Parece que los chinos ya lo sabían, un antiguo proverbio dice que el leve aleteo de una mariposa se puede sentir en otro punto del mundo. Lorenz eleva un poco el efecto y dice que ese sutil aleteo podría provocar un huracán al otro lado del planeta. En muchas ocasiones es difícil determinar el origen de las cosas, pero todos los acontecimientos tienen una causa primigenia que los motiva. Nada nace porque sí, siempre hay una mariposa que bate las alas.
Europa está en crisis. Es posible que
esté en una crisis terminal. Me refiero a la Europa que durante siglos ha
liderado lo que llamamos la civilización occidental. La Europa que se ha
sustentado en la filosofía griega, el derecho romano, y la moral católica. Los
tres pilares básicos sobre los que se construyó la sociedad que ha dirigido el
progreso del ser humano en el mundo y que ha hecho posible que un número muy
importante de hombres y mujeres haya podido beneficiarse de las más altas cotas
de bienestar conocidas en la historia de la humanidad.
No fue fácil. Han hecho falta muchos
siglos de lucha, grandes y terribles guerras, y enorme sufrimiento, para que
nuestros antepasados nos legasen un mundo más justo, más igualitario, más
abierto, más cómodo, más solidario, y más habitable que el que ellos vivieron.
Todo el inmenso acervo que nos traspasaron lo estamos dilapidando a marchas forzadas. Puede que en tres o cuatro generaciones
no quede nada de él. El gigantesco esfuerzo de nuestros ancestros solo habrá
servido para que unas pocas generaciones de egoístas y desagradecidos descendientes
se beneficiaran de su extraordinaria determinación. Dicen que las empresas
familiares las inicia el abuelo, las engrandece el hijo, y las liquida el nieto
vividor y descerebrado. Eso tampoco es nuevo, un antiguo refrán popular advierte
que, “de abuelos ricos, hijos pobres y nietos miserables”. Nosotros somos ese
nieto ingrato que en pocas décadas se ha fundido el legado de sus progenitores
con la ridícula idea de que las cosas son para siempre y no es necesario luchar
para conservarlas. Y hasta se permite afirmar con suficiencia que su abuelo era
un pobre zafio e ignorante. Hemos perdido el coraje, el tesón, la determinación
y, sobre todo, los valores que impulsaron a nuestros abuelos. Acostumbrados
desde niños a recibir cualquier capricho, por absurdo que fuese, los nietos han
perdido la agresividad necesaria para desenvolverse en un entorno medianamente
problemático. No necesitaban luchar, bastaba con pedir. O mejor todavía, con
exigir. En su entorno no existían los problemas, todo el mundo era bueno,
seráfico. Viva la madre superiora, a vivir que son dos días y el que venga detrás
que arree.
El cuerpo humano se sostiene gracias
al esqueleto, cuanto más sólidos los huesos, más robusto el cuerpo. El espíritu
se sostiene en las ideas, en los valores, en las certezas, cuanto más sólidas,
más firme y determinado el carácter, más apto para afrontar los vientos
contrarios. El hombre necesita tener certezas. No se trata de no dudar, la duda
genera curiosidad y la curiosidad motiva la inteligencia y hace avanzar. La
duda creativa es buena y necesaria pero no se puede dudar de todo a todas
horas. No se puede dudar de las esencias. Estas, reales o inventadas, deben
permanecer en el acervo cultural del hombre. El armazón anímico las necesita
como un cojo necesita un bastón, para no caerse. No todo es relativo.
¿Cuándo perdimos los nietos las certezas
que sostenían firmes a nuestros abuelos? ¿Cuándo empezamos a dudar de que
veíamos blanco lo blanco y negro lo negro? ¿Cuándo todo se volvió gris, o
malva, o rosa pálido? Supongo que cuando nos convencieron de que lo que veíamos
no era lo que creíamos ver, sino que en realidad lo que debíamos ver era lo que
lo que nos decían que viéramos. La verdad no surgía del interior, en un proceso
de reflexión, la verdad venía impuesta desde afuera. La verdad la dictaminaron
los “expertos”, sea lo que sea lo que se camufla en ese vocablo.
¿Pero dónde aleteó la mariposa por
primera vez? ¿Dónde se originó el tsunami que arrasó los pilares de la
civilización occidental?
A principios del siglo XX, en París,
unos pocos pintores iniciaron un movimiento que quería romper con la pintura
tradicional. Como no había manera de superar a los clásicos decidieron explorar
otras formas de expresión. Por alguna razón difícil de concretar, algunos
“expertos” acogieron la novedad con inusitado entusiasmo. En muy poco tiempo
los responsables del invento fueron elevados a los altares del arte y sus obras
saludadas como la cúspide de la genialidad. Las masas, incultas e insensibles,
solo veían extrañas y antiestéticas formas y colores, y escuchaban perplejas
las exaltadas alabanzas que les dedicaban los expertos. En un primer momento, pensaron
que era asunto de unos pocos y que no valía la pena hacer caso. Pero, ¡ay!,
cuando se apercibieron de los desorbitados precios que adquiría cualquier
pequeño garabato empezaron a dudar. Si alguien estaba dispuesto a pagar una
fortuna por aquellas cosas debía ser por algo que ellos, en su ignorancia, no
llegaban a comprender, pero que debía estar allí aunque no pudieran verlo. La
historia nos enseña que la voluntad de unos pocos resueltos suele arrastrar la
de otros muchos pasivos. Rápidamente se fueron incorporando entusiastas
ensalzadores de las nuevas expresiones, y cuando el número fue medianamente significativo,
las masas, las pobres e ignorantes masas, se fueron encontrando cada vez más
angustiadas y desorientadas. Si la gente que entendía decía que aquello era
bueno, debía serlo, aunque la belleza y emotividad que transmitían no fueran
capaces de penetrar en sus incultos cerebros. El pueblo, ese sufrido pueblo,
lanza y escudo de los demagogos, empezó a avergonzarse de su ignorancia e
insensibilidad. Las buenas gentes no se atrevían a declarar sus pensamientos en
público por miedo a patentizar sus limitaciones, callaban o asentían sin mucha
convicción para no ser tachados de palurdos, y finalmente claudicaron
completamente. Aquellas cosas eran geniales expresiones de espíritus
superiores, y punto. Admirémoslas.
Pero la asunción de la realidad
impuesta no podía ser gratuita. Tenía que tener consecuencias. Pronto se fueron
evanesciendo las certezas. Los pilares que sustentaban el templo se
resquebrajaron y el edificio entero se fue desmoronando. Si uno no puede creer
en lo que ve ¿cómo va a creer en lo que no ve?, en la religión, en la patria,
en las tradiciones, ¿quién se va creer la historia? A saber lo que nos habrán
contado. Poco a poco todo se puso en cuestión, nada es lo que nos parece. Las cosas
ya no son como las vemos sino como nos dicen que son. Nada tiene un nombre
concreto para expresar una idea concreta. No se puede llamar a las cosas por su
nombre, hay que utilizar algún giro que diluya la plasmación nítida de la idea.
La inconcreción en los términos nos ha convertido en la sociedad del eufemismo.
Para todo hay que emplear términos vagos e imprecisos, melifluos y resbaladizos,
y la sociedad entera se ha convertido en una sociedad evanescente, blanda,
indeterminada y acomplejada.
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