lunes, 25 de diciembre de 2017

Recuerdos del Instituto de Tánger.

MIRRICUIRDA 

Me piden que del IPE haga un relato
y en mi vida me he visto en tal aprieto,  
tanto tiempo pasó que estoy sujeto
a que se desmorone cualquier dato.
Quisiera realizar un buen retrato
de esos felices años, tan repletos
de sueños, de ilusiones y de retos.
Quien el pasado olvida es un ingrato.
Vuelvo a las aulas de mi adolescencia,
los viejos compañeros ya voy viendo,
ya retornan los paisajes, las esencias,
otra vez por la playa voy corriendo,
el levante ya aviva mi consciencia,
ya por el Bulevar me voy perdiendo…

Decía Max Aub que: “Uno es de donde hace el bachillerato”. Si coinciden el lugar de nacimiento y el de los estudios adolescentes, ya no hay la menor duda. Somos tangerinos. Somos de un lugar que ya no existe. Todo lo más, está en la nube, en ese misterioso espacio donde andan los datos de los móviles que se pierden o roban. “Se podrán recuperar porque están en la nube”, me dice con gran seguridad la joven dependienta de la tienda. Y resulta que es verdad. Hay por ahí un sitio, que debe ser enorme, donde van a parar millones de datos que a casi nadie interesan. Pues en algún lugar parecido deben andar las vivencias de todos los que pasamos por el Instituto en aquellos maravillosos años. Voy a intentar recuperar algunas.
Cursé la primaria en el Grupo Escolar España. Recuerdo que por entonces había un director al que los niños le teníamos pánico porque golpeaba a los más díscolos en la palma de la mano con una regla de madera. Hoy habría acabado en la cárcel o crucificado.
Al completar el ciclo infantil alguien de mi familia decidió que debía inscribirme en los Marianistas durante el verano. Se me fastidió el solaz de aquel estío pero resultó que, sin darme cuenta, hice el curso que se llamaba de Ingreso. Y ya que estaba, continué con aquellos señores de negro en primero y segundo de bachillerato. No fue hasta el tercer curso que llegué al Instituto. Lo primero que me llamó la atención, lógicamente, fue que en las clases había chicas. Algo insólito, espléndido y muy sugestivo.
Lo segundo, las instalaciones deportivas. En los Marianistas el deporte lo hacíamos en una angosta pista de cemento que rodeaba el edificio, embutida entre la fachada del colegio a un lado y un muro de considerable altura al otro. Un día, jugando un intenso partido de fútbol con un boliche de acero, un zaguero de los contrarios, al despejar con brío una veloz internada de mi equipo lanzó aquel artefacto redondo y férreo directo a mi tierna frente infantil. Aparentemente me recuperé del alevoso impacto pero no es descartable que todavía arrastre alguna secuela. Uno nunca sabe por qué hace determinadas cosas.
En el Instituto era distinto. Recuerdo con nostalgia infinita los memorables partidos que disputé en el magnífico Coto. Era más fácil regatear a los contrarios que mantener el equilibrio sobre aquel terreno en pendiente, lleno de hoyos, montículos y pedruscos. Muchas veces he rememorado un día que logré un fastuoso triplete. Fue espectacular. Corría como un gamo hasta un montículo que había cerca de la portería contraria, perfectamente delimitada por dos gruesas piedras, y al llegar a la cumbre le daba un puntapié al balón con todas las pocas fuerzas que me quedaban después de la carrera. Y a cada vez… ¡Goool!
He de reconocer que el portero rival colaboró con sus manos de mantequilla a mi día de gloria, pero no voy a dejar de enorgullecerme por una pequeña eventualidad sin importancia.    
De las clases de Educación Física también recuerdo con sumo agrado las falditas que vestían las chicas para la ocasión. ¡Qué bien les sentaban! ¡Cómo nos levantaban el ánimo! Eran como gráciles mariposas revoloteando entre los capullos. No estoy señalando a nadie, es solo una construcción poética. Seguramente aquellas lindas falditas estuvieron en el origen de apasionados romances. Alguno, aunque resulte difícil creerlo, ha sobrevivido al paso implacable de más de medio siglo de vida en común. Puedo dar fe de una pareja por lo menos. Una prueba de que los milagros existen.
En aquel tiempo era el Sr. Morla, recia figura, frente despejada y pulcro bigotillo, el que se azacanaba intentando mejorar nuestras incipientes anatomías.
Recuerdo a otros abnegados profesores.
El Sr. Luna, venerable apariencia, ponía gran empeño en inculcarnos la función clorofílica. Tenía por entonces edad provecta y era friolero. En los días de crudo invierno se hacía traer una pequeña estufa para calentarse los pies. Gastaba zapatos de gruesa suela de goma y los acercaba tanto a la fuente de calor que a los pocos instantes empezaban a desprender un espeso humillo. ¿Ante aquel espectáculo tan fascinante quién iba a preocuparse por la función clorofílica?   
Entre Quevedo y Zorrilla, arrellanado en la silla y fumando con boquilla con empaque y galanura, nos daba la asignatura de Lengua y Literatura el docto don Juan María que intentaba cada día que amásemos la poesía. No sé si lo conseguía.
El Sr. Cabanillas, breve de alzada, sobrado de genio, fue el responsable de que me decantara por el bachillerato de ciencias cuando en realidad lo que me gustaba eran las letras. No fui capaz de ir más allá de rosa rosae. La Guerra de las Galias era un galimatías indescifrable y las traducciones que conseguía después de ímprobos esfuerzos, un amorfo sinsentido.
En cambio don Tomás, compacto y dinámico, logró que las matemáticas me resultaran agradables. Era vehemente y derrochaba energía en las exposiciones. Un día nos explicó que a la Z había que ponerle siempre el palito del centro para que no se confundiera con el 2. Por no hacerlo así, él había perdido toda una mañana intentando resolver un problema. Ni que decir tiene que siempre le pongo el palito a la Z. Hay lecciones que nunca se olvidan.
En una de las fiestas de fin de curso que se celebraban en el salón de actos del Grupo nos hizo cantar a unos cuantos incautos aquella bonita canción que decía:
“Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis,
seis y dos son ocho, y ocho dieciséis.
Ya me sé la tabla de multiplicar
y antes del invierno me podré casar”.
Y encima disfrazados de baturros.
El Sr. Segura, porte nobiliario y gesto conspicuo, también resultaba ameno. Ilustraba sus clases de Historia del Arte con diapositivas y hacía que nos pareciera un poco que estábamos en el cine. Daba la impresión de disfrutar en exceso cuando interrogaba a algún alumno apuntándole con el puntero y poniendo el extremo del artefacto a escasos centímetros de su nariz. Cuando se proyectaba una imagen de Berruguete siempre le preguntaba a la misma chica. Hoy se habría considerado acoso, o mobbing, o algo así. Eran otros tiempos.
Recuerdo una mañana en que estábamos preparando la reválida de sexto. El curso normal había concluido y nos hallábamos solos en el Instituto. Tocaba clase de francés con una profesora de generosas proporciones a la que algún desconsiderado le había adjudicado un apodo un tanto cáustico. Se retrasaba y hacía una mañana espléndida, luminosa y apacible, ideal para pasear o ir a la playa. Alguien dijo: “¿Por qué no nos vamos?”. La idea la saludamos con entusiasmo y unos cuantos nos dirigimos inmediatamente a la puerta. El que iba en cabeza, al asomarse al pasillo gritó: “¡Ya viene por allí!”. En efecto, por el extremo del corredor podía divisarse la rotunda e inconfundible silueta de la dama, que se aproximaba con andar pausado y bamboleante. Aquello suponía una tremenda decepción. Nuestro gozo se iba al pozo. Ya nos habíamos hecho a la idea de salir a espacio abierto y no podíamos asimilar la frustración de seguir encerrados. Otro dijo: “¡Por la ventana!”. Y sin pensarlo dos veces allá que fuimos de cabeza cuatro o cinco. Menos mal que estábamos en la planta baja.
Nada más saltar al pasillo exterior uno de los fugados vio con pavor que alguien se acercaba por el lado izquierdo. “¡El Piqui!”, dijo con un hilo de voz. Presos de pánico corrimos hacia nuestra derecha y al doblar la esquina estuvimos en un tris de tumbar de un encontronazo al Sr. Cabanillas. Ya es mala suerte. Ni a propósito sale peor. Y todo por querer solazarnos un poco con la luminosa primavera tangerina.
Se nos sometió a un riguroso consejo disciplinario y algún exaltado planteó expulsarnos del colegio, pero después de largas y sesudas deliberaciones se impuso el sentido común y se conformaron con fastidiarnos la playa durante dos o tres sábados. ¡Qué tiempos más difíciles!
Recuerdo también como si la estuviera oyendo ahora mismo la campana que sonaba  al entrar y salir. Debo decir, sin ánimo de polemizar, que ahí existía una clara discriminación profundamente injusta. Primero entraban los chicos y después las chicas, ¿por qué no al revés? De común se me pegaban las sábanas y tenía que apresurarme para llegar a tiempo, lo que me provocaba un gran estrés. Salía corriendo de mi casa, en la calle Holanda, y en el cruce con Méjico me encontraba a menudo con Chitín, que venía corriendo desde la suya. Cargados con nuestras voluminosas carteras pasábamos corriendo por delante del cine Lux, bajábamos corriendo la cuesta, subíamos a la carrera la otra, y corriendo con la lengua fuera llegábamos al Instituto cuando estaban entrando las féminas. ¡Qué bochorno!  
Al circular por los pasillos, si no recuerdo mal, también se separaban a los chicos de las chicas. Sería para evitar aglomeraciones. 
Estas son algunas, pocas, vivencias que he podido rescatar de la nube.
¡Ah! Y el levante. Aquel soberbio e impetuoso levante que revolvía hasta las ideas y te incrustaba los granitos de arena en las cuencas de los oyos. ¡Qué maravilla!
Bueno, lo dejo porque estoy empezando a derramar lagrimones de nostalgia.


P.D. Mi más sincero agradecimiento y cariñoso recuerdo a aquel grupo de profesores que nos adiestró para transitar con mayor o menor fortuna por los caminos de la vida.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Extrema derecha versus extrema izquierda

Resulta cuanto menos chocante comparar el tratamiento que dan los medios y como reflejo, la mayoría de la sociedad, a esos dos conceptos, en teoría opuestos, pero tan miméticos en sus comportamientos. Para empezar, el lenguaje; primera batalla de cualquier guerra que se precie. Como es habitual, ganada con amplitud por la izquierda.
Un descerebrado de extrema derecha es un nazi, un fascista, o un facha. Punto. Tres vocablos con idéntico significado. Con una sola palabra fácil de pronunciar el individuo queda definido con todas las peores bajezas del ser humano.    
Un descerebrado de extrema izquierda, por el contrario, tiene definiciones mucho menos concluyentes. Los medios políticamente correctos le dan otro tratamiento. Antisistema, antifascista, okupa, o simplemente, militante de extrema izquierda. En la mayoría de las ocasiones al epíteto se antepone el vocablo joven, lo que dulcifica la definición. Aunque el elemento en cuestión tenga sus añitos, el ir precedido de joven, le da una cierta aura romántica que le quita acritud. No es lo mismo decir un antisistema que un joven antisistema, parece que el ser joven justifica ciertas cosas. Pelillos a la mar. Ninguna de las posibles definiciones lleva implícita la carga destructiva de facha. O es anti de algo, o sea, que se rebela contra alguna injusticia de la sociedad que lo maltrata; o se limita a ocupar algo que otros en principio no necesitan; o es un militante con determinadas ideas perfectamente legítimas.
Uno de este segundo grupo ha asesinado a un hombre dándole un golpe en la cabeza con un objeto metálico. Que el presunto asesino pertenece al segundo grupo está acreditado. Por eso enseguida se intenta buscar algún tipo de justificación. Se dice que la víctima era simpatizante de Falange. ¡Ah! De Falange, vaya. Eso de algún modo justifica la acción. Este mismo energúmeno hace años lanzó una piedra a un agente de la guardia urbana y lo dejó tetrapléjico. Por ello pasó en prisión dos años, o cinco, según las versiones que he leído. La victima está condenado a tetraplejia de por vida.

Parece que el motivo del asesinato ha sido una discusión porque el asesinado llevaba unos tirantes con la bandera española y eso molestó al presunto asesino, chileno de nacimiento al que se le otorgó la nacionalidad española. No sé si acogerse a la nacionalidad lleva implícito jurar la bandera, pero debería. Llevar la bandera de España, aunque sea de modo discreto, es para muchos un signo indudable de ser facha. Algo alucinante en cualquier otro país. Para esos mismos lucir ostentosamente el pañuelo palestino o una camiseta con la hoz y el martillo, por ejemplo, es signo de libertad y democracia que nadie debe cuestionar. Este presunto asesino es una escoria de la sociedad, un parásito que quiere vivir a costa de los demás, un exaltado peligroso que pretende derribar la sociedad que le acoge y tolera su comportamiento insolidario. Un auténtico descerebrado. Un facha. 

lunes, 11 de diciembre de 2017

Palabros

Decididamente el ejercicio de la política resulta cada día más complicado. No es de extrañar que solo las mentes más brillantes puedan dedicarse a esos duros menesteres. Pero incluso para los simples espectadores van surgiendo nuevas dificultades. Cuando, después de ímprobos esfuerzos, habíamos conseguido pronunciar multinacionalidad, nos vienen, sin tiempo para reponernos, con la unilateralidad. ¡Por favor! Un poco de tregua. Algunas cosas necesitan un tiempo para asimilarlas. Y no digamos para los propios políticos, sí, ya sé que son seres especiales, pero humanos al fin y al cabo, no se les puede exigir tanto. Ahí tienen por ejemplo a la señora Rovira, musa de ERC. Sin duda dama dotada de enormes conocimientos de todo tipo pero que por alguna razón tiene severas dificultades para expresarse en castellano. Parece que su propio partido le ha recomendado que se escabulla de los debates entre candidatos, siempre que se realicen en el idioma del gobierno central. Es natural, ¿cómo va a repetir unilateralidad varias veces en un espacio corto de tiempo? Ya son ganas de fastidiar. Si, a pesar de todo, no pudiera evitar la asistencia a alguno de esos debates tan ilustrativos, le recomendaría prepararse realizando algunos ejercicios fonéticos. Cada mañana, recién levantada y frente al espejo, deberá repetir: “El país está unilateralizado, el desunilateralizador que lo desunilateralizare, buen desunilateralizador será”. Estoy hablando solo de pronunciar los palabros correctamente y sin titubeos, otra cosa es lo que signifiquen, si es que significan algo. Pero eso tiene un interés relativo. ¿A quién le importa?
Cuanto más largo sea el palabro, más versado parece el que lo pronuncia y más pasmo produce en el que escucha. Así, resulta conveniente introducir en el discurso, por ejemplo, multiculturalismo o heteropatriarcado, aunque no vengan a cuento.
A veces resulta complicado resumir la expresión en un solo palabro y no hay más remedio que fragmentarlo, como por ejemplo, el hecho diferencial. Bonita expresión donde las haya, que aunque vaya separada en dos vocablos, ambos son indisolubles, porque cada uno por sí solo pierde el sentido para el que se creó; señalar las incuestionables diferencias entre individuos por el simple hecho de vivir en un sitio u otro, aunque se hallen separados por unos cientos de metros. Algo realmente sorprendente.

En definitiva, lo importante es introducir en el debate nuevos conceptos que enriquezcan la comunicación y contribuyan a superar las dificultades de entendimiento derivadas de los genuinos hechos diferenciales. Se trata, sobre todo, de poner encima de la mesa las líneas rojas que, en un escenario de diálogo de progreso y cumpliendo el mandato de la ciudadanía, consigan abrir espacios de convivencia para articular un debate de progreso en este país, porque siendo más lo que nos une que los que nos separa, podamos encontrar las herramientas para una confluencia de progreso, y por ello se hace más necesario que nunca mover ficha para explorar otras vías alternativas de progreso. Creo que ha quedado claro.  

domingo, 10 de diciembre de 2017

Flatulencias

Josep Rull: "Las hamburguesas de la prisión estaban quemadas y la comida era muy flatulenta"

Al salir de la cárcel con fianza,
declaró el tal Rull con impaciencia
que en prisión, al ser mala la pitanza,
le provocaba grandes flatulencias.
Es enjuto el tal Rull, más bien delgado,
otros hay que se ven muy más lustrosos,
si el tal Rull no come demasiado
otros habrá que coman como osos.
Si a todos les producen tales flatos
las comidas que dan en las prisiones,
cuanto más se rebañen esos platos
más duros serán los retortijones.
Dada la ingente cavidad ventral
del orondo y voraz señor Junqueras
es una deducción elemental
que estará espeso el aire en Estremera.
Pobre de aquel que esté en las cercanías;
al colega de celda compadezco,
cuando lance el buen señor la artillería
serán como misiles esos cuescos.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Oda al nuevo Espartaco.

Le citó la juez Lamela,
Espartaco olió el talego,
tomó las de Villadiego
y se refugió en Bruselas.
Redentor de esclavizados,
al viento el grácil flequillo,
con su babero amarillo
tiene al pueblo obnubilado.
¡Oh! Padre de la nación,
¡Oh! Mesías provinciano,
extiende tus recias manos
y esparce tu bendición.
Gran genio de la espantada,
tu leal ciudadanía,
acude a ti en romería
para apoyar tu escapada.
Valeroso gladiador,
titán pleno de virtudes
que en olor de multitudes
quiebras el yugo opresor.
Por amor a este tu poble
preferiste el duro exilio
a un confortable presidio.
¡Qué valor! ¡Qué gesto noble!
¡Qué muestra de abnegación
al rechazar el arresto
y decir: -Aquí estoy presto
a sufrir por mi nación!
¡Qué señorío de cuna!
¡Qué frondosa cabellera!
Más gallardo no lo hubiera,
en república ninguna.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El fugitivo de Bruxelles






En la película de 1996 “Mars Attacks!”, hay una escena en que el general en jefe de las fuerzas de EE.UU. se enfrenta al embajador de los marcianos. El militar se pone a amenazar furibundamente a los invasores y les advierte que va a destruirlos con su potencial bélico, pero debido a alguna artimaña del visitante, se va haciendo más pequeño a medida que grita intentando intimidarlo. Cuánto más grita más pequeño se vuelve, y llega a hacerse tan diminuto que el malvado marciano no tiene más que pisarlo y restregar la suela sobre él como si de una colilla se tratara. Queda claro que el militar es un idiota inconsciente que sobrevalora su poderío y desconoce por completo el del contrario. Vamos, un auténtico cretino.
No sé por qué, me viene a la mente esta escena cada vez que veo y oigo al fugitivo de Bruxelles, o de Brussel, amenazar con esto o aquello. A veces el subconsciente nos plantea extrañas semejanzas.

Si me preguntan por qué digo Bruxelles o Brussel, en vez de Bruselas, si estoy redactando en español, no lo sé. Por lo mismo que todos dicen Lleida o Girona, en vez de Lérida o Gerona cuando hablan o escriben en español. O sea. Pues eso.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La parábola (real) de la montaña.

La Guardia Civil ha presentado el balance de su actividad en montaña del año 2017, y nos hemos enterado de que hasta ese momento llevaba rescatadas a 554 personas que se encontraron en dificultades al no poder superar por sí mismas la aventura que habían emprendido. Entre ellos no deja de sorprender el caso de dos jóvenes independentistas que se vieron obligados a reclamar el auxilio de los GREIM (Grupos de Rescate Especial de Intervención en Montaña). Ocurrió en el pasado mes de junio, los dos intrépidos aventureros decidieron, en un acto de valor sin parangón, que debían colocar una estelada en lo más alto del Pico del Alba, en la provincia de Huesca. Sin duda es una acción de gran heroísmo entrar en territorio enemigo y colocar una bandera en la cima de una montaña. Una gesta de esa dimensión tiene forzosamente que añadir nuevos acólitos a la causa. Pero hete aquí que a los valientes alpinistas les debieron faltar las fuerzas y quedaron atrapados antes de coronar la cima. La familia, ante la falta de noticias, no tuvo más remedio que pedir ayuda a la Guardia Civil, nada menos. A ese mismo odioso cuerpo que han estado reprobando, insultando, expulsando de los hoteles, montando caceroladas para evitar que descansaran, acosando a sus niños en los colegios, y demás hostigamientos que todos conocemos. Me imagino el sufrimiento de las familias, si también son independentistas, al tener que superar el difícil trance de demandar ayuda al enemigo. Y supongo que los heridos aceptarían el auxilio que les llegaba con mohín desdeñoso y “por imperativo legal”, igual que acatan otras cosas. El caso es que debido a la demora en dar aviso, la oscuridad se les echó encima y los dos jóvenes debieron pasar la noche en la montaña, porque hasta el amanecer no pudo operar el helicóptero de salvamento. Pudieron soportar las bajas temperaturas de las cumbres gracias a la bandera que llevaban, que les sirvió para abrigarse del frío. Esa creo que es la moraleja de la historia. Una bandera siempre es una bandera, por mucho que la vituperen algunos infames que llegan a calificarla de trapo. He ahí la prueba de que una bandera puede salvarte la vida.