miércoles, 12 de marzo de 2025

El cocodrilo.

 


Ana y Andrés llevaban toda la vida residiendo en una casita al borde de un lago. Era un lugar agradable aunque no siempre había sido así. Sus abuelos tuvieron que trabajar duramente y enfrentar diversas calamidades para poder dejar a sus hijos, y estos a sus nietos, la casita que ahora disfrutaban. Con grandes esfuerzos lograron desbrozar y acondicionar un terreno difícil y consiguieron dejar a sus descendientes un entorno mejor que el que ellos vivieron. Ana y Andrés tuvieron un hijo pero al hacerse mayor se había ido a vivir al otro lado del mar.

Un día vieron un pequeño cocodrilo en la orilla. No le dieron mucha importancia, tenían varios animales y lo consideraron uno más. Conforme pasaban los días lo veían crecer pero pensaron que eso era lo normal. Es ley de vida, se decían. Un día el cocodrilo se comió una gallina y supusieron que en el lago no habría encontrado comida, dijeron: el pobre tendrá hambre. Otro día se comió otra gallina y después otra más. Cuando acabó con las gallinas se comió los patos y después los conejos. Además el cocodrilo se movía por el pequeño huerto arrasando las hortalizas aunque no se las comía, solo las destrozaba. Cuando vieron que a ellos les faltaba la comida y el cocodrilo seguía engordando empezaron a preocuparse. Decidieron consultar a diferentes expertos para ver si les orientaban sobre qué actitud tomar.

La SAC, Sociedad de Amigos de los Cocodrilos, les confirmó que no había de qué preocuparse, su comportamiento era completamente normal, los cocodrilos son parte de nuestro hábitat y tenemos la obligación de comprender y tolerar sus prácticas. Es su naturaleza, nada más.

 La ADV, Asociación para la Defensa de la Variedad, les aseguró con contundencia que eran muy afortunados al poder compartir su ámbito con un cocodrilo. Esas son sus costumbres, aseveraron.

La OGAN, Organización Global de Afectos a la Naturaleza, les recriminó severamente su consulta porque, según les dijeron, llevaba implícita una indeseable sensación de discriminación hacia una criatura que era parte del universo. Les advirtieron de que si insistían en ese tipo de cuestiones se arriesgaban a recibir una severa sanción.

Ana y Andrés decidieron quedarse en su casa mirando el lago desde la ventana.

Una tarde de primavera el cocodrilo entró y se los comió.           


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