viernes, 31 de enero de 2014

El salto del caballo verde


Decidí caminar hasta el Barranco del Infierno, es un lugar lleno de misterio que me impresionó el primer día que anduve por él, y que había vuelto a visitar en varias ocasiones. Cuando estás allí dentro tienes la sensación de que las fuerzas de la naturaleza se han concentrado entre las laderas del desfiladero, pero no sabes si para bien o para mal. Aquel día fue para bien.

Aquel día la vi por primera vez.

Cuando estaba alcanzando la parte más alta del valle, me crucé con un grupo de mujeres, joviales y reidoras, que parecían ir al mercado. Sólo tuve ojos para ella. La más hermosa que hombre alguno pudiera contemplar. Alta, grácil, esbelta, de andar resuelto, con el cabello azabache recogido en una albanega, con la sonrisa franca iluminándole el rostro. Sus ojos, alegres y expresivos, se fijaron en los míos y su intenso brillo penetró hasta lo más profundo de mi ser. Fue sólo un instante, un decir amén, ella bajó la mirada y continuó su camino, pero ese soplo fugaz fue suficiente para que su esencia invadiera mi alma. Quedé atrapado para siempre en aquella fogosa mirada.   

Di media vuelta y perseguí al grupo, a prudente distancia para no hacerme notar. Pasé toda la mañana espiando sus movimientos, sus risas, sus pláticas. Dicen que los hombres sólo vemos de frente y las mujeres en todas direcciones. Seguro estoy que ella, sin mirarme, sabía que yo deambulaba alrededor. Yo percibía que lo que ella hacía, lo hacía para mí, que se sentía halagada por mi obstinada atención, que se  estaba comunicando conmigo a través de sus amigas. Cuando abandonaron el mercado la seguí hasta su casa y descubrí donde vivía. Pasé dos semanas rondando la vivienda, intentando volver a verla. Apercibidos de mi presencia, los hombres de su familia no la dejaban salir, me miraban con desconfianza, si no con manifiesta hostilidad. No querían cristiano viejo cerca de su casa ni de sus mujeres. Pasaba las horas apoyado en el tronco de un cerezo, a cien pasos de la vivienda, esperando que surgiera el sol, mi sol, por la puerta. Entraba y salía gente de la casa, hombres y mujeres que no me querían, acabaron negándome hasta la mirada, como si yo no estuviera allí, como si fuera una molesta piedra o una mala yerba. No me querían.

Fragmento de "El salto del caballo verde", novela que transita entre el 1609, año de la expulsión de los moriscos del Reino de Valencia, y la actualidad. Disponible en Amazon 

4.0 de un máximo de 5 estrellas Me encantó esta novela 28 de diciembre de 2012
Formato:Versión Kindle
Traza una trama en dos niveles en el siglo 17 y la actualidad y describe muy bien el exodo de los moriscos a principios del siglo 17 despues de ser expulsados de España. Ademas de eso es una muy buena novela de aventuras que te lleva y hace que no quieras dejar el libro.
¿Qué más le puedes pedir a un libro?


miércoles, 22 de enero de 2014

Los libros de Alejandría


Cuando alcanzaron la nave, un grupo de hombres estaba intentando descargar uno de los bloques de mármol ayudándose de varias mulas. Bías llamó al capitán y este bajó inmediatamente.

- Amigo Artidón -dijo el joven-, este hombre que me acompaña es el sabio maestro Estridón de Nicea, que ha querido venir a darte las gracias personalmente por tu regalo para la biblioteca del Museo.

El capitán se sentía muy halagado por la presencia de tan ilustre personaje y no cesaba de hacer reverencias para demostrar su agradecimiento. 

- ¿Entonces, eres el dueño de este barco? -preguntó Estridón.

- Así es, señor, lo compré hace diez años a un armador de Frigia y desde ese día no he dejado de navegar por estos mares.

- ¿Sabes si ese frigio fue el constructor?

- No señor, me dijo que él se lo había comprado a un rico medo algún tiempo antes.

- ¿Cuántos años calculas que tiene tu embarcación?

- El vendedor frigio me aseguró que tenía dos años pero yo le calculo alguno más.

- No te la pienso comprar -dijo Estridón-. Dime lo que calculas de verdad.

- Cuando la compré no tendría menos de quince años.

- ¿Sabes algo de ese medo?

- No señor, nada me dijeron.

- ¿Tienes idea de dónde se construyó tu nave?

- Pues eso sí me lo dijo. Me aseguró que lo fabricaron en el puerto de Sidón con ricas maderas traídas del este. Sí. Es más, ahora recuerdo que me dijo que el constructor fue un hombre de mucha edad y enormes conocimientos. Me aseguró que entendía tanto de barcos como de estrellas. Sí, me dijo que había sido construido por un sabio -quedó un momento pensativo mirando el horizonte-. Sí, eso dijo. Son cosas que se dicen cuando se quiere vender algo. Yo no le hice mucho caso. 

- ¿Es un buen barco?

- En verdad, no tengo grandes quejas de él. Fue capaz de salir ileso de fuertes tormentas. Recuerdo una en el golfo de Siracusa..., y otra en las costas de Creta..., con olas de más de treinta pies. ¡Qué digo treinta!, ¡cincuenta al menos! Nos pasaba el mar por encima una y otra vez. Creí que no lo contaba. Toda la carga se fue al fondo y tres marineros también, pero el barco aguantó las embestidas y salió indemne. Cuando ya parecía que se iba a pique, totalmente escorado -decía acompañándose de las manos, para indicar la inclinación de la nave-, así, así, cuando ya estábamos resignados a morir, lograba otra vez saltar sobre las olas. Así estuvimos durante varias horas hasta que conseguimos superar la tormenta. Sí, hay que convenir que es una nave muy marinera. También las de mis hermanos, ¿eh?, ellos me contaron avatares semejantes y también los superaron con éxito.   

- ¿Las de tus hermanos son iguales a ésta?

- ¡Exactas!, se construyeron al tiempo y con los mismos planos. Tienen exactamente las mismas medidas y son igual de marineras. Sí, son buenos barcos.

- ¿Vienen tus hermanos por este puerto?

- Alguna vez vinieron y alguna otra vez vendrán si tienen carga para aquí.

- ¿Recuerdas alguna otra cosa que te contaran de ese constructor?

Artidón se tomó su tiempo. Mirando al cielo con un rictus de ignorancia y rascándose la barba con energía estuvo un rato en actitud de pensar.

- La verdad es que no -dijo al fin.

Pensando Estridón que ya no había más que indagar se despidió del capitán y volvieron sobre sus pasos.

Ya se alejaban entre la muchedumbre que abarrotaba el muelle cuando oyeron de nuevo la voz de Artidón que les llamaba,

- ¡Ah sí! -gritó-, ¡ahora recuerdo otra cosa! Me dijo el frigio aquél que ese constructor sabio tenía mucho más de cien años cuando hizo los barcos. Pero claro -concluyó haciendo un gesto de incredulidad con la mano-, son cosas que se dicen cuando se quiere vender algo.
Los libros de Alejandría
Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela sobre la famosa biblioteca de Alejandría que está disponible en formato de ebook en Amazon.
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miércoles, 15 de enero de 2014

Malintzin


Después de la batalla regresamos al real para reponernos y curarnos las heridas. Yo había recibido un flechazo feo en el muslo. Como otra cosa no había, tuve que suturar el corte con unto de un indio muerto y después apretar la carne con trozos de tela.

Los indios enviaron unos emisarios a la mañana siguiente con regalos, unas mantas y algunos objetos de oro. Dijeron que ya no nos darían más guerra pero nos rogaban que abandonásemos sus tierras. Cortés, por medio de Aguilar, les reiteró que nuestra presencia era irreversible, que habíamos sido enviados por el monarca más poderoso del mundo y traíamos el mensaje del único Dios verdadero. Que si aceptaban nuestra presencia ningún mal les acaecería, sino provecho y ventura. Pero si persistían en enfrentarnos serían severamente castigados, ellos y sus familias, pues ya habían comprobado que éramos invencibles. Se retiraron los emisarios y un tiempo después vinieron los caciques. Dijeron que aceptaban como su nuevo rey a aquel monarca lejano del que les hablábamos y que en adelante serían nuestros amigos. Para corroborar sus palabras nos trajeron más regalos y nos dieron veinte mujeres que ellos tenían como esclavas, para que nos sirvieran y nos hicieran la comida. Mis ojos se clavaron inmediatamente en una de ellas, creí que estaba contemplando a Sabelilla, una mujer que se quedó con mi corazón en España poco antes de embarcar. Sería de la misma edad, casi una niña. Tenía el mismo garbo, el mismo porte, la misma gracia en la mirada. Esas son cosas que se traen al mundo, no se pueden aprender.

Era Domingo de Ramos, fray Bartolomé ofició una solemne misa y después todos nosotros hicimos una procesión con los ramos. A continuación bautizó a las mujeres. Primero les dio una plática, por medio de Aguilar, para introducirlas en el conocimiento de la fe, y a continuación les administró el sacramento. A la que había concentrado mi atención le pusieron Marina. Ya habrás adivinado de quien estoy hablando, sí, de Malintzin, extraordinaria mujer que tanto nos ayudó. Estaba esclava de aquellos indios pero era princesa en su pueblo, su porte era estandarte de su cuna. Tardamos pocos días en comprender que aquel había sido otro regalo de Dios.

Clavamos una cruz de madera en el punto más alto, encargamos a los indios que cuidasen aquel símbolo de la fe, y volvimos a embarcar para continuar nuestro camino. Nosotros no sabíamos adónde íbamos pero parecía que nuestro capitán sí. Él nos guiaba con mano firme.
 
Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela que narra las conquistas de México y Perú, disponible en Amazon.
Con el alma entre los dientes (De Tenochtitlán a Cajamarca)
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jueves, 2 de enero de 2014

De Tenochtitlán a Cajamarca


El rey estaba muy deprimido:

-¿Ahora venís a buscarme? -dijo-, ahora ya no es tiempo. Mi pueblo ya ha elegido a otro rey, ahora obedecen a Cuitláhuac, a mí me han perdido el acatamiento. Hace varios días que han entronizado a un primo mío. Ahora es a él al que obedecen. Poco puede hacer Motecuhzoma.

Cortés insistió y le convenció para que dirigiera unas palabras a su pueblo. El Tlatoani accedió al fin y subió a una de las azoteas acompañado por varios capitanes. Estos le iban protegiendo con las rodelas para evitar que le alcanzase alguna piedra o dardo de los que no cesaban de lanzar.    

Medio tapado por los escudos y rodeado de tantos hombres, Motecuhzoma inició un discurso, pero enseguida un griterío frenético ahogó sus palabras. La gente que había abajo no quiso escuchar nada y reaccionó aumentando el lanzamiento de flechas y piedras. Una de estas se coló por entre el hueco que dejaban las rodelas e impactó sobre la frente del Tlatoani. Lo retiramos rápidamente con la sangre corriéndole por el rostro. Lo llevamos a su aposento y los sacerdotes intentaron hacerle una cura. Pudieron restañarle la sangre que le manchaba la cara, pero no la que le ahogaba el alma, jamás había imaginado que algún día su pueblo pudiera volverse contra él.

La mayoría de nosotros estábamos maltrechos, y los que se dedicaban a intentar sanarnos las heridas no tenían descanso. Con los de Narváez habían venido seis mujeres de Castilla, y ellas también contribuyeron en la defensa, la que más, una llamada María de Estrada, mujer aguerrida y brava, ya no muy joven, de gran fortaleza y ánimo extraordinario. No se cansaba de alentar a los hombres y de ocupar el lugar de alguno si lo veía desfallecer. Si cualquiera de los que combatían en primera fila caía herido, le ayudaba a refugiarse en el interior del palacio, y si era preciso lo cargaba sobre su hombro para trasladarlo a un lugar cubierto. Jamás la vi desfallecer en todos los días que duró el asedio. No la espantaban los indios porque ya había convivido cinco años con ellos. El barco en el que venía hacia La Española naufragó antes de llegar, y los supervivientes acabaron en una playa de la isla de Cuba cuando todavía no estaba pacificada. Los indígenas mataron a todos los hombres, y a ella un cacique la tomó como esclava. Estuvo viviendo así cinco años, hasta que la isla fue conquistada. Era más dura que muchos hombres.     

En el cuidado de los heridos se distinguió sobremanera otra de aquellas mujeres. Tan abnegada como la anterior, estuvo tres días trabajando sin descanso, día y noche sin dormir, suturando cortes y recomponiendo fracturas. Para las curas solo disponíamos de agua, paños, y poca cosa más. Ella ponía las manos sobre las heridas, musitaba unas oraciones, elevaba unas plegarias al Señor, y a las pocas horas las heridas cicatrizaban. Era cosa de admirar. Isabel Rodríguez se llamaba, como mi Sabelilla, ¡qué hubiera yo dado en aquellos momentos por sentir sobre mi cuerpo las manos de mi Sabelilla!

Había otros dos hombres que también curaban con ensalmos. Si no hubiera sido por ellos, muchos no habrían aguantado en pie los días de asedio. Tal vez todos habríamos muerto. ¿Quién puede saberlo?
Pero nadie pudo sanar a Motecuhzoma. El impacto le había destrozado el corazón, desde que fue herido dejó de hablar, se negó a comer y beber, rechazó los cuidados de sus servidores, se hundió en un pozo de desconsuelo.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela sobre la conquista de México y Perú, disponible en Amazon.
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En digital
CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]

En papel