jueves, 28 de mayo de 2020

El mal bicho.

Si una manzana podrida

se rodea de otras sanas,

pronto todas las manzanas

se encontrarán corrompidas.

Si en un grupo inadvertido

introduces un mal bicho,

me reafirmo en lo antes dicho

el conjunto está perdido.

El mal bicho es ponzoñoso

todo lo que tiene cerca

lo contamina y lo infecta,

lo sano lo vuelve astroso.

Depredador obsesivo,

es un peligro fehaciente,

brutal y malevolente,

es sañudo y agresivo.

Evitad su compañía,

pudre todo alrededor,

es insufrible el hedor

si estás en su cercanía.

Nunca el bicho va a cambiar,

su condición le condena,

para evitar la gangrena

tan solo sirve extirpar.


miércoles, 20 de mayo de 2020

Expresiones taurinas.


“Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo, 
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.”

En Miguel Hernández, uno de nuestros más grandes poetas, está siempre presente el mundo del toro.
Federico García Lorca, otro enorme poeta adorado por la progresía, era curiosamente un absoluto enamorado de los toros.” Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, a la muerte de su amigo, es una cumbre de la poesía del siglo XX. “A las cinco de la tarde, eran las cinco en punto de la tarde…”
En una entrevista dijo: “El toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que la fiesta de los toros es la más culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio a donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza.” Ahí queda eso.
Picasso fue otro apasionado de los toros como así lo atestiguan muchas de sus obras.
Ahora, lo que se autodenomina el “mundo de la cultura”, abomina de los toros, y en consecuencia, en parte de esa antigua cultura. ¡O tempora, o mores!

Dejando aparte la discusión ideológica, siempre resbaladiza, lo que no se puede discutir es la influencia del mundo taurino en nuestro lenguaje cotidiano. Hay multitud de expresiones que utilizamos habitualmente en nuestras conversaciones, seguramente sin tener conciencia de que se las debemos al ahora tan denostado mundo.
Tenemos innumerables señales de la influencia de la fiesta de los toros en el habla común. Para muestra estos botones:

Por un lado están las expresiones que manifiestan sin ambages la referencia taurina:
A ese le gusta ver los toros desde la barrera.
A mí no me torea nadie.
¡Ánimo!, al toro que es una mona.
A toro pasado, cualquiera se hace el valiente.
¡Cuidado!, que nos coge el toro.
Hasta el rabo todo es toro.
Hay que coger el toro por los cuernos.
Ponerse de grana y oro.
Ponerse detrás del burladero.
Ponerse hecho un toro.
Recibir una cornada.
Tener vergüenza torera.
Temerle a alguien más que a un miura.
Saber torear un problema.

Hay otras en que su relación no se evidencia con tanta nitidez:
Arrimarse a tablas.
Dar la alternativa (a Fulano).
Dar la puntilla (a Zutano).
Dar una espantada, o la espantá.
Echar un capote.
Entrar a matar.
Entrar al trapo.
Escurrir el bulto.
Estar hasta la bandera (un recinto).
Hacer un desplante (a Perengano).
Hacer el paseíllo.
Hacer una buena faena.
Lanzar un puyazo.
¡Música, maestro!
Ponerse el mundo por montera.
Quedar para el arrastre.
Recibir un revolcón.
Rematar la faena.
Ser (algo) de bandera.
Tener mano izquierda.

Otras hay, que a lo mejor agradecen una explicación:
A las primeras de cambio.
Hace referencia a los momentos inmediatamente posteriores al cambio del capote de paseo por el de brega.
Atarse bien los machos.
Los machos son las cintas que sirven para ajustar la taleguilla, el pantalón de los toreros. Hay que apretarlos bien para no tener un disgusto durante la lidia. Hace referencia a prepararse a conciencia para enfrentar una situación complicada.
Cambiar de tercio.
Tercios, partes en que se divide la lidia. Cambiar de conversación o de acción.
Cargar la suerte.
Colocarse bien al dar un pase y mandar en el toro. Hace referencia a cuando alguien fuerza la situación para imponerse a otro.
Cortarse la coleta.
Cuando se retira un torero se corta la coleta en público, primero de verdad y después simbólicamente. Se dice cuando alguien se retira de alguna actividad.
Crecerse en el castigo.
El toro bravo, de buen trapío, al sentir dolor acomete con más fiereza. Hace referencia a los que no se arredran ante las dificultades.
Dar el quiebro.
Quebrar la embestida es evitar el golpe de los pitones con un movimiento ágil, sobre todo en la suerte de banderillas. Esta expresión la ha heredado el fútbol.
Dar largas.
Una larga cambiada es un lance en que el torero mueve la capa con amplitud para darle salida al toro esquivando la embestida. Se usa para expresar que damos excusas para evitar hacer algo que no deseamos.
Estar de capa caída.
Cuando el torero sostiene la capa con los brazos caídos no está en actitud de enfrentarse al toro. Se hace extensivo a cuando alguien está desanimado o indolente, sin ganas de encarar los problemas.
Estar en capilla.
Justo antes de saltar a la plaza, los toreros pasan por la capilla a rezar. Se refiere a cuando alguien se encuentra en un momento inmediato a un hecho importante.
Estos (o aquellos) son de aúpa.
Los de aúpa eran los picadores, por ir encima de los caballos. Se les solía criticar por excederse en su cometido de castigar a los toros con los puyazos. De ahí ha quedado como expresión de ser “de cuidado, de mala condición, violento, desagradable”, según el DRAE.
Pasarse de castaño oscuro.
Se tenía por cierto que el toro de pelaje castaño era siempre de gran bravura y exigía lo mejor del torero. Si se pasaba, si su color era aún más oscuro, se suponía que podía ser muy problemático para el diestro.
Quedarse mirando al tendido.
Preocuparse de lo secundario, los espectadores, y no centrarse en lo importante, el toro.

En fin, son innumerables las expresiones que utilizamos en nuestras conversaciones diarias:
En corto y por derecho.
Estar al quite.
Hasta la bola (del estoque).
Ir de farol (tipo de pase por alto).
La hora de la verdad.
La suerte suprema.
No hay quinto malo.
Parar los pies.
Pinchar en hueso.
Primeros espadas.
Salir por la puerta grande.
Ser bravo o manso.
Ser una figura.
Ser un espontáneo.
Si el tiempo no lo impide.

Hay, por último, las expresiones que hacen referencia concreta a algún torero.
A esta reunión no ha venido ni el Tato.
Antonio Sánchez, “el Tato”, torero sevillano, 1831-1895. Cuentan que en su época de mayor gloria estaba en todos los carteles, no se perdía una corrida, de ahí la expresión, si no estaba “el Tato” era como si no hubiera nadie. El 7 de junio de 1869, al entrar a matar, el toro “Peregrino” le corneó en la pierna, se gangrenó la herida y hubo que amputarla. Según las crónicas no permitió que se le anestesiara y soportó la amputación en vivo y fumándose un puro. Da una idea de la pasión que levantaban en aquella época los toreros que la pierna cortada estuvo expuesta durante años, conservada en alcohol, en el escaparate de una botica madrileña.
Quedar como Cagancho en Almagro.
Joaquín Rodríguez Ortega, “Cagancho”, torero sevillano y gitano,1903-1984. Alternó faenas geniales con alguna tarde nefasta. El 27 de agosto de 1928, en Almagro, en el sexto de la tarde, después de pinchar al toro por todo su cuerpo innumerables veces, le sonaron los tres avisos para devolverlo al corral mientras intentaba matarlo sin salir de la barrera. El torero abandonó la plaza escoltado por la Guardia Civil y hasta tuvo que intervenir un destacamento de Caballería del Ejército para apaciguar la indignación del público. Su actitud provocó una de las mayores broncas que se recuerdan.
Tener más valor que el Guerra.
Rafael Guerra Bejarano, “Guerrita” o “el Guerra”, torero cordobés, 1862-1941. Uno de los grandes de la historia del toreo. Autor de la famosa anécdota con Ortega y Gasset. Cuando le presentaron al hombre de letras le preguntó que a qué se dedicaba y al responder este que era filósofo, el diestro, estupefacto, exclamó: “¡Hay gente pa tó!”.
Hacer el Tancredo.
O hacer de Don Tancredo. Lance taurino que consistía en esperar la salida del toro en mitad del ruedo subido en un pedestal y no mover ni un músculo para no despertar su atención. Generalmente el actuante iba vestido de forma estrafalaria y totalmente pintado de blanco. A pesar de su inmovilismo los Tancredos sufrieron numerosas cogidas. Esta expresión la ha heredado el fútbol para cuando el portero encaja un gol por quedarse quieto.

A toda esta cantidad de expresiones de origen taurino habría que añadir otras muchas que olvido. La profusión de términos da una idea de la enorme importancia social que ha tenido la fiesta de los toros.    

El piloto adecuado en momentos críticos


El piloto adecuado para un momento crítico.

El 15 de enero de 2009, a las 03,08 p.m., un avión de la compañía US Airways, con 150 pasajeros a bordo, despegó del aeropuerto La Guardia de Nueva York con destino Charlotte, en Carolina del Norte. La visibilidad era buena, el viento suave y la temperatura de 7º C. Todas las variables presagiaban un vuelo sin sobresaltos.
A los pocos segundos de elevarse el avión, una bandada de gansos se cruzó en su trayectoria. Al menos una de las aves fue absorbida por la turbina derecha y el motor explosionó. El comandante de la aeronave tuvo que dilucidar en unos breves segundos cual era la decisión más conveniente. Determinó que los daños provocados en el avión no le permitían regresar a la pista y que la única posibilidad de supervivencia era intentar amerizar sobre las aguas del río Hudson. La operación de amerizaje para una aeronave de las características del Airbus 320 es de extrema dificultad. Si en el momento del contacto con el agua, la velocidad o el ángulo de inclinación no son los adecuados, el avión se hundirá inmediatamente o rebotará en la superficie y saltará en pedazos. El comandante, antiguo piloto de cazas durante la guerra de Vietnam, con cuarenta años de experiencia en la aviación comercial, y experto en seguridad aérea, realizó la arriesgada maniobra con absoluta precisión y logró que el aparato se posara sobre la superficie del río. La tripulación, experimentada y competente, contribuyó a que el pasaje soportara la tensa situación con la adecuada disciplina. Los servicios de emergencia funcionaron con parecida competencia, los 150 pasajeros y todos los tripulantes fueron rescatados sanos y salvos de las frías aguas del río Hudson antes de que el aparato se hundiera en sus profundidades.
No hay ninguna duda de que el comandante John Walker, era la persona idónea para estar a los mandos en una situación de extremo riesgo.

España es un gran avión al que una inmensa bandada de virus le ha quemado un motor. El comandante ni es antiguo piloto de cazas, ni tiene cuarenta años de experiencia, ni es experto en seguridad aérea ni en ninguna otra cosa. Hay incluso quien dice que el título de piloto lo obtuvo de manera incierta. Le encanta volar pero sobre todo le encanta mirarse en el espejo con su gorra de plato y sus gafas de aviador. El copiloto, directamente lo que desea es estrellar el aparato. Él ya se ha provisto de un buen paracaídas para saltar antes del impacto. La tripulación está mal preparada y es incompetente, en vez de atender y calmar al pasaje se dedica a encrespar los ánimos de los cada vez más aterrados viajeros. Los del ala derecha y los del ala izquierda del avión han empezado por insultarse y ya se están lanzando toda clase de objetos sin que nadie de la tripulación contribuya a serenar la situación, más bien al contrario. Hay que ser muy optimista o muy ingenuo para suponer que la nave va a conseguir aterrizar sin sufrir enormes daños.    

Ya lo dijo el poeta:
Por razones bien ignotas,
el más prudente mortal
infravalora el gran mal
que origina un simple idiota.
Si el susodicho pilota
un avión descomunal,
es cálculo elemental
que la nave acabe rota.
¡Ay!, ¡gente desprevenida!
Un tonto, lo es para rato;
si ponéis hacienda y vida
en manos de un mentecato,
auguro, no una caída,
¡Un morrón de campeonato!

miércoles, 22 de abril de 2020

Odio.



Lo dice el Evangelio: “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de lo que existe”. Cada uno lo interpretará como guste pero cierto es que la palabra es el arma más eficaz para penetrar las conciencias distraídas. Es el ariete que derriba la puerta y se apodera del castillo. Algunos tienen notable habilidad para encontrar palabras que actúen de arietes. La izquierda va siempre varios pasos por delante de la derecha en cuestión de propaganda, esta es tosca, brusca, imperita, aquella es hábil, ladina, aguda. Para ello las palabras son indispensables. Facha ha sido eficaz durante mucho tiempo pero ya ha empezado a declinar. Antes, cualquiera que criticara el pensamiento establecido era inmediatamente etiquetado de facha y el señalado acusaba el golpe, se encogía.  Pero ya casi nadie se asusta si le llaman facha y casi nadie se alborota si señalan a alguien como facha. Ha perdido fuerza, se ha marchitado. Se gastó de tanto usarla. Se hacía necesario encontrarle un reemplazo. Odio es un buen sustituto. El que disiente del discurso oficial es un odiador, está utilizando una arenga de odio, cometiendo un delito de odio. El que odia siempre es el otro. ¿Pero quién distingue una justificada crítica de un mensaje de odio? El poder, naturalmente. En “Alicia a través del espejo”, dice Humpty Dumpty: “Cuando yo uso una palabra esa palabra quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos”. “La cuestión es –responde Alicia-, si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes”. “La cuestión –concluye Humpty Dumpty-, es saber quién manda. Eso es todo”. Amén.  

miércoles, 15 de abril de 2020

La parábola de los ciegos.



Llevamos un mes enclaustrados y este aciago encierro empieza a hacer mella en nuestras adormecidas defensas. Por las redes se propagan ideas que nos penetran con facilidad, son ideas presentadas de modo simple, aparentemente inocuas; ideas que enseguida se convierten en consignas. Por ejemplo: “De esta, o salimos todos unidos o no salimos”. ¿Quién se va a oponer a un mensaje tan sugerente? Todos juntos cogidos de la mano, ¡qué bonito! Pero me da que lleva escondido un mensaje subliminal, que quiere decir: “Hay que apoyar lo que haga el gobierno sin rechistar”. Como los ciegos del cuadro de Brueghel, todos de la mano hasta caer en el hoyo. A estas alturas, con 18.579 muertos oficiales a día de hoy, récord mundial por millón de habitantes, con más de 15.000 sanitarios infectados, otro triste récord mundial, hay que ser un sectario inquebrantable para intentar justificar, no digo ya alabar, la gestión de los responsables de dirigir las actuaciones. En estos momentos no se trata de derechas o de izquierdas. Se trata de competencia o ineptitud, de conocimiento o ignorancia, de inteligencia o estupidez. Este gobierno no es responsable de la pandemia, pero lo es de la aplicación de las medidas para intentar mitigarla. Y la gestión ha sido y sigue siendo calamitosa. Decía Ortega que “ser de derechas es, como ser de izquierdas, una de las muchas formas que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas son formas de hemiplejía moral”. Estos días podemos comprobar que su afirmación tiene plena vigencia. No se puede justificar, disimular o ignorar la tremenda torpeza simplemente porque “son de los nuestros”. Si el ciego que nos guía nos lleva al hoyo, lo único sensato es soltarle la mano y darle una patada.
O eso, o asumir los Evangelios; Mateo 15, versículo 14: “Dejadlos, son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo”.



martes, 14 de abril de 2020

La rana hervida


Dicen que si se introduce una rana en un recipiente con agua hirviendo, se escapará de un salto, pero si el agua está tibia y se va aumentando gradualmente la temperatura, se quedará dentro del agua hasta que esté tan debilitada que ya no podrá escapar y morirá.
En las últimas elecciones generales que se celebraron en noviembre del pasado año, aunque parece que tuvieron lugar hace un siglo, sobre un censo electoral de 36,8 millones de electores Podemos obtuvo 3.097.185 votos. El 8,4% de los españoles con derecho a voto apoyaron esa opción. Siendo generosos uno de cada diez quería ser gobernado por ese partido. Pues bien, nos encontramos con que ese uno está imponiendo cada día un poco más sus ideas a los otros nueve. A esto le llaman democracia, se les llena la boca con la palabra y andan constantemente diciendo que es lo que ha elegido la ciudadanía. Para ellos ciudadanía significa un ciudadano de cada diez. Seguramente cualquier dictadura, por tirana que sea, tiene más partidarios entre la población que ese ridículo 10 %. Ya que nos hemos aficionado a los palabros (heteropatriarcado, plurinacionalidad, multilateralismo…) a esto habría que llamarlo demodictadural, dictaducracia, o algo así. Y ahí tenemos a ese siniestro personaje liberticida acumulando más poder cada día, un poder que no le corresponde, ante la connivencia de un fatuo, incapaz y fraudulento doctor superado por los acontecimientos, ante la inacción de una oposición pasmada, impotente y acomplejada, ante el silencio o la colaboración de unos medios entregados y regados con dinero de todos, y ante el asombro o la desidia de una sociedad espantada que solo presta atención al maldito virus mientras le van recortando derechos y libertades, y mientras nos van aumentando la temperatura del agua poco a poco.    

lunes, 13 de abril de 2020

La tonta del bote



“La tonta del bote” es una obra teatral de Pilar Millán Astray, estrenada en 1925 que tuvo un gran éxito en su momento. En 1970, la versión cinematográfica, interpretada por Lina Morgan gozó igualmente de una gran aceptación popular. Parece que en 2020, hay una nueva versión que ha mutado a “El tonto del bot”. Bot es aféresis de robot, y por lo visto consiste en un artilugio informático que replica consignas en las redes de forma automática e incansable. Nos ha introducido en el término, el líder supremo. En el debate del otro día Sánchez le dijo a Abascal: “Quiero dirigirme a usted  y a los millares de bots que trabajan para usted en las redes sociales, que juegan con los bulos, las mentiras y la desinformación, y con el instrumento del odio”. Acabáramos. Ahora ya todo me ha quedado muy claro y me he tranquilizado. Si veo en alguna red un mensaje que diga que el presidente es un vacuo farsante que miente más que habla, ya sé que no lo dice algún ciudadano irresponsable, solo es un bot. Si leo que el gobierno está formado por una banda de inútiles, incapaces e incompetentes, ya sé que no lo ha escrito cualquier desagradecido, solo es un bot. Si veo por un casual que la gestión del maldito virus es la más nefasta que se ha hecho en todo el mundo, solo es un bot el que dice esa aberración. Y además con el instrumento del odio. Son odiosos y no solo ocho como los de Tarantino, sino que son millares y todos trabajan para Abascal. Y todos propagando bulos y mentiras con el instrumento del odio. Parece que para el líder supremo, todos somos víctimas de esos bots, o sea, todos somos tontos del bot. Cree el ladrón que todos son de su condición, dice el sabio refranero. Yo ya empiezo a dudar de que seamos el primer país del mundo en muertos por millón de habitantes. A lo mejor solo es fruto del odio de los bots.    

viernes, 6 de marzo de 2020

La isla de los cocos.


En medio del océano más grande que te puedas imaginar hay una isla a la que siempre se la conoció como la isla de los cocos.
No se sabe con seguridad quién la bautizó con ese nombre pero el que lo hizo no tuvo que esforzarse mucho, si vas por allí verás que toda la isla está rodeada de hermosas playas de arenas blancas y finísimas, y bordeando cada playa hay filas y filas de cocoteros que las contornean y las protegen como si fueran altos guardianes.
Seguro que si nadie te hubiera dicho antes cómo se llamaba y tuvieras que darle un nombre, tú también la bautizarías como la isla de los cocos.
Hay otras islas por los alrededores y algunas veces se reunían los habitantes de todas ellas para celebrar juntos alguna fiesta. Debo decirte que estas reuniones no las hacían tan a menudo como les hubiera gustado porque aquél mar es tan inmenso que para llegar a la isla más cercana necesitaban emplear varios días navegando, y a veces se desataban grandes tormentas y el mar se encrespaba mucho por aquellos parajes.
Así y todo les gustaba reunirse para contarse unos a otros las cosas que les sucedían, en qué empleaban el tiempo, cómo estaban sus familias, cómo crecían los hijos, y todas esas cosas que se cuentan los amigos cuando se ven de tarde en tarde. Por eso procuraban aprovechar cualquier motivo para organizar un encuentro.
Tenían un problema, y es que como vivían muy lejos unos de otros no hablaban el mismo idioma y para comunicarse entre sí tenían que hacerlo por gestos o por signos.
Los hombres a veces hacen cosas muy raras, como por ejemplo hablar distinto unos de otros. Si el lenguaje lo inventaron para comunicarse y transmitirse los conocimientos y las emociones sería más fácil si todos hablasen igual, pero no es así. Hasta hay algunos que se empeñan en hablar distinto con tanta vehemencia que llega a parecer que lo hacen para que no se les entienda.
Bueno, a pesar de no entenderse les gustaba celebrar muchas fiestas, y no las hacían siempre en el mismo sitio, sino que las iban desplazando de un lugar a otro para que todos tuvieran la oportunidad de ejercer de anfitriones.
Cuando tocaba celebrarlas en la isla de los cocos, los forasteros que llegaban desde los alrededores siempre se asombraban de lo hermoso y bien cuidado que estaba todo.
- ¿Cuál es vuestro secreto? –preguntaban por medio de gestos de admiración.
Abrían la boca cuanto podían, señalaban a todas partes con el dedo índice, se ayudaban con los brazos abriéndolos mucho y haciendo grandes círculos con ellos, y asentían con la cabeza moviéndola hacia arriba y hacia abajo. Con todos esos gestos querían decir que estaban asombrados con lo que veían y que querían saber cuál era el secreto de los habitantes de la isla.
- No tenemos ningún secreto –contestaban siempre, encogiéndose de hombros.
Y no es que quisieran ocultar algún misterio mágico para que los demás no pudieran aprovecharse de él. Tampoco es que tuvieran escondida una fórmula maravillosa con la que conseguían que todo estuviera tan bonito y agradable. No. Es que realmente ellos sentían que no hacían nada especial para que las cosas funcionaran y para que todos los habitantes vivieran en un entorno tan placentero.
- No hacemos nada especial, nos limitamos a vivir.
Y eso era verdad para ellos en aquél momento, porque no se acordaban de los que habían vivido antes, de sus antepasados, los que ya no estaban, que habían trabajado mucho y durante mucho tiempo para que todo estuviera tan bonito en el presente.
En la isla tenían un jefe muy viejo. Era tan viejo que nadie sabía a ciencia cierta que edad tenía. Unos decían que tenía ciento quince años y otros que ciento veinte, pero seguro, seguro, no lo sabían. Le llamaban Yayin, que en el idioma de aquellas tierras significa abuelito, y todos le respetaban mucho porque como era tan viejo sabía muchas cosas. Cuando las gentes tenían un problema que no sabían cómo resolver iban a pedirle consejo a Yayin, y él siempre les daba la solución adecuada.
Por ejemplo, llegaba alguien y le planteaba un asunto:
- Yayin, tengo un árbol con unas raíces muy grandes y muy fuertes y como está cerca de la casa tengo miedo de que las raíces se metan por debajo y tiren las paredes. Pero yo no quiero cortar el árbol porque me da mucha sombra, ¿qué puedo hacer?
Otro le decía:
- Yayin, mi papallina ni pone huevos ni canta, ¿qué puedo hacer para que cante y ponga huevos como antes?
Entonces, normalmente el abuelo se quedaba un momento pensativo y luego decía:
- Recuerdo una vez un caso similar a este que me cuentas. En aquella ocasión hicimos esto y lo otro y se arregló el problema, así que vamos a hacer lo mismo.
Aunque también podía decir:
- Recuerdo una vez un caso similar a este que me cuentas. En aquella ocasión hicimos lo otro y lo de más allá y no se arregló el problema, así que ahora vamos a hacer otra cosa para solucionarlo.
Porque como era tan viejito, a menudo recordaba algo que tenía que ver con lo que le preguntaban y era fácil para él encontrar la buena respuesta.
Pero no creas que todo lo que sabía era porque ya lo había vivido, muchas cosas, muchísimas, las había aprendido en los libros. Le gustaba mucho leer y como tenía tantos años había tenido tiempo de leer miles y miles de libros. Él decía que leía un libro cada semana y que empezó a leer a los seis años. Así que haciendo cuentas, yo calculo que había leído más de cinco mil libros, pero de eso no estoy seguro, tan sólo es lo que yo creo. Porque también podría ser que no hubiera tantos libros en la isla.
Aunque, pensándolo bien, también pudiera ser que si un libro le gustaba mucho lo leyera varias veces y así se lo aprendía mejor. El caso es que Yayin sabía muchas cosas, unas las había aprendido por propia experiencia, y otras por la experiencia de sus antepasados, los que habían escrito aquellos libros.
Yayin tenía muchos hijos y muchísimos nietos. Y los hijos de sus nietos eran todavía más numerosos, y más aún los nietos de sus nietos.   
Sus hijos y nietos lo habían conocido cuando todavía era más o menos joven y se acordaban un poco de cuando aún tenía los cabellos negros, pero los demás siempre lo habían visto viejo y no era lo mismo. Éstos también lo querían mucho pero un poco menos y a veces decían cosas como:
- Yayin sabe mucho, sí, es verdad, pero es muy viejo.
O también,
- No sé si Yayin va a entender mi problema porque está tan arrugado...
O incluso,
- No le voy a preguntar a Yayin porque como es tan anciano no va a saber qué decirme.
Porque hay algunos jóvenes que piensan que ellos saben mucho porque pueden caminar deprisa, y en cambio los viejos, como andan más despacio, ya no saben casi nada.
No siempre la isla había sido tan bonita como era ahora. Muchos años atrás, antes de que naciera Yayin, a veces los cocoteros se pasaban mucho tiempo muy quietos, como si estuvieran pensando. No se movían ni siquiera los días que hacía tanto viento que era difícil caminar. Parecía como si se hubieran quedado petrificados.
En aquellos días no producían cocos y los habitantes de la isla se ponían muy tristes.
Otras veces crecían unos cocos muy pequeños y feos que cuando los abrían mostraban una pulpa de color pardo que sabía muy raro, como cuando te tomas una medicina amarga.
Cuando pasaba eso tampoco estaban felices los isleños.
Pero ya nadie se acordaba de aquellas épocas porque la gente procura olvidarse de los momentos tristes.   
Como los cocos llevaban ahora mucho tiempo creciendo grandes y hermosos y cuando se abrían mostraban una pulpa muy blanca con la que hacían unos dulces muy sabrosos, la gente estaba siempre contenta.
Porque en la isla eran así, cuando no eran felices todos se preocupaban y discutían y procuraban arreglar sus cosas todos juntos. Pero cuando llegaban los buenos momentos y todo era bonito y alegre ya nadie se acordaba de que en algún tiempo pasado las cosas habían sido de otra forma.
Al contrario, la gente tendía a creer que las cosas siempre habían sido igual de hermosas y que iban a seguir así por siempre jamás. Porque los hombres llegan a pensar, cuando poseen algo que les gusta, que les pertenece porque es un regalo de los dioses y ya no lo van a perder nunca.
Por eso, cuando al fin un día Yayín murió, hubo es verdad algunos que le lloraron, pero otros muchos celebraron grandes festejos porque los cambios y las cosas nuevas siempre resultan divertidas.
Así que eligieron a un sustituto que era mucho más joven que Yayin, aunque estas cosas son relativas, como Yayin era tan viejo cualquiera a su lado parecía joven. Cuando se olvidaron del abuelo y no tenían con quién comparar también el nuevo parecía muy viejo. Así que decidieron seguir cambiando. Total, para lo que tenía que hacer..., como el presente les preocupaba menos, lo que querían era que alguien joven, galano, y simpático, les prometiera un esplendoroso mañana con bellas palabras y todavía mejor si las decía en verso.
Así que fueron eligiendo a jefes cada vez más jóvenes y más simpáticos. Les escuchaban decir unas frases tan hermosas que todas las gentes vivían embelesadas pensando en lo maravilloso que iba a ser el mañana.
Los habitantes de la isla, entusiasmados, fueron nombrando a sus jefes más y más jóvenes, y más y más simpáticos.
Cuando el mar se alborotó tanto, y se puso tan rabioso, el jefe era un jovencito muy jovencito, con lindos tirabuzones rubios y simpatiquísimo. Siempre estaba sonriendo y tratando de agradar a quien lo miraba, todo lo decía en verso y cantando.
Un día los isleños corrieron a avisarle de que se acercaba una tormenta muy fuerte y le preguntaron qué tenían que hacer, y entonces él se puso a tocar el arpa con mucho entusiasmo.
Cuando la gran ola llegó, se tragó a todos los habitantes.

viernes, 7 de febrero de 2020

Un poco de respeto.



Ayer el presidente del gobierno de España fue a Barcelona para entrevistarse con el señor Torra. Lo de menos es que este último esté inhabilitado para ejercer el cargo del que hace gala. Tampoco tiene mucha importancia que el susodicho sea un racista y xenófobo que nos ha insultado a todos los españoles. Paso por alto que esté permanentemente alentando un golpe de estado para separar una parte del territorio del resto, por las bravas, poniendo en peligro la estabilidad de todo el país. Lo verdaderamente indignante es que el susodicho preparase un recibimiento al presidente del gobierno con una escuadra de mozos ¡en alpargatas! Como atestiguan sin ninguna duda las fotos del evento los componentes de tan marcial grupo iban ¡en alpargatas! ¡Por favor!, ¿cómo es posible tamaña falta de respeto? Qué menos que ponerse unos zapatitos de charol para recibir a tan insigne personalidad. No es de recibo que el señor de la derecha, por ejemplo, vaya cargado de medallas conseguidas a no dudar en heroicas acciones de servicio al pueblo y proteja sus pinreles con unas toscas esparteñas de llamativo colorido. Por favor, un poco de respeto a la insigne visita.
Acompaño una fotografía que ejemplifica con claridad que es mucho más adecuado un calzado negro para acompañar a cualquier uniforme.   

jueves, 5 de diciembre de 2019

En defensa del ujier.



Hace casi cuatro años, escribí lo siguiente:

He estado siguiendo la sesión de investidura y me ha llamado la atención un hecho ciertamente lamentable. Cada vez que un diputado o diputada se situaba en el estrado para deleitarnos con la correspondiente retahíla de lugares comunes, un caballero de cierta edad subía los escalones que llevan al atril con un vaso de agua para su señoría. Este señor iba embutido en un circunspecto uniforme acompañado de la correspondiente corbata perfectamente anudada al gollete. Una vestimenta impecable pero a todas luces molesta. Sin embargo, la señoría de turno vestía en ocasiones de modo que podríamos calificar como desenvuelto, tal vez rozando la ordinariez. Me parece humillante. ¿Por qué se obliga a un empleado subalterno a vestir de modo encorsetado e incómodo mientras los próceres de la patria van como si estuvieran en un chiringuito de la playa? Reclamo el derecho de los ujieres a vestir pantalón corto y chancletas, si ese es su deseo, para que puedan realizar su labor de un modo más relajado y placentero. Mantenerlos oprimidos en los uniformes me retrotrae a los tiempos de la esclavitud, es una prueba fehaciente de que no se han eliminado las odiosas diferencias de clase. Estas señorías que tan preocupados se muestran con las desigualdades sociales deberían empezar por eliminarlas de su lugar de trabajo (es un decir). Es una falta de respeto a los humildes trabajadores obligarlos a vestir de un modo que esquivan alegremente los que deberían dar ejemplo. Si los diputados y diputadas persisten en acudir al Congreso, el recinto en el que están representando a todos los ciudadanos, como si se acabaran de levantar de la cama después de haber dormido con la ropa puesta, justo es que los ujieres y demás empleados del lugar vistan como les venga en gana.

A raíz de la reciente sesión de constitución de las nuevas cortes he podido constatar que en el tiempo transcurrido, no solo no hemos mejorado, sino que la cosa ha ido francamente a peor. Ya no solo por la falta de cuidado en la forma de vestir, sino y más grave, en la forma de proceder. Lo primero que tienen que hacer los nuevos diputados y diputadas para ocupar sus escaños, y en consecuencia, para cobrar sus sueldos, es, lógicamente, jurar o prometer la Constitución. Es muy sencillo, hasta un niño puede hacerlo. Sin embargo sus señorías se enredan en bastardear la formula añadiendo al simple hecho de decir “juro” o “prometo” las mayores idioteces que se le pueden ocurrir a un cerebro infantiloide. Además de estúpido, es indignante que los que están allí para representarnos porque nos hemos molestado en ir a votar unas listas en las que iban incluidos, y que van a cobrar de los impuestos que nos detraen a todos, no guarden la mínima compostura con las formas que la importancia del acto demanda. Y es indignante que la presidencia, que debería ser cuidadosa con la solemnidad del momento, pase por alto esos comportamientos que desvirtúan la ceremonia y asuma que han aceptado la Constitución unos personajes que realmente están diciendo que no la aceptan. Estoy harto de que nosotros, los sufridos paganos, tengamos que soportar estas humillaciones. Estoy harto de que estos politicuchos de mierda se rían de los que les hemos votado. Estoy harto de que no sean capaces ni de cumplir con la mínima obligación que les corresponde. Estoy harto de que cualquier mindundi sin preparación se crea autorizado a pasarse por el forro normas y comportamientos que nos exigen a todos los demás. Y por eso reivindico que los ujieres, por ser lo que están más cerca de esas supuestas señorías, adopten conductas similares y cuando, por ejemplo, les demanden un vaso de agua, contesten: “Pídeselo a Snoopy, o al Capitán Trueno, o a Spiderman.” Y que se les seque la garganta. Total, para las idioteces que dicen.