viernes, 27 de febrero de 2015

Elecciones anticipadas

Hasta ahora, mal que bien, vivíamos en una democracia participativa, un sistema en el que cada cierto tiempo se instalan urnas, la gente vota, (una persona un voto), y con los resultados se constituye un parlamento representativo de la voluntad de los votantes. Ahora parece que algunos abogan por una democracia televisiva, un nuevo sistema en el que se emiten opiniones y se hacen encuestas (2.000 encuestados determinan la ignota voluntad de 40 millones de ciudadanos). A mí no me han preguntado jamás y me niego a que deduzcan lo que yo pienso por lo que otro dice. Pero da igual lo que yo piense porque las televisiones sacan inmediatas consecuencias de esas encuestas, y los que salen favorablemente puntuados, pasan inmediatamente a exigir, porque todo el mundo exige, elecciones anticipadas.
Argumentan que no vale votar cada cuatro años y que el pueblo debe intervenir en política constantemente. En principio está bien, votar una vez cada cierto tiempo y quedarse esperando hasta la próxima puede ser insuficiente y frustrante para muchos. Pero creo yo que habría que determinar unos plazos, si cuatro años parecen muchos, habría que poner tres, o dos, o uno, pero un plazo convenido de antemano que todo el mundo respete, aunque los resultados no les sean favorables, porque sería imposible desarrollar una labor de gobierno si la gente estuviera opinando constantemente. Por ese camino iríamos a unas elecciones permanentes en las que se votaría continuamente a través de las redes sociales o de la televisión (a 0,80 euros la llamada). Dada la volubilidad de mucha gente podríamos estar cambiando de gobierno cada semana. Sería divertido pero poco práctico.  

Los que exigen elecciones anticipadas lo hacen, como es natural y comprensivo, porque no están de acuerdo con lo que la mayoría dijo el día de las elecciones. Tengo sin embargo la convicción, (también es una opinión, la mía), de que muchos de esos, si estuvieran en el poder, no solo no pedirían elecciones anticipadas sino que intentarían que no hubiera más elecciones, ni anticipadas ni cuando tocaran.

domingo, 22 de febrero de 2015

Lo que no voy a votar

Llevo algún tiempo leyendo apasionados alegatos de conciudadanos que me dicen, sin yo haberles preguntado, que van a votar a Podemos. Como ya estoy harto de que me digan una y otra vez lo que van a votar, voy a decirles por lo menos una vez, lo que yo no voy a votar.
No voy a votar a Podemos; y no porque sus dirigentes hayan hecho trampas con las becas, o hayan intentado defraudar a Hacienda, o hayan falseado sus currículos, o les paguen a sus empleados una miseria y en negro. Al fin y al cabo esos mezquinos comportamientos son consustanciales al ser humano, se pueden encontrar en todo hijo de vecino y se logran corregir con un poco de buena voluntad.
No voy a votar a Podemos, sobre todo, porque sus dirigentes son comunistas estalinistas, y por lo tanto totalitarios y liberticidas. Y los convencimientos ideológicos no se corrigen con buena voluntad, simplemente no se corrigen porque el que los tiene siente que está en posesión de la verdad. Los totalitarismos populistas provocaron millones de muertos, destierros, encierros en campos de concentración, hambre y sufrimiento a cualquier sospechoso de no adorar al líder supremo. Y sus rancias ideas siguen provocando el mismo padecimiento en otros países donde se cultiva el culto al líder. La Democracia es un sistema imperfecto pero es el menos malo de todos los sistemas. Tiene muchos defectos, entre ellos el permitir que los que no creen en sus bondades se aprovechen de sus debilidades para alcanzar el poder y desde él fulminarlo. Cuando se instala un régimen totalitario las idealistas asambleas participativas se convierten inmediatamente en multitudinarias aclamaciones por unanimidad, y ¡Ay del que se salga de la fila! Ya pasó en el siglo XX en naciones tan poderosas e influyentes a nivel mundial que desataron la terrible guerra que asoló a la humanidad, y está pasando en nuestro días en varios países, por fortuna con menos influencia o capacidad para provocar un desastre global. Pero si se siguen extendiendo se repetirán las mismas desgracias. La Democracia no tiene apellidos, aquí tuvimos una “orgánica”, y en Rusia una “del pueblo”. Los que molestan son inmediatamente acusados de “enemigos del pueblo”, y encerrados, torturados y ajusticiados. ¿Y quién es el pueblo? El líder supremo. Eso está pasando ahora mismo.
La Democracia, si no establece los controles adecuados, permite la corrupción. El régimen totalitario la multiplica por mil porque carece de esos controles. Con la Democracia la voluntad de los ciudadanos se puede expresar cada tres o cuatro años. En un régimen totalitario no se expresa nunca. Al dirigente de una Democracia se le puede cambiar cada cierto tiempo, a un líder supremo hay que matarlo o esperar a que se muera. ¿Hay que poner ejemplos?      
No voy a votar a Podemos, además, porque sus dirigentes no me merecen la menor credibilidad. ¿Qué han hecho hasta ahora para que yo pueda pensar que tienen la capacidad y los conocimientos para solucionar los problemas del país? ¿Han conseguido algún logro en sus vidas personales que permitan pensar que van a resolver las de millones de sus congéneres? ¿Llevan algún tiempo proponiendo soluciones, aportando ideas brillantes, demostrando con hechos que son capaces de gestionar un país? ¿Han hecho algo más que criticar e insultar? ¿O tengo que hacer un ejercicio de fe? Alguien toca la flauta y todos detrás a ahogarse en el río. ¿O de lo que se trata es tan solo de “que se jodan los de ahora”? Eso está bien, si me duele una muela y el dentista me hace daño, me tiro por un barranco y que se joda el dentista.

Ya llevo un rato explicando por qué no voy a votar a Podemos y no sé para qué. No los voy a votar porque no me da la gana y punto. Todavía me puedo permitir ese lujo.  

viernes, 6 de febrero de 2015

Es asombroso

Una de las características más sorprendentes de la condición humana es la osadía que muestran algunos sujetos que, sin haber hecho nada relevante en sus vidas, se postulan sin el menor rubor para dirigir las de sus semejantes. ¿Cómo una persona que no ha hecho absolutamente nada de valor a lo largo de su existencia se siente con la capacidad para liderar las de los demás? Y más asombroso todavía, ¿cómo encuentran gente dispuesta a creerse lo que dicen y a seguirlos como seguían las ratas al flautista de Hamelín? ¿No sería lógico examinar cuidadosamente la tarjeta de visita del aspirante a líder y darle credibilidad o no, en función de su currículo?
Los que se ofrecen para gestionar la vida se sus semejantes se podrían clasificar en dos tipos, los que se creen realmente que tienen la capacidad necesaria para hacerlo, y los que solo buscan su provecho personal. De estos últimos, desaprensivos oportunistas, poco hay que añadir. De los primeros, gente que con un exiguo o nulo bagaje de éxitos personales se siente realmente con la competencia necesaria para gestionar las vidas de sus congéneres, solo se puede pensar que se trata de presuntuosos engreídos o de idiotas inconscientes, o ambas cosas a la vez. Sin embargo, basta con que tengan un verbo fluido (y a veces ni eso), y que hagan fantásticas promesas de llevar el rebaño al Paraíso, para que una legión de encandilados oyentes marchen tras ellos a los sones de la flauta, camino del río donde van a ahogarse. Estos aspirantes a próceres de la comunidad ni siquiera necesitan fundamentar sus promesas con argumentos más o menos sólidos, es suficiente con que suenen bien. Las melodías no se razonan, van directas a los sentidos y con eso basta. Pasa desde que los hombres se bajaron de los árboles y por lo visto va a seguir pasando. Y pasa en todos los pueblos y en todas las culturas. Observar la catadura de la mayoría de los lideres mundiales debería sobresaltarnos, da igual que hayan llegado por la fuerza o aupados por procesos electorales.
No obstante, en los lugares donde teóricamente se nos da la oportunidad de elegir, persistimos con ingenuidad y contumacia, como si se tratase de una maldición irremediable, en confiar en todo aquel que ofrece duros a cuatro pesetas, lo mismo da que esté en un mercadillo o en una tribuna, para el caso es lo mismo. Las últimas elecciones son un buen ejemplo.         

Es ciertamente asombroso.

martes, 3 de febrero de 2015

¡Davai! ¡Davai!

Unos días más tarde lo despertaron a media noche. Tres guardias le urgieron a levantarse y acompañarlos.
-Recoge todas tus cosas -le ordenaron-. ¡Davai! ¡Davai!
Medio abanto por el sueño, metió en el macuto sus escasas pertenencias, la cuchara, un gorro, una camisa, lo sacaron al patio con noche cerrada, lo llevaron casi en volandas hasta la puerta del recinto y lo introdujeron en una camioneta que estaba esperando con el motor en marcha. Pocos minutos después el vehículo se detuvo ante la prisión de Borovichí, lo bajaron, lo condujeron por un estrecho pasillo, le hicieron entrar en una celda, y cerraron la puerta dejándolo en la más completa oscuridad. Tanteando las paredes comprobó que estaba en un cubículo de dos por dos metros. Apoyó la espalda en el muro y dejó deslizar el cuerpo hasta quedar sentado en el suelo. No era capaz de comprender qué estaba pasando, ni por qué. Inmediatamente empezó a pensar qué faltas podía haber cometido. Tenía que ser por la huelga, pero todos sus compañeros estaban en el lager cuando él volvió del hospital, salvo los que consideraron cabecillas y apartaron en el primer momento. ¿Lo habrían incluido en el grupo de los promotores? ¿Lo habría señalado alguno de los detenidos? ¿Sería por haber vuelto del hospital el último? Las preguntas se agolpaban en su cerebro sin ser capaz de hallar ninguna respuesta. Tenía que ser por la huelga, porque no iba a ser por haber estado hablando tanto tiempo con Rosa… ¿O sí? Recordó que había entrado una enfermera y dijo algo que no entendió. Tal vez tenía alguna relación. Rosa no pareció turbada pero se marchó enseguida. ¿Tendría algo que ver con su nueva situación? Intentaba analizar cada suceso de los últimos días buscando el motivo que le había llevado hasta allí, pero era incapaz de encontrarlo. Debía ser por la huelga, ¿pero por qué habían dejado pasar unos días? ¿Habría más compañeros en su misma situación o solo era él? Estaba aislado y no percibía ningún sonido. Gritó para ver si alguien le oía pero el grito se difuminó en el silencio más absoluto. Al cabo de un rato empezó a desvanecerse tenuemente la oscuridad y percibió que la celda tenía un pequeño hueco de ventilación pegado al techo por donde penetraba un ligero albor. 
Un guardia golpeó la puerta, bajó un portillo que había a la altura de los ojos, y le pasó un cuenco con la balanda y un trozo de pan negro. Durante todo el día no vio a nadie más, pero cada hora pasaban los guardias y golpeaban con violencia la puerta de la celda durante unos segundos. La angustia dejó paso a un cansancio terminante. Quería abandonarse en el sueño para escapar por unas horas de la pesadilla existencial, pero cada vez que caía en la somnolencia era desvelado bruscamente por los golpes en la puerta. Así transcurrió todo el día y toda la noche. Y todo el día y la noche siguientes. Y lo mismo el día y noche posteriores. Al cuarto día, de madrugada, lo sacaron entre dos guardias y lo llevaron por un largo pasillo con celdas a ambos lados, al otro lado de las puertas se oían lamentos y gemidos. Lo introdujeron en una habitación en la que le esperaban cinco hombres sentados detrás de una larga mesa. Daniel estaba en una condición lamentable, desorientado, desfallecido, y le dolía terriblemente la cabeza, le sentaron en una silla para que no cayese al suelo. El que parecía el jefe inició un interrogatorio. Le preguntaron de nuevo, su nombre, su procedencia, la unidad en la que batalló, cuándo llegó a territorio soviético, y todas esas preguntas que ya le habían hecho innumerables veces. Después le acusaron de conspirar contra el Partido y contra el Estado, y de ser un enemigo del pueblo. Daniel no entendía nada de lo que estaba pasando y se limitó a negar todas las acusaciones, pero como se encontraba tan débil lo hacía con muy poca convicción, casi parecía que se estaba excusando por no ser lo que los otros decían que era. Después de más de una hora de interrogatorio y acusaciones, el hombre suavizó un poco el violento tono que había mantenido hasta entonces y le ofreció una salida a su situación.

Fragmento de "El infierno de los inocentes"; disponible en Amazon en digital y papel.
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lunes, 2 de febrero de 2015

El infierno de los inocentes

Rosa intentó apartarle los brazos y recibió una bofetada que la dejó aturdida. Oleg la empujó contra una mesa y la dejó medio sentada, después notó cómo le desgarraba las bragas y le separaba las piernas haciendo presión con las suyas. Gritó pidiendo auxilio pero con la barahúnda que había afuera era imposible que nadie la oyese. Volvió a intentar apartar al médico y este le dio otro fuerte bofetón y la sujetó por el cuello haciendo tanta presión que le dificultaba la respiración. Angustiada y dolorida, sintió un asco infinito cuando percibió que el hombre trataba de introducirle su miembro, apretó los muslos con todas sus fuerzas y flexionó con las rodillas para evitar que consumara su deseo. Oleg, volvió a abofetearla y probó de nuevo a separarle las piernas, al cabo de unos segundos de esfuerzo se convulsionó violentamente. Después de unas cuantas sacudidas y unos gruñidos de animal se derrumbó sobre ella. Al verse liberada de la presión en la garganta, hizo acopio de todas las fuerzas que le quedaban y consiguió apartar a un lado el cuerpo del hombre. Se puso en pie y mecánicamente se limpió los rastros de semen y se arregló la ropa y el cabello. El médico había quedado apoyado en la mesa jadeando y resoplando. Rosa lo contempló con una mezcla de odio, asco y miedo. Estaba desolada, dolorida, encolerizada y entristecida. Solo quería escapar de allí, abrió la puerta y salió al pasillo. Casi tropieza con Teodoro que venía en su busca.
-¿Qué te ha pasado? -exclamó al verla en aquel estado. Rosa llevaba la ropa a medio vestir, el cabello todavía desordenado, y un hilillo de sangre le caía de la fosa nasal.
-¿Qué te ha pasado? ¿Qué te ha pasado? -repitió gritando, sujetándola por los hombros.
La joven no podía articular palabra, se limitaba a sollozar y negar con la cabeza.
Teodoro desvió la vista al interior del cuarto y vio a Oleg que se estaba incorporando abrochándose el cinturón.
-¡Te lo dije! -rugió-, ¡te lo advertí! Menudo hijo de puta.
Soltó a Rosa y se lanzó violentamente a la habitación. Rosa vio que los dos hombres se enzarzaban a puñetazos, y corrió por el pasillo a pedir ayuda. La gente seguía bailando, cantando y gritando, y nadie parecía percatarse de su angustia.

Fragmento de "El infierno de los inocentes", disponible en Amazon en formato digital y en papel.

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viernes, 9 de enero de 2015

El infierno de los inocentes


En la posición conquistada se hicieron fuertes y aguantaron varias semanas el acoso de las tropas soviéticas. La artillería enemiga machacaba constantemente y la infantería lanzaba ataques esporádicos que ellos conseguían rechazar una y otra vez. El paisaje nevado se iba sembrando de hombres abatidos. El frío iba siendo cada vez más difícil de soportar.

Sostuvieron el emplazamiento varios días, cada vez con más dificultades. Una mañana, a Daniel le tocaba entrar de guardia antes del alba, la noche y el silencio reinaban sobre el frente, solo el frío parecía existir en aquella silente tenebrosidad. Un frío intenso, terrible, como nunca antes había sufrido. Le quemaba los párpados, los pómulos y la frente, le agarrotaba las manos y los pies, le crispaba los músculos provocando un agudo dolor, penetraba hasta las entrañas como un estilete helado. Antes de ponerse en movimiento tuvo que golpearse con las manos en los brazos, los hombros, las piernas y el pecho. Caminó hacia el puesto con dificultad, a cada paso los pies se le hundían en la nieve. En la negrura de la noche no conseguía ver al soldado que tenía que relevar. Lo conocía bien, era Guillén, un chico de Jaén con el que coincidió en el dormitorio de Grafenwörh. Pequeño y dicharachero, siempre estaba de buen humor y dispuesto a ayudar a quien lo necesitara. Lo estuvo buscando un rato y lo llamó repetidamente procurando no alzar mucho la voz porque el enemigo estaba cerca, pero el otro no daba señales, por un momento llegó a pensar que se había equivocado y pasó unos minutos comprobando que efectivamente estaba en el lugar adecuado. Era allí donde tenía que estar su compañero. Llamó al cabo y este a otros dos soldados, entre todos continuaron buscando por los alrededores sin encontrar el menor indicio. El centinela había desaparecido.
Fragmento de "El infierno de los inocentes", libro disponible en Amazon en formato digital.
EL INFIERNO DE LOS INOCENTES

jueves, 4 de diciembre de 2014

El infierno de los inocentes


La ciudad era un caos, edificios en ruinas, calles sucias llenas de cascotes, el paseo del puerto cubierto de polvo e inmundicias, las fachadas ennegrecidas, las palmeras tristes, hasta el cielo se veía agrisado y envuelto en nubes.  

Doce o quince mil desesperados se apretaban en los muelles. Dos días antes habían zarpado los últimos barcos salvadores. En la noche del martes 28, el Stambroock salió con destino a Orán con más de tres mil pasajeros, todos los que pudieron encaramarse a algún punto del navío, superando en mucho la capacidad permitida. Casi al mismo tiempo partió el Marítime con algunas autoridades, apenas unas treinta personas. Diez o doce mil personas enloquecidas quedaron en los muelles esperando otros barcos prometidos y nunca llegados.

En el Gobierno Civil, el Ayuntamiento y otros centros oficiales ya se había izado la bandera nacional. A media tarde entró en la ciudad la División Littorio, con el General Gambara a la cabeza. Unos motoristas precedían a varias tanquetas, después una decena de camiones cargados de soldados y detrás dos batallones desfilando marcialmente. Daniel y su hermano los vieron pasar por la Avenida Méndez Núñez, camino del Ayuntamiento. El gentío que se agolpaba en las aceras vitoreaba a las tropas con el brazo extendido. Alfonso empezó a entonar el himno de Falange y muchos le acompañaron a voz en grito. Cuando acabó el desfile fueron a la plaza del consistorio a escuchar los discursos de las nuevas autoridades y después se acercaron al puerto.

Los soldados italianos habían tomado posiciones cerrando todas las salidas. A la entrada del muelle los milicianos habían levantado unas barricadas con dos tanquetas rodeadas de sacos y tenían emplazadas varias ametralladoras. Detrás quedaban diez o doce mil hombres armados y completamente desesperados. Algunos todavía esperaban un milagro en forma de barco que viniera a recogerlos, pero empezó a extenderse el rumor de que algunos buques de la armada nacional se habían posicionado delante de la rada, y que ningún navío salvador iba a poder entrar para rescatarlos. Al ver aparecer por la bocana la quilla de una embarcación se hizo un silencio expectante que solo duró unos segundos, el tiempo de observar en el mástil la bandera nacional, era el minador Vulcano el que se acercaba a tierra transportando un batallón del Cuerpo de Ejército de Galicia. Se esfumaron definitivamente las últimas esperanzas de los milicianos.

Daniel escuchó un disparo proveniente del puerto, después otro, y otro más. Algunos hombres se estaban suicidando. Consumidas todas las salidas, liquidada definitivamente la esperanza, la vida ya no tenía ningún valor para ellos, preferían morir a ser apresados. Durante varias horas, mientras los vencedores negociaban una entrega incruenta, continuaron escuchándose tiros aislados. En las aguas del interior del puerto aparecieron varios cadáveres flotando. Finalmente, después de largas horas de tensas conversaciones, se llegó a un acuerdo y los atrapados en el muelle empezaron a salir, entregando sus armas. Algunos fueron conducidos a los castillos de Santa Bárbara y San Fernando, y la mayoría a un campo de concentración que se habilitó entre La Goteta y Vistahermosa. Le llamaron “campo de los almendros”.

Alfonso y Daniel retornaron a Santa Pola. Ahora sí, la guerra había terminado.

Fragmento de "El infierno de los inocentes", novela que trata sobre los niños que fueron enviados a Rusia durante la Guerra Civil y los jóvenes que fueron 4 años más tarde con la División Azul.
Disponible en Amazon.es y Amazon.com en digital y en papel.


sábado, 29 de noviembre de 2014

Antes de la Guerra Civil española, Rosa, 9 años, y Daniel, 12, vivían en Madrid y eran amigos. Cuando estalló la guerra, Rosa estaba pasando unas vacaciones en casa de sus abuelos, en Bilbao. Un año después, la República decidió enviar a unos 30.000 niños de entre 4 y 15 años a diversos países extranjeros para alejarlos de las bombas, 3.000 fueron a parar a Rusia. Rosita estaba entre ellos, fue para unos meses y estuvo casi veinte años.
Cuando Alemania invadió la Unión Soviética, en el 41, en España se organizó la División Azul para apoyar a Hitler, y Daniel se alistó voluntario. En Rusia cayó prisionero y estuvo 12 años en campos de concentración.
Estas dos vidas truncadas forman la trama de mi última novela, "El infierno de los inocentes". Dos vidas atrapadas entre dos guerras que casi se solaparon, causando infinito dolor, destrucción y muerte a millones de personas. Ocurrió hace tan poco tiempo que nuestros padres o abuelos sufrieron directamente sus devastadoras consecuencias. Conviene no olvidarlo para que no vuelva a suceder.


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Disponible en Amazon.es y Amazon.com

domingo, 28 de septiembre de 2014

Los libros de Alejandría


En los meses siguientes la mayor preocupación de la reina pareció centrarse en la construcción del gran templo en honor a César. Antes de marchar a Roma ya había dejado las obras iniciadas, junto al gran puerto, y a su regreso se preocupó de que los trabajos se aceleraran. Era como si quisiera rendir un póstumo homenaje a quién ya no podría ver el santuario concluido. De ese modo, quien había sido asesinado en su tierra y por los suyos, recibía honores de divinidad en suelo extranjero.

El gran templo era su mayor empeño pero no el único, también se preocupaba de que avanzaran los trabajos de restauración de la Biblioteca. Las salas que se habían salvado del incendio se estaban rehabilitando pero la capacidad de almacenamiento había quedado muy reducida y la mayor parte de los libros o se habían llevado ya al Serapeo, o estaban en camino. Prácilo iba alguna tarde a seguir copiando “La vida de Alejandro”, pero nunca encontraba fuerzas ni tiempo para retomar la traducción que le encomendó Faleto. El papiro estaba en la nueva biblioteca, al otro lado de la ciudad, y nunca reunía ánimos para acercarse hasta allí. 

Por lo demás Cleopatra ejercía su poder y gobernaba procurando abstraerse de los problemas que se vivían en Roma. El asesinato de César no había llevado la calma sino que por el contrario provocó una nueva guerra civil entre sus antiguos aliados y los partidarios de los asesinos. Egipto mantenía una teórica independencia y continuaba siendo un país soberano aunque estuviera muy mediatizado por el poderío romano. Ante la incertidumbre sobre quién resultaría finalmente vencedor, la reina procuraba contemporizar con las dos facciones.   

Finalmente los cesarianos derrotaron a sus oponentes y pasaron a gobernar todo el imperio con un triunvirato. Pronto cayó uno de los tres, Marco Emilio Lépido, y todo el poder se lo repartieron Cayo Julio César Octavio y Marco Antonio. Éste último había librado sus últimas batallas en el oriente y tenía establecido su cuartel general en Cilicia. Una vez asentado su poder mandó llamar a Cleopatra, probablemente para asegurarse con aquel acto que Egipto se iba a mantener fiel a los nuevos amos.

La reina se puso inmediatamente en camino pero lo hizo a lo grande. Cruzó el mar hasta la desembocadura del río Cidno y desde allí remontó el cauce en una espléndida galera con popa de oro, con las velas púrpuras desplegadas al viento, acompañadas por el impulso de cien remos de plata. Los remeros se coordinaban al compás de la música de flauta, oboes y cítaras. Cleopatra iba sentada en trono de oro bajo un refulgente dosel, mientras era abanicada por varios efebos. A un lado y a otro, grupos de bellas muchachas desnudas que asemejaban a las nereidas y las gracias, contribuían a realzar aún más la armonía del conjunto. El aire se mantenía constantemente perfumado por exquisitos aromas. Cleopatra se había ataviado para el encuentro como la misma Venus. Era una mujer en su plenitud y para realzar su espléndida belleza no necesitaba más vestimenta que varias pulseras de oro en los brazos, una cadena de joyas que le rodeaba el cuerpo formando un aspa sobre el busto y el vientre, y un triángulo de brillantes perlas sobre el pubis. Los sacerdotes que acompañaban a la reina proclamaban en sus cánticos que Venus acudía a ser festejada por Baco para beneficio de Asia entera.

Cuando la nave arribó a su destino, Venus Cleopatra invitó a subir a bordo a Baco Marco Antonio y le agasajó con un suntuoso banquete. Bajo un gigantesco baldaquín recubierto por tapices de seda teñidos de púrpura y bordados de oro se colocaron lujosos triclinios para los generales romanos. La comida se sirvió en platos de oro macizo y la bebida en copas con incrustaciones de piedras preciosas. Todo el suelo se hallaba recubierto por un manto de pétalos de rosas tan espeso que cubrían los pies de los que caminaban sobre ellas. Un sinfín de esclavos nubios daban aire a los invitados con largos plumeros mientras las hetairas danzaban entre los triclinios al compás de una orquesta de cítaras y pífanos. Acostumbrado a la rudeza de su campamento militar, Marco Antonio sucumbió inmediatamente a aquel ambiente lujurioso. Envuelto por el aire perfumado, embriagado por el vino, embelesado por la amena y cálida conversación de la reina, y subyugado por su grácil figura, el romano estuvo pronto a coincidir con todo lo que Cleopatra propusiese.

Durante varios días permaneció la nave en Cilicia y durante todos ellos se repitieron los agasajos. Cuando la reina decidió que ya era tiempo de regresar a Alejandría, naturalmente Marco Antonio partió con ella.

Así los vio Prácilo cuando entraron en palacio rodeados por todo el séquito de sirvientes, sin dejar de lanzarse tiernas miradas, como dos enamorados adolescentes. El romano era un tipo alto y fuerte que irradiaba energía a su alrededor. A Prácilo le gustó su porte. Llevaba en el rostro la expresión de los que se hallan en la cúspide de la felicidad. También la reina aparecía radiante, con un semblante mucho más alegre del que había mostrado en los últimos tiempos.

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela que narra la vida de la Gran Biblioteca de Alejandría. 
Disponible en Amazon, en digital y en papel.

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LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA (Spanish Edition)

lunes, 30 de junio de 2014

¡Ya se van los españoles!

30 de junio de 1520, Tenochtitlan.

Cuando llega la media noche salen los españoles. Cuando llega la noche salen los tlaxcaltecas. Salen unos detrás de otros, se pegan unos a otros, marchan como un solo cuerpo en la oscuridad. Marchan en silencio, no quieren hacer ruido, es una multitud silenciosa. Cargan con puentes de madera, los van poniendo en los canales, sobre ellos cruzan los canales. Sobre ellos pasan el de Tecpantzinco, pasan el de Tzapoltlan, pasan el de Atenchicalco. Cuando llegan al de Mixcoatechialtitlan son vistos por una mujer.
-¡Mexicanos! Venid aquí. Venid presto. Ya se van. Vuestros enemigos se van a escondidas. ¡Venid Mexicanos!
En lo alto del Templo de Huitzilopochtli un hombre repite el grito:
-¡Mexicanos venid! Mexicanos, texcocanos, tlatelolcas, venid todos, venid pronto. Se van los enemigos. Venid todos, capitanes, guerreros, venid a prenderlos. Hay que ofrecerlos a los dioses.
Todos se alzan, todos acuden, con sus macanas, con sus flechas, con sus ondas. Los de tierra por la tierra, los de agua por la laguna, con sus canoas. Ya los alcanzan, ya los rodean, de un lado y otro. Ya les lanzan los dardos, de un lado y otro les caen los dardos. Como una lluvia del cielo caen los dardos sobre sus cabezas.
Cuando los que huyen llegan al canal de los toltecas es como si todos se hundieran, es como si el canal se los tragara. Ya no tienen puente, ya no pueden cruzarlo, unos a otros se empujan, los hombres, los caballos, todos se empujan, van cayendo al canal, unos tras otros van cayendo. Pronto el canal se ha cegado, con los cuerpos se ha cegado, los que vienen detrás pasan sobre los cuerpos de los caídos. Pisan cabezas, pisan brazos, van pasando sobre los cuerpos de los que están en el agua. Los mexicanos les van persiguiendo, les van matando, van tomando prisioneros para el sacrificio. Presos españoles, presos tlaxcaltecas. Cuando llegan a Popotla amanece, el sol ilumina la calzada cubierta por los cuerpos de los muertos, ilumina los canales cegados con los cuerpos de los muertos. Los que han escapado son perseguidos hasta Tacuba. Hasta Tacuba van siendo perseguidos.
Cuando el día está claro son acarreados los cuerpos de los muertos, los españoles, los tlaxcaltecas, los totonacas, los de Cempoala, todos son llevados hasta donde están los tules blancos. Allí son arrojados desnudos, han desnudado sus cuerpos. Allí arrojan sus cuerpos. Los cuerpos de los españoles son blancos, como los brotes del maguey, como las espigas blancas. Allí son arrojados sus cuerpos blancos. Allí llevan a las mujeres, allí llevan los caballos. Todos son arrojados allí.

Los hombres se apropian de todo lo que han abandonado en el miedo de la huida. Toman sus armas de hierro, sus cascos de hierro, sus escudos de hierro. Toman arcabuces, espadas, cañones, todo lo que ha caído al canal, lanzas, albardas, ballestas, cotas, corazas de hierro. Toman el oro, oro en polvo, oro en barras, oro en tejos, discos de oro, alhajas de oro. Toman collares de chalchihuites. Toman todo lo que han dejado en la huida.  


CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]