miércoles, 22 de abril de 2020

Odio.



Lo dice el Evangelio: “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de lo que existe”. Cada uno lo interpretará como guste pero cierto es que la palabra es el arma más eficaz para penetrar las conciencias distraídas. Es el ariete que derriba la puerta y se apodera del castillo. Algunos tienen notable habilidad para encontrar palabras que actúen de arietes. La izquierda va siempre varios pasos por delante de la derecha en cuestión de propaganda, esta es tosca, brusca, imperita, aquella es hábil, ladina, aguda. Para ello las palabras son indispensables. Facha ha sido eficaz durante mucho tiempo pero ya ha empezado a declinar. Antes, cualquiera que criticara el pensamiento establecido era inmediatamente etiquetado de facha y el señalado acusaba el golpe, se encogía.  Pero ya casi nadie se asusta si le llaman facha y casi nadie se alborota si señalan a alguien como facha. Ha perdido fuerza, se ha marchitado. Se gastó de tanto usarla. Se hacía necesario encontrarle un reemplazo. Odio es un buen sustituto. El que disiente del discurso oficial es un odiador, está utilizando una arenga de odio, cometiendo un delito de odio. El que odia siempre es el otro. ¿Pero quién distingue una justificada crítica de un mensaje de odio? El poder, naturalmente. En “Alicia a través del espejo”, dice Humpty Dumpty: “Cuando yo uso una palabra esa palabra quiere decir lo que yo quiero que diga, ni más ni menos”. “La cuestión es –responde Alicia-, si se puede hacer que las palabras signifiquen cosas diferentes”. “La cuestión –concluye Humpty Dumpty-, es saber quién manda. Eso es todo”. Amén.  

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