martes, 17 de abril de 2018

El Almirante Cervera y la Guerra de Cuba.

La escuadra cruzó el Atlántico y se dirigió primero a Martinica para reabastecerse de combustible, pero allí no le suministraron el carbón que necesitaba y tuvo que llegar hasta Curaçao, donde pudo cargar solo parcialmente. Escasamente aprovisionada puso la derrota hacia Cuba pero temiendo no llegar en buenas condiciones hasta La Habana, entró en la bahía de Santiago, donde pensaba que podría abastecerse convenientemente.
El hecho de resguardarse en la bahía sin haber sufrido ningún encuentro con la armada estadounidense se consideró en un primer momento un éxito, ya que había burlado el bloqueo que los yanquis habían establecido en la isla para intentar que no llegaran refuerzos procedentes de la península.  
Los barcos que el día 19 entraron en la amplia ensenada fueron el acorazado Colón, los cruceros María Teresa, Vizcaya y Oquendo, los destructores Furor y Plutón (el Terror había quedado abandonado en Martinica ante la imposibilidad de que continuara navegando), 2 vapores y 3 torpederos con las calderas tan deterioradas que tenían que ser remolcados.
Al conocerse la noticia los barcos americanos que había frente a La Habana empezaron a dirigirse a Santiago, de modo que el día 23 de mayo quedó totalmente despejado el horizonte frente a la capital. Entonces se empezó a plantear la posibilidad de salir de la bahía antes de que un bloqueo más efectivo hiciera imposible emprender esa maniobra. Cervera reunió a sus mandos y por unanimidad decidieron permanecer al abrigo, el abastecimiento iba muy despacio y los buques solo habían podido ser provistos hasta ese momento con una tercera parte del combustible necesario, y además la estrechez de la bocana de salida obligaba a navegar de uno en uno y a poca velocidad, con lo que serían fácil presa para los barcos apostados al otro lado. Por lo tanto decidieron abastecerse por completo y aguardar alguna circunstancia que permitiera emprender la salida con algunas garantías de éxito.    
El día 26 una fuerte borrasca obligó a los barcos norteamericanos a retirarse de la costa para capear el temporal en alta mar. Cervera convocó una reunión de sus mandos para dilucidar si era el momento de intentar la salida. Se decidió efectuarla a las cinco de la tarde y se encendieron todas las calderas de los buques, pero no se salió. Dos horas después del mediodía empezó a aclarar el tiempo y se detectó la presencia de tres navíos enemigos en la proximidad de la bocana. Se dio marcha atrás en la primera decisión. Cervera prefirió apoyar a las fuerzas terrestres con parte de la marinería mientras continuaba con dudas e indecisiones sobre el destino de los barcos. Se sucedieron reuniones con los mandos e intercambio de mensajes con el Capitán General y el Ministro de Marina, mientras los yanquis iban reforzando el bloqueo. El día 29 la escuadra norteamericana ya había colocado frente a la bahía veintiún buques, de ellos seis acorazados.
En La Habana seguíamos los acontecimientos con creciente preocupación. Aunque la retirada de los buques americanos se había acogido con cierto alivio, las noticias que llegaban del otro extremo de la isla eran cada vez más inquietantes. El momento de euforia que se vivió con la presencia de la escuadra se diluyó muy deprisa. El padre Patrocinio se iba enervando a medida que pasaban los días sin vislumbrarse ninguna acción positiva.
-¡Pero qué políticos más inútiles tenemos! -decía mientras intentaba aflojar el alzacuello que se le enroscaba al garguero dificultándole hasta la respiración-. ¡Qué inutilidad más absoluta en los gobernantes y en algunos mandos del ejército! 
-Pero padre, ¿qué está diciendo? ¿Ya no confía en las autoridades?
-¡Ay, Señor! Si estuviera don Antonio Cánovas esto no estaría pasando. Pero el Señor se lo llevó a su lado. Antes de tiempo, Señor -decía mirando al cielo-, perdóname si peco de osado, Dios mío, pero creo que lo reclamaste antes de tiempo. Con él aquí esto no estaría pasando. ¿Pero quién les mandó entrar en Santiago en vez de venir a La Habana? Es aquí donde debería celebrarse la batalla. Aquí tenemos excelentes defensas, estamos bien abastecidos, disponemos de suficientes fuerzas bien dispuestas para la lucha. ¿Pero qué hay allí? Unas tropas escasas y desmoralizadas, agotadas, mal alimentadas y rodeadas por los guerrilleros. Todo lo más, tendrán víveres para sobrevivir unas pocas semanas. ¿A quién se le ocurre llevar el centro del conflicto al lugar más desfavorable? Nunca deberían haber entrado, aquello es una ratonera, se puede minar la entrada para que no accedan los yanquis, pero también ellos pueden minar la salida y nuestros barcos quedarán inutilizados por completo. Sería lo último que cayeran en su poder, los buques no deben entregarse al enemigo, las ordenanzas exigen antes hundirlos o estrellarlos contra las rocas. Deben salir de allí de inmediato. ¿Qué están esperando?
-Padre, puede que sea producto de una estrategia que desconocemos.
-¿Estrategia? Estos políticos están demostrando que no saben dónde tienen la mano derecha. No han previsto nada, están actuando a salto de mata. Les ha pillado el toro como a un novillero novato.
-Ha pasado usted en unos días de la euforia al más absoluto pesimismo.
-Es que antes desconocía aspectos fundamentales de la realidad. Y no soy el único, en la Comandancia se están enterando ahora de la auténtica situación. Pensaban que teníamos una escuadra con garantías y resulta que no es así ni de lejos. A eso se le añade el desbarajuste en el mando y la catástrofe está servida. ¡Pero si el gobernador Blanco y el almirante Cervera ni se hablan! Se comunican a través del general Linares que es el que tiene el mando en Santiago, pero así no hay modo, tiene que haber un jefe único. Es imperativo. Ya dijo Maquiavelo que es mejor dar el mando a un mediocre que repartirlo entre dos ilustres. Eso debería saberlo todo el mundo. Y como además el gobierno no toma ninguna decisión, se van pasando los días y los yanquis van reforzando sus posiciones con absoluta comodidad. ¿Pero qué va a saber hacer este gobierno ahora si en todos los últimos años no lo ha sabido? Ellos nos han llevado a esta situación de inferioridad. ¡Qué vergüenza! ¡Qué basura de políticos! Si le hubieran hecho caso a don Isaac Peral les barreríamos en un decir amén. Su ingenio submarino hubiera sido a día de hoy una máquina de guerra imparable. Tuve el honor de conocer al señor Peral en la guerra de los diez años y ya por entonces andaba dándole vueltas a su invento, ¡qué cerebro!, un portento. Más tarde logró que la Reina se interesara por su proyecto y lo apoyara, y así consiguió botar su submarino en el 88 en La Carraca, en San Fernando.
-¡En mi tierra!
-Allí fue. El ensayo se realizó a plena satisfacción, cumpliendo todas las expectativas, un éxito absoluto. ¿Se imaginan en las actuales circunstancias un navío capaz de navegar bajo el mar y lanzar torpedos? Sería demoledor. Pero no, no disponemos de él. ¿Y por qué? ¿Qué pasó después de la exitosa botadura? Que los políticos empezaron a incordiar y todo se fue al traste. En otro ensayo posterior el ministro de Marina del momento, el almirante Beránguer, emitió un informe desfavorable y se inició una campaña de desprestigio contra don Isaac en la prensa. ¡Otra vez la prensa! Tal fue el ensañamiento y el inusitado afán por desacreditarlo que Peral, harto de insidias, acabó abandonando la marina. Así es como tratamos a nuestros hombres más ilustres. Pobre España mía.
-Padre, me parece que después de animarnos usted durante tanto tiempo, ahora vamos a ser nosotros los que tengamos que darle ánimos.
-¡Ay, hija mía! Estoy viendo las cosas muy mal.
-¿Y qué cree que va a pasar?
-No lo sé, pero me temo lo peor. Tengo la impresión de que el Gobierno no quiere que el conflicto se prolongue porque las protestas en España son cada vez mayores y es muy probable que tema un levantamiento popular. Y el modo más rápido de acabar la guerra es perdiéndola.
Yo ya había tomado la decisión de regresar a España y los pesimistas augurios del cura solo sirvieron para que intentara acelerar la marcha.

Fragmento de "La indiana Manuela", novela que se desarrolla a finales del siglo XIX, en la isla de Cuba. Disponible en Amazon en digital y en papel.

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  La indiana Manuela de [Molinos, Luis]

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