jueves, 25 de mayo de 2023

Cuba y el Maine.

 


El 8 de agosto de 1897 el Presidente del Consejo de Ministros, don Antonio Cánovas, estaba pasando unos días de descanso en el balneario donostiarra de Santa Águeda. Leía tranquilamente la prensa sentado en un banco cuando se le acercó por detrás un hombre joven que se alojaba en el establecimiento. Cuando estuvo a un par de metros, sacó de su bolsillo un revolver y le disparó al pecho y a la cabeza. El político cayó al suelo y el asesino lo remató con un tercer tiro. Después se quedó quieto, esperando que lo detuvieran. Cuando lo interrogaron alegó que había cometido el magnicidio para vengar la muerte de sus compañeros anarquistas fusilados algún tiempo antes en Barcelona.

El asesino resultó ser Michelle Angiolillo, un anarquista italiano que teóricamente actuó solo, movido por un sentimiento de venganza. Se le sometió a un juicio sumarísimo y fue condenado a muerte y ajusticiado con garrote vil doce días más tarde, en la cárcel de Vergara. Cuando se investigó su pasado se supo que tenía relaciones con grupos cercanos al doctor Betances, un conocido defensor de la insurrección cubana. Cánovas era el más firme defensor de la españolidad de Cuba y el máximo sostén del general Weyler y su dura línea de actuación. Se había comprometido en defender la presencia de España en la isla “hasta el último hombre y la última peseta”. ¿Cui prodest?

En octubre la Reina regente María Cristina encargó formar nuevo gobierno a Práxedes Mateo Sagasta. Se constituyó el día 4, y en el primer Consejo de Ministros, el día 6, se planteó el cese de Weyler y la concesión de la autonomía a la isla. El 9 de octubre fue destituido sin poder completar la recuperación del territorio.

El general Blanco, sucesor de Weyler, llegó a la isla el día 31. Inmediatamente cambió la política implantada hasta entonces por su antecesor. Las instrucciones del Gobierno eran intentar pacificar a toda prisa el país o al menos atemperar los violentos métodos de combate empleados por Weyler, para calmar las cada vez más agresivas advertencias de los Estados Unidos. El 25 de noviembre se otorgó una Constitución autonomista a Cuba con la esperanza de que la medida apaciguara la rebelión, pero la medida llegaba demasiado tarde. Los mambises no tenían ya más que un objetivo, la independencia.

A raíz de un altercado en La Habana el cónsul Lee aprovechó para exigir a su gobierno una intervención más comprometida. El diplomático era sobrino del famoso general sudista de la Guerra de Secesión, y tan beligerante como su tío. Alegó que la situación se había vuelto tan inestable que las autoridades no eran capaces de garantizar la seguridad de los súbditos americanos y de sus intereses, y que se hacía necesaria la presencia de al menos algún barco de su armada. El presidente McKinley se apresuró a declarar fracasada la autonomía. No se le podía acusar de premioso, esa declaración la hizo a los ¡once días! de su implantación. A la solicitud de Lee respondió situando en los cayos de las Tortugas, a cuatro horas de navegación a Cuba, una armada compuesta por 4 acorazados, 6 cruceros y 5 torpederos. Al mismo tiempo anunció el envío a La Habana del acorazado “Maine”, en visita de “cortesía”.

Solo unos días más tarde, la noche del martes 15 de febrero, se iluminó el cielo sobre el puerto, el Maine se convirtió en una antorcha monstruosa, hierros, maderos, trozos del casco y la cubierta volaban por los aires en todas direcciones, decenas de cuerpos se debatían en las aguas pidiendo auxilio.

El barco se escoró por estribor y se hundió en las lóbregas aguas. El miércoles 16, se enterraron los primeros 19 cadáveres rescatados la noche anterior. El agobiante calor no permitía disponer del tiempo necesario para intentar identificar los cuerpos y hubo que darles sepultura sin el pertinente reconocimiento. A media tarde apareció el último ser que se pudo rescatar con vida del fárrago de restos humeantes, el gato Tom, mascota de la tripulación del barco.

La explosión había provocado 266 muertos, todos marineros rasos salvo dos oficiales. El capitán y los mandos principales habían resultado ilesos. Enseguida unos calificaron el trágico suceso de accidente y otros de atentado. La prensa norteamericana se apresuró a acusar a las autoridades españolas de la destrucción del barco. El suceso hizo saltar por los aires los escasos puentes de diálogo que quedaban.

Hasta ese momento la guerra había costado la vida a más de 100.000 hombres jóvenes. Una mínima parte, menos del diez por ciento, caído en batallas, la inmensa mayoría a causa de enfermedades, fiebre amarilla, paludismo, viruela, desnutrición, agotamiento… solo uno de cada diez por acciones de guerra. Nueve de cada diez jóvenes en la flor de la vida no fueron a combatir, fueron directamente a morir, algunos enfermaban a las pocas horas de llegar. Solo la fiebre amarilla se llevó a más de 12.000. Por eso decían que los mejores generales de la revolución eran el general Trópico y el general Manigua.

A primeros de abril de 1898, el cónsul Lee aconsejó a los súbditos norteamericanos que fueran evacuando la isla.

En ese momento el ejército español contaba con más de 200.000 mil hombres de los que 30.000 estaban enfermos de paludismo, viruela, agotamiento o desnutrición. También los insurrectos caían enfermos aunque en mucha menor medida. Para entonces la guerra ya había costado la vida de más de 100.000 hombres y 1.300 millones de pesetas. La inmensa mayoría de las muertes habían sido por enfermedad. Unos 30.000 habían sido repatriados al declararlos inútiles para el servicio, volvían en tan malas condiciones que muchos morían durante la travesía y tenían que ser arrojados al mar. Los tiburones seguían la estela de los barcos para alimentarse con los cadáveres.

Por su parte, la prensa de Estados Unidos intensificaba la campaña de acusación contra el salvajismo del ejército, y el gobierno español se veía obligado a emitir desmentidos continuamente. Los jingos partidarios del enfrentamiento armado eran conscientes de que la insurrección se iba debilitando por momentos y podía concluir en poco tiempo, por lo que intentaban acelerar al máximo la intervención directa de su ejército.

Acabando el siglo XIX la población cubana era de 1.600.000 habitantes. 200.000 españoles peninsulares, 800.000 cubanos blancos, criollos, 500.000 negros ex esclavos, algunos miles de chinos y otras minorías.

El 10 de abril, el gobierno de Sagasta, cada vez más presionado por el americano, ordenó al General Blanco establecer una suspensión unilateral de hostilidades para contentar una demanda de Estados Unidos.

El gesto de buena voluntad no sirvió para nada, el presidente McKinley ya había solicitado poderes al Congreso “para establecer en la isla un gobierno fuerte capaz de mantener el orden y de cumplir los deberes internacionales, garantizando la paz y la seguridad de sus ciudadanos, así como los de los nuestros”. No hacía ninguna mención a la independencia de la isla. El día 20 lanzó un ultimátum a la nación española, “…el Gobierno de los Estados Unidos exige que el Gobierno de España renuncie inmediatamente su autoridad y gobierno en la isla de Cuba y retire del territorio de esta y de sus aguas sus fuerzas militares y navales”. “Si a las doce del mediodía del próximo sábado 23 de abril, el Gobierno de España no ha ofrecido una completa y satisfactoria respuesta a esta demanda, en términos tales que la paz quede garantizada en la isla, el Presidente procederá a usar, sin posterior aviso, el poder que le han concedido y en los términos que sean necesarios para surtir efecto”. 

Quedaba trágicamente patente que la autonomía promulgada en enero no había servido para nada ni había contentado a nadie. No contentó a los peninsulares residentes, ni fue suficiente para los insurgentes que solo querían la independencia, ni sirvió para evitar la intervención de los Estados Unidos.

El 22 de abril ya había barcos norteamericanos bloqueando el norte de la isla, el 23 doce buques se instalaron frente a La Habana, aunque alejados de las baterías del Morro. El general Blanco informó del estado de guerra publicando un llamamiento a las armas en la Gaceta de La Habana.

El 27 de abril los americanos bombardearon Matanzas, el 29 Cienfuegos y el 30 intentaron un desembarco en Cabañas, en la provincia de Pinar del Río, que fue rechazado.

El 1 de mayo la escuadra española de Filipinas fue destruida en Cavite.

El día 7 el parlamento autónomo insular presentó una denuncia de agresión por las acciones emprendidas por Estados Unidos con el pretexto de liberar al pueblo cubano, aduciendo que el pueblo ya era libre.

El Papa León XIII intentó mediar para evitar la guerra, y lo mismo hicieron las grandes potencias, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Italia, Austria-Hungría, y Alemania, pero todos los intentos de apaciguamiento fueron inútiles, Estados Unidos había puesto su maquinaria bélica a funcionar y no tenía ninguna intención de detenerla. Había iniciado su hegemonía mundial.

Tras la destrucción de la de Filipinas todas las esperanzas se pusieron en la flota que comandaba el Almirante Cervera, prestigioso marino, pero nadie sabía dónde estaba. Unos decían que se dirigía a Filipinas, otros, que iba hacia Cuba, los más optimistas, que iba hacia las costas americanas a bombardear sus ciudades. Los pesimistas aseguraban que, ya en camino, había dado media vuelta y regresaba a Cádiz para proteger las costas españolas de un posible ataque americano. Pero ¿dónde estaba en realidad?

La realidad era que la escuadra estuvo varios días en Cabo Verde esperando órdenes del Gobierno, o mejor dicho, intentando que se modificaran las órdenes recibidas. Cervera estaba convencido de que sus vetustos barcos no tenían ninguna posibilidad en un enfrentamiento con los modernos buques norteamericanos y trató por todos los medios de persuadir con datos e informes de la insensatez de encarar un combate en mar abierta. Llevaba ya más de dos años alertando de la insuficiencia técnica y armamentística de sus buques sin conseguir que nadie en el gobierno hubiera emprendido alguna acción para paliarlas. El 2 de abril, en carta al ministro de Marina, reiteraba las consideraciones que ya había hecho anteriormente sin resultado alguno:

“Mis temores se realizan porque el conflicto se aproxima en tren expreso y el Colón no tiene sus cañones gruesos; el Carlos V no está recibido y le falta la batería de 10 cm; al Pelayo le falta terminar el reducto y me parece que la artillería mediana; la Victoria está sin artillería y de la Numancia no hay que hablar”. Y añadía: “Insensato sería negar que lo que racionalmente podemos esperar es la derrota, que nos haría perder la isla en las peores condiciones”.

En otro escrito del 6 de abril, el Almirante reclamaba un plan de acción solicitado ya dos meses antes sin haber obtenido respuesta, “interesa, y mucho, tener pensado lo que se ha de hacer, para no andar con vacilaciones, si llega el caso, sino obrar rápidamente con medidas que puedan ser eficaces, y no ir, como el famoso hidalgo manchego, a pelear con los molinos de viento, para salir descalabrados”.

Por su parte, los gobernadores de Cuba y Puerto Rico no cesaban de apremiar al ministro de Ultramar para que les enviaran la escuadra que suponían, ignorantes de su estado real, iba a defender sus costas con garantía.

Ajenos a las fuertes prevenciones del Almirante y sus mandos más próximos, los diarios y revistas españoles mantenían una exaltada campaña de incitación a la guerra, aduciendo una supuesta superioridad de nuestras fuerzas ante un enemigo bisoño e inexperto en esas lides. Todos los periódicos exhibían artículos de opinión triunfalistas, poemas satíricos y grabados que intentaban ridiculizar la capacidad militar y logística de la nación americana. Influenciada por ese impostado optimismo, la gente en la calle respiraba un aire de victoria fácil, los curas aprovechaban los púlpitos para arengar a los fieles, y hasta los toreros se sumaban al generalizado ardor bélico. El Guerra, en una plaza abarrotada y entregada, brindó al público uno de sus toros con estas palabras: “Yo no quisiera otra cosa, sino que se volviera yanqui el toro que voy a matar”.      

El Blanco y Negro, publicaba: “es injusto con los cerdos a los yanquis comparar, porque el cerdo es provechoso y el yanqui perjudicial”.

Finalmente Cervera recibió la orden definitiva:

“Como Canarias está perfectamente asegurada y conoce V.E. telegramas de Washington  sobre salida próxima de Escuadra volante, salga con todas las fuerzas para proteger la isla de Puerto Rico, que está amenazada, siguiendo derrota que V.E. se trace, teniendo presente la amplitud que las instrucciones le conceden y que le renuevo”.

A esta orden, taxativa e imprecisa, contestó Cervera con una larga carta llena de reproches a los que la habían formulado.

“La sorpresa y estupor que ha causado a todos estos Comandantes la orden de marchar a Puerto Rico, es imposible de pintar, y en verdad, tienen razón, porque de esta expedición no se puede esperar más que la destrucción total de la Escuadra, o su vuelta atropellada y desmoralizada…”

Hacía una extensa consideración de todas las peticiones que había realizado para mejorar los barcos sin obtener la menor respuesta, y concluía: “Presumo que ya es tarde para nada que no sea la ruina y desolación de la Patria… y ya no le molesto más, considero ya el acto consumado, y veré la mejor manera de salir de este callejón sin salida”.

El enfrentamiento se produjo el 3 de julio frente a la bahía de Santiago.

Toda la escuadra de Cervera quedó destruida en 4 horas de combate.

La cifra de bajas de la rápida contienda fue:

Españoles: 350 muertos, 160 heridos, y 1.670 prisioneros.

Norteamericanos: 1 muerto y 2 heridos.

La guerra entró en su fase terminal. En España se sucedían las manifestaciones, unas de fervor patriótico y otras exigiendo el fin de las hostilidades y el sufrimiento de los pobres soldados. El Gobierno de Madrid ya solo estaba preocupado por alcanzar rápidamente una paz lo más honrosa posible, pero el de los Estados Unidos se veía en una posición de fuerza absoluta que no estaba dispuesto a soslayar.  El 30 de julio dieron a conocer sus exigencias: España debía renunciar a todos sus derechos sobre Cuba, ceder Puerto Rico y todo lo que poseía en las islas occidentales a los Estados Unidos, y entregar el puerto y la bahía de Manila; el resto del archipiélago quedaba en suspenso, pendiente de futuras negociaciones.

El 4 y 5 de agosto el gobierno de Sagasta se reunió con los mandos militares más importantes para consultarles sobre la actitud a adoptar. De trece generales y almirantes consultados, tan solo dos, Romero Robledo y Weyler, se mostraron contrarios a aceptar las condiciones impuestas por el enemigo y apelaron a continuar la guerra, el resto decidió que había que plegarse al ultimátum.

El 12 de agosto se firmó el protocolo de paz en el que España renunciaba a sus derechos sobre Cuba, cedía la isla de Puerto Rico y las demás islas de las Indias Occidentales bajo soberanía española, más una isla en las Ladrones que sería escogida por los EE.UU., y accedía a que estos ocuparan y conservaran la ciudad, la bahía y el puerto de Manila en espera de la conclusión de un tratado de paz que determinaría la intervención definitiva. España se veía obligada a la evacuación inmediata de Cuba, Puerto Rico, las demás islas y Manila, quedando por dilucidar el resto de Filipinas. En el documento firmado los vencidos se comprometían a abandonar las islas “inmediatamente”.

De hecho, ya había empezado la retirada el día 10. Ese día, el vapor Alicante zarpó de Santiago con los primeros soldados repatriados. Los hombres, después de muchos meses de dura lucha y, tras la rendición, de varias semanas internados en campos de concentración en condiciones lamentables, estaban heridos, enfermos, y al borde de la extenuación. Muchos de los evacuados ni siquiera consiguieron volver a ver sus casas ni sus seres queridos. De los mil que subieron al barco, sesenta murieron durante la travesía. Sus cuerpos fueron arrojados al fondo del océano.

El 1 de enero de 1899, el general Jiménez Castellanos, que había sustituido a Blanco, hizo entrega del gobierno de la isla al comandante John R. Brooke.

A las doce en punto se inició la ceremonia con un primer cañonazo que retumbó en el Morro. Le siguieron otros 20 y al terminar se arrió la bandera española. Habían pasado cinco siglos desde que Colón llegara a la isla en su primer viaje y, al desembarcar en la bahía de Bariay, exclamase: “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto jamás”.

La duda sobre las causas de la destrucción del Maine siguió planeando durante décadas. En 1975 un equipo de expertos dirigido por el almirante Hyman Rickover, creador de la marina de guerra nuclear, concluyó que la explosión había sido interna y que quizá los oficiales no obraron con las debidas cautelas. A buenas horas mangas verdes.


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