En los meses siguientes la mayor
preocupación de la reina pareció centrarse en la construcción del gran templo
en honor a César. Antes de marchar a Roma ya había dejado las obras iniciadas,
junto al gran puerto, y a su regreso se preocupó de que los trabajos se
aceleraran. Era como si quisiera rendir un póstumo homenaje a quién ya no
podría ver el santuario concluido. De ese modo, quien había sido asesinado en
su tierra y por los suyos, recibía honores de divinidad en suelo extranjero.
El gran templo era su mayor empeño
pero no el único, también se preocupaba de que avanzaran los trabajos de
restauración de la Biblioteca. Las salas que se habían salvado del incendio se
estaban rehabilitando pero la capacidad de almacenamiento había quedado muy
reducida y la mayor parte de los libros o se habían llevado ya al Serapeo, o
estaban en camino. Prácilo iba alguna tarde a seguir copiando “La vida de
Alejandro”, pero nunca encontraba fuerzas ni tiempo para retomar la traducción
que le encomendó Faleto. El papiro estaba en la nueva biblioteca, al otro lado
de la ciudad, y nunca reunía ánimos para acercarse hasta allí.
Por lo demás Cleopatra ejercía su
poder y gobernaba procurando abstraerse de los problemas que se vivían en Roma.
El asesinato de César no había llevado la calma sino que por el contrario
provocó una nueva guerra civil entre sus antiguos aliados y los partidarios de
los asesinos. Egipto mantenía una teórica independencia y continuaba siendo un
país soberano aunque estuviera muy mediatizado por el poderío romano. Ante la
incertidumbre sobre quién resultaría finalmente vencedor, la reina procuraba contemporizar
con las dos facciones.
Finalmente los cesarianos derrotaron a
sus oponentes y pasaron a gobernar todo el imperio con un triunvirato. Pronto
cayó uno de los tres, Marco Emilio Lépido, y todo el poder se lo repartieron
Cayo Julio César Octavio y Marco Antonio. Éste último había librado sus últimas
batallas en el oriente y tenía establecido su cuartel general en Cilicia. Una
vez asentado su poder mandó llamar a Cleopatra, probablemente para asegurarse
con aquel acto que Egipto se iba a mantener fiel a los nuevos amos.
La reina se puso inmediatamente en
camino pero lo hizo a lo grande. Cruzó el mar hasta la desembocadura del río
Cidno y desde allí remontó el cauce en una espléndida galera con popa de oro,
con las velas púrpuras desplegadas al viento, acompañadas por el impulso de
cien remos de plata. Los remeros se coordinaban al compás de la música de
flauta, oboes y cítaras. Cleopatra iba sentada en trono de oro bajo un
refulgente dosel, mientras era abanicada por varios efebos. A un lado y a otro,
grupos de bellas muchachas desnudas que asemejaban a las nereidas y las gracias,
contribuían a realzar aún más la armonía del conjunto. El aire se mantenía constantemente
perfumado por exquisitos aromas. Cleopatra se había ataviado para el encuentro como
la misma Venus. Era una mujer en su plenitud y para realzar su espléndida
belleza no necesitaba más vestimenta que varias pulseras de oro en los brazos,
una cadena de joyas que le rodeaba el cuerpo formando un aspa sobre el busto y
el vientre, y un triángulo de brillantes perlas sobre el pubis. Los sacerdotes
que acompañaban a la reina proclamaban en sus cánticos que Venus acudía a ser
festejada por Baco para beneficio de Asia entera.
Cuando la nave arribó a su destino,
Venus Cleopatra invitó a subir a bordo a Baco Marco Antonio y le agasajó con un
suntuoso banquete. Bajo un gigantesco baldaquín recubierto por tapices de seda
teñidos de púrpura y bordados de oro se colocaron lujosos triclinios para los
generales romanos. La comida se sirvió en platos de oro macizo y la bebida en
copas con incrustaciones de piedras preciosas. Todo el suelo se hallaba
recubierto por un manto de pétalos de rosas tan espeso que cubrían los pies de
los que caminaban sobre ellas. Un sinfín de esclavos nubios daban aire a los
invitados con largos plumeros mientras las hetairas danzaban entre los
triclinios al compás de una orquesta de cítaras y pífanos. Acostumbrado a la
rudeza de su campamento militar, Marco Antonio sucumbió inmediatamente a aquel
ambiente lujurioso. Envuelto por el aire perfumado, embriagado por el vino,
embelesado por la amena y cálida conversación de la reina, y subyugado por su
grácil figura, el romano estuvo pronto a coincidir con todo lo que Cleopatra
propusiese.
Durante varios días permaneció la nave
en Cilicia y durante todos ellos se repitieron los agasajos. Cuando la reina
decidió que ya era tiempo de regresar a Alejandría, naturalmente Marco Antonio
partió con ella.
Así los vio Prácilo cuando entraron en
palacio rodeados por todo el séquito de sirvientes, sin dejar de lanzarse
tiernas miradas, como dos enamorados adolescentes. El romano era un tipo alto y
fuerte que irradiaba energía a su alrededor. A Prácilo le gustó su porte.
Llevaba en el rostro la expresión de los que se hallan en la cúspide de la
felicidad. También la reina aparecía radiante, con un semblante mucho más
alegre del que había mostrado en los últimos tiempos.
Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela que narra la vida de la Gran Biblioteca de Alejandría.
Disponible en Amazon, en digital y en papel.
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