jueves, 25 de junio de 2015

Sugerencias para mejorar el desarrollo de un relato.

¿Qué deberíamos hacer para que los lectores devoren nuestro libro?
Como lectores, con toda seguridad, ya hemos devorado más de un libro. ¿Pero qué tenemos que hacer como autores para seducir  a nuestros lectores?
Multiplicar las alternativas.
¿Qué interés tiene una historia si los hechos no tienen consecuencias? Es primordial que los lectores ardan en deseos de conocer la continuación de la historia. Hacen falta por tanto poderosas alternativas para conservar su atractivo. Que conciernan al destino de un personaje o de toda una nación no tiene importancia, lo que engancha al lector es la manera en que se cuenta la historia. Cada relato debe responder a sus propios desafíos.
Ser concisos.
Existen técnicas precisas de escritura para mantener al lector a la expectativa. Una de ellas es la concisión. En efecto, las frases cortas transmiten un sentimiento de urgencia porque aceleran el ritmo de la lectura. Por lo tanto, debemos ser breves, directos y sobre todo ágiles en nuestro propósito. Por supuesto hay que dar a los lectores todas las informaciones necesarias, pero hay que acompasar la sintaxis a la tensión que se quiere transmitir. Así, más adelante se pueden retomar las frases largas para permitir a los lectores respirar y reflexionar sobre los trepidantes acontecimientos de las páginas precedentes.
Jugar con la empatía.
Un autor puede gestionar perfectamente la intensidad de su historia y sin embargo no enganchar a los lectores. Estos son ante todo sensibles a las alternativas que conciernen directamente a los personajes, empatizan con ellos y comparten su destino. Es necesario, en consecuencia, manejar este aspecto tan humano de la lectura para que los lectores se interesen por la evolución de los protagonistas y por lo tanto por el relato. Hay que crear personajes verosímiles que evolucionen al ritmo de los acontecimientos como lo hacen los seres humanos en la vida real.
Compartir las informaciones.
La intriga se construye por una parte con las informaciones que se guardan secretas, y por otra, con las informaciones que se dan al lector. ¿Cómo se gestiona esto? Hay que jugar la carta de la complicidad dando a los lectores alguna información que hasta los propios personajes ignoran. De ese modo el lector estará impaciente por saber cuándo llegará el momento en que el misterio será desvelado y por descubrir la reacción de los personajes, y tal vez, de las graves consecuencias del desenlace. Esta técnica les lleva así mismo a plantearse muchas preguntas independientemente de las alternativas propuestas.
Crear antagonistas creíbles.
Solo hay una cosa peor que un protagonista huero; un antagonista anodino. De hecho, los antagonistas son a menudo la razón de ser del relato y de la tensión inherente. Si los lectores no lo encuentran verosímil no creerán en la intriga. Aunque se desarrollen múltiples alternativas, la historia carecerá de sentido alguno. Hay que sumergirse en la sicología de los antagonistas a fin de darles una personalidad consistente. Interesarse por su pasado, por las razones de su rencor, y por lo que piensan de sus propias acciones.

(Fuente – Envie d´écrire – Barnes and Noble)     

martes, 16 de junio de 2015

De Ayuntamientos, Partidos, y Cultura.

Con la formación de los nuevos ayuntamientos han surgido a la luz pública algunos personajes que hasta ahora transitaban en el anonimato. El más destacado por los medios, y no precisamente por sus virtudes, ha sido el designado para ejercer de concejal de cultura de Madrid. Ante la avalancha de críticas por unos tuits personales de pésimo gusto, se ha visto obligado a renunciar al cargo, que no al acta de concejal. Aunque se declaren ateos, son devotos de Santa Rita, lo que se da no se quita. 
Este hecho me genera dos dudas generales:

1- ¿Cómo elaboran las listas los partidos?
2- ¿Saben los votantes a quiénes dan su voto?

Y una tercera específica:
3- ¿Le importa un comino la cultura a algún partido político?

Respuestas que se me ocurren:
1- A la vista de las circunstancias conocidas, solo puedo pensar que los méritos aportados por el personaje en cuestión para ser elegido se resumen en:
a) Una estrecha amistad con el que elabora las listas.
b) El que elabora las listas solo podía escoger entre dos o tres aspirantes (en un grupo numeroso no sería difícil encontrar a alguien más adecuado)
c) El que elabora las listas es un supino incompetente.
d) Las listas se elaboran por sorteo o jugando a los chinos.
Como no conozco las interioridades del partido en cuestión no puedo saber cuál de las respuestas es la correcta.

2- Para este punto solo tengo una respuesta; los votantes, en general, no tienen ni la menor idea de a quién están votando, salvo en todo caso, al cabeza de lista, y a este más por las promesas que regala alegremente durante la campaña que por los hechos que puede exhibir para garantizar esas promesas. El votante tiende a ser crédulo y optimista, y suele mostrarse propenso a aceptar cualquier oferta que suene bien sin preocuparse demasiado por el cómo o el quién. Aparte de esa confianza tal vez excesiva en el futuro, no dudo de la sensatez y sentido común de los electores en general, y estoy convencido (“absolutamente convencido”, diría cualquier político) de que nadie (salvo los muy sectarios) le habría dado su voto a un personaje de afirmaciones tan miserables.


3- Aquí también solo tengo una respuesta, a ningún partido político, ni nuevo ni viejo, le importa un comino la cultura. Por lo visto todos deben pensar que cualquiera sirve para gestionar, organizar, mejorar, impulsar, u optimizar la cultura de la capital de este país (España). El curriculo del designado, por lo que he leído, muestra una brillante trayectoria de profesor de unos cursos sobre guiones en una escuela de Cuba, y la realización de un corto de seis minutos. ¿De verdad no han encontrado entre 4 o 5 millones de madrileños a alguien un poco más capacitado? ¿O es que simplemente la cultura les importa un bledo y lo único que les importa es el poder? Porque eso sí, estoy convencido (absolutamente convencido) de que esta actitud es indolente y no intencionada. No quiero acordarme de aquel que decía que cuanto más inculto es un pueblo más fácil es de manipular. 

jueves, 4 de junio de 2015

Makarino

En cuanto se restablecieron los llevaron a un nuevo campo, un gran letrero en la entrada avisaba dónde estaban: Makarino.
Alambradas, torres de vigilancia, barracones de madera, perros ladrando incesantemente, centinelas de rasgos mongoles ataviados con gorros orejeros y botas valenki, no se diferenciaba mucho del anterior, podían decir que habían vuelto al mismo sitio. La temperatura rondaría los 40 bajo cero, la ventisca asaeteaba los rostros con agujas de hielo, los lobos aullaban en el nebuloso horizonte, “de nuevo en el hogar”, farfulló Ricardo sin casi mover los labios para que no penetrara en su boca el aire helado.   
Allí habían reunido a un millar de prisioneros. Seiscientos alemanes, doscientos finlandeses y otros doscientos españoles. Dos compañías de soldados se ocupaban de la vigilancia, al mando de un jefe de la NKVD, el órgano encargado de la seguridad del Estado.
Los mandaron de nuevo a sacar troncos del río, pero ahora estaba helado. Los maderos se hallaban aprisionados en el hielo y había que liberarlos rompiendo la dura capa con barras de hierro, el frío era tan intenso que el contacto con el metal quemaba las manos. La norma, 7,5 m3 transportados por hombre y día, si no se cumplía, se racionaba la ya de por sí escasa comida.
A los pocos días Ricardo empezó a sentirse mal. Había perdido más de diez kilos, estaba muy pálido y casi sin fuerzas. Daniel se esforzaba por compensar la minoración de trabajo de su amigo, pero tampoco andaba muy sobrado. Ricardo fue al botiquín para que le dieran de baja durante unos días pero la doctora, una mujer de carácter ríspido, después de un somero reconocimiento le ordenó a voces que volviera de nuevo al trabajo.

Allí tenían de brigadier a un viejo conocido, Guillén, el desertor del frente del Voljov. No solo se había convertido en su guardián, sino en el mayor propagandista de las virtudes del comunismo. En un Ricardo debilitado creyó ver una presa fácil:

Fragmento de: "El infierno de los inocentes", novela que transcurre entre la Guerra Civil española y la Segunda Guerra mundial. Disponible en Amazon en digital y papel.



sábado, 16 de mayo de 2015

Cherepovets

Daniel aguzó el oído intentando escuchar de nuevo aquella voz que le había sonado tan agradable, pero solo le llegaba el sordo murmullo que producían los numerosos enfermos congregados en la enorme habitación. Todo lo que lograba percibir era un runrún de susurros, quejidos y lamentos. A pesar de su esfuerzo no era capaz de distinguir la voz que le había cautivado. Se volvió hacia la cama que tenía a su izquierda:
-¿Con quién va el médico? ¿Quién es la traductora?
-Va con una enfermera.
-¿Cómo es? ¿Es española, verdad?
-Es muy guapa. Guapísima. No sé si será española, no me ha dicho nada.
Se giró hacia el lado derecho de la cama:
-¿Sabes si es española la enfermera? ¿Te ha dicho algo?
Solo obtuvo una especie de gruñido por respuesta porque el paciente que yacía a su derecha estaba herido en la cara y no podía hablar.
Daniel se tuvo que conformar con seguir expectante por si la visita volvía sobre sus pasos pero nada nuevo percibió. El médico y sus acompañantes completaron el recorrido y salieron del dormitorio por otra puerta.
Una vez pasado el rápido reconocimiento les condujeron de nuevo al edificio donde estaban encerrados todos los demás compañeros. Daniel seguía necesitando la ayuda de Ricardo para moverse, y este a su vez, se apoyaba en él para caminar. En seguida les llamaron para nuevos interrogatorios, y así estuvieron durante mucho tiempo, respondiendo una y otra vez las mismas preguntas. Ya muy tarde les dejaron en una habitación atestada de prisioneros, donde intentaron encontrar un hueco para poder dormir, sentados en el suelo con la espalda apoyada en la pared.
De madrugada, cuando no llevarían ni tres horas en un incómodo duermevela, irrumpieron los guardianes y a culatazos y empujones les obligaron a levantarse para salir al exterior. Allí les esperaban unos camiones descubiertos donde tuvieron que embutirse como si fueran ganado. El frío era terrorífico, treinta y cinco grados bajo cero. Emprendieron la ruta que, a lo largo de cuarenta kilómetros, atravesaba la superficie helada del lago Ladoga. La fuerte ventisca hizo que se adhiriera a los hombres una capa de escarcha en las cejas, bigotes y barbas, de manera que se diría que habían encanecido de repente. Hasta el aliento se congelaba. Daniel iba en el cetro del grupo y podía beneficiarse, aunque solo fuera levemente, del calor humano que transmitían los cuerpos, pero los que iban en los flancos sufrían aún más la intensidad del frío. Cruzaron el lago en aquellas terribles condiciones y después de varias horas de zarandeos, tumbos, frenazos y arrancadas, llegaron a una estación semidesierta donde los trasvasaron a unos vagones enrejados. El tren se puso en marcha de inmediato. Iban hacinados, sin posibilidad de estirar una pierna sin golpear a los que estaban al lado. El frío mordía los cuerpos, tiritaban como azogados y a muchos les castañeteaban los dientes. Recorrieron kilómetros y kilómetros durante interminables horas bajo una oscuridad permanente, como una noche inacabable apenas interrumpida por tres o cuatro horas de grisácea y mustia claridad. Cada cierto tiempo se detenían en lúgubres estaciones, donde, si se asomaban a alguno de los pequeños ventanucos enrejados, podían observar una atribulada multitud que aguardaba pacientemente que llegase su tren, soldados que volvían al frente, desmovilizados que iban a sus hogares, viejos con expresión de no saber adónde iban, mujeres cubiertas de los pies a la cabeza de tupidos ropajes cuidando de niños pequeños, hombres mutilados, cojos, mancos, sin piernas, todos con gesto triste y resignado, como si la dura vida que arrastraban fuera una maldición inexorable. Si coincidían con la llegada de otro tren, los veían correr hacia él con desesperación, cargando con sus bultos, para subirse en una avalancha incontenible, casi pisándose unos a otros para hacerse un sitio antes de que reiniciara la marcha.  
Por fin llegaron a su destino, la estación de Cherepovets. Salieron de los vagones entumecidos y desfallecidos, algunos estaban tan débiles que se derrumbaron en el suelo, pero inmediatamente fueron obligados a levantarse a culatazos, pinchándoles con las bayonetas, o azuzándoles a los perros. Formaron en el andén para el recuento y a continuación echaron a andar adentrándose en la población por unas calles desiertas cubiertas de nieve helada y sucia.
-¡Davai! ¡Davai! -el grito de los guardianes se solapaba con el ladrido incesante de los perros. 

Fragmento de "El infierno de los inocentes", novela que narra la historia de dos niños atrapados entre la guerra civil española y la segunda guerra mundial. Disponible en Amazon.

viernes, 1 de mayo de 2015

MOSCÚ

Los llevaron a una gran casona en el número 7 de la calle Piragóvskaya. Una de las cuidadoras le dijo a Rosa: “Mira qué suerte tenéis, vais a vivir donde vivía la familia del Zar”. Otra vez el Zar y su familia. Rosa no tenía muy claro quién era el Zar, pero debía tener una familia muy grande y él sería muy importante, aunque seguramente no tanto como Stalin, ese señor de poblados bigotes que estaba por todas partes, en estatuas, en fotografías, o en enormes carteles, y al que, cuando la gente pronunciaba su nombre, siempre le anteponía “el sabio”, o “el genial”, o algún otro adjetivo muy bonito. Al hablar de él decían cosas que sonaban muy bien, como por ejemplo: “Gloria a nuestro amado jefe, padre y maestro, el camarada Stalin”. Le gustaba especialmente una foto en la que se le veía sonriente sosteniendo en sus brazos a una niña que sería de la edad de Miguelito, debajo, la leyenda decía: “Gracias, camarada Stalin, por nuestra infancia feliz”.
Sí, seguramente iban a ser muy felices allí. Todo lo que vieron les encantó, desde el conserje uniformado como un mariscal, hasta las habitaciones, el gigantesco mural de la entrada con la figura, como no, de Stalin con sus grandes bigotes, la espléndida escalera de mármol, los suelos de parqué, los inmensos maceteros con palmeras, el acuario lleno de peces de colores. Miguel lo contemplaba todo boquiabierto, entusiasmado, corría sin parar de un lado a otro señalando con el dedo cada cosa que le llamaba la atención. A Rosa le gustó sobre todo el acuario con sus variopintos pececillos.
Los distribuyeron por edades en grandes salones de veinte o veinticinco camas pegadas a las paredes y separadas por una mesita de noche. Pronto se habituaron a la rutina. Muy temprano les despertaban a toque de corneta. Se levantaban y desfilaban en formación para hacer unos minutos de gimnasia. Aprovechaban la reiteración de los ejercicios para que declamaran a coro las primeras palabras en ruso. De allí iban a lavarse y a hacer las camas, y a continuación al comedor a tomar un suculento desayuno. Pronto se olvidaron de las penurias que habían sufrido en España durante los meses anteriores al viaje, cuando la comida escaseaba y había que contentarse con cualquier bocado. Después de mucho tiempo rebuscando qué comer y aprovechando cualquier cosa para llevarse a la boca, ahora contemplaban una abundancia que desconocían. Los más revoltosos se dedicaban a tirarse los panecillos a la cabeza, o incluso los arrojaban por las ventanas. Cuando terminaban de desayunar iban a la escuela. Casi todos los profesores eran españoles y salvo una asignatura de ruso, todas las materias las aprendían en español.
Después iban a clases de canto, baile, música o artes plásticas. Ahí les dejaban optar a cada cual según sus apetencias. Rosa tenía una bonita voz y se decantó por el canto. Se integró en un coro que interpretaba canciones de todo tipo, populares, románticas o políticas.
¿Qué canta en la mañana esa rueda infantil?
Cantan los niños de España a la gloria de Lenin.
.....
Fragmento de "El infierno de los inocentes", novela disponible en Amazon en formato digital y en papel.



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EL INFIERNO DE LOS INOCENTES de [Molinos, Luis]

viernes, 3 de abril de 2015

Novgorod

IX – NOVGOROD


Los siguientes días continuaron llegando trenes cargados de voluntarios hasta completar 19 expediciones con un total de casi veinte mil hombres.
A Daniel le gustó el campamento. Le pareció enorme, estaba flanqueado por un frondoso bosque y contenía un espléndido lago y varios campos de deporte. Los modernos pabellones se hallaban rodeados de jardines y avenidas asfaltadas. Hasta podían disfrutar de cine y teatro. Los acomodaron en grandes barracones de madera, con habitaciones habilitadas para acoger a doce hombres en literas de dos plazas. Daniel se ubicó con todos los amigos de su hermano. Ricardo, el líder del grupo, alto, enérgico, vanidoso, carismático. Víctor, rechoncho, bromista, ingenioso, siempre buscando el lado divertido de los acontecimientos. Paco, curioso y entremetido hasta resultar insolente, no había pregunta que no se atreviera a formular. Arturo, el más reservado del grupo, magro de carnes, nariz aguileña, pómulos salidos, hablaba poco y pausadamente, como si le supusiera un esfuerzo. Adán el Negro, llamado así por el tono atezado de su piel y por el pelo azabache, alegre y mujeriego, aseguraba enamorarse varias veces cada día. Isaías completaba el clan de los más íntimos, era el más vivalavirgen, el que peor se llevaba con la disciplina, el que a primera vista parecía el menos adecuado para la milicia, fuerte pero desgarbado, desmañado, de ademanes lentos, en constante conflicto con el uniforme, los correajes, la gorra o el armamento, era difícil entender qué hacía en aquel ambiente. Con ellos Daniel se sentía a gusto, aunque era cinco o seis años más joven que el resto, se había integrado enseguida en el grupo, lo habían acogido con agrado y se llevaba bien con todos. La habitación la completaban otros cinco voluntarios que habían conocido en el tren, todos muy jóvenes, ilusionados y llenos de energía.     
Por la mañana empezaron a distribuir el nuevo equipamiento, cascos, uniformes, botas, mochilas, abrigos, ponchos, armamento compuesto de machete y fusil, y multitud de objetos para el aseo personal. Las chanzas continuaron a cuenta de las prendas recibidas. A los más livianos, caso de Daniel, la camiseta les llegaba hasta las rodillas y los calzoncillos hasta el pecho. Las mangas de la camisa debía recogerlas para que asomaran las manos y el capote le arrastraba por el suelo.
Durante unos pocos días hicieron instrucción intensiva y se empezaron a familiarizar con el ambiente de la milicia, con el uso del nuevo armamento y con el manejo de vehículos y caballos. El 31, todos los divisionarios formaron en el campo de entrenamiento, frente a una tribuna en la que se hallaban los mandos flanqueados por las banderas de España y Alemania. Asistieron a la misa de campaña, y al acabar, un toque de corneta les conminó a colocarse en posición de firmes. En medio de un absoluto silencio, por los altavoces resonó la voz del jefe alemán leyendo el juramento de lealtad, a continuación, el coronel divisionario repitió las palabras en español:  

-¿Juráis ante Dios y por vuestro honor de españoles absoluta obediencia al jefe del Ejército alemán, Adolf Hitler, en la lucha contra el comunismo, y juráis combatir como valientes soldados, dispuestos a dar la vida en cada instante por cumplir este juramento?
Fragmento de "El infierno de los inocentes" novela que se desarrolla durante la guerra civil española y la segunda guerra mundial, disponible en Amazon.
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viernes, 20 de marzo de 2015

Grandes novelas de pocas páginas.

Da la impresión, a veces, que una novela debe tener muchas páginas para que los editores se decidan a publicarla y los lectores a comprarla. Basta darse una vuelta por las estanterías de las principales librerías para observar que la mayoría de los libros que se exhiben en los lugares preferentes son de lomos gruesos o muy gruesos. Muchas van de las 500 a las 1.000 páginas y algunas sobrepasan esa extensión. Como si se vendieran al peso, si un libro tiene menos de 300 páginas puede parecer que queda escaso y algunos pensarán que debe tratarse de una novelilla de poco mérito. No debería ser así.
Hace cuatro siglos ya lo advirtió Baltasar Gracián:
“No consiste la perfección en la cantidad, sino en la calidad. Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro, es descrédito lo mucho. Estiman algunos los libros por la corpulencia, como si se escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios. La extensión sola, nunca pudo exceder de medianía, y es plaga de hombres universales por querer estar en todo, estar en nada.”
Valga como ejemplo una pequeña relación de grandes novelas, (algunas, obras maestras), que triunfaron en su momento o han quedado para la posteridad, en las que sus autores apenas si llegaron a las 200 páginas o se quedaron muy por debajo de esa cantidad.
El extranjero – Albert Camus
Hoy, mamá ha muerto. O tal vez fue ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: “Madre muerta. Entierro mañana. Condolencias.” Esto no significa nada. Tal vez fue ayer.
La metamorfosis – Franz Kafka
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el cual casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de resbalar hasta el suelo. Numerosas patas, patéticamente delgadas en comparación al grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.
El gran Gatsby – F. Scott Fitzgerald
En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vuelta por la cabeza. “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…”
El coronel no tiene quien le escriba – Gabriel García Márquez
El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.
Crónica de una muerte anunciada – Gabriel García Márquez
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5,30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.
Pedro Páramo – Juan Rulfo
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.
El lobo estepario – Hermann Hesse
Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario. No hay por qué examinar si su manuscrito requiere un prólogo introductor; a mí me es en todo caso una necesidad agregar a las hojas del lobo estepario algunas, en las que he de procurar estampar mi recuerdo de tal individuo.
La familia de Pascual Duarte – Camilo José Cela
Pascual Duarte, a fuerza de llevar tiempo y tiempo sin mudarse de ropa, estaba sucio y casi desconocido. Muy limpio, no lo fuera nunca, bien cierto es, pero tan sucio como últimamente andaba tampoco era natural.
El principito – Antoine de Saint Exupery
Cuando yo tenía seis años vi una vez una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen He aquí la copia del dibujo.
La isla del tesoro – Robert Louis Stevenson
El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas.
El aleph – Jorge Luis Borges
En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope.
El alquimista – Paulo Coelho
El muchacho se llamaba Santiago. Comenzaba a oscurecer cuando llegó con su rebaño frente a una vieja iglesia abandonada. El techo se había derrumbado hacía mucho tiempo y un enorme sicomoro había crecido en el lugar que antes ocupaba la sacristía.
El niño del pijama de rayas –  John Boyne
Una tarde, Bruno llegó de la escuela y se llevó una sorpresa al ver que María, la criada de la familia -que siempre andaba cabizbaja y no solía levantar la vista de la alfombra-, estaba en su dormitorio sacando todas sus cosas del armario y metiéndolas en cuatro grandes cajas de madera; incluso las pertenencias que él había escondido en el fondo del mueble, que eran suyas y de nadie más.
El viejo y el mar – Ernest Hemingway
Era un viejo que pescaba solo en bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado, los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana.
El adversario - Emmanuel Carrère
La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. 
Señora de rojo sobre fondo azul (y otras varias) – Miguel Delibes

domingo, 1 de marzo de 2015

El Ebro se desborda.

El Ebro se desborda. Otra vez.
En 2004, por una nefasta conjunción astral (no encuentro otra explicación para comprender tamaña desgracia), llegó al poder alguien que jamás debería haber llegado. Una de sus primeras decisiones nocivas, de las muchas que perpetró a lo largo de su aciago mandato, fue derogar el Plan Hidrológico Nacional que se había aprobado por mayoría unos meses antes. La obra contaba con la financiación necesaria, proveniente de la Unión Europea, y ya se estaba iniciando su ejecución. Se expusieron muchas razones para su anulación, una de las más repetidas fue que el río no tenía caudal suficiente para derivar una cantidad, por pequeña que fuese, a las tierras del sur, tan asiduamente necesitadas de irrigación. Desde entonces acá, como ya había sucedido innumerables veces a lo largo de la historia, y como seguirá sucediendo, las crecidas anuales han sido constantes, sobrepasando el cauce normal e inundando los terrenos adyacentes. La de este año es particularmente intensa, pero en menor o mayor medida es raro el año en que el río no se desborda. Si se hubiera ejecutado el trasvase, mucha de esa agua que daña haciendas y acaba vertiendo al mar, se aprovecharía para llenar embalses con los que aliviar durante muchos meses la sequía de otra tierras necesitadas, y en alguna medida, al evacuar el cauce con mayor rapidez, serviría para suavizar los destrozos que la crecida provoca. Agua que ahora provoca daños se aprovecharía para crear riqueza.
Las verdaderas razones de la derogación se sospecha que no fueron técnicas sino políticas. El trasvase vertebraba regiones y hermanaba tierras que algunos quieren separar, y eso provocaba sarpullidos en los que disfrutan levantando barreras artificiales. Una obra útil, racional, lógica y beneficiosa, se fue al garete cuando estaba a punto de iniciarse y este gobierno tampoco ha demostrado el menor interés por recuperarla. Por motivaciones políticas o simplemente por estupidez. O por ambas cosas a la vez, porque los motivos políticos y la estupidez suelen ir de la mano en muchas ocasiones.     

En su momento se organizaron manifestaciones multitudinarias en las que se gritaba: “No al trasvase, el río es nuestro”. No me quiero acordar pero me acuerdo. Las imágenes que estos días nos muestran los estragos que producen las aguas desbordadas y las evacuaciones forzosas de la población mueven a solidarizarse con los damnificados. Una solidaridad que echamos muy en falta hace unos años con los también afectados por las recurrentes sequías que se producen en el sureste de España. 

viernes, 27 de febrero de 2015

Elecciones anticipadas

Hasta ahora, mal que bien, vivíamos en una democracia participativa, un sistema en el que cada cierto tiempo se instalan urnas, la gente vota, (una persona un voto), y con los resultados se constituye un parlamento representativo de la voluntad de los votantes. Ahora parece que algunos abogan por una democracia televisiva, un nuevo sistema en el que se emiten opiniones y se hacen encuestas (2.000 encuestados determinan la ignota voluntad de 40 millones de ciudadanos). A mí no me han preguntado jamás y me niego a que deduzcan lo que yo pienso por lo que otro dice. Pero da igual lo que yo piense porque las televisiones sacan inmediatas consecuencias de esas encuestas, y los que salen favorablemente puntuados, pasan inmediatamente a exigir, porque todo el mundo exige, elecciones anticipadas.
Argumentan que no vale votar cada cuatro años y que el pueblo debe intervenir en política constantemente. En principio está bien, votar una vez cada cierto tiempo y quedarse esperando hasta la próxima puede ser insuficiente y frustrante para muchos. Pero creo yo que habría que determinar unos plazos, si cuatro años parecen muchos, habría que poner tres, o dos, o uno, pero un plazo convenido de antemano que todo el mundo respete, aunque los resultados no les sean favorables, porque sería imposible desarrollar una labor de gobierno si la gente estuviera opinando constantemente. Por ese camino iríamos a unas elecciones permanentes en las que se votaría continuamente a través de las redes sociales o de la televisión (a 0,80 euros la llamada). Dada la volubilidad de mucha gente podríamos estar cambiando de gobierno cada semana. Sería divertido pero poco práctico.  

Los que exigen elecciones anticipadas lo hacen, como es natural y comprensivo, porque no están de acuerdo con lo que la mayoría dijo el día de las elecciones. Tengo sin embargo la convicción, (también es una opinión, la mía), de que muchos de esos, si estuvieran en el poder, no solo no pedirían elecciones anticipadas sino que intentarían que no hubiera más elecciones, ni anticipadas ni cuando tocaran.

domingo, 22 de febrero de 2015

Lo que no voy a votar

Llevo algún tiempo leyendo apasionados alegatos de conciudadanos que me dicen, sin yo haberles preguntado, que van a votar a Podemos. Como ya estoy harto de que me digan una y otra vez lo que van a votar, voy a decirles por lo menos una vez, lo que yo no voy a votar.
No voy a votar a Podemos; y no porque sus dirigentes hayan hecho trampas con las becas, o hayan intentado defraudar a Hacienda, o hayan falseado sus currículos, o les paguen a sus empleados una miseria y en negro. Al fin y al cabo esos mezquinos comportamientos son consustanciales al ser humano, se pueden encontrar en todo hijo de vecino y se logran corregir con un poco de buena voluntad.
No voy a votar a Podemos, sobre todo, porque sus dirigentes son comunistas estalinistas, y por lo tanto totalitarios y liberticidas. Y los convencimientos ideológicos no se corrigen con buena voluntad, simplemente no se corrigen porque el que los tiene siente que está en posesión de la verdad. Los totalitarismos populistas provocaron millones de muertos, destierros, encierros en campos de concentración, hambre y sufrimiento a cualquier sospechoso de no adorar al líder supremo. Y sus rancias ideas siguen provocando el mismo padecimiento en otros países donde se cultiva el culto al líder. La Democracia es un sistema imperfecto pero es el menos malo de todos los sistemas. Tiene muchos defectos, entre ellos el permitir que los que no creen en sus bondades se aprovechen de sus debilidades para alcanzar el poder y desde él fulminarlo. Cuando se instala un régimen totalitario las idealistas asambleas participativas se convierten inmediatamente en multitudinarias aclamaciones por unanimidad, y ¡Ay del que se salga de la fila! Ya pasó en el siglo XX en naciones tan poderosas e influyentes a nivel mundial que desataron la terrible guerra que asoló a la humanidad, y está pasando en nuestro días en varios países, por fortuna con menos influencia o capacidad para provocar un desastre global. Pero si se siguen extendiendo se repetirán las mismas desgracias. La Democracia no tiene apellidos, aquí tuvimos una “orgánica”, y en Rusia una “del pueblo”. Los que molestan son inmediatamente acusados de “enemigos del pueblo”, y encerrados, torturados y ajusticiados. ¿Y quién es el pueblo? El líder supremo. Eso está pasando ahora mismo.
La Democracia, si no establece los controles adecuados, permite la corrupción. El régimen totalitario la multiplica por mil porque carece de esos controles. Con la Democracia la voluntad de los ciudadanos se puede expresar cada tres o cuatro años. En un régimen totalitario no se expresa nunca. Al dirigente de una Democracia se le puede cambiar cada cierto tiempo, a un líder supremo hay que matarlo o esperar a que se muera. ¿Hay que poner ejemplos?      
No voy a votar a Podemos, además, porque sus dirigentes no me merecen la menor credibilidad. ¿Qué han hecho hasta ahora para que yo pueda pensar que tienen la capacidad y los conocimientos para solucionar los problemas del país? ¿Han conseguido algún logro en sus vidas personales que permitan pensar que van a resolver las de millones de sus congéneres? ¿Llevan algún tiempo proponiendo soluciones, aportando ideas brillantes, demostrando con hechos que son capaces de gestionar un país? ¿Han hecho algo más que criticar e insultar? ¿O tengo que hacer un ejercicio de fe? Alguien toca la flauta y todos detrás a ahogarse en el río. ¿O de lo que se trata es tan solo de “que se jodan los de ahora”? Eso está bien, si me duele una muela y el dentista me hace daño, me tiro por un barranco y que se joda el dentista.

Ya llevo un rato explicando por qué no voy a votar a Podemos y no sé para qué. No los voy a votar porque no me da la gana y punto. Todavía me puedo permitir ese lujo.