Ana y Andrés llevaban toda la vida residiendo en una casita al borde
de un lago. Era un lugar agradable aunque no siempre había sido así. Sus abuelos
tuvieron que trabajar duramente y enfrentar diversas calamidades para poder
dejar a sus hijos, y estos a sus nietos, la casita que ahora disfrutaban. Con
grandes esfuerzos lograron desbrozar y acondicionar un terreno difícil y
consiguieron dejar a sus descendientes un entorno mejor que el que ellos
vivieron. Ana y Andrés tuvieron un hijo pero al hacerse mayor se había ido a
vivir al otro lado del mar.
Un día vieron un pequeño cocodrilo en la orilla. No le dieron
mucha importancia, tenían varios animales y lo consideraron uno más. Conforme pasaban
los días lo veían crecer pero pensaron que eso era lo normal. Es ley de
vida, se decían. Un día el cocodrilo se comió una gallina y supusieron que en el
lago no habría encontrado comida, dijeron: el pobre tendrá hambre. Otro día se
comió otra gallina y después otra más. Cuando acabó con las gallinas se comió
los patos y después los conejos. Además el cocodrilo se movía por el pequeño
huerto arrasando las hortalizas aunque no se las comía, solo las destrozaba. Cuando
vieron que a ellos les faltaba la comida y el cocodrilo seguía engordando
empezaron a preocuparse. Decidieron consultar a diferentes expertos para ver si
les orientaban sobre qué actitud tomar.
La SAC, Sociedad de Amigos de los Cocodrilos, les confirmó
que no había de qué preocuparse, su comportamiento era completamente normal,
los cocodrilos son parte de nuestro hábitat y tenemos la obligación de
comprender y tolerar sus prácticas. Es su naturaleza, nada más.
La ADV, Asociación
para la Defensa de la Variedad, les aseguró con contundencia que eran muy
afortunados al poder compartir su ámbito con un cocodrilo. Esas son sus
costumbres, aseveraron.
La OGAN, Organización Global de Afectos a la Naturaleza, les
recriminó severamente su consulta porque, según les dijeron, llevaba implícita
una indeseable sensación de discriminación hacia una criatura que era parte del
universo. Les advirtieron de que si insistían en ese tipo de cuestiones se
arriesgaban a recibir una severa sanción.
Ana y Andrés decidieron quedarse en su casa mirando el lago
desde la ventana.
Una tarde de primavera el cocodrilo entró y se los comió.
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