur, este y oeste visité,
buscando ese atributo desigual
que mostrara el “hecho diferencial”,
hasta que al fin… ¡Eureka, lo encontré!
Consumí casi toda mi energía
investigando con determinación,
pero al final encontré la solución;
y la encontré en la peluquería.
Las grandes diferencias insalvables
parecen ser asuntos provincianos,
del tipo de flequillos chabacanos
o el torvo pelucón del honorable.
En mi mente por fin, la luz se hizo,
sé dónde están las grandes diferencias
que frustran la serena convivencia;
están en los cerebros enfermizos.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Ignacio Echeverría

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de Ignacio Echevarría. El 3 de junio de 2017 murió un hombre bueno. Bueno en el buen sentido de la palabra, que diría Machado. Un hombre generoso y valiente, porque en su comportamiento excepcional se conjugaron generosidad y valentía, cualidades muy raras en nuestra sociedad.
Solo tres meses y parece que ya nadie se acuerda, pero haríamos bien en tratar de mantener viva la llama que él prendió. Su gesto heroico y altruista no puede caer en el olvido. Su muerte no puede ser preterida por el paso de los días. Sería una infamia que pasemos página y sigamos como si nada hubiera sucedido. En aquel puente ocurrió algo extraordinario. Un hombre bueno actuó al impulso de su corazón, sin detenerse a considerar las consecuencias.
Después del reciente atentado de Las Ramblas, la gente salió a la calle gritando “No tenemos miedo”. Una gallarda afirmación que parece más teatral que verdadera. El único que hasta el momento demostró fehacientemente no tener miedo fue Ignacio. Saltó como un resorte, impulsado por un sentimiento de solidaridad con una víctima. Se enfrentó él solo a tres asesinos armados con machetes con el único afán de socorrer a una mujer que estaba siendo atacada con salvajismo y saña. Su espléndido gesto le costó la vida, pero quiero creer, estoy seguro de ello, que el tiempo que tardaron los miserables terroristas en hacerle frente y acuchillarlo hasta acabar con su joven existencia, sirvió para que varias posibles víctimas se pusieran a salvo. Sin duda habría sido preferible que esas personas que huían se hubieran dado la vuelta y como él, hubieran hecho frente a los abyectos fanáticos, pero eso es demasiado pedir a una sociedad sumisa y amedrentada. Adormecida, pasiva, acomplejada, amoral, que ha renunciado a sus valores, que se avergüenza de sus antepasados, que no respeta su historia ni su cultura. Que practica una especie de autoxenofobia. Por eso, por emerger de ese pozo de ruindad, su gesto tiene tanto valor y no debe caer en el olvido. Exponer su vida por salvar las de los demás es una expresión de suprema nobleza. Es un grito en la oscuridad, una esperanza de que no todo está perdido. Nos permite seguir creyendo en la grandeza de la condición humana. Debe ser un ejemplo para todos, empezando por los políticos, esos políticos pusilánimes, acomodaticios, cobardes, cuando no directamente idiotas o malvados. Y siguiendo por toda una sociedad envejecida y adocenada, que cual avestruz, esconde la cabeza esperando que pase el peligro, o por lo menos que el próximo atentado no le afecte personalmente, que suceda en otra parte cualquiera de esta civilización que se desintegra a marchas forzadas.      
Nos ha costado siglos de lucha y sacrificios vivir en una sociedad abierta, donde se respeta la libertad individual y la vida del prójimo, donde se reconocen los mismos derechos a las personas independientemente de su género, de su tendencia sexual, de su religión, su raza o su nacionalidad. Una nueva vieja cultura donde esos derechos están proscritos está amenazando muy seriamente nuestros valores y nuestra manera de entender la vida.    
Resulta hasta doloroso ver cómo reaccionan en otros países de nuestro entorno ante hechos similares. Clint Eastwood tiene 87 años pero sigue trabajando y actualmente está rodando una nueva película. Trata sobre los militares estadounidenses que en un tren de pasajeros que hacía el trayecto Amsterdam – París, desbarataron el intento de atentado de un terrorista, abalanzándose sobre él y reduciéndolo. Fueron recibidos como héroes en EE.UU. y ahora su gesto va a ser inmortalizado en una película. Muy merecido, sin duda, pero eran tres hombres entrenados contra uno solo, aunque armado hasta los dientes; y además actuaron en defensa propia, porque de no hacerlo, habrían sido asesinados por el terrorista. Echeverría se enfrentó él solo a tres hombres armados con machetes, y no lo hizo en defensa propia, sino para auxiliar a otra persona que ni conocía. Podía haber huido, pero prefirió enfrentarse al terror y lo pagó con su vida. ¿Creen que alguien en España le va a dedicar una película?
Y si algún día la hacen no quiero ni maginar cómo la enfocarían.
Yo no quiero dejar a mis descendientes un mundo peor que el que a mí me legaron mis ancestros. El ejemplo de Ignacio Echeverría debe servirnos de soporte y darnos fuerza para combatir la amenaza. Su sacrificio no puede ser estéril, debe ser fecundo. Debemos tener siempre presentes su valentía, su integridad moral y su solidaridad; y tratar de emularlo. No profanemos su memoria.  


sábado, 2 de septiembre de 2017

La batalla de Accio

La situación en el campamento de Antonio se volvió muy complicada y empezaron las deserciones. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos varios príncipes aliados cambiaron de parecer y se pasaron con todas sus tropas al bando de Octavio. Incluso algunos de sus más próximos colaboradores tomó el camino de la deserción. Cuando el rey Amintas de Galacia les imitó con sus dos mil jinetes, la situación se hizo insostenible. La preocupación entonces devino en cómo salir de allí minimizando las pérdidas para reconstruir las fuerzas con las guarniciones que habían quedado en Oriente. Se hicieron los preparativos para sacar la flota del golfo y poner rumbo a Egipto, con la esperanza de recomponer allí el ejército. Se quemaron los barcos que estaban en peores condiciones y se preparó a las fuerzas de élite para trasladarlas junto a la tripulación habitual. Las tropas que permanecieran en tierra se quedarían desguarnecidas y a merced del enemigo pero se decidió que había que sacrificarlas. Antonio era consciente de que a causa de las continuas deserciones, Octavio estaría informado de todos los preparativos, y de que por lo tanto intentaría impedir la salida hacia el mar abierto. Se prepararon por tanto para la batalla.
Durante unos días sopló fuerte viento y las embarcaciones permanecieron ancladas a resguardo. Cuando la tormenta amainó se dio orden de zarpar. Los barcos salieron en formación compacta y en seguida se encontraron enfrente a la armada de Octavio, desplegada a una milla de distancia. Las naves de Antonio eran más grandes y en un enfrentamiento frontal las de Octavio estaban en desventaja. Al ser más pequeñas tenían que basar sus posibilidades en la maniobrabilidad y la mayor rapidez de movimientos. Pronto se vieron favorecidas porque volvió a levantarse una fuerte brisa que hacía muy difícil a las naves de Antonio mantenerse unidas. Las de Octavio retrocedieron esperando que el oleaje dispersara a las del enemigo.
Cleopatra se quedó con sus barcos en retaguardia observando los acontecimientos. Desde su observatorio pudo ver cómo al separarse, las naves de Antonio empezaron a ser atacadas por los trirremes del enemigo. Desde las galeras les enviaban una nube de flechas, piedras y teas encendidas intentando evitar que se aproximaran, pero cuando las embarcaciones de Octavio conseguían atravesar esa primera barrera, se colocaban en los costados de las naves de Antonio rompiendo los remos y el timón, y dejaban inmovilizado al barco más grande. La lucha era encarnizada. En las dos direcciones volaban antorchas que originaban voraces incendios en las embarcaciones. Algunos intentaban apagar los fuegos lanzando los cadáveres sobre las llamas. Los hombres se derrumbaban abatidos por las flechas y hachas, o ardían entre alaridos. Los que caían al mar estaban perdidos, en pocos segundos desaparecían entre las olas. Desde los barcos en llamas intentaban lanzar garras de hierro a los que estaban más próximos, para fijarlos a su armazón de manera que ardieran a su vez o para tratar de escapar a través de ellos. Cuando una embarcación era abordada se entablaba inmediatamente una lucha salvaje cuerpo a cuerpo. Las espadas y hachas rasgaban el aire atravesando pechos, amputando miembros o cortando cabezas. Las naves que se hundían arrastraban a las profundidades a los hombres que transportaban, atrapados sin remisión.   
Alrededor de las embarcaciones el mar se oscurecía por la sangre de los que iban cayendo. Los hombres que caían al agua no podían sostenerse a flote por el peso de las armaduras y se iban al fondo sin remedio. ¿Por qué estaba ocurriendo aquello? ¿Era por salvar a su país o era por el ego encontrado de dos hombres poderosos? Posiblemente la reina luchaba por salvar el trono y la poca independencia que le quedaba, pero ¿cuáles eran los motivos de Antonio?, probablemente sólo acaparar más poder del que ya gozaba. Seguramente idénticos motivos impulsaban a Octavio a llevar a miles de hombres a la muerte. El ansia de poder de algunos hombres no conoce límites, nunca encuentran la meta en la que detenerse. Octavio y Antonio, antaño iguales en el triunvirato, tenían que eliminarse el uno al otro para acaparar el poder absoluto en todo el Mediterráneo. Cleopatra ansiaba en primer lugar mantener el trono en Egipto, pero seguramente también compartir con su amante el poder en Oriente y Occidente. Si triunfaba podría ser, además de la Reina de la Dos Tierras, la Reina de la Dos Orillas. Asistía al desenlace desde su trono en la galera real con gesto tenso que no dejaba traslucir sus pensamientos. En un momento determinado se levantó y ordenó a sus hombres que iniciaran las maniobras de desatraque. Se había mantenido a resguardo con una veintena de barcos que trasportaba a su guardia más próxima y en los que iba el dinero para la guerra. Aquel tesoro no podía caer en poder del enemigo y la intención de la Faraón no era involucrarse en la pelea, sino escapar hacia Alejandría. Había visto que los barcos en su feroz enfrentamiento se habían ido separando y habían dejado un pasillo entre ellos, creyó ver una posibilidad de atravesar la zona de lucha para escapar sin contratiempos. Los remeros impulsaron las naves con rapidez hacia el centro de la batalla, cuando se aproximaban al punto más peligroso viraron hacia el sur y desplegaron las velas. La flota de Cleopatra se separó del fragor de la pelea y pronto se vieron navegando en alta mar. 
Antonio observó la maniobra desde su nave y no sabemos qué pasó por su mente en aquel instante. Tal vez su ambición de poder no era tan grande como el amor que sentía por Cleopatra. Quizás lo que ocurrió es que en aquellos momentos dedujo que tenía la batalla perdida. A lo mejor pensó que la Reina se alejaba para salvaguardar los fondos que transportaba, con los que podrían levantar otro ejército, y que lo más conveniente era que él ayudara en su custodia hasta colocarlos a salvo. Tal vez simplemente es que ya estaba harto de batallar. No sabemos las causas que motivaron la reacción de un hombre tan impulsivo. Lo que sabemos es que en aquel momento, cuando Antonio vio que Cleopatra ponía proa a Alejandría actuó como si estuviera unido a ella por un lazo invisible, alzó las velas de su nave y abandonando la batalla siguió la estela de su amada.
Cuando sus tropas vieron que el jefe supremo emprendía la huida desistieron en la lucha. Ante el abandono de su comandante, los que también pudieron escapar le siguieron, otros se rindieron, algunos simplemente se pasaron a las filas de Octavio, y sólo unos pocos siguieron batallando hasta el final, sin esperanzas, prefiriendo la muerte a la rendición. La derrota había sido cruel y abrumadora. 

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela histórica que trata de la más famosa biblioteca de la antigüedad. Disponible en Amazon, en digital y en papel.

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]

miércoles, 16 de agosto de 2017

Quemar las naves.

Quemar las naves. Se “queman las naves”, cuando se toma una decisión irreversible, probablemente cuando se hace el último y desesperado intento para lograr algún fin. ¿Pero cuál es el origen de la expresión?
Fue un 16 de agosto de 1519 cuando Hernán Cortés ordenó destruir sus naves. Hacía varios meses que habían desembarcado en lo que se conocía como Tierra Firme y ya habían tenido suficientes evidencias de que se estaban acercando a un imperio de enormes proporciones. En la pequeña tropa que comandaba, existía una facción afín a Velázquez, el Gobernador de Cuba que había intentado en el último momento abortar la expedición de Cortés, sin conseguirlo. Este grupo fue todo el tiempo criticando las decisiones de Cortés, y al evidenciarse ya sin ningún género de dudas que se iban a enfrentar a un enemigo muy poderoso, se confabularon para regresar a la isla. El capitán fue informado de lo que se estaba tramando y de inmediato ordenó apresar a los cabecillas, les sometió a un juicio sumarísimo y dos de ellos fueron ahorcados. Otros escaparon con una ración de latigazos. Cortés contaba con unas fuerzas muy escasas y si se hubiera producido una deserción importante, le hubiera resultado de todo punto imposible seguir adelante con la empresa. Para que nadie más tuviera tentación de desertar, ordenó en aquel punto destruir las naves. Sacaron de ellas todo lo que podía ser de utilidad, soltaron las amarras, y dejaron que el fuerte oleaje las estrellara contra las rocas hasta que se hicieron añicos. Al destrozar los barcos se eliminó cualquier intento de abandono. 
Esta acción, decidida y temeraria, parece que está en el origen de la expresión “quemar las naves”. Hay, no obstante, quien remonta el origen de la expresión a una acción similar de Alejandro Magno al llegar a la costa Fenicia y comprobar que se iban a enfrentar a un enemigo muy superior en número.
En cualquier caso, la contundente determinación de Hernán Cortés, obligó a sus hombres a emprender el camino hacia el interior del país, lo que les llevaría a conquistar el Imperio Azteca. Con otra persona al mando, probablemente la historia habría sido muy distinta.     

Tal día como hoy de 1519 Cortés ordenó destruir sus naves.

Un grupo numeroso estaba tramando un complot para apoderarse de varios navíos y regresar a Cuba, entre ellos había alguna gente de calidad. Uno de los que estaban en el contubernio se arrepintió a última hora y advirtió a nuestro capitán. Cortés nos reunió a los más fieles y nos ordenó detener inmediatamente a los conjurados.
Después se les hizo un juicio sumarísimo, los principales instigadores, Juan Escudero y el piloto Diego Cermeño, fueron condenados a muerte y ahorcados. Este piloto era un tipo singular, en más de una ocasión me demostró que era capaz de oler la tierra a varias millas de distancia, mucho antes de que se pudiera divisar.  
Algunos otros de los implicados escaparon con una ración de latigazos, y a Gonzalo de Umbría le cortaron los dedos de un pie. Hasta el padre Juan Díaz formaba parte de la intriga. Había rumores de que algún capitán también estaba en el ajo, pero ninguno fue castigado, siempre resulta más fácil reprimir a los más débiles.
Si los velazquistas hubieran llevado a cabo su propósito, las consecuencias habrían sido nefastas para la empresa, todo se podría haber ido al traste. Por eso Cortés tomó una decisión tajante, rápida e inflexible.
De allí nadie se iba a marchar antes de que cumplieran la misión para la que se habían comprometido. Llamó a Escalante y a un grupo de sus más fieles. Nos ordenó que nos dirigiéramos a la rada donde estaban los navíos. Hacía días que los marinos le habían advertido que algunas naves estaban siendo carcomidas por la broma, incluso una de ellas ya estaba inservible, pero las demás seguían siendo aptas para la navegación. Cortés decidió que no debía quedar ninguna disponible para ser utilizada. Sin naves no habría más intentos de deserción. Privados de los medios para escapar, nadie pensaría en regresar a Cuba.
Allí habíamos ido para quedarnos. No habría vuelta atrás.
Sacamos de los navíos todo lo que pudiera sernos de utilidad y dimos con ellos al través. Quedaron varados entre las rocas y contemplamos cómo el fuerte oleaje empezaba a deshacerlos. Se acabó la tentación. Con la destrucción de las naves se abortó de raíz cualquier intento de deserción.
Mientras nos afanábamos en aquel menester apareció en el ancón otra nueva embarcación, era la de Francisco de Saucedo, que había quedado en Santiago carenando cuando partió el resto de la flota. Había venido bojeando por todo el litoral hasta dar con nosotros. Traía setenta hombres y nueve caballos. Descargamos todo lo que llevaba a bordo y el barco siguió el mismo destino de los demás.
Allí se quedaron los esqueletos de todos los navíos, prisioneros de las rocas, habíamos roto definitivamente el tenue cordón que todavía nos unía a Cuba.
Nadie debía elucubrar con lo que habíamos dejado detrás. Nuestra vida estaba delante, a poniente. Hacia donde se escondía el sol.

A partir de ese momento nuestra aventura era solo nuestra.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela histórica que relata las conquistas de México y Perú. Disponible en Amazon, en digital y en papel.


CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]


domingo, 13 de agosto de 2017

El 13 de agosto de 1521 se acabó para siempre el Imperio.

Y así se ha perdido el pueblo mexicano, el tlatelolca. Ha dejado abandonada su ciudad. En Amáxac estábamos todos, ya no teníamos escudos, no teníamos macanas, no teníamos comida, no teníamos nada para beber. Toda la noche llovió sobre nosotros.
Salen del agua Cuauhtemoctzin, Topantemoctzin, Temilotzin y Coyohuehuetzin. Ya los llevan a donde está el capitán. Allí está el capitán con Malintzin y con Tonatiuh Alvarado. Ya los hacen prisioneros. Ya sale la gente del pueblo de sus escondites. Ya no hay escondites. Van con andrajos, van sucios, llevan los huesos a flor de piel. Las mujeres solo llevan trapos viejos en sus cabezas. Marchan como si ya no fueran de este mundo. Ya no son de este mundo. Ya no tienen mundo. Las más jóvenes se envejecen, se afean, embadurnan sus caras con lodo, ensucian sus cabellos. Desean ocultar los restos de hermosura. Por todas partes buscan los cristianos, les abren las faldas, les pasan la mano por sus senos, por sus brazos, por sus piernas.
En un año 3-Casa es conquistada la ciudad. Le gente que queda se dispersa por los pueblos vecinos.
Los cristianos buscan oro. Se pregunta a las personas, ¿dónde está el oro? Se registra, se investiga, se mira si lo esconden en los escudos, si en las insignias de guerra, si en el bezote, si en la luneta de la nariz, si en el pendiente de la oreja. En todas partes se mira.      
Se ha perdido el pueblo mexicano. El llanto se extiende, las lágrimas corren por Tlatelolco. Llorad mexicanos, la nación se ha perdido, el pueblo se ha perdido. Abandonan la ciudad. ¿Adónde irán? Nadie les quiere, los otros pueblos les han dado la espalda, los afligen, se burlan de ellos, los matan a traición. Llorad amigos, solo nos quedan las lágrimas.

Cuauhtémoc estaba esperando el ataque y tenía preparadas cincuenta canoas cargadas con sus pertenencias y listas para partir si se veía obligado a abandonar la ciudad. Cuando vio que las naves se le venían encima pensó que la situación era insostenible y se embarcó con toda su familia y sus principales, intentando escapar del cerco. Avisaron de la maniobra a Sandoval y este envió tras él a García Holguín, que comandaba el bergantín más marinero de los que teníamos. Entre las docenas de canoas que escapaban distinguió una más grande y mejor aderezada, y se dirigió a ella dándole pronto alcance. Bajo un toldo iba el gran señor de México. Al apresarlo no opuso resistencia, solo pidió que le llevaran a él y que respetaran a sus mujeres y familia. Holguín ya tenía instrucciones de mostrarse respetuoso, le hizo subir a bordo junto a su mujer y sus principales, y puso proa hacia el real de Cortés. Enterado Sandoval de que se había detenido a Cuauhtémoc, apremió a sus remeros para alcanzar el navío de Holguín y le reclamó el prisionero. Se negó este alegando que él lo había detenido y a él correspondía el honor de entregarlo. Se enzarzaron en una discusión, Sandoval argüía que era él quien estaba al mando, y Holguín que él había sido el autor material del arresto. Avisaron a Cortés y este envió a los capitanes Luis Marín y Francisco Verdugo para que sin más dilación ordenaran a los dos hombres dejar sus cuitas y traer al prisionero. Finalmente los dos acompañaron a Cuauhtémoc ante Cortés, llevándolo cada uno asido de un brazo. Era un hombre joven, no aparentaba más de veinte años.
Cuando se encontró ante el capitán se arrodilló y dijo:
-Señor Malinche, hice cuanto pude por defender mi ciudad y mi pueblo. No he podido hacer más. Puesto que me habéis vencido, tomad ese puñal que lleváis en el cinto y dadme muerte. Solo os pido que respetéis la vida de mi mujer y la de mi familia.  
Cortés le ayudó a incorporarse y le invitó a sentarse en un sillón que había dispuesto. Le dijo que lo consideraba un bravo hombre que había cumplido con su deber y que no pensaba matarlo sino, antes al contrario, respetar su condición de rey de su pueblo.
Era 13 de agosto de 1521, martes, día de San Hipólito, tronaba y llovía como si se hubieran abierto de golpe las compuertas de los cielos.

Ese día terminó el Imperio de México-Tenochtitlan. 

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela histórica que narra las conquistas de México y Perú. Disponible en Amazon en digital y en papel.

Opiniones de lectores

on August 4, 2017
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En digital.

lunes, 7 de agosto de 2017

Cui prodest?

El 8 de agosto de 1897 el Presidente del Consejo de Ministros, don Antonio Cánovas, estaba pasando unos días de descanso en el balneario donostiarra de Santa Águeda. Leía tranquilamente la prensa sentado en un banco, cuando se le acercó por detrás un hombre joven que se alojaba en el establecimiento. Cuando estuvo a un par de metros, sacó de su bolsillo un revolver y le disparó al pecho y a la cabeza. El político cayó al suelo y el asesino lo remató con un tercer tiro. Después se quedó quieto, esperando que lo detuvieran. Cuando lo interrogaron alegó que había cometido el magnicidio para vengar la muerte de sus compañeros anarquistas fusilados algún tiempo antes en Barcelona.
Cánovas era el más firme defensor de la españolidad de Cuba y el máximo sostén de Weyler y su dura línea de actuación. Se había comprometido en defender la presencia de España en la isla “hasta el último hombre y la última peseta”.
Su asesino resultó ser Michelle Angiolillo, un anarquista italiano que teóricamente actuó solo, movido por un sentimiento de venganza. Se le sometió a un juicio sumarísimo y fue condenado a muerte y ajusticiado con garrote vil, doce días más tarde, en la cárcel de Vergara. Cuando se investigó su pasado se supo que tenía relaciones con grupos cercanos al doctor Betances, un conocido defensor de la insurrección cubana.
En cuanto se conoció la noticia la gente empezó a temer que Weyler fuese relevado.

-Independientemente de que condeno este atroz magnicidio -decía el padre Patrocinio-, y de que elevo mis oraciones por el alma de don Antonio, tengo que añadir que su muerte es muy mala noticia para todos nosotros. Cánovas era el más firme defensor de Weyler, él fue el que nos lo envió. Y el resultado a la vista está, cuando llegó, los rebeldes estaban a punto de entrar en La Habana y ahora están al borde de la aniquilación. Weyler parece hecho para la guerrilla, como si se hubiera criado en un bohío, es incansable e implacable. Cánovas lo sabía y confió en él. Don Antonio era un estadista brillante y un hombre fuerte. Los hombres débiles provocan las guerras o las consienten, los hombres fuertes son capaces de evitarlas o de aminorar sus efectos. Mucho me temo que la desaparición de Cánovas no nos va a aportar nada bueno. Tengo muy claro que nos perjudica notablemente. Entonces hay que preguntarse, ¿beneficia a alguien este cobarde asesinato? Pues sí, beneficia claramente a los partidarios de la guerra, a los revolucionarios y a los jingos de los Estados Unidos. Amigo mío, en acontecimientos de singular trascendencia hay que preguntarse siempre ¿cui prodest?, ¿quién se beneficia? Y es posible que llegue a encontrar alguna explicación lógica en un hecho en apariencia irrazonable. Creo poco en el azar. Ese pobre hombre asesinó a don Antonio, pero ¿quién apretó el gatillo realmente?

Fragmento de "La indiana Manuela", novela histórica que se desarrolla en la Cuba de finales del siglo XIX. 
Disponible en Amazon.


La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

martes, 1 de agosto de 2017

¿Dónde se esconde?

Cuando se fundieron las nieves echó a andar. Su padre se había marchado unos años antes y nunca volvió. Su hermano mayor fue tras sus pasos y tampoco regresó. Ahora le tocaba a él. 
Los más viejos del clan aventuraban ideas pero nadie tenía certezas. Algunos narraban historias fantásticas y él quería vivirlas. 
Vadeó ríos, superó montañas, atravesó desfiladeros, soportó ventiscas y tormentas, esquivó a guerreros de otros clanes rivales y supo escapar de lobos y osos. Era muy joven, muy fuerte y estaba decidido a llegar hasta el final. Caminó siempre hacia donde se escondía el sol. Por la mañana lo tenía a la espalda, al poco lo sentía sobre su cabeza, enseguida lo adelantaba y se alejaba deprisa. “Ya te alcanzaré, veré dónde te escondes, conoceré tu secreto”.  Caminó sin descanso hasta que llegó al fin de la tierra. Y lo vio. Se hincó de rodillas y lloró de la emoción. Jamás había visto algo tan inmenso, tan llano, tan azul, tan plácido, tan hermoso. Era la hora del ocaso, el sol iniciaba el descenso, pronto alcanzó la superficie, allá a lo lejos, y comenzó a desaparecer. Le llegó el ruido que hacía al hundirse, como el que emite un palo ardiendo cuando se mete en el agua.
Por fin descubrió el secreto. Cada noche se escondía en el mar. 

domingo, 30 de julio de 2017

El mar, la mar.

Un amarrido martes de marzo, Marcial Camarasa Martínez, marinero cimarrón, martagón y marfuz, mareóse al tomar un amargo Martini y marció su marlota amaranto.
Las margaritas del marjal enmarcaban la marmorosa marquesina amarilla.
Un marabú amaró en el marbete de la marea.
Al calmar la marola, Marcial, sin margen para marrar, amartilló el amarradero marrón, desamarró la maroma y se enmaró en la mar.
Mar maravillosa, mar inmarcesible, mar inmarchitable. Mar.

martes, 25 de julio de 2017

La batalla de Clavijo.

El año 783, Mauregato accedió al trono de Asturias auxiliado por Abderrahman I, a la sazón emir de Córdoba. El andalusí exigió como tributo por su ayuda la entrega anual de cien vírgenes cristianas. A Mauregato le sucedió Bermudo I y a este Alfonso II el Casto, quien se negó a seguir pagando el humillante tributo y se enfrentó al Emirato en la batalla de Lutos, en el año 794. Ganó y rompió el acuerdo.
Unos años después, Abderrahman II reclamó de nuevo el pago de las doncellas. Por entonces reinaba en Asturias Ramiro I, que se negó a satisfacer las intenciones del emir omeya de Córdoba. Para dirimir la cuestión las huestes de uno y otro se enfrentaron en la Batalla de Clavijo, el año 844. Cuentan las crónicas que el Apóstol Santiago acudió en un caballo blanco en auxilio del rey cristiano.
   Cae pronta la oscurecida
e interrumpe la batalla.
Cada bando se retira
a cuidarse las heridas
y a preparar la mañana.
   Reza con fe el buen Ramiro,
pidiendo a Dios que le asista,
hasta que queda dormido.
   ¡En sus sueños ha tenido
una celestial visita!
   “Soy Santiago -le ha hablado-,
a éste, tu pueblo y el mío       
el Señor me ha encomendado
y no voy a abandonaros
en tiempos de desafío.
De mañana, en la alborada,
lanza a tus tropas sin  miedo.
Yo acudiré con mi espada
a dar muerte al sarraceno
junto a tus bravos guerreros
y a los ángeles del cielo”.
   Cuenta Ramiro a sus hombres
la ayuda que el cielo manda.
Todos invocan su nombre:
   -¡El Santo Apóstol nos llama
en la defensa de España!
   Con nuevos bríos se lanzan
contra las huestes del moro.
   En blanco corcel cabalga
blandiendo firme la espada,
junto a ellos, el Apóstol.

jueves, 20 de julio de 2017

La Memocracia

La Democracia ha ido derivando muy deprisa hacia la Memocracia, o gobierno de los memos. Desde hace algún tiempo, cuanto más memo es un político más posibilidades tiene de ser elegido por los votantes. Hemos llegado así a una situación en la que el destino de nuestra sociedad está en manos de auténticos memos. ¿Cómo hemos podido alcanzar tan altas cotas de insensatez?
Hay muchas causas de esta deriva, pero una importante tiene su origen en la proliferación de las redes sociales. Todo ser humano debe atravesar la edad del pavo, un periodo ineludible en la evolución de las personas. En esa fase del desarrollo se produce una violenta eclosión de las hormonas que convulsiona la personalidad de los adolescentes y hace que cometan insensateces y digan memeces. Hasta hace unos años todavía, los preceptores, padres y profesores, les corregían y orientaban contribuyendo a que al llegar a la edad adulta, el grado de memez de cada individuo estuviera muy limitado, o incluso, en algunos raros casos, hubiera desaparecido por completo.  Con el surgimiento de las redes sociales, ese positivo encauzamiento de la conducta humana ha desaparecido. Cualquiera puede propalar a los cuatro vientos la mayor insensatez sin que nadie le corrija. El adolescente, no solo no encuentra ninguna objeción a sus disparates, sino que además converge con otros insensatos que jalean sus ocurrencias, y en consecuencia se convence de que está haciendo agudas observaciones. Atraviesa la edad del pavo sin que nadie le ayude a desprenderse de las plumas perniciosas y llega por tanto a la adultez con todo el bagaje repleto de inconsistencias. Se convierte en un adulto memo.
Así es como hemos llegado a la proliferación de adultos memos en lugares influyentes, que no solo dicen y hacen tonterías, sino que además se muestran orgullosos de sus actos y los exhiben sin el menor rubor. Son memos prepotentes convencidos de que están en posesión de la verdad. Son memos peligrosos.

La Memocracia es un sistema perverso que coloca en el vértice de la pirámide a individuos estúpidos ufanos de su estupidez. Siempre ha habido estúpidos en una proporción elevada, pero nunca han gozado de tanto poder como ahora. “La persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe”, dice Carlo M. Cipolla; si se instalan en lugares donde sus actuaciones repercuten en toda la sociedad, el peligro se multiplica. Si no se corrige pronto esta deriva, y no es fácil, la sociedad va derecha al desastre. 

domingo, 16 de julio de 2017

El héroe de Pensacola.

Un héroe poco conocido.

El 23 de julio de 1746 nació en Macharaviaya, actualmente en la provincia de Málaga, Bernardo de Gálvez y Madrid. Militar y político, héroe de Pensacola, semidesconocido en España a pesar de sus grandes méritos.
A los 16 años inició su carrera militar, ingresando en el regimiento francés Royale Cantabre. Participó en la invasión de Portugal, después de que España declarara la guerra al Reino Unido.
En 1769 llegó a Nueva España, que en su momento comprendía el actual México, más los actuales estados de California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington. Florida, y zonas de Idaho, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma y Luisiana.
El territorio abarcaba además los actuales Guatemala, Costa Rica, El Salvador, Belice, Honduras, Nicaragua, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, y Puerto Rico.
El Virreinato de Nueva España incluía también, parte de la Columbia Británica, actual Canadá, Filipinas, algunas islas del Pacífico, y durante 16 años la isla de Formosa, actual Taiwan.
En su nuevo destino participó en la campaña contra los apaches y ascendió a capitán del Regimiento de la Corona de Nueva España. Combatiendo contra los indígenas consiguió el grado de comandante de Nueva Vizcaya y Sonora, la actual Nuevo México. Sufrió varias heridas y regresó a España en el 72. Participó en la expedición contra Argel, donde volvió a ser herido de gravedad y ascendió a teniente coronel.
En 1776 se le nombró coronel del Regimiento de Infantería de Luisiana y regresó a América, ocupando también el cargo de Gobernador de la provincia.
En 1777 se casó con Marie Felicité Saint-Maxent, joven viuda criolla.
Se preocupó de asegurar el territorio y promovió nuevos asentamientos con colonos provenientes fundamentalmente de las Islas Canarias; entre otros, San Bernardo, Barataria, Galveztown y Valenzuela. Además, impulsó políticas de entendimiento con los indios.
El 4 de julio de 1776 se había producido la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. En un primer momento España se declaró neutral, pero pronto colaboró con los estadounidenses, y el 21 de junio de 1779 declaró la guerra al Reino Unido. Gálvez se puso al frente de un pequeño ejército formado por blancos, negros, mulatos e indios, tomó Baton Rouge y rindió el fuerte de Panmure, que controlaba la navegación por el Misisipi. Al ocupar la región y permitir la navegación por el río mejoró drásticamente la situación de las tropas estadounidenses en Georgia y Carolina del Sur.
Regresó a Nueva Orleans para preparar la campaña contra Mobile y Pensacola. En marzo de 1780 tomó la primera, pero, por diversas vicisitudes, hasta mayo del año siguiente no pudo rendir Pensacola. Lo hizo al mando de un ejército de 7.000 hombres, 1.500 de los cuales eran indios, la mayor parte seminolas. Para tomar la plaza, Gálvez decidió que no era suficiente el acoso por tierra, sino que había que penetrar en la bahía con los barcos, para lo que era necesario atravesar un peligroso estrecho protegido por dos baterías de cañones. Como el jefe de la escuadra se negó a asumir tan alto riesgo, Gálvez subió a otro bergantín de nombre “Gálveztown”, y se dispuso a entrar él solo. “El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy delante para quitarle el miedo”. Entró en la bahía bajo el fuego enemigo, seguido por dos pequeñas cañoneras, pero consiguió pasar sin sufrir grandes daños.
Después pasó toda la escuadra.
Esta difícil conquista le valió el ascenso a Teniente General, siendo el más joven en alcanzar ese grado.
Por la heroica acción el rey Carlos III le concedió el título de Conde de Gálvez y en su escudo figuró un bergantín y la leyenda “Yo solo”.
La batalla de Pensacola fue decisiva para el desarrollo de la guerra y así lo reconocieron Thomas Jefferson y Georges Washington, invitando a Gálvez a participar en las celebraciones del 4 de julio.
En 1783 regresó a España, para volver al año siguiente a Cuba como Gobernador y Capitán General. En 1785 fue nombrado Virrey de Nueva España.
A partir de agosto de 1786 se empezó a deteriorar su salud, y finalmente falleció en noviembre de ese año a causa de una enfermedad contraída durante su estancia en Luisiana.
Sus restos reposan en la Iglesia de San Fernando, en Ciudad de México.
En junio de 1976, el rey Juan Carlos I, inauguró una estatua que se le erigió en Washington D.C., junto a las de los libertadores.
En 2014, se colgó en la sala del Senado estadounidense un retrato suyo, obra del pintor Carlos Monserrate, copia de otro realizado en 1784.

En diciembre de ese año, Barack Obama, firmó una resolución del Congreso de los Estados Unidos por la que se concedía la ciudadanía honoraria a Bernardo de Gálvez y Madrid, 231 años después del fin de la contienda, por ser un “héroe de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos que arriesgó su vida por la libertad de los estadounidenses”.  

jueves, 29 de junio de 2017

Soy un A.I.R.E. y hoy es mi cumpleaños.

Hoy, 15 de julio, es mi cumpleaños. Pertenezco desde hace tres décadas a la Agencia Internacional para la Regularización de la Existencia. No sé quién nos puso el nombre pero creo que no estuvo acertado, a mí nunca me gustó. Son cosas de los políticos, en una clara muestra de su hipocresía siempre buscan eufemismos para no llamar a las cosas por su nombre. Nos podían haber llamado policía encargada de la sostenibilidad de la sociedad, por ejemplo. Eso suena más serio. Y sería más fácil comprender cuál es nuestra importante función.
Nuestro trabajo es fundamental para el desarrollo eficiente de la humanidad, nadie lo pone en duda. Gracias a la labor que hemos venido desarrollando en los últimos tiempos la sociedad ha podido, primero, volver a los niveles de progreso que se alcanzaron a finales del siglo XX, y después, superarlos ampliamente.
Hubo un momento a principios del siglo XXI en que parecía que todo se iba al traste. La gran crisis sorprendió a los países más ricos con el paso cambiado. Los más prestigiosos economistas aventuraban una solución tras otra pero ninguna era la buena. El estatus alcanzado por la sociedad empezó a degradarse muy deprisa. Cundió el pánico. La gente contemplaba aterrada cómo se iba desmoronando todo lo que parecía firmemente establecido. Lo que llamaban el estado del bienestar se hundió en unos pocos meses. La riqueza de las naciones no alcanzaba ni para educación, ni para sanidad, ni para mantener las pensiones de los jubilados. En 2015 la población mundial alcanzó los 7.500 millones de personas. En 2030 pasó de 8.500 millones. Las previsiones apuntaban que en 2050 se llegaría a los 10.000 o incluso 11.000 millones. No había suficiente dinero para tanta gente. No había casi espacio. Los adelantos técnicos, en vez de contribuir al bienestar servían para eliminar puestos de trabajo. Las colas del paro cada vez eran más largas. Se extendió la pobreza y resurgió el hambre en países que vivían seguros de haber dejado atrás ese estado de cosas. Hubo revueltas, luchas callejeras, se multiplicaron los robos y asesinatos. Los países intentaban proteger cada uno su parcela y reverdecieron odios que se creían ya superados. Los nacionalismos excluyentes rebrotaron con fuerza. Los Estados levantaron muros en sus fronteras para detener la inmigración pero todos los esfuerzos resultaron inútiles. Las masas ingentes que se movían de un lugar a otro intentando encontrar un mundo mejor arrasaban con cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. El viaje, además, no les llevaba a ningún sitio porque no había lugar donde ubicarse, en todas partes se habían derrumbado las estructuras que pudiesen mantener un mínimo de bienestar general. Nadie lo reconocía abiertamente, pero se había instalado una especie de amarga resignación ante un futuro de desolación. Se tenía la certeza de que nos precipitábamos hacia una guerra de proporciones aterradoras. De hecho, los más radicales pregonaban que era necesario emprenderla cuanto antes, pero las máximas autoridades no se atrevían. Les retenía el convencimiento de que una vez iniciada no habría nadie capaz de detenerla a tiempo y era previsible que acabaría por eliminar a toda la humanidad.
La solución llegó de Oriente. Allí saben cómo manejar estos temas, si hay gangrena se amputa, de nada sirven los paños calientes. Los japoneses fueron los pioneros en implementar las medidas y obtuvieron unos resultados tan espectaculares que enseguida les copiaron todos los demás países. En pocos meses la situación dio un giro de 180 grados.
Yo me alisté en la primera promoción de mi país. Tenía 20 años, era fuerte y estaba lleno de energía. Superé todas las pruebas a pesar de que eran ciertamente exigentes. Nos prepararon a conciencia, no podíamos fracasar. Aún recuerdo, como si fuera hoy, la emoción que sentí el primer día de trabajo. ¡Con qué entusiasmo emprendimos nuestra decisiva misión!
Empezamos por los terminales. Esos que se mantenían durante días y días entubados, enganchados a una máquina, por la absurda idea de que había que intentar todo lo humanamente posible para salvarlos. Un auténtico desatino, eran desechos sin esperanza que suponían un despilfarro de millones para las arcas públicas. Algunos médicos trataron de resistir, algunos familiares también. Lo intentaron por la fuerza y por el soborno. No consiguieron nada, éramos los más fuertes y éramos insobornables. Nos habían elegido bien. Superamos muchas pruebas antes de conseguir formar parte de aquellos equipos de élite. Sabíamos lo que teníamos que hacer y lo hacíamos. Llegábamos a los hospitales, a las clínicas, incluso a las casas particulares de los más pudientes, desconectábamos los aparatos, los inutilizábamos, si era preciso los destrozábamos, y se acabó. El efecto fue radical, instantáneo, prueba de que aquel derroche era artificial y no servía para nada, como mucho para tranquilizar algunas conciencias. El mundo desmoronándose y ellos preocupados con sus ridículos problemillas de conciencia.
Cuando vieron que éramos implacables, muchos intentaron esconderse para continuar con sus prácticas subrepticiamente. Empresa inútil, también nos habían entrenado para esa eventualidad. Conocíamos sus argucias y siempre acabábamos localizándolos. En unos meses no quedó ninguno y los resultados se hicieron patentes de modo fulminante.
Las cifras fueron altamente positivas, incluso espectaculares. Pero a pesar de ello se demostraron insuficientes. Inmediatamente se decidió ampliar el espectro.
El C.S.E., Comité de Sostenibilidad Existencial, asesorado por un grupo de expertos, calculó que el tope tenía que establecerse en 85. La población que superaba esa barrera se había disparado exponencialmente en los últimos años. Cuando nos dijeron la cifra casi no la podíamos creer, era desmesurada. Los economistas calcularon que corrigiendo ese extremo, los números cuadrarían.
Esta segunda fase de la operación presentó mayores dificultades. Al iniciarla nos encontramos ante un contingente de enormes proporciones, la longevidad se había convertido en una terrible plaga. Fue necesario triplicar la plantilla para enfrentar el asunto con garantías. Hasta que no conocimos el problema en profundidad no pudimos darnos cuenta de la complejidad del mismo. Era impensable que la sociedad pudiera sobrevivir con aquella tremenda rémora. Absolutamente imposible. El saneamiento fue fácil en las residencias geriátricas, es evidente, pero enseguida pudimos comprobar que el porcentaje que vivía en aquellos centros era una ínfima proporción del total. La crisis los había vaciado, no había dinero para mantenerlos allí y las familias habían vuelto a hacerse cargo de los internos. En la mayoría de los casos para beneficiarse de la pensión de los antiguos residentes. Muchas familias vivían del dinero que percibían los ancianos. Una muestra más de hasta dónde había degenerado el sistema. Ante esta situación, hubo que hacer el trabajo casa por casa. Aquí la oposición que encontramos fue mucho mayor. Principalmente porque al efectuar el servicio, la familia se quedaba sin la remuneración del ente interceptado. Incluso nos encontramos más de un caso en el que el sujeto ya no existía. Se había ocultado su desaparición para continuar percibiendo el subsidio. Gente sin conciencia cívica. Anteponían su particular egoísmo al interés de la comunidad.    
Hicimos una labor excelente, nos llevó tiempo y mucho esfuerzo, pero los resultados compensaron tanto sacrificio.
Cuando íbamos por las casas, algunos se escondían, otros intentaban falsificar sus documentos, en los casos más extremos intentaron rechazarnos con gran violencia. Todo inútil, teníamos los medios técnicos y humanos para detectar las trampas o para enfrentarnos a los que pretendían oponerse a la ley. En apenas un año no quedó nadie por encima del límite fijado.
A pesar de la oposición que encontramos, llevamos a cabo el proceso de sostenibilidad con gran profesionalidad y exquisito cuidado. Los sujetos, una vez descubiertos y afianzados, eran conducidos a las C.T., Casas de Tránsito, donde, en un entorno muy confortable, se les permitía prepararse para el viaje durante unas horas en rigurosa intimidad. Después eran sedados dulcemente y ya no despertaban. ¿Cuántos a lo largo de la historia no habrían suspirado por un final tan agradable?
Una vez dejamos expedita la franja señalada por los expertos, se confeccionó un preciso censo para localizar con absoluta exactitud y precisión a los que iban accediendo a la frontera. Todo quedó reducido a un simple ejercicio de mantenimiento.
Los resultados fueron espectaculares, la sociedad dio un salto adelante en la consecución del estado del bienestar como jamás se había logrado antes en toda la historia de la humanidad. Tan extraordinarios fueron los efectos del plan establecido que el Comité de Sostenibilidad Existencial decidió que había que continuar avanzando en la misma dirección. La mejoría de las condiciones de vida animó a la gente a tener más hijos y el aumento de la pirámide demográfica por la base obligaba a reducirla por la cumbre. Era necesario hacer otro esfuerzo para que no se malograran los éxitos alcanzados. Se planificó una exigente agenda de trabajos, se organizaron numerosos encuentros, se analizaron múltiples alternativas, se estudiaron a conciencia las diferentes posibilidades y se compararon infinitas proyecciones. No se escatimó en medios, se contó con la participación de los más eminentes economistas, matemáticos y físicos, incluso se invitó a dos premios Nobel a participar en los debates. Ayudó mucho el hecho de que la mayoría de los líderes mundiales tenía menos de 30 años. La conclusión de los expertos fue que había establecer el límite en los 75.
Después se rebajó a 62, y en la última revisión se fijó en 50.
Gracias a estas medidas la humanidad está viviendo una época esplendorosa. Nunca antes se habían alcanzado niveles de bienestar similares a los que disfruta en la actualidad. Me siento muy orgulloso de haber contribuido con mi trabajo a este estado de cosas.
Y ahora me voy a preparar para mi viaje. Debo confesar que en un momento de debilidad se me pasó por la cabeza la idea de intentar escapar, pero pronto la rechacé, sé que es inútil. Mis compañeros son implacables y me encontrarían rápidamente. Los aguardo con serenidad, saben que es mi cumpleaños y no tardarán en venir a buscarme para acompañarme al Centro de Tránsito. 

Novela corta y Relatos en: "El crimen de Lainma y otros horrores".
Disponible en Amazon. 

https://www.amazon.es/El-crimen-Lainma-otros-horrores-ebook/dp/B009GY8S3M/ref=sr_1_21?ie=UTF8&qid=1498746964&sr=8-21&keywords=luis+molinos

El crimen de Lainma y otros horrores de [Molinos, Luis]

miércoles, 21 de junio de 2017

Terrorismo y superpoblación

En 1850 la población mundial alcanzó los mil millones de habitantes. En 1930 llegó a los 2.000 millones. En 1960 se sobrepasaron los 3.000 millones. Hoy, en 2017, ya somos 7.500 millones.
En 1967, un informe de la OCDE, "Population Control and Economic Developement", establecía tres supuestos de crecimiento de la población mundial para el año 2050. Estos eran, 7.000 millones para la variante baja, 9.000 millones para la media, y 11.000 millones para la alta. La primera variante la hemos superado con casi cuarenta años de adelanto. Las últimas previsiones se corrigieron y ahora anuncian que alcanzaremos los 9.000 millones, la variante intermedia, para el 2030. A este ritmo es previsible que superaremos con amplitud la variante más alta, la más pesimista, en el 2050. En apenas 200 años la población mundial habrá crecido en más de 10.000 millones de seres. ¿Cuánto más puede aumentar?
Este crecimiento desorbitado no está regularmente repartido por el planeta. Naciones Unidas prevé que en 2050 la mitad de la población mundial estará concentrada en tan solo 9 países y 5 serán africanos. Según esas previsiones, Nigeria, que actualmente ocupa la séptima plaza y es el único país africano entre los diez primeros, pasará a ocupar el tercer lugar, desbancando a Estados Unidos. Los restantes serán China, India (14% de población musulmana), Pakistán (95% de musulmanes, más de 1.000 mujeres asesinadas “por honor” cada año, según la Pakistan´s Human Rights Commission), República Democrática del Congo (mayoritariamente cristiana), Etiopía (33% de musulmanes), Tanzania (35% de musulmanes), Estados Unidos, Indonesia (90% de musulmanes), y Uganda (mayoritariamente católicos).
En nuestros días, en Bangladés (90% musulmanes), el país con mayor densidad de población del mundo, el 60% tiene menos de 25 años. En contraste, los países europeos no hacen más que envejecer. En 2050, uno de cada tres europeos tendrá más de 60 años, mientras en América Latina y Asia la proporción será del 25%. En España el grupo de los menores de 25 no llega al 30%, siendo ya de un 23% el de mayores de 60 años.
En Egipto (90% de población musulmana) se producen cada año más de 2,5 millones de alumbramientos, en términos proporcionales cuatro veces más que la media de los países occidentales. En España el promedio de hijos por mujer es de 1,2. Las cifras son similares en el resto de países de la UE. En muchos países africanos pasa de 6, y la mayoría está por encima de 5.
Se está produciendo desde hace décadas una explosión demográfica en unos países mientras en otros los nacimientos no alcanzan a reemplazar las defunciones. Los distintos sistemas sociales y de ámbito cultural no hacen más que incrementar las diferencias. En países con sistemas de pensiones deficitarios o inexistentes, el tener muchos hijos da una cierta esperanza de sustento para la vejez. En España es justo lo contrario, durante los años de crisis, muchos ancianos, con sus pensiones, han tenido que amparar a sus hijos y nietos. También afecta significativamente a la tendencia la distinta forma de enfrentar el aborto. El Islam es contrario al aborto, en ese sentido no se diferencia del cristianismo. La diferencia está en que en la inmensa mayoría de los países musulmanes se respetan los preceptos religiosos, mientras que en los occidentales no, y el aborto se considera un derecho. Mientras “nosotras parimos, nosotras decidimos”, en otras culturas deciden tener cinco, siete, o nueve hijos. El 97% de los abortos practicados en España, más de 100.000 al año (más de un millón en el conjunto de la UE), se hacen bajo el supuesto de protección de la salud psicológica de la madre. Estas cifras inciden poderosamente en el descenso de la natalidad en Europa.
Hace pocos meses, la prensa daba cuenta de que en Uttar Pradesh, el estado más poblado de la India con unos 200 millones, se habían presentado 2,6 millones de personas para optar a una oferta para cubrir 368 empleos públicos. Las autoridades renunciaron a la entrevista personal porque calcularon que necesitarían cuatro años a razón de 2.000 entrevistas diarias. Los requisitos consistían en tener acabados los estudios primarios y saber montar en bicicleta. Se presentaron 255 doctores, 25.000 posgraduados y 150.000 licenciados. Ante esas cifras nuestras crisis resultan risibles.
Los países más pobres son los que más crecen en población, mientras los más ricos se estancan. En ese contexto el trasvase de personas hacia los países con más oportunidades es inevitable por muchos muros que se levanten. En Europa está pasando desde hace décadas y se ha acelerado dramáticamente en los últimos años.
Los primeros emigrantes que empezaron a llegar poco después de la Segunda Guerra Mundial, perdían en gran manera el contacto con sus países de origen y se veían obligados a integrarse en su nuevo lugar de residencia intentando adaptarse a sus usos y costumbres. Los que llegan ahora, debido a internet y la globalización, pueden permanecer en constante contacto con los países de procedencia, no tienen ninguna necesidad de cambiar sus hábitos ni su modo de vida. Pueden residir en un sitio y actuar como si estuvieran en otro. 
La inmigración masiva, siendo en sí misma un problema, se agrava hasta límites insostenibles cuando los que llegan no se integran ni se adaptan a las costumbres del país de acogida, sino que, o bien se aíslan en guetos donde viven de modo muy similar a sus países de origen, o bien pretenden imponer su modo de vida a la sociedad que les acoge. Estos colectivos son más vulnerables a las crisis por educación, idioma, relaciones familiares, etc, y ello genera, por comparación, una disposición a la revuelta. Son terreno propicio para prender la llama de la radicalidad y la violencia. La juventud está siempre dispuesta a comportamientos extremistas, y en juventud los inmigrantes ganan por goleada.
Según el sociólogo alemán Gunnar Heinsohn, los hombres de entre quince y treinta años conforman la parte más violenta de cualquier sociedad. Una sociedad sobrecargada de gente joven tiene muchas probabilidades de sufrir episodios violentos. Los jóvenes tienen gran dificultad para hallar un sitio de prestigio en la sociedad y buscan otras alternativas, que suelen ser de tipo violento.   
Muchos de los jóvenes desarraigados que pueblan las grandes urbes europeas se sentirán en mayor o menor medida próximos a los que perpetran atentados contra intereses occidentales y desearán emularlos.
Cada vez que se produce un atentado, cada vez con más frecuencia, en suelo europeo, los noticiarios dicen que los terroristas son belgas, o franceses, o ingleses. No es cierto, son extranjeros con pasaporte de algún país de la UE. Aunque hayan nacido aquí, son más extraños al sentimiento europeo que cualquier otro que nunca haya pisado Europa. Odian y desprecian todo lo que representa el modo de vida de un europeo, o un occidental. Sus valores son otros. Durante años han ido rumiando el odio al entorno en el que viven.
En los años 30 del pasado siglo no todos los alemanes eran fanáticos nazis, pero la mayoría se dejó arrastrar, o se puso de perfil, o comprendió, toleró o amparó a los asesinos nazis. No todos los rusos era fanáticos estalinistas, pero la mayoría se dejó arrastrar, o se puso de perfil, o comprendió, toleró o amparó a los asesinos estalinistas. Podemos decir lo mismo de lo sucedido en China, en Japón, en Ruanda, o en Camboya. La mayoría de sus habitantes querrían la paz, pero eso no impidió que se produjeran millones de muertes. Es evidente que muchos musulmanes son pacíficos y lo que desean es vivir en paz, pero unos pocos fanáticos asesinos pueden arrastrar a muchos miles de prosélitos, mientras otros cientos de miles de pasivos congéneres se dejarán arrastrar, o se pondrán de perfil, o comprenderán, tolerarán o ampararán la violencia. Nos lo enseña la historia una y otra vez. Y otra. Y otra. El ser humano es así.
Todos los pueblos tienen señas con las que se identifican, idioma, cultura, religión, modo de vida, costumbres, gastronomía, forma de vestir, aspecto físico, y un sinfín de características que, si lo desean o lo necesitan, les sirve para agregarse a unos colectivos y separarse de otros. Las minorías violentas apelan a esas diferencias para seducir a las mayorías y suelen tener un éxito rotundo.
Europa se ha ido llenando de inmigrantes que buscaban una vida mejor que la que padecían en sus lugares de nacimiento. Los que se han integrado han contribuido a enriquecer a la sociedad, siempre la unión y la fusión son enriquecedoras. Los que no se han integrado han generado un grave problema. Viven entre nosotros pero no conviven. El rechazo engendra odio y el odio agresividad y venganza. “Es triste condición humana que más se unen los hombres para compartir los odios que para compartir un mismo amor”, decía Jacinto Benavente. Y odiar significa sentir asco por la simple existencia del otro, desear eliminarlo. Si además eliminar al otro está premiado con el Paraíso ¿cómo se puede detener esta deriva? El virus del odio se extiende muy deprisa y no tenemos vacuna.  
El primer síntoma de la decadencia de una civilización es la demografía. Una sociedad que no es capaz de crecer está condenada a desaparecer, por simple extinción, o por asimilación de otra más prolífica.
Europa ha sido invadida por una civilización más joven y dinámica, resuelta a imponer sus costumbres y su modo de vida. Dispuesta a reemplazar a la civilización existente. No es una cuestión de asimilación o integración. Es una cuestión de sustitución. 
Es un comportamiento cuanto menos incongruente, y desde luego violento y agresivo. Para entrar en un club se necesita una invitación o pagar una entrada. Y una vez dentro hay que respetar las normas establecidas. Si no te gustan es mejor quedarse afuera o buscar otro club. Lo que no parece de recibo es entrar sin que te inviten y encima pretender cambiar las normas.
Es muy duro emigrar, dejar atrás tu tierra, tus vivencias, tu entorno, para empezar de cero en un sitio nuevo. Pero si emigras a otro lugar es porque piensas que vas a vivir mejor, porque has decidido que en ese nuevo lugar las condiciones son más favorables que las que dejas atrás. Si al llegar a él, pretendes que la situación se equipare a la que abandonaste, ¿para qué hacer el viaje? La razón última no queda clara.
Es muy duro emigrar, pero hay una forma de emigración que no necesita desplazamiento. Se puede emigrar sin moverse del sitio. Se pueden perder la tierra, las vivencias, la cultura, las tradiciones, estando quieto, inmóvil. Basta con no hacer nada. Es suficiente con olvidarse del esfuerzo que costó a nuestros antepasados legarnos un lugar donde vivir. O lo que es peor, renegar de esa herencia.
Basta con mirar para otro lado, dudando de nuestras esencias, y confiando de un modo irracional en que no existe un problema, y que en caso de que existiese se va a arreglar solo. Si persistimos en ese camino, habrá que contemplar la posibilidad de que nuestros descendientes se vean obligados a vivir en algún tipo de exilio interior.  

Europa está pagando ahora las facturas de una mala compra. Y la seguirán pagando, y cada vez con mayores intereses, las próximas generaciones que no son responsables del mal negocio de sus progenitores.