lunes, 30 de diciembre de 2013

Una reflexión de Miguel Delibes sobre el aborto.

Ahora que de nuevo andamos a "abortazo" limpio, he rescatado una reflexión del maestro Delibes sobre la relación entre aborto libre y progresismo. La publicó hace seis años y la suscribo absolutamente.



En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto


POR MIGUEL DELIBES

20-12-2007 08:32:38

En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.

La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Con el alma entre los dientes


El rey en su palacio está angustiado. Los negros presagios le tienen abrumado. Dice a Petlacálcatl que traiga a sabios y hechiceros, quiere saber si ven señales de próximas guerras, de desastres, de temblores de tierra, si perciben enfermedades, pestilencia, inundaciones, secura, hambre, quiere saber si en todo el reino se ha oído llorar a Cihuacóatl.

Los augures vienen de los confines de sus dominios, del último poblado, de la más lejana montaña. Acuden todos los nigrománticos. Todos están mudos, nadie avanza nada. Lo que está presto a venir, vendrá. Lo que está ordenado, se hará. Lo que tiene que ser, será. Lo que debe suceder ya ha sido dicho y tratado en los cielos. Ante nuestro señor Motecuhzoma se consumará un profundo misterio. Poco tiempo hay que aguardar. La espera será tan breve que pronto sabrá qué es.

El rey se encoleriza, no le dan respuestas, manda encerrarlos a todos en prisión. 

Llama de nuevo a Petlacálcatl: Ve y pregunta a esos nigrománticos de dónde vendrá lo que tiene que venir, del cielo o de la tierra, del este o del oeste. 

Petlacálcatl va a la prisión donde los ha encerrado y puesto bajo guardias. Abre y no hay nadie, han desaparecido como humo, los guardas no saben nada, no han visto nada, no han oído nada.

Señor, mátame, córtame en pedazos, haz lo que desees, los brujos han desaparecido, cuando llegué y abrí las puertas todo estaba vacío, no están, creo que volaron, marcharon al fin del mundo.

El rey, en cólera, llama a Tlacohcálcatl, ordena que vayan a las casas de los nigrománticos, saqueen, maten a sus parientes, que no quede rastro. Van y degüellan a sus mujeres, atraviesan el pecho a sus hermanos, rompen los cráneos de los niños contra las paredes. Arrancan los cimientos, queman los despojos, no queda rastro.

Llega al palacio un macegual, viene de la costa del mar grande del este. Se arrodilla, besa el suelo, no osa levantar el rostro, tiembla de miedo. Señor, disculpa mi atrevimiento, vengo de la orilla del mar grande, por donde sale el sol, he visto cosas nunca vistas, he visto dos como torres flotando sobre las aguas, iban y venían sin tocar la tierra. Descolgaron un bote y bajaron unos hombres, blancos de piel, largas barbas y cabello hasta los hombros. Eso es lo que he visto, señor.

El rey llama a Petlacálcatl, que vayan unos teuctlamacazquis a la costa, que miren al mar, que digan qué ven. Los sacerdotes van a la orilla y ven unos como cerros pequeños que flotan sobre las aguas, unos hombres blancos y barbudos se bajan en un bote y pescan con anzuelo. Los sacerdotes suben a un amate frondoso para mejor mirar. Miran hasta que los hombres vuelven a la torre y entran en ella. Los sacerdotes, bajan del árbol y corren sin parar hasta México-Tenochtitlan a decir lo que han visto.

Señor, hemos visto unos como cerros o torres que flotan sobre el agua sin tocar la tierra. Unos hombres han bajado en un bote y han pescado con cañas. Eran de carnes muy blancas, más que nuestras carnes, los más llevan largas barbas y cabello hasta los hombros. En las cabezas traen unos bonetes colorados o unos sombreros redondos muy grandes, visten sayas, unas verdes, unas azules, otras pardas o grises. Eso hemos visto, señor.

El rey Motecuhzoma, en su palacio, está triste y pensativo. Calla y medita, ninguna palabra sale de su boca.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela que narra la llegada de los españoles a los imperios de México y Perú.
Disponible en Amazon.es y Amazon.com

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Opinión de lectores

5.0 de un máximo de 5 estrellas Un gran libro. 
Por Elisa
Formato:Versión Kindle|Compra verificada
Una novela que te sumerge en la fascinante aventura de los primeros españoles que llegaron a América.
Muy bien documentada, narra los increíbles hechos que vivieron aquellos pioneros que no sabían ni adónde iban ni qué se iban a encontrar. Cuenta con todo detalle la llegada de Cortés a México y la de Pizarro a Perú. Aporta también la visión de los indígenas, desconcertados ante la presencia de unos extraños seres nunca vistos.
Un gran libro que merece la pena leer.

En digital
CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]

En papel