El 15 de agosto, día de la Virgen, al atardecer, fray Bartolomé de Olmedo ofició la sagrada misa, nos encomendamos al Señor, y nos fuimos a descansar con todo preparado.
Al alba del 16 nos pusimos en marcha.
Los totonacas nos aconsejaron que la ruta más conveniente era la que atravesaba el territorio de los tlaxcaltecas, ya que estos eran sus amigos y grandes enemigos de los mexicas. Confiamos en su buen criterio y enviamos por delante a cuatro emisarios con una carta y un gorro rojo de lana de regalo. La carta no tenía otro objeto que el de impresionarlos, ya sabíamos que les causaba harto asombro que pudiéramos comunicar ideas por medio de aquellos signos. Para ellos era cosa de magia. Y no andaban descaminados. La escritura, amigo Felipe, es un invento mágico. ¿Sabes leer?
-Sí, señor, fui a la escuela cuatro años.
Bien, eso está muy bien, en los ratos libres procura enseñar a los que no saben. Una de nuestras mayores ventajas sobre los indígenas es la escritura, incluso más que las armas, ¿no crees? Piénsalo y otro día lo discutimos.
Emprendimos la marcha con buen ánimo, las dos primeras jornadas fueron plácidas, el terreno era suave, la vegetación rebosante y espléndida, caminábamos por territorio amigo, en todos los poblados nos recibían bien, nos daban de comer y nos agasajaban. Les gustaba abrazarnos y pasar sus manos sobre nosotros. Sobre mí particularmente, les llamaba la atención mi aspecto rubicundo, nunca antes había sido tan sobado.
Pedro de Alvarado marchaba delante con cien españoles. Media jornada después, Cortés con los doscientos restantes. Trece eran de a caballo. Al tercer día, el camino empezó a picar hacia arriba, el paisaje se tornó más agreste y el cielo se agrisó. La lluvia vino a acompañarnos sin ser invitada. Tuvimos que superar un puerto más duro y áspero que cualquiera que hubiera visto antes. Cortés lo bautizó como Nombre de Dios, por ser el primero que encontrábamos. Nos costó mucho esfuerzo traspasarlo, mucho, al bajar nos reunimos con los que nos precedían y continuamos todos juntos. Encontramos poblados muy habitados, con miles de almas, y en todos nos recibieron muy amistosamente, dándonos de comer y de beber.
Fragmento de "Con el alma entre los dientes", una crónica de las conquistas de México y Perú.
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