sábado, 24 de agosto de 2024


Esta es una imagen del tráfico de esclavos del siglo XXI. Miles de pateras dispuestas para personas desesperadas que pagan cantidades enormes a mercaderes sin escrúpulos que se enriquecen con su desgracia. Y ahí hay que incluir a las llamadas ONG´s que ayudan a incrementar el tráfico con su pretendida humanidad. De buenas intenciones están los cementerios llenos y el fondo del mar también. Solo el dato de que en la última década han muerto ahogadas en el Mediterráneo 30.000 personas intentando llegar a costas europeas sería suficiente para detener inmediatamente este tráfico miserable. La incesante llegada de inmigrantes indocumentados es un fenómeno imposible de explicar empleando la lógica. Hay que intentar acudir a teorías de difícil comprensión para la gente corriente. Es incomprensible que no se pongan los medios para detener la invasión de hombres jóvenes, indocumentados, de trayectoria personal desconocida, sin conocer el idioma, sin formación, de costumbres distintas y  hasta opuestas, que acceden al país sin control y una vez dentro son distribuidos por ciudades y pueblos para que se busquen la vida como buenamente puedan, o sea invitándolos a la delincuencia. Al tiempo que se lanzan mensajes de que la IA va a acabar con gran parte de la mano de obra se justifica la llegada de estas personas sin formación por la necesidad de mano de obra barata. Es como decir que se necesitan esclavos para mantener el supuesto estado de bienestar cada vez más endeudado. Más o menos se argumenta que estos jóvenes van a trabajar para pagar las pensiones de los europeos viejos. Un joven español puede comprender que los mayores que van pasando a disfrutar de la jubilación se lo han ganado con su trabajo de muchos años y además entre ellos están sus padres o sus abuelos. Es una situación aceptada, reconocida y asumida por nuestra sociedad. ¿Pero un joven proveniente de otra cultura completamente distinta creen que va a aceptar deslomarse para que ancianos con los que no tienen el menor vínculo se beneficien de su esfuerzo? Yo creo que no. Los inmigrantes que tengan que venir que lo hagan por los conductos regulares, identificados, mejor con familias, con mujeres y niños, con la seguridad de que van a ser adecuadamente atendidos y con la posibilidad cierta de que van a encontrar un trabajo digno que les va a permitir integrarse en la sociedad de acogida. La invasión descontrolada actual que además se va incrementando aceleradamente no es bueno ni para los que llegan ni para los que la padecen. Es una auténtica locura que nos empuja al abismo. Los dirigentes incapaces de detener este caos ya no sé si son simplemente inútiles o son cómplices de esta insensatez. 

 

miércoles, 17 de julio de 2024


 

¿1984 o 2024?

Eric Athur Blair, más conocido como George Orwell, publicó su novela “1984” en 1949, poco antes de su fallecimiento. En esa fecha, 1984 representaba un futuro lejano que el escritor imaginó amenazador para el ser humano, sombrío en cuanto a libertades individuales. Parece que se equivocó en la fecha, pero no tanto en la configuración de la sociedad futura. Resultan inquietantes las semejanzas que podemos encontrar entre los pesimistas presagios de la novela y lo que estamos viviendo en 2024. El Estado imaginado por Orwell tiene un Ministerio de la Verdad que se dedica a manipular o destruir los documentos históricos de todo tipo para hacer coincidir el pasado con la versión oficial. Y por eso en la sociedad imaginada:

“El pasado había sido borrado, se había olvidado que había sido borrado y de ese modo la mentira se convertía en verdad.”

Porque el que manda sabe que:

“Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.”

En aquel mundo supuestamente imaginario las consignas oficiales proclamaban: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Mucho de eso está pasando cuando los medios intentan convencerte de que lo que estás viendo no es lo que ves sino lo que ellos dicen que ves.

Aquí estamos asistiendo constantemente a correcciones del pasado y no de un pasado remoto de difícil percepción sino a un pasado reciente que conservamos en la memoria o creemos conservar. En pocos días nos hemos enterado de que los sucesos de Barcelona en 2017 no existieron, nadie se rebeló contra el orden vigente, nadie provocó una peligrosa rebelión, nadie instigó para arrasar las calles, lo que pasó, si es que algo pasó, no fue provocado por nadie. Igualmente hemos sabido que nadie defraudó 680 millones de euros públicos en Andalucía. Simplemente se evaporaron, suponiendo que alguna vez existieran esos millones, y si existieron como no eran de nadie, nadie tiene que hacerse responsable de su presunta existencia. Las sentencias del Tribunal Supremo son anuladas o eliminadas. No entiendo por qué se llama Supremo si hay otro que anula o elimina sus decisiones. Debería pasar a llamarse Tribunal Supuestamente Supremo.

Hace unos días se cumplieron 27 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, podemos dudar de que eso sucediera o de que nosotros mismos participásemos en aquellas multitudinarias manifestaciones de repulsa por el abyecto crimen puesto que los presuntos responsables o sus acólitos están gobernando en las instituciones de todos. Puede que todo no sea sino un espejismo, una visión errónea de nuestra falible memoria.

Las leyes existentes y las que se van creando a conveniencia del poder solo permiten una verdad que es la oficial y para sostenerla se destruyen u ocultan monumentos y estatuas, se silencian y censuran documentos o se vituperan y desacreditan cualesquiera testimonios que disientan de la versión estatal, la única que puede ser tenida por cierta.

Porque como decía Orwell:

“La realidad existe solo en la imaginación. Aunque no en la imaginación individual, que es falible y perecedera, sino en la del Partido, que es colectiva e inmortal. Lo que el Partido diga que es cierto, es cierto. Es imposible ver la realidad si no es a través de los ojos del Partido.”

Cuando el Partido se concentra en una sola persona la situación se agrava.

Orwell estuvo en Barcelona durante la guerra civil española. Vino para participar y tuvo que escapar apresuradamente antes de que lo mataran sus supuestos correligionarios según cuenta en su novela “Homenaje a Cataluña”.

En otro ensayo sobre esa guerra dice:

“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían nada que ver con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente… En realidad vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas “líneas de partido”. Me parece que la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no solo el futuro sino también el pasado. Si el jefe dice de tal o cual acontecimiento que no ha sucedido, pues no ha sucedido.”

De las predicciones de su novela decía: “Yo no creo que el género de sociedad que describo vaya a suceder forzosamente, pero sí creo que puede ocurrir algo parecido.”

Está sucediendo.

jueves, 2 de mayo de 2024

 


Alicante – Tánger

El día era espléndido. Un hermoso día de finales de primavera. La mar lucía apacible. Una brisa suave aliviaba el tímido calor. Varias gaviotas bailaban en el límpido cielo. Los pasajeros pagaban su billete e iban subiendo a bordo. Alegres confiados. El barco parecía sólido, el capitán saludaba desde su puesto de mando. Ni muy joven ni muy mayor, la edad idónea para un capitán, gorra de capitán, gafas de capitán, porte de capitán, transmitía confianza. Cuando todos estuvieron acomodados el buque inició el desatraque. En pocos minutos salió del puerto y enfiló hacia el sur. A tres millas de la costa pareció que cambiaba el rumbo. ¿Qué pasa? Preguntó algún pasajero. Otros se hicieron la misma pregunta. El murmullo se extendió por la cubierta. Se hizo tan fuerte que llegó al puesto de mando. La voz del capitán sonó por los altavoces. “Nos dirigimos a Malta”. “Pero nosotros queremos ir a Tánger, compramos el billete para ir a Tánger, usted nos dijo que nos llevaría a Tánger”. “He cambiado de opinión, yo sé lo que ustedes quieren, yo sé que realmente quieren ir a Malta”.

Los pasajeros subieron al puesto de mando, agarraron al capitán y lo lanzaron por la borda. Uno de ellos se puso a los mandos y fueron a Tánger.  

miércoles, 13 de diciembre de 2023


 

No hablemos de política.

Se viene otra Navidad. Son fechas de celebraciones y reuniones festivas con familiares y amigos. Días propicios para el bullicio, alegría, fraternidad y buen rollo. Pero eso sí, siempre que no hablemos de política. Es el mantra redundante, nos reunimos tal día pero no hablemos de política. Vaya. ¿Y qué es política? ¿De qué se puede hablar y de qué no? Todo es política. Los políticos son unos señores y señoras que se meten en nuestras vidas, en nuestras casas, hasta en nuestras camas. Constantemente hacen o dicen algo que nos afecta. ¿Y no podemos ni siquiera comentar lo que hacen o dicen? ¿Tanta es la crispación generada en la sociedad que es mejor hacer como si no existieran? La crispación viene de arriba abajo, la generan los propios políticos e infectan a la población. Todo se ha polarizado, o blanco o negro. No hay matices. Puede ser una maniobra para que no hablemos de sus estúpidas decisiones, de sus trapicheos, de sus chanchullos. De unos y de otros. Dejemos que hablen solo los comentaristas teledirigidos por unos y por otros. Nosotros no. Mejor no hablamos. Mientras nosotros callamos ellos hacen. El que calla otorga. Estamos en la fase de mejor no hablar. La siguiente fase es mejor no pensar. Ya nos dirán qué es lo que tenemos que pensar. Para eso se han inventado lo de delito de odio. ¿Quién define el odio? Ellos, por supuesto. Ya se lo decía Humpty Dumpty a Alicia: “Cuando yo uso una palabra, esa palabra quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos.” “La cuestión –preguntaba Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes”. “La cuestión –concluía Humpty Dumpty- es saber quién manda. Eso es todo”.

Pues eso. Que pienso hablar de política.    

martes, 17 de octubre de 2023


 

Reflexiones de un espectador inerme.

Viví los últimos tiempos del franquismo. A finales de los sesenta y principios de los setenta se apreciaba que en general, el entorno ciudadano mejoraba de año en año. Tras la muerte del dictador no solo continuó esa mejoría sino que se incrementó. Se construían nuevas autopistas, nuevas edificaciones, pabellones deportivos, se hermoseaban las calles, se inauguraban nuevos parques, se abrían buenos comercios, cada vez se veían más y mejores coches, cada vez la gente vestía mejor, se respiraba un ambiente de optimismo y prosperidad. Atravesamos algunas de esas crisis mundiales redundantes sin apreciables quebrantos. En general las cosas seguían progresando. A principios de siglo llegaron los atentados de las torres gemelas, algo pareció quebrarse pero aquí continuamos en una buena dinámica. En 2004 sufrimos los atentados de los trenes de Atocha. La inercia hizo que la sociedad siguiera caminando con aparente firmeza pero ya iba herida. En 2007 estalló la burbuja inmobiliaria y se hizo evidente el declive. Desde entonces todo se ha ido degradando. Basta caminar por una ciudad cualquiera, en mi caso Alicante, para observar cómo poco a poco, los comercios lujosos van dejando sitio a tiendas de todo a cien, los ultramarinos a fruterías tercermundistas, el pequeño comercio va desapareciendo, locales grandes se quedan vacíos durante meses o años, la gente viste peor, lo que va envejeciendo no se renueva, la suciedad es más palpable, hay más pobres pidiendo por la calle, hay una impresión generalizada de declive constante. La decadencia se va acelerando. Puede que sea la constatación de que la clase media va desapareciendo y va aumentando la pobreza al tiempo que unos pocos muy ricos son cada vez más ricos. Mientras tanto no cesan de llegar pateras con inmigrantes ilegales, unos 50.000 en lo que va de año. El 99% jóvenes varones, ni mujeres ni niños, solo hombres. Seguramente vienen en busca de un mundo mejor pero es muy probable que contribuyan a acelerar el deterioro. En fin, solo son disquisiciones sin ninguna base científica. Puede que mis impresiones sean consecuencia de mi provecta edad. O puede que no. Puede que todo se vea según el color del cristal con que se mire y puede que el mío esté algo empañado. A saber.

lunes, 2 de octubre de 2023


 

Unión vs separación

 

En los años sesenta del siglo pasado Alemania todavía andaba recuperándose de las heridas de la guerra. La derrota la dejó arrasada y la dividió en dos países, uno cayó en la órbita de occidente y el otro en la soviética. Por esas fechas Yugoslavia era un estado grande que tenía voz en el mundo, durante la Guerra Fría promovieron el Movimiento de Países No Alineados, una asociación que quería ser equidistante entre los dos bloques.

En 1980 falleció el mariscal Tito, había gobernado el país desde el final de la Guerra Mundial logrando mantenerlo cohesionado. A partir de su muerte empezaron los problemas entre los territorios que componían el estado y rápidamente se enfrentaron en una terrible guerra que se prolongó durante diez años y causó 200.000 muertos, varios millones de desplazados, ruina y penurias generalizadas. Las heridas aún no están cerradas y los conflictos perduran con mayor o menor intensidad. El resultado es que lo que era un país grande hoy son seis o siete pequeños países que pintan poco en el concierto internacional. Supongo que eso habrá sido negativo para sus habitantes.

El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín. El 28 de ese mes el canciller Helmut Kohl presentó su programa de unidad nacional. El 3 de octubre de 1990 se concluyó la reunificación de los dos territorios en una sola Alemania.

Alemania después de esa reunificación se ha convertido en un país de 85 millones de habitantes que está a la cabeza de Europa e impone su voluntad a los demás países del continente. Sin duda eso será positivo para sus habitantes.

A principios de los setenta hice un viaje en coche por la antigua Yugoslavia. Recuerdo que al acercarnos a una ciudad vimos una señal anunciando su proximidad, el nombre de la misma había sido corregido con pintura para cambiarlo por otro parecido. Nos hizo mucha gracia: “como en España”, dijimos. Sí, aquí ya se había iniciado ese afán de algunos lugareños en marcar lo que consideran sus territorios.

En Yugoslavia el proceso de desintegración fue muy rápido. Aquí está siendo lento pero sostenido. En la fauna política nacional no se vislumbra ningún Helmut Kohl que capitanee una unión sólida y sostenida, solo se ven petimetres provincianos que aspiran a ser líderes de pequeños paisitos insignificantes, débiles y vulnerables. Para colmo tenemos al mando, ahora en funciones, a un tipo sin escrúpulos, un mentiroso compulsivo, un tramposo, un felón que ha encontrado en los separatistas a sus socios ideales. No los ha encontrado por casualidad u obligado por las circunstancias, los ha encontrado porque los ha buscado y está encantado con ellos porque sirven a sus planes.

España se desliza por la misma pendiente que la antigua Yugoslavia. Mientras la mayoría nos limitamos a contemplar asombrados los acontecimientos, unos pocos se dedican a empujar pendiente abajo.

Es posible que nuestros descendientes tengan que vivir en algún pequeño país gobernados por algún petimetre.

miércoles, 20 de septiembre de 2023


 

Don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano (1795-1861), dramaturgo, poeta, pintor, historiador y estadista, es más recordado como Duque de Rivas.

En su poema “Un castellano leal” clama:

“No profane mi palacio

un fementido traidor

que contra su rey combate

y que a su patria vendió.”

Parece como si los versos estuvieran dedicados a quién hoy ocupa La Moncloa.

Fementido: Que no tiene fe ni palabra. Que es engañoso o falso.

Traidor: Que comete traición, conjunto de actos en contra del país al que pertenece. Que defrauda a la gente que le otorgó su confianza haciendo lo contrario de lo que se había comprometido.

Contra su rey combate: Desde el primer día intenta menospreciar, ningunear, puentear, soslayar la autoridad del rey seguramente persiguiendo su sueño de ser el primer presidente de la República de los pueblos ibéricos o como quiera que se haya imaginado el nombre para esa ensoñación.

Que a su patria vendió: La está vendiendo en cómodos plazos a los que no quieren ser españoles, sus socios.

Si creyera en milagros pensaría que las urnas le han dado la milagrosa posibilidad de hacer lo que está haciendo. Milagroso es que el recuento de los votos determinara que ganaran los otros pero que no pudieran gobernar. Un milagro que perdiendo él pudiera gobernar reuniéndose con todos los otros perdedores. Más milagroso todavía que necesitara incluso los votos del perseguido por la justicia, por lo que no tiene más remedio que concederle la amnistía, por supuesto por el bien mayor de la gobernabilidad del país. Que para ello el rey tenga que desdecirse de todo lo que dijo en su discurso después del golpe de 2017 no solo no es enojoso o perturbador sino que contribuye milagrosamente a su recurrente ofensiva, a su constante menosprecio. Todo resulta muy milagroso. Tanto más cuando hace siglos que ya no se producen milagros.

miércoles, 6 de septiembre de 2023


 

Una victoria pírrica.

Epiro fue un reino situado al norte de la actual Grecia entre los siglos V y II a.C. Pirro fue su rey desde 307 a 272 a.C. Considerado uno de los grandes generales de la antigüedad se pasó la vida batallando. Se enfrentó dos veces a la poderosa Roma venciendo en ambas ocasiones pero a costa de enormes pérdidas de sus propias fuerzas. Después del primer triunfo parece que dijo: “Otra victoria como esta y tendré que regresar a Epiro solo”. Tras el segundo éxito fue aún más concluyente: “Otra victoria como esta y estaré vencido”.

Después de aquello pasó al acervo popular la expresión obtener una “victoria pírrica” cuando el logro no ofrece la satisfacción esperada.  

Pirro murió como era natural batallando, aunque de una manera no muy gloriosa. Se encontraba luchando en el interior de la ciudad de Argos cuando al parecer una señora de edad avanzada le lanzó una teja desde una terraza que le impactó en la cabeza y le derribó del caballo quedando inconsciente. Un soldado enemigo aprovechó el momento para cortarle la cabeza.

Afortunadamente en nuestra sociedad esa costumbre ancestral de cortar las cabezas se ha ido perdiendo aunque sigue presente en otras zonas del planeta. Estoy hablando de cortar físicamente pero entre nosotros se sigue practicando la amputación metafórica.

Estos días atrás hemos tenido una representación paradigmática de lo que es una victoria pírrica. Es difícil encontrar una victoria que haya sido más demoledora para los victoriosos. Sin ninguna duda, si pudieran rebobinar, los afectados preferirían haber perdido la final del campeonato de fútbol femenino, incluso por goleada. Si hubieran sido derrotados nada de lo que pasó hubiera sucedido. Ni el obsceno gesto de agarrarse los escrotos en el palco, ni el beso consentido o no, ni el escándalo planetario, ni las miles de horas de recriminaciones en los medios. Todos los personajes implicados continuarían tranquilamente con sus vidas, con sus chanchullos más o menos consentidos, con sus virtudes y defectos, con sus aptitudes y sus incompetencias. Incluso a lo mejor se les hubiera generado a todos y todas un fuerte deseo de ganar la próxima vez. Y ese sentimiento es muy positivo.

Ya nada de eso es posible, al entrenador ya le han cortado la cabeza, metafóricamente, y al presidente andan buscando el modo de hacerlo, al parecer con cuidado por si acaso tiene material sensible de sus antiguos conmilitones, las jugadoras no han podido disfrutar con serenidad y alegría su sufrida victoria, y no parece que toda esta historia haya sido muy beneficiosa para el fútbol femenino en general.  

El que le cortó la cabeza a Pirro se supone que era un enemigo, pero a saber. 

 

jueves, 27 de julio de 2023


 

Jacques Dutronc es un cantante francés que obtuvo varios éxitos en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado. En 1966  sacó el tema “Et moi, et moi, et moi”, donde ironizaba sobre sus pequeños problemas personales frente a la enorme cantidad de gente que habitaba el mundo. Hoy tiene 80 años y las cifras que mencionaba en su canción han cambiado sustancialmente. La letra decía: 700 millones de chinos y yo, y yo, y yo; hoy, 57 años después, son 1.400 millones. Decía: 80 millones de indonesios y yo, y yo, y yo; hoy son 280 millones. Decía: 3 o 400 millones de negros (en aquellos años aún se llamaba negros a los subsaharianos); hoy suman unos 1.200 millones. Decía: 50 millones de vietnamitas y yo, y yo, y yo; hoy son 100 millones, a pesar de haber sufrido una terrible guerra.

En total en los años sesenta del siglo pasado vivíamos en el mundo unos 3.000 millones de personas. Hoy, seis décadas después, somos 8.000 millones en el planeta. En España vivíamos por entonces 32 millones, si hubiéramos seguido la proporción mundial hoy seríamos 85 millones, pero somos 47 millones y eso gracias a ocho o diez millones de inmigrantes que han venido a vivir con nosotros. Siguiendo esa tendencia es posible que para finales de este siglo los españoles en particular y los europeos en general nos habremos diluido en otras culturas más dinámicas, vitalistas y prolíficas.

jueves, 13 de julio de 2023


 

La derrota de Europa.

En 1850 la población mundial alcanzó los mil millones de habitantes. En 1930 llegó a los 2.000 millones. En 1960 se sobrepasaron los 3.000 millones. Hoy, en 2023, ya andamos por los 8.000 millones.

En 1967, un informe de la OCDE, "Population Control and Economic Developement", establecía tres supuestos de crecimiento de la población mundial para el año 2050. Estos eran, 7.000 millones para la variante baja, 9.000 millones para la media, y 11.000 millones para la alta. La primera variante la hemos superado con creces casi treinta años antes. Las últimas previsiones se corrigieron y ahora anuncian que alcanzaremos los 9.000 millones, la variante intermedia, para el 2030. A este ritmo es previsible que superaremos con amplitud la variante más alta, la más pesimista, en el 2050. En apenas 200 años la población mundial habrá crecido en más de 10.000 millones de seres. ¿Cuánto más puede aumentar?

Este crecimiento desorbitado no está regularmente repartido por el planeta. Naciones Unidas prevé que en 2050 la mitad de la población mundial estará concentrada en tan solo 9 países y 5 serán africanos. Según esas previsiones, Nigeria, que actualmente ocupa la séptima plaza y es el único país africano entre los diez primeros, pasará a ocupar el tercer lugar, desbancando a Estados Unidos. Los restantes serán China, India (14% de población musulmana), Pakistán (95% de musulmanes, más de 1.000 mujeres asesinadas “por honor” cada año, según la Pakistan´s Human Rights Commission), República Democrática del Congo (mayoritariamente cristiana), Etiopía (33% de musulmanes), Tanzania (35% de musulmanes), Estados Unidos, Indonesia (90% de musulmanes), y Uganda (mayoritariamente católicos).

En nuestros días, en Bangladés (90% musulmanes), el país con mayor densidad de población del mundo, el 60% tiene menos de 25 años. En contraste, los países europeos no hacen más que envejecer. En 2050, uno de cada tres europeos tendrá más de 60 años, mientras en América Latina y Asia la proporción será del 25%. En España el grupo de los menores de 25 no llega al 30%, siendo ya de un 23% el de mayores de 60 años.

En Egipto (90% de población musulmana) se producen cada año más de 2,5 millones de alumbramientos, en términos proporcionales cuatro veces más que la media de los países occidentales. En España el promedio de hijos por mujer es de 1,2. Las cifras son similares en el resto de países de la UE. En muchos países africanos pasa de 6.

Se está produciendo desde hace décadas una explosión demográfica en unos países mientras en otros los nacimientos no alcanzan a reemplazar las defunciones. Los distintos sistemas sociales y de ámbito cultural no hacen más que incrementar las diferencias. En países con sistemas de pensiones deficitarios o inexistentes, el tener muchos hijos da una cierta esperanza de sustento para la vejez. En España es justo lo contrario, durante los años de crisis, muchos ancianos, con sus pensiones, han tenido que amparar a sus hijos y nietos. También afecta significativamente a la tendencia la distinta forma de enfrentar el aborto. El Islam es contrario al aborto, en ese sentido no se diferencia del cristianismo, la diferencia está en que en la inmensa mayoría de los países musulmanes se respetan los preceptos religiosos, mientras que en los occidentales no, y el aborto se considera un derecho. Mientras “nosotras parimos, nosotras decidimos”, en otras culturas deciden tener cinco, siete, o nueve hijos. El 97% de los abortos practicados en España, más de 100.000 al año (más de un millón en el conjunto de la UE), se hacen bajo el supuesto de protección de la salud psicológica de la madre. Estas cifras inciden poderosamente en el descenso de la natalidad en Europa.

Los países más pobres son los que más crecen en población, mientras los más ricos se estancan. En ese contexto el trasvase de personas hacia los países con más oportunidades es inevitable por muchos muros que se levanten. En Europa está pasando desde hace décadas y se ha acelerado dramáticamente en los últimos años.

Los primeros emigrantes que empezaron a llegar poco después de la Segunda Guerra Mundial, perdían en gran manera el contacto con sus países de origen y se veían obligados a integrarse en su nuevo lugar de residencia intentando adaptarse a sus usos y costumbres. Los que llegan ahora, debido a internet y la globalización, pueden permanecer en constante contacto con los países de procedencia, no tienen ninguna necesidad de cambiar sus hábitos ni su modo de vida. Pueden residir en un sitio y actuar como si estuvieran en otro. 

La inmigración masiva, siendo en sí misma un problema, se agrava hasta límites insostenibles cuando los que llegan no se integran ni se adaptan a las costumbres del país de acogida, sino que, o bien se aíslan en guetos donde viven de modo muy similar a sus países de origen, o bien pretenden imponer su modo de vida a la sociedad que les acoge. Estos colectivos son más vulnerables a las crisis por educación, idioma, relaciones familiares, etc, y ello genera, por comparación, una disposición a la revuelta. Son terreno propicio para prender la llama de la radicalidad y la violencia. La juventud está siempre dispuesta a comportamientos extremistas, y en juventud los inmigrantes ganan por goleada. Los dramáticos sucesos de hace pocas semanas en Francia son una muestra evidente.

Según el sociólogo alemán Gunnar Heinsohn, los hombres de entre quince y treinta años conforman la parte más violenta de cualquier sociedad. Una sociedad sobrecargada de gente joven tiene muchas probabilidades de sufrir episodios violentos. Los jóvenes tienen gran dificultad para hallar un sitio de prestigio en la sociedad y buscan otras alternativas, que suelen ser de tipo violento.   

Muchos de los jóvenes desarraigados que pueblan las grandes urbes europeas se sentirán en mayor o menor medida próximos a los que perpetran atentados contra intereses occidentales y desearán emularlos.

Cada vez que se produce un atentado, cada vez con más frecuencia, en suelo europeo, los noticiarios dicen que los terroristas son belgas, o franceses, o ingleses. No es cierto, son extranjeros con pasaporte de algún país de la UE. Aunque hayan nacido aquí, son más extraños al sentimiento europeo que cualquier otro que nunca haya pisado Europa. Odian y desprecian todo lo que representa el modo de vida de un europeo, o un occidental. Sus valores son otros. Durante años han ido rumiando el odio al entorno en el que viven.

En los años 30 del pasado siglo no todos los alemanes eran fanáticos nazis, pero la mayoría se dejó arrastrar, o se puso de perfil, o comprendió, toleró o amparó a los asesinos nazis. No todos los rusos era fanáticos estalinistas, pero la mayoría se dejó arrastrar, o se puso de perfil, o comprendió, toleró o amparó a los asesinos estalinistas. Podemos decir lo mismo de lo sucedido en China, en Japón, en Ruanda, o en Camboya. La mayoría de sus habitantes querrían la paz, pero eso no impidió que se produjeran millones de muertes. Huelga decir que la mayoría de los musulmanes son pacíficos y lo que desean es vivir en paz, pero unos pocos fanáticos asesinos pueden arrastrar a muchos miles de prosélitos, mientras otros cientos de miles de pasivos congéneres se dejarán arrastrar, o se pondrán de perfil, o comprenderán, tolerarán o ampararán la violencia. Nos lo enseña la historia una y otra vez. Y otra. Y otra. El ser humano es así.

Todos los pueblos tienen señas con las que se identifican, idioma, cultura, religión, modo de vida, costumbres, gastronomía, forma de vestir, aspecto físico, y un sinfín de características que, si lo desean o lo necesitan, les sirve para agregarse a unos colectivos y separarse de otros. Las minorías violentas apelan a esas diferencias para seducir a las mayorías y suelen tener un éxito rotundo.

Europa se ha ido llenando de inmigrantes que buscaban una vida mejor que la que padecían en sus lugares de nacimiento. Los que se han integrado han contribuido a enriquecer a la sociedad, siempre la unión y la fusión son enriquecedoras. Los que no se han integrado han generado un grave problema. Viven entre nosotros pero no conviven. El rechazo engendra odio y el odio agresividad y venganza. “Es triste condición humana que más se unen los hombres para compartir los odios que para compartir un mismo amor”, decía Jacinto Benavente. Y odiar significa sentir asco por la simple existencia del otro, desear eliminarlo. Si además eliminar al otro está premiado con el Paraíso ¿cómo se puede detener esta deriva? El virus del odio se extiende muy deprisa y no tenemos vacuna.  

El primer síntoma de la decadencia de una civilización es la demografía. Una sociedad que no es capaz de crecer está condenada a desaparecer, por simple extinción, o por asimilación de otra más prolífica.

Europa ha sido invadida por una civilización más joven y dinámica, resuelta a imponer sus costumbres y su modo de vida. Dispuesta a reemplazar a la civilización existente. No es una cuestión de asimilación o integración. Es una cuestión de sustitución. 

Es un comportamiento cuanto menos incongruente, y desde luego violento y agresivo. Para entrar en un club se necesita una invitación o pagar una entrada. Y una vez dentro hay que respetar las normas establecidas. Si no te gustan es mejor quedarse afuera o buscar otro club. Lo que no parece de recibo es entrar sin que te inviten y encima pretender cambiar las normas.

Es muy duro emigrar, dejar atrás tu tierra, tus vivencias, tu entorno, para empezar de cero en un sitio nuevo. Pero si emigras a otro lugar es porque piensas que vas a vivir mejor, porque has decidido que en ese nuevo lugar las condiciones son más favorables que las que dejas atrás. Si al llegar a él, pretendes que la situación se equipare a la que abandonaste, ¿para qué hacer el viaje? La razón última no queda clara.

Es muy duro emigrar, pero hay una forma de emigración que no necesita desplazamiento. Se puede emigrar sin moverse del sitio. Se pueden perder la tierra, las vivencias, la cultura, las tradiciones, estando quieto, inmóvil. Basta con no hacer nada. Es suficiente con olvidarse del esfuerzo que costó a nuestros antepasados legarnos un lugar donde vivir. O lo que es peor, renegar de esa herencia.

Basta con mirar para otro lado, dudando de nuestras esencias, y confiando de un modo irracional en que no existe un problema, y que en caso de que existiese se va a arreglar solo. Si persistimos en ese camino, habrá que contemplar la posibilidad de que nuestros descendientes se vean obligados a vivir en algún tipo de exilio interior. 

La Europa que conocemos, o que hemos conocido, se está yendo por el sumidero de la historia. Una sociedad que no es capaz de crecer está condenada a desaparecer, por simple extinción, o por asimilación de otra más prolífica. En España llevamos dos años con más defunciones que nacimientos, y el 20% de los recién nacidos son hijos de madres inmigrantes. El año pasado nacieron 400.000 niños. En Argelia, con un 20% menos de población, nacieron 1, 2 millones. Al mismo tiempo aquí se perpetraron 100.000 abortos en el año. El orgullo cada vez más imperante tampoco ayuda mucho a mejorar las cifras. Según Naciones Unidas en 2050 la mitad de la población mundial estará concentrada en tan solo 9 países y 5 serán africanos. Ahora mismo, en Holanda y Bélgica más de la mitad de los que nacen son hijos de madres musulmanas. ¿Quién va a resistir ese asalto? No es una cuestión de asimilación o integración. Es una cuestión de sustitución.