lunes, 11 de septiembre de 2017

El hecho diferencial

Escuché a los sabios más sapientes,
de este país tan plurinacional,
explicar que el “hecho diferencial”,
va en función de donde vive la gente.
Soy tal vez algo duro de mollera
y me costó hallar las diferencias
que al albur del lugar de residencia
obvias resultan para los lumbreras.
Me esforcé con denuedo, con vehemencia,
y examiné con tesón y con templanza
a personas de engañosa semejanza
sospechando que ocultaban diferencias.
Norte, sur, este y oeste visité,
buscando ese atributo desigual
que mostrara el “hecho diferencial”,
hasta que al fin… ¡Eureka, lo encontré!
Consumí casi toda mi energía
investigando con determinación,
pero al final encontré la solución;
y la encontré en la peluquería.
Las grandes diferencias insalvables
parecen ser asuntos provincianos,
del tipo de flequillos chabacanos
o el torvo pelucón del honorable.
En mi mente por fin, la luz se hizo,
sé dónde están las grandes diferencias
que frustran la serena convivencia;
están en los cerebros enfermizos.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Ignacio Echeverría

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de Ignacio Echevarría. El 3 de junio de 2017 murió un hombre bueno. Bueno en el buen sentido de la palabra, que diría Machado. Un hombre generoso y valiente, porque en su comportamiento excepcional se conjugaron generosidad y valentía, cualidades muy raras en nuestra sociedad.
Solo tres meses y parece que ya nadie se acuerda, pero haríamos bien en tratar de mantener viva la llama que él prendió. Su gesto heroico y altruista no puede caer en el olvido. Su muerte no puede ser preterida por el paso de los días. Sería una infamia que pasemos página y sigamos como si nada hubiera sucedido. En aquel puente ocurrió algo extraordinario. Un hombre bueno actuó al impulso de su corazón, sin detenerse a considerar las consecuencias.
Después del reciente atentado de Las Ramblas, la gente salió a la calle gritando “No tenemos miedo”. Una gallarda afirmación que parece más teatral que verdadera. El único que hasta el momento demostró fehacientemente no tener miedo fue Ignacio. Saltó como un resorte, impulsado por un sentimiento de solidaridad con una víctima. Se enfrentó él solo a tres asesinos armados con machetes con el único afán de socorrer a una mujer que estaba siendo atacada con salvajismo y saña. Su espléndido gesto le costó la vida, pero quiero creer, estoy seguro de ello, que el tiempo que tardaron los miserables terroristas en hacerle frente y acuchillarlo hasta acabar con su joven existencia, sirvió para que varias posibles víctimas se pusieran a salvo. Sin duda habría sido preferible que esas personas que huían se hubieran dado la vuelta y como él, hubieran hecho frente a los abyectos fanáticos, pero eso es demasiado pedir a una sociedad sumisa y amedrentada. Adormecida, pasiva, acomplejada, amoral, que ha renunciado a sus valores, que se avergüenza de sus antepasados, que no respeta su historia ni su cultura. Que practica una especie de autoxenofobia. Por eso, por emerger de ese pozo de ruindad, su gesto tiene tanto valor y no debe caer en el olvido. Exponer su vida por salvar las de los demás es una expresión de suprema nobleza. Es un grito en la oscuridad, una esperanza de que no todo está perdido. Nos permite seguir creyendo en la grandeza de la condición humana. Debe ser un ejemplo para todos, empezando por los políticos, esos políticos pusilánimes, acomodaticios, cobardes, cuando no directamente idiotas o malvados. Y siguiendo por toda una sociedad envejecida y adocenada, que cual avestruz, esconde la cabeza esperando que pase el peligro, o por lo menos que el próximo atentado no le afecte personalmente, que suceda en otra parte cualquiera de esta civilización que se desintegra a marchas forzadas.      
Nos ha costado siglos de lucha y sacrificios vivir en una sociedad abierta, donde se respeta la libertad individual y la vida del prójimo, donde se reconocen los mismos derechos a las personas independientemente de su género, de su tendencia sexual, de su religión, su raza o su nacionalidad. Una nueva vieja cultura donde esos derechos están proscritos está amenazando muy seriamente nuestros valores y nuestra manera de entender la vida.    
Resulta hasta doloroso ver cómo reaccionan en otros países de nuestro entorno ante hechos similares. Clint Eastwood tiene 87 años pero sigue trabajando y actualmente está rodando una nueva película. Trata sobre los militares estadounidenses que en un tren de pasajeros que hacía el trayecto Amsterdam – París, desbarataron el intento de atentado de un terrorista, abalanzándose sobre él y reduciéndolo. Fueron recibidos como héroes en EE.UU. y ahora su gesto va a ser inmortalizado en una película. Muy merecido, sin duda, pero eran tres hombres entrenados contra uno solo, aunque armado hasta los dientes; y además actuaron en defensa propia, porque de no hacerlo, habrían sido asesinados por el terrorista. Echeverría se enfrentó él solo a tres hombres armados con machetes, y no lo hizo en defensa propia, sino para auxiliar a otra persona que ni conocía. Podía haber huido, pero prefirió enfrentarse al terror y lo pagó con su vida. ¿Creen que alguien en España le va a dedicar una película?
Y si algún día la hacen no quiero ni maginar cómo la enfocarían.
Yo no quiero dejar a mis descendientes un mundo peor que el que a mí me legaron mis ancestros. El ejemplo de Ignacio Echeverría debe servirnos de soporte y darnos fuerza para combatir la amenaza. Su sacrificio no puede ser estéril, debe ser fecundo. Debemos tener siempre presentes su valentía, su integridad moral y su solidaridad; y tratar de emularlo. No profanemos su memoria.  


sábado, 2 de septiembre de 2017

La batalla de Accio

La situación en el campamento de Antonio se volvió muy complicada y empezaron las deserciones. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos varios príncipes aliados cambiaron de parecer y se pasaron con todas sus tropas al bando de Octavio. Incluso algunos de sus más próximos colaboradores tomó el camino de la deserción. Cuando el rey Amintas de Galacia les imitó con sus dos mil jinetes, la situación se hizo insostenible. La preocupación entonces devino en cómo salir de allí minimizando las pérdidas para reconstruir las fuerzas con las guarniciones que habían quedado en Oriente. Se hicieron los preparativos para sacar la flota del golfo y poner rumbo a Egipto, con la esperanza de recomponer allí el ejército. Se quemaron los barcos que estaban en peores condiciones y se preparó a las fuerzas de élite para trasladarlas junto a la tripulación habitual. Las tropas que permanecieran en tierra se quedarían desguarnecidas y a merced del enemigo pero se decidió que había que sacrificarlas. Antonio era consciente de que a causa de las continuas deserciones, Octavio estaría informado de todos los preparativos, y de que por lo tanto intentaría impedir la salida hacia el mar abierto. Se prepararon por tanto para la batalla.
Durante unos días sopló fuerte viento y las embarcaciones permanecieron ancladas a resguardo. Cuando la tormenta amainó se dio orden de zarpar. Los barcos salieron en formación compacta y en seguida se encontraron enfrente a la armada de Octavio, desplegada a una milla de distancia. Las naves de Antonio eran más grandes y en un enfrentamiento frontal las de Octavio estaban en desventaja. Al ser más pequeñas tenían que basar sus posibilidades en la maniobrabilidad y la mayor rapidez de movimientos. Pronto se vieron favorecidas porque volvió a levantarse una fuerte brisa que hacía muy difícil a las naves de Antonio mantenerse unidas. Las de Octavio retrocedieron esperando que el oleaje dispersara a las del enemigo.
Cleopatra se quedó con sus barcos en retaguardia observando los acontecimientos. Desde su observatorio pudo ver cómo al separarse, las naves de Antonio empezaron a ser atacadas por los trirremes del enemigo. Desde las galeras les enviaban una nube de flechas, piedras y teas encendidas intentando evitar que se aproximaran, pero cuando las embarcaciones de Octavio conseguían atravesar esa primera barrera, se colocaban en los costados de las naves de Antonio rompiendo los remos y el timón, y dejaban inmovilizado al barco más grande. La lucha era encarnizada. En las dos direcciones volaban antorchas que originaban voraces incendios en las embarcaciones. Algunos intentaban apagar los fuegos lanzando los cadáveres sobre las llamas. Los hombres se derrumbaban abatidos por las flechas y hachas, o ardían entre alaridos. Los que caían al mar estaban perdidos, en pocos segundos desaparecían entre las olas. Desde los barcos en llamas intentaban lanzar garras de hierro a los que estaban más próximos, para fijarlos a su armazón de manera que ardieran a su vez o para tratar de escapar a través de ellos. Cuando una embarcación era abordada se entablaba inmediatamente una lucha salvaje cuerpo a cuerpo. Las espadas y hachas rasgaban el aire atravesando pechos, amputando miembros o cortando cabezas. Las naves que se hundían arrastraban a las profundidades a los hombres que transportaban, atrapados sin remisión.   
Alrededor de las embarcaciones el mar se oscurecía por la sangre de los que iban cayendo. Los hombres que caían al agua no podían sostenerse a flote por el peso de las armaduras y se iban al fondo sin remedio. ¿Por qué estaba ocurriendo aquello? ¿Era por salvar a su país o era por el ego encontrado de dos hombres poderosos? Posiblemente la reina luchaba por salvar el trono y la poca independencia que le quedaba, pero ¿cuáles eran los motivos de Antonio?, probablemente sólo acaparar más poder del que ya gozaba. Seguramente idénticos motivos impulsaban a Octavio a llevar a miles de hombres a la muerte. El ansia de poder de algunos hombres no conoce límites, nunca encuentran la meta en la que detenerse. Octavio y Antonio, antaño iguales en el triunvirato, tenían que eliminarse el uno al otro para acaparar el poder absoluto en todo el Mediterráneo. Cleopatra ansiaba en primer lugar mantener el trono en Egipto, pero seguramente también compartir con su amante el poder en Oriente y Occidente. Si triunfaba podría ser, además de la Reina de la Dos Tierras, la Reina de la Dos Orillas. Asistía al desenlace desde su trono en la galera real con gesto tenso que no dejaba traslucir sus pensamientos. En un momento determinado se levantó y ordenó a sus hombres que iniciaran las maniobras de desatraque. Se había mantenido a resguardo con una veintena de barcos que trasportaba a su guardia más próxima y en los que iba el dinero para la guerra. Aquel tesoro no podía caer en poder del enemigo y la intención de la Faraón no era involucrarse en la pelea, sino escapar hacia Alejandría. Había visto que los barcos en su feroz enfrentamiento se habían ido separando y habían dejado un pasillo entre ellos, creyó ver una posibilidad de atravesar la zona de lucha para escapar sin contratiempos. Los remeros impulsaron las naves con rapidez hacia el centro de la batalla, cuando se aproximaban al punto más peligroso viraron hacia el sur y desplegaron las velas. La flota de Cleopatra se separó del fragor de la pelea y pronto se vieron navegando en alta mar. 
Antonio observó la maniobra desde su nave y no sabemos qué pasó por su mente en aquel instante. Tal vez su ambición de poder no era tan grande como el amor que sentía por Cleopatra. Quizás lo que ocurrió es que en aquellos momentos dedujo que tenía la batalla perdida. A lo mejor pensó que la Reina se alejaba para salvaguardar los fondos que transportaba, con los que podrían levantar otro ejército, y que lo más conveniente era que él ayudara en su custodia hasta colocarlos a salvo. Tal vez simplemente es que ya estaba harto de batallar. No sabemos las causas que motivaron la reacción de un hombre tan impulsivo. Lo que sabemos es que en aquel momento, cuando Antonio vio que Cleopatra ponía proa a Alejandría actuó como si estuviera unido a ella por un lazo invisible, alzó las velas de su nave y abandonando la batalla siguió la estela de su amada.
Cuando sus tropas vieron que el jefe supremo emprendía la huida desistieron en la lucha. Ante el abandono de su comandante, los que también pudieron escapar le siguieron, otros se rindieron, algunos simplemente se pasaron a las filas de Octavio, y sólo unos pocos siguieron batallando hasta el final, sin esperanzas, prefiriendo la muerte a la rendición. La derrota había sido cruel y abrumadora. 

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela histórica que trata de la más famosa biblioteca de la antigüedad. Disponible en Amazon, en digital y en papel.

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]

miércoles, 16 de agosto de 2017

Quemar las naves.

Quemar las naves. Se “queman las naves”, cuando se toma una decisión irreversible, probablemente cuando se hace el último y desesperado intento para lograr algún fin. ¿Pero cuál es el origen de la expresión?
Fue un 16 de agosto de 1519 cuando Hernán Cortés ordenó destruir sus naves. Hacía varios meses que habían desembarcado en lo que se conocía como Tierra Firme y ya habían tenido suficientes evidencias de que se estaban acercando a un imperio de enormes proporciones. En la pequeña tropa que comandaba, existía una facción afín a Velázquez, el Gobernador de Cuba que había intentado en el último momento abortar la expedición de Cortés, sin conseguirlo. Este grupo fue todo el tiempo criticando las decisiones de Cortés, y al evidenciarse ya sin ningún género de dudas que se iban a enfrentar a un enemigo muy poderoso, se confabularon para regresar a la isla. El capitán fue informado de lo que se estaba tramando y de inmediato ordenó apresar a los cabecillas, les sometió a un juicio sumarísimo y dos de ellos fueron ahorcados. Otros escaparon con una ración de latigazos. Cortés contaba con unas fuerzas muy escasas y si se hubiera producido una deserción importante, le hubiera resultado de todo punto imposible seguir adelante con la empresa. Para que nadie más tuviera tentación de desertar, ordenó en aquel punto destruir las naves. Sacaron de ellas todo lo que podía ser de utilidad, soltaron las amarras, y dejaron que el fuerte oleaje las estrellara contra las rocas hasta que se hicieron añicos. Al destrozar los barcos se eliminó cualquier intento de abandono. 
Esta acción, decidida y temeraria, parece que está en el origen de la expresión “quemar las naves”. Hay, no obstante, quien remonta el origen de la expresión a una acción similar de Alejandro Magno al llegar a la costa Fenicia y comprobar que se iban a enfrentar a un enemigo muy superior en número.
En cualquier caso, la contundente determinación de Hernán Cortés, obligó a sus hombres a emprender el camino hacia el interior del país, lo que les llevaría a conquistar el Imperio Azteca. Con otra persona al mando, probablemente la historia habría sido muy distinta.     

Tal día como hoy de 1519 Cortés ordenó destruir sus naves.

Un grupo numeroso estaba tramando un complot para apoderarse de varios navíos y regresar a Cuba, entre ellos había alguna gente de calidad. Uno de los que estaban en el contubernio se arrepintió a última hora y advirtió a nuestro capitán. Cortés nos reunió a los más fieles y nos ordenó detener inmediatamente a los conjurados.
Después se les hizo un juicio sumarísimo, los principales instigadores, Juan Escudero y el piloto Diego Cermeño, fueron condenados a muerte y ahorcados. Este piloto era un tipo singular, en más de una ocasión me demostró que era capaz de oler la tierra a varias millas de distancia, mucho antes de que se pudiera divisar.  
Algunos otros de los implicados escaparon con una ración de latigazos, y a Gonzalo de Umbría le cortaron los dedos de un pie. Hasta el padre Juan Díaz formaba parte de la intriga. Había rumores de que algún capitán también estaba en el ajo, pero ninguno fue castigado, siempre resulta más fácil reprimir a los más débiles.
Si los velazquistas hubieran llevado a cabo su propósito, las consecuencias habrían sido nefastas para la empresa, todo se podría haber ido al traste. Por eso Cortés tomó una decisión tajante, rápida e inflexible.
De allí nadie se iba a marchar antes de que cumplieran la misión para la que se habían comprometido. Llamó a Escalante y a un grupo de sus más fieles. Nos ordenó que nos dirigiéramos a la rada donde estaban los navíos. Hacía días que los marinos le habían advertido que algunas naves estaban siendo carcomidas por la broma, incluso una de ellas ya estaba inservible, pero las demás seguían siendo aptas para la navegación. Cortés decidió que no debía quedar ninguna disponible para ser utilizada. Sin naves no habría más intentos de deserción. Privados de los medios para escapar, nadie pensaría en regresar a Cuba.
Allí habíamos ido para quedarnos. No habría vuelta atrás.
Sacamos de los navíos todo lo que pudiera sernos de utilidad y dimos con ellos al través. Quedaron varados entre las rocas y contemplamos cómo el fuerte oleaje empezaba a deshacerlos. Se acabó la tentación. Con la destrucción de las naves se abortó de raíz cualquier intento de deserción.
Mientras nos afanábamos en aquel menester apareció en el ancón otra nueva embarcación, era la de Francisco de Saucedo, que había quedado en Santiago carenando cuando partió el resto de la flota. Había venido bojeando por todo el litoral hasta dar con nosotros. Traía setenta hombres y nueve caballos. Descargamos todo lo que llevaba a bordo y el barco siguió el mismo destino de los demás.
Allí se quedaron los esqueletos de todos los navíos, prisioneros de las rocas, habíamos roto definitivamente el tenue cordón que todavía nos unía a Cuba.
Nadie debía elucubrar con lo que habíamos dejado detrás. Nuestra vida estaba delante, a poniente. Hacia donde se escondía el sol.

A partir de ese momento nuestra aventura era solo nuestra.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela histórica que relata las conquistas de México y Perú. Disponible en Amazon, en digital y en papel.


CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]


domingo, 13 de agosto de 2017

El 13 de agosto de 1521 se acabó para siempre el Imperio.

Y así se ha perdido el pueblo mexicano, el tlatelolca. Ha dejado abandonada su ciudad. En Amáxac estábamos todos, ya no teníamos escudos, no teníamos macanas, no teníamos comida, no teníamos nada para beber. Toda la noche llovió sobre nosotros.
Salen del agua Cuauhtemoctzin, Topantemoctzin, Temilotzin y Coyohuehuetzin. Ya los llevan a donde está el capitán. Allí está el capitán con Malintzin y con Tonatiuh Alvarado. Ya los hacen prisioneros. Ya sale la gente del pueblo de sus escondites. Ya no hay escondites. Van con andrajos, van sucios, llevan los huesos a flor de piel. Las mujeres solo llevan trapos viejos en sus cabezas. Marchan como si ya no fueran de este mundo. Ya no son de este mundo. Ya no tienen mundo. Las más jóvenes se envejecen, se afean, embadurnan sus caras con lodo, ensucian sus cabellos. Desean ocultar los restos de hermosura. Por todas partes buscan los cristianos, les abren las faldas, les pasan la mano por sus senos, por sus brazos, por sus piernas.
En un año 3-Casa es conquistada la ciudad. Le gente que queda se dispersa por los pueblos vecinos.
Los cristianos buscan oro. Se pregunta a las personas, ¿dónde está el oro? Se registra, se investiga, se mira si lo esconden en los escudos, si en las insignias de guerra, si en el bezote, si en la luneta de la nariz, si en el pendiente de la oreja. En todas partes se mira.      
Se ha perdido el pueblo mexicano. El llanto se extiende, las lágrimas corren por Tlatelolco. Llorad mexicanos, la nación se ha perdido, el pueblo se ha perdido. Abandonan la ciudad. ¿Adónde irán? Nadie les quiere, los otros pueblos les han dado la espalda, los afligen, se burlan de ellos, los matan a traición. Llorad amigos, solo nos quedan las lágrimas.

Cuauhtémoc estaba esperando el ataque y tenía preparadas cincuenta canoas cargadas con sus pertenencias y listas para partir si se veía obligado a abandonar la ciudad. Cuando vio que las naves se le venían encima pensó que la situación era insostenible y se embarcó con toda su familia y sus principales, intentando escapar del cerco. Avisaron de la maniobra a Sandoval y este envió tras él a García Holguín, que comandaba el bergantín más marinero de los que teníamos. Entre las docenas de canoas que escapaban distinguió una más grande y mejor aderezada, y se dirigió a ella dándole pronto alcance. Bajo un toldo iba el gran señor de México. Al apresarlo no opuso resistencia, solo pidió que le llevaran a él y que respetaran a sus mujeres y familia. Holguín ya tenía instrucciones de mostrarse respetuoso, le hizo subir a bordo junto a su mujer y sus principales, y puso proa hacia el real de Cortés. Enterado Sandoval de que se había detenido a Cuauhtémoc, apremió a sus remeros para alcanzar el navío de Holguín y le reclamó el prisionero. Se negó este alegando que él lo había detenido y a él correspondía el honor de entregarlo. Se enzarzaron en una discusión, Sandoval argüía que era él quien estaba al mando, y Holguín que él había sido el autor material del arresto. Avisaron a Cortés y este envió a los capitanes Luis Marín y Francisco Verdugo para que sin más dilación ordenaran a los dos hombres dejar sus cuitas y traer al prisionero. Finalmente los dos acompañaron a Cuauhtémoc ante Cortés, llevándolo cada uno asido de un brazo. Era un hombre joven, no aparentaba más de veinte años.
Cuando se encontró ante el capitán se arrodilló y dijo:
-Señor Malinche, hice cuanto pude por defender mi ciudad y mi pueblo. No he podido hacer más. Puesto que me habéis vencido, tomad ese puñal que lleváis en el cinto y dadme muerte. Solo os pido que respetéis la vida de mi mujer y la de mi familia.  
Cortés le ayudó a incorporarse y le invitó a sentarse en un sillón que había dispuesto. Le dijo que lo consideraba un bravo hombre que había cumplido con su deber y que no pensaba matarlo sino, antes al contrario, respetar su condición de rey de su pueblo.
Era 13 de agosto de 1521, martes, día de San Hipólito, tronaba y llovía como si se hubieran abierto de golpe las compuertas de los cielos.

Ese día terminó el Imperio de México-Tenochtitlan. 

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela histórica que narra las conquistas de México y Perú. Disponible en Amazon en digital y en papel.

Opiniones de lectores

on August 4, 2017
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En digital.

lunes, 7 de agosto de 2017

Cui prodest?

El 8 de agosto de 1897 el Presidente del Consejo de Ministros, don Antonio Cánovas, estaba pasando unos días de descanso en el balneario donostiarra de Santa Águeda. Leía tranquilamente la prensa sentado en un banco, cuando se le acercó por detrás un hombre joven que se alojaba en el establecimiento. Cuando estuvo a un par de metros, sacó de su bolsillo un revolver y le disparó al pecho y a la cabeza. El político cayó al suelo y el asesino lo remató con un tercer tiro. Después se quedó quieto, esperando que lo detuvieran. Cuando lo interrogaron alegó que había cometido el magnicidio para vengar la muerte de sus compañeros anarquistas fusilados algún tiempo antes en Barcelona.
Cánovas era el más firme defensor de la españolidad de Cuba y el máximo sostén de Weyler y su dura línea de actuación. Se había comprometido en defender la presencia de España en la isla “hasta el último hombre y la última peseta”.
Su asesino resultó ser Michelle Angiolillo, un anarquista italiano que teóricamente actuó solo, movido por un sentimiento de venganza. Se le sometió a un juicio sumarísimo y fue condenado a muerte y ajusticiado con garrote vil, doce días más tarde, en la cárcel de Vergara. Cuando se investigó su pasado se supo que tenía relaciones con grupos cercanos al doctor Betances, un conocido defensor de la insurrección cubana.
En cuanto se conoció la noticia la gente empezó a temer que Weyler fuese relevado.

-Independientemente de que condeno este atroz magnicidio -decía el padre Patrocinio-, y de que elevo mis oraciones por el alma de don Antonio, tengo que añadir que su muerte es muy mala noticia para todos nosotros. Cánovas era el más firme defensor de Weyler, él fue el que nos lo envió. Y el resultado a la vista está, cuando llegó, los rebeldes estaban a punto de entrar en La Habana y ahora están al borde de la aniquilación. Weyler parece hecho para la guerrilla, como si se hubiera criado en un bohío, es incansable e implacable. Cánovas lo sabía y confió en él. Don Antonio era un estadista brillante y un hombre fuerte. Los hombres débiles provocan las guerras o las consienten, los hombres fuertes son capaces de evitarlas o de aminorar sus efectos. Mucho me temo que la desaparición de Cánovas no nos va a aportar nada bueno. Tengo muy claro que nos perjudica notablemente. Entonces hay que preguntarse, ¿beneficia a alguien este cobarde asesinato? Pues sí, beneficia claramente a los partidarios de la guerra, a los revolucionarios y a los jingos de los Estados Unidos. Amigo mío, en acontecimientos de singular trascendencia hay que preguntarse siempre ¿cui prodest?, ¿quién se beneficia? Y es posible que llegue a encontrar alguna explicación lógica en un hecho en apariencia irrazonable. Creo poco en el azar. Ese pobre hombre asesinó a don Antonio, pero ¿quién apretó el gatillo realmente?

Fragmento de "La indiana Manuela", novela histórica que se desarrolla en la Cuba de finales del siglo XIX. 
Disponible en Amazon.


La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

martes, 1 de agosto de 2017

¿Dónde se esconde?

Cuando se fundieron las nieves echó a andar. Su padre se había marchado unos años antes y nunca volvió. Su hermano mayor fue tras sus pasos y tampoco regresó. Ahora le tocaba a él. 
Los más viejos del clan aventuraban ideas pero nadie tenía certezas. Algunos narraban historias fantásticas y él quería vivirlas. 
Vadeó ríos, superó montañas, atravesó desfiladeros, soportó ventiscas y tormentas, esquivó a guerreros de otros clanes rivales y supo escapar de lobos y osos. Era muy joven, muy fuerte y estaba decidido a llegar hasta el final. Caminó siempre hacia donde se escondía el sol. Por la mañana lo tenía a la espalda, al poco lo sentía sobre su cabeza, enseguida lo adelantaba y se alejaba deprisa. “Ya te alcanzaré, veré dónde te escondes, conoceré tu secreto”.  Caminó sin descanso hasta que llegó al fin de la tierra. Y lo vio. Se hincó de rodillas y lloró de la emoción. Jamás había visto algo tan inmenso, tan llano, tan azul, tan plácido, tan hermoso. Era la hora del ocaso, el sol iniciaba el descenso, pronto alcanzó la superficie, allá a lo lejos, y comenzó a desaparecer. Le llegó el ruido que hacía al hundirse, como el que emite un palo ardiendo cuando se mete en el agua.
Por fin descubrió el secreto. Cada noche se escondía en el mar. 

domingo, 30 de julio de 2017

El mar, la mar.

Un amarrido martes de marzo, Marcial Camarasa Martínez, marinero cimarrón, martagón y marfuz, mareóse al tomar un amargo Martini y marció su marlota amaranto.
Las margaritas del marjal enmarcaban la marmorosa marquesina amarilla.
Un marabú amaró en el marbete de la marea.
Al calmar la marola, Marcial, sin margen para marrar, amartilló el amarradero marrón, desamarró la maroma y se enmaró en la mar.
Mar maravillosa, mar inmarcesible, mar inmarchitable. Mar.

martes, 25 de julio de 2017

La batalla de Clavijo.

El año 783, Mauregato accedió al trono de Asturias auxiliado por Abderrahman I, a la sazón emir de Córdoba. El andalusí exigió como tributo por su ayuda la entrega anual de cien vírgenes cristianas. A Mauregato le sucedió Bermudo I y a este Alfonso II el Casto, quien se negó a seguir pagando el humillante tributo y se enfrentó al Emirato en la batalla de Lutos, en el año 794. Ganó y rompió el acuerdo.
Unos años después, Abderrahman II reclamó de nuevo el pago de las doncellas. Por entonces reinaba en Asturias Ramiro I, que se negó a satisfacer las intenciones del emir omeya de Córdoba. Para dirimir la cuestión las huestes de uno y otro se enfrentaron en la Batalla de Clavijo, el año 844. Cuentan las crónicas que el Apóstol Santiago acudió en un caballo blanco en auxilio del rey cristiano.
   Cae pronta la oscurecida
e interrumpe la batalla.
Cada bando se retira
a cuidarse las heridas
y a preparar la mañana.
   Reza con fe el buen Ramiro,
pidiendo a Dios que le asista,
hasta que queda dormido.
   ¡En sus sueños ha tenido
una celestial visita!
   “Soy Santiago -le ha hablado-,
a éste, tu pueblo y el mío       
el Señor me ha encomendado
y no voy a abandonaros
en tiempos de desafío.
De mañana, en la alborada,
lanza a tus tropas sin  miedo.
Yo acudiré con mi espada
a dar muerte al sarraceno
junto a tus bravos guerreros
y a los ángeles del cielo”.
   Cuenta Ramiro a sus hombres
la ayuda que el cielo manda.
Todos invocan su nombre:
   -¡El Santo Apóstol nos llama
en la defensa de España!
   Con nuevos bríos se lanzan
contra las huestes del moro.
   En blanco corcel cabalga
blandiendo firme la espada,
junto a ellos, el Apóstol.