jueves, 4 de diciembre de 2014

El infierno de los inocentes


La ciudad era un caos, edificios en ruinas, calles sucias llenas de cascotes, el paseo del puerto cubierto de polvo e inmundicias, las fachadas ennegrecidas, las palmeras tristes, hasta el cielo se veía agrisado y envuelto en nubes.  

Doce o quince mil desesperados se apretaban en los muelles. Dos días antes habían zarpado los últimos barcos salvadores. En la noche del martes 28, el Stambroock salió con destino a Orán con más de tres mil pasajeros, todos los que pudieron encaramarse a algún punto del navío, superando en mucho la capacidad permitida. Casi al mismo tiempo partió el Marítime con algunas autoridades, apenas unas treinta personas. Diez o doce mil personas enloquecidas quedaron en los muelles esperando otros barcos prometidos y nunca llegados.

En el Gobierno Civil, el Ayuntamiento y otros centros oficiales ya se había izado la bandera nacional. A media tarde entró en la ciudad la División Littorio, con el General Gambara a la cabeza. Unos motoristas precedían a varias tanquetas, después una decena de camiones cargados de soldados y detrás dos batallones desfilando marcialmente. Daniel y su hermano los vieron pasar por la Avenida Méndez Núñez, camino del Ayuntamiento. El gentío que se agolpaba en las aceras vitoreaba a las tropas con el brazo extendido. Alfonso empezó a entonar el himno de Falange y muchos le acompañaron a voz en grito. Cuando acabó el desfile fueron a la plaza del consistorio a escuchar los discursos de las nuevas autoridades y después se acercaron al puerto.

Los soldados italianos habían tomado posiciones cerrando todas las salidas. A la entrada del muelle los milicianos habían levantado unas barricadas con dos tanquetas rodeadas de sacos y tenían emplazadas varias ametralladoras. Detrás quedaban diez o doce mil hombres armados y completamente desesperados. Algunos todavía esperaban un milagro en forma de barco que viniera a recogerlos, pero empezó a extenderse el rumor de que algunos buques de la armada nacional se habían posicionado delante de la rada, y que ningún navío salvador iba a poder entrar para rescatarlos. Al ver aparecer por la bocana la quilla de una embarcación se hizo un silencio expectante que solo duró unos segundos, el tiempo de observar en el mástil la bandera nacional, era el minador Vulcano el que se acercaba a tierra transportando un batallón del Cuerpo de Ejército de Galicia. Se esfumaron definitivamente las últimas esperanzas de los milicianos.

Daniel escuchó un disparo proveniente del puerto, después otro, y otro más. Algunos hombres se estaban suicidando. Consumidas todas las salidas, liquidada definitivamente la esperanza, la vida ya no tenía ningún valor para ellos, preferían morir a ser apresados. Durante varias horas, mientras los vencedores negociaban una entrega incruenta, continuaron escuchándose tiros aislados. En las aguas del interior del puerto aparecieron varios cadáveres flotando. Finalmente, después de largas horas de tensas conversaciones, se llegó a un acuerdo y los atrapados en el muelle empezaron a salir, entregando sus armas. Algunos fueron conducidos a los castillos de Santa Bárbara y San Fernando, y la mayoría a un campo de concentración que se habilitó entre La Goteta y Vistahermosa. Le llamaron “campo de los almendros”.

Alfonso y Daniel retornaron a Santa Pola. Ahora sí, la guerra había terminado.

Fragmento de "El infierno de los inocentes", novela que trata sobre los niños que fueron enviados a Rusia durante la Guerra Civil y los jóvenes que fueron 4 años más tarde con la División Azul.
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sábado, 29 de noviembre de 2014

Antes de la Guerra Civil española, Rosa, 9 años, y Daniel, 12, vivían en Madrid y eran amigos. Cuando estalló la guerra, Rosa estaba pasando unas vacaciones en casa de sus abuelos, en Bilbao. Un año después, la República decidió enviar a unos 30.000 niños de entre 4 y 15 años a diversos países extranjeros para alejarlos de las bombas, 3.000 fueron a parar a Rusia. Rosita estaba entre ellos, fue para unos meses y estuvo casi veinte años.
Cuando Alemania invadió la Unión Soviética, en el 41, en España se organizó la División Azul para apoyar a Hitler, y Daniel se alistó voluntario. En Rusia cayó prisionero y estuvo 12 años en campos de concentración.
Estas dos vidas truncadas forman la trama de mi última novela, "El infierno de los inocentes". Dos vidas atrapadas entre dos guerras que casi se solaparon, causando infinito dolor, destrucción y muerte a millones de personas. Ocurrió hace tan poco tiempo que nuestros padres o abuelos sufrieron directamente sus devastadoras consecuencias. Conviene no olvidarlo para que no vuelva a suceder.


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domingo, 28 de septiembre de 2014

Los libros de Alejandría


En los meses siguientes la mayor preocupación de la reina pareció centrarse en la construcción del gran templo en honor a César. Antes de marchar a Roma ya había dejado las obras iniciadas, junto al gran puerto, y a su regreso se preocupó de que los trabajos se aceleraran. Era como si quisiera rendir un póstumo homenaje a quién ya no podría ver el santuario concluido. De ese modo, quien había sido asesinado en su tierra y por los suyos, recibía honores de divinidad en suelo extranjero.

El gran templo era su mayor empeño pero no el único, también se preocupaba de que avanzaran los trabajos de restauración de la Biblioteca. Las salas que se habían salvado del incendio se estaban rehabilitando pero la capacidad de almacenamiento había quedado muy reducida y la mayor parte de los libros o se habían llevado ya al Serapeo, o estaban en camino. Prácilo iba alguna tarde a seguir copiando “La vida de Alejandro”, pero nunca encontraba fuerzas ni tiempo para retomar la traducción que le encomendó Faleto. El papiro estaba en la nueva biblioteca, al otro lado de la ciudad, y nunca reunía ánimos para acercarse hasta allí. 

Por lo demás Cleopatra ejercía su poder y gobernaba procurando abstraerse de los problemas que se vivían en Roma. El asesinato de César no había llevado la calma sino que por el contrario provocó una nueva guerra civil entre sus antiguos aliados y los partidarios de los asesinos. Egipto mantenía una teórica independencia y continuaba siendo un país soberano aunque estuviera muy mediatizado por el poderío romano. Ante la incertidumbre sobre quién resultaría finalmente vencedor, la reina procuraba contemporizar con las dos facciones.   

Finalmente los cesarianos derrotaron a sus oponentes y pasaron a gobernar todo el imperio con un triunvirato. Pronto cayó uno de los tres, Marco Emilio Lépido, y todo el poder se lo repartieron Cayo Julio César Octavio y Marco Antonio. Éste último había librado sus últimas batallas en el oriente y tenía establecido su cuartel general en Cilicia. Una vez asentado su poder mandó llamar a Cleopatra, probablemente para asegurarse con aquel acto que Egipto se iba a mantener fiel a los nuevos amos.

La reina se puso inmediatamente en camino pero lo hizo a lo grande. Cruzó el mar hasta la desembocadura del río Cidno y desde allí remontó el cauce en una espléndida galera con popa de oro, con las velas púrpuras desplegadas al viento, acompañadas por el impulso de cien remos de plata. Los remeros se coordinaban al compás de la música de flauta, oboes y cítaras. Cleopatra iba sentada en trono de oro bajo un refulgente dosel, mientras era abanicada por varios efebos. A un lado y a otro, grupos de bellas muchachas desnudas que asemejaban a las nereidas y las gracias, contribuían a realzar aún más la armonía del conjunto. El aire se mantenía constantemente perfumado por exquisitos aromas. Cleopatra se había ataviado para el encuentro como la misma Venus. Era una mujer en su plenitud y para realzar su espléndida belleza no necesitaba más vestimenta que varias pulseras de oro en los brazos, una cadena de joyas que le rodeaba el cuerpo formando un aspa sobre el busto y el vientre, y un triángulo de brillantes perlas sobre el pubis. Los sacerdotes que acompañaban a la reina proclamaban en sus cánticos que Venus acudía a ser festejada por Baco para beneficio de Asia entera.

Cuando la nave arribó a su destino, Venus Cleopatra invitó a subir a bordo a Baco Marco Antonio y le agasajó con un suntuoso banquete. Bajo un gigantesco baldaquín recubierto por tapices de seda teñidos de púrpura y bordados de oro se colocaron lujosos triclinios para los generales romanos. La comida se sirvió en platos de oro macizo y la bebida en copas con incrustaciones de piedras preciosas. Todo el suelo se hallaba recubierto por un manto de pétalos de rosas tan espeso que cubrían los pies de los que caminaban sobre ellas. Un sinfín de esclavos nubios daban aire a los invitados con largos plumeros mientras las hetairas danzaban entre los triclinios al compás de una orquesta de cítaras y pífanos. Acostumbrado a la rudeza de su campamento militar, Marco Antonio sucumbió inmediatamente a aquel ambiente lujurioso. Envuelto por el aire perfumado, embriagado por el vino, embelesado por la amena y cálida conversación de la reina, y subyugado por su grácil figura, el romano estuvo pronto a coincidir con todo lo que Cleopatra propusiese.

Durante varios días permaneció la nave en Cilicia y durante todos ellos se repitieron los agasajos. Cuando la reina decidió que ya era tiempo de regresar a Alejandría, naturalmente Marco Antonio partió con ella.

Así los vio Prácilo cuando entraron en palacio rodeados por todo el séquito de sirvientes, sin dejar de lanzarse tiernas miradas, como dos enamorados adolescentes. El romano era un tipo alto y fuerte que irradiaba energía a su alrededor. A Prácilo le gustó su porte. Llevaba en el rostro la expresión de los que se hallan en la cúspide de la felicidad. También la reina aparecía radiante, con un semblante mucho más alegre del que había mostrado en los últimos tiempos.

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela que narra la vida de la Gran Biblioteca de Alejandría. 
Disponible en Amazon, en digital y en papel.

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LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA (Spanish Edition)

lunes, 30 de junio de 2014

¡Ya se van los españoles!

30 de junio de 1520, Tenochtitlan.

Cuando llega la media noche salen los españoles. Cuando llega la noche salen los tlaxcaltecas. Salen unos detrás de otros, se pegan unos a otros, marchan como un solo cuerpo en la oscuridad. Marchan en silencio, no quieren hacer ruido, es una multitud silenciosa. Cargan con puentes de madera, los van poniendo en los canales, sobre ellos cruzan los canales. Sobre ellos pasan el de Tecpantzinco, pasan el de Tzapoltlan, pasan el de Atenchicalco. Cuando llegan al de Mixcoatechialtitlan son vistos por una mujer.
-¡Mexicanos! Venid aquí. Venid presto. Ya se van. Vuestros enemigos se van a escondidas. ¡Venid Mexicanos!
En lo alto del Templo de Huitzilopochtli un hombre repite el grito:
-¡Mexicanos venid! Mexicanos, texcocanos, tlatelolcas, venid todos, venid pronto. Se van los enemigos. Venid todos, capitanes, guerreros, venid a prenderlos. Hay que ofrecerlos a los dioses.
Todos se alzan, todos acuden, con sus macanas, con sus flechas, con sus ondas. Los de tierra por la tierra, los de agua por la laguna, con sus canoas. Ya los alcanzan, ya los rodean, de un lado y otro. Ya les lanzan los dardos, de un lado y otro les caen los dardos. Como una lluvia del cielo caen los dardos sobre sus cabezas.
Cuando los que huyen llegan al canal de los toltecas es como si todos se hundieran, es como si el canal se los tragara. Ya no tienen puente, ya no pueden cruzarlo, unos a otros se empujan, los hombres, los caballos, todos se empujan, van cayendo al canal, unos tras otros van cayendo. Pronto el canal se ha cegado, con los cuerpos se ha cegado, los que vienen detrás pasan sobre los cuerpos de los caídos. Pisan cabezas, pisan brazos, van pasando sobre los cuerpos de los que están en el agua. Los mexicanos les van persiguiendo, les van matando, van tomando prisioneros para el sacrificio. Presos españoles, presos tlaxcaltecas. Cuando llegan a Popotla amanece, el sol ilumina la calzada cubierta por los cuerpos de los muertos, ilumina los canales cegados con los cuerpos de los muertos. Los que han escapado son perseguidos hasta Tacuba. Hasta Tacuba van siendo perseguidos.
Cuando el día está claro son acarreados los cuerpos de los muertos, los españoles, los tlaxcaltecas, los totonacas, los de Cempoala, todos son llevados hasta donde están los tules blancos. Allí son arrojados desnudos, han desnudado sus cuerpos. Allí arrojan sus cuerpos. Los cuerpos de los españoles son blancos, como los brotes del maguey, como las espigas blancas. Allí son arrojados sus cuerpos blancos. Allí llevan a las mujeres, allí llevan los caballos. Todos son arrojados allí.

Los hombres se apropian de todo lo que han abandonado en el miedo de la huida. Toman sus armas de hierro, sus cascos de hierro, sus escudos de hierro. Toman arcabuces, espadas, cañones, todo lo que ha caído al canal, lanzas, albardas, ballestas, cotas, corazas de hierro. Toman el oro, oro en polvo, oro en barras, oro en tejos, discos de oro, alhajas de oro. Toman collares de chalchihuites. Toman todo lo que han dejado en la huida.  


CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]

La Noche Triste

Se concertó salir a la noche siguiente. A toda prisa se fabricó un puente que nos permitiera salvar los canales que habían cortado. La idea era colocarlo en un canal hasta que pasaran todos y después levantarlo para llevarlo al siguiente canal, ya que solo hubo tiempo para fabricar uno. Era tan grande y pesado que hacían falta cuarenta hombres para transportarlo. La mañana de la partida, se puso todo el oro y las joyas que habíamos reunido en los meses que llevábamos allí en una de las salas, se llenaron unos fardos para que los transportaran los tamemes, y en una yegua se cargó gran cantidad de lo más preciado. Como aún quedaba mucho, y no se podía echar más sobre el animal ni había más fardos para llenar, el capitán dijo a los oficiales del rey, que para que no se perdiera ni cayera en manos de los mexicas, autorizaba a cada hombre a cargar con lo que pudiera llevar. Cada uno tomó lo que pudo y lo metió entre las ropas, se habían hecho lingotes muy pesados y no era fácil llevarlos. Alguno cargó tanto que caminaba con dificultad.
Se organizó el orden de marcha, nos encomendamos al Señor, y se dispuso todo para iniciar la salida cuando hubiera la máxima oscuridad, allá por la medianoche. Entonces eché en falta a Matías, pregunté a algunos pero nadie lo había visto desde hacía rato. Decidí recorrer las estancias de palacio por si le había ocurrido algún percance. Lo encontré en una de las más apartadas, durmiendo plácidamente en el regazo de su india gorda, con una expresión de bendita felicidad. Habían yacido durante toda la tarde y después se había quedado profundamente dormido. La mujer sabía que nos íbamos pero no quería despertarlo.
-¡Despierta! -le grité-, ¿qué haces ahí?, nos estamos yendo.
Me sonrió beatíficamente y dijo:
-¿Y qué más da?
Lo zarandeé para acabar de espabilarlo y tuvimos que correr para integrarnos en la tropa que ya esperaba nerviosa a que se abrieran las puertas.
Justo cuando nos incorporamos, abrieron el portón principal y se inició la salida.  
En vanguardia se colocaron los capitanes Gonzalo de Sandoval y Diego de Ordaz con veinte de a caballo, ciento cincuenta soldados y cuatrocientos tlaxcaltecas, llevando el puente prefabricado. Después iban Francisco de Saucedo y Francisco de Lugo, con cien soldados, y orden de acudir a donde hiciera falta su ayuda. En el centro de la columna iban Cortés, Cristóbal de Olid, varios capitanes más, Malintzin, doña Elvira la hija de Maxixcatzin, las mujeres de Castilla, la familia de Motecuhzoma, su hijo Chimalpopoca, dos hijas, un hermano, los prisioneros notables, trescientos tlaxcaltecas y doscientos soldados, Matías y yo entre ellos. Cerraban la marcha Pedro de Alvarado y Juan Velázquez de León, comandando al resto de la tropa, el grueso de los indios aliados, y las mujeres del servicio.                        
Fue la noche del 30 de junio de 1520. Al primer canal llegamos sin incidentes. El cielo estaba muy nublado, lloviznaba, marchábamos en silencio, procurando no alertar. Colocamos el puente y fuimos pasando al otro lado. Justo cuando estaba atravesándolo nuestro grupo, sonó como un aullido en la oscuridad, inmediatamente se organizó un estruendo de caracolas, trompetillas, atabales, y gritos anunciando nuestra partida. De todas partes surgieron miles de indios, por tierra y por la laguna con sus canoas, lanzando dardos y varas desde las azoteas, atacando con las macanas por la calzada, se nos vinieron encima por todos los lados. Concentraron su mayor ataque en el puente, con ánimo de quebrarlo, y eran tantos y con tanto ardor que no éramos capaces de rechazarlos. Tardaron poco tiempo en remover los maderos y nos dejaron divididos en dos grupos. Los que habíamos conseguido salvar el primer obstáculo nos encontramos con otro canal sin tener medios para pasarlo. Dos caballos resbalaron y se precipitaron al agua, tras ellos fueron cayendo otros hombres con sus armas, y parte de la artillería, y mujeres, y naborías, y tamemes con sus fardos. En unos pocos instantes se llenó el canal de personas que se aplastaban unas a otras. Muchos pasaron andando sobre los cuerpos de los que habían caído. Los que ya habíamos cruzado intentamos volver para ayudar pero había tantos indios cerrándonos el paso que tuvimos que desistir. A Matías le dieron un tajo en el brazo y le quedó inútil, no podía sostener la rodela. Le dije que se pusiera a mi espalda para protegerse y vino otro por detrás y le clavó una lanza en el costado. Cayó al suelo con un aullido de dolor. De un golpe sajé la cabeza del que le había alanceado y me defendí como pude de otros tres que me rodeaban. Cargué a Matías sobre un hombro e intenté alejarme, pero al momento se me vinieron encima los tres y me derribaron. Al caer al suelo, volvieron a alancear a Matías, si algo le quedaba de vida, allí la entregó. Al ver a mi amigo muerto y yo debajo de los tres indios a punto de sucumbir, me entró como un ataque de furia, empujé con más fuerzas de las que tenía a los tres hombres y los lancé hacia atrás, me incorporé de un salto y atravesé a dos con mi espada. Tan grande fue el esfuerzo que hice, que después quedé por unos instantes como inerte, casi no podía sostenerme sobre las piernas. El tercero me golpeó con su macana y volví a caer a tierra. Lo tenía encima dispuesto a descargar otro golpe cuando le asomó la punta de una espada por el pecho. La brava María de Estrada lo había atravesado con su acero. Me ayudó a incorporarme y tuve tiempo de cerciorarme de que Matías estaba bien muerto, al menos no tendría que sufrir el tormento de la piedra. Allí acabó su aventura, tenía veinte años. Demasiado joven para morir. Quizás es que Dios se lleva jóvenes a los que más aprecia.  
Los de a caballo volvieron grupas para intentar auxiliar a los que habían quedado cortados al otro lado del canal, pero la multitud de indios hacía imposible cualquier tentativa de lograrlo. Nos vimos obligados a seguir corriendo en dirección a tierra firme y abandonar a los demás a su suerte. Aún tuvimos que atravesar otro canal que pudimos vadear con el agua al cuello. Por allí los indios, aunque seguían persiguiéndonos, habían aflojado el acoso, parecía que se concentraban en acabar con los que quedaron aislados sin posibilidad de salir. Miré a los que venían detrás y vi a un pequeño grupo de seis tlaxcaltecas y cuatro soldados que acababan de salvar el segundo canal, corrían hacia nosotros perseguidos por un numeroso grupo de mexicas que les pisaban los talones. El que iba en cabeza era Pedro de Alvarado, el Tonatiuh, venía corriendo con la lanza en la mano y llegó el primero al tercer canal, cuando estuvo casi en el borde, apoyó la pica en el centro de la acequia y sujetándose a ella con fuerza, aprovechó el impulso que traía para dar un salto fenomenal y colocarse al otro lado de la calzada. Fue asombroso, pareció que volaba por encima del agua. Traía el rostro lleno de heridas y el blusón totalmente ensangrentado, creo que fue el último que pudo cruzar. Nos reunimos todos los que habíamos salvado el último obstáculo y continuamos la escapada todo lo deprisa que nos permitían nuestras maltrechas piernas.
Pasamos por Popotla sin detenernos, ya al final de la calzada, y no nos dimos un pequeño respiro hasta llegar a Tacuba. Allí intentamos organizarnos, pero era todavía de noche y estábamos desorientados, nadie sabía qué dirección había que tomar. Uno de los tlaxcaltecas dijo que él conocía la zona y podía sacarnos de allí evitando los caminos más transitados. Se puso en cabeza y proseguimos la marcha. Las primeras luces del alba del uno de julio de 1520, día de Santa Ester, nos alumbraron en las cercanías de un pequeño templo, allí Cortés mandó hacer un alto para intentar recomponer el grupo, hacer alarde, y saber cuántos eran los que no habían podido pasar. A primera vista, era fácil aventurar que no estábamos ni un tercio de los que habíamos iniciado la salida. A los primeros que echamos a faltar fue a la familia de Motecuhzoma y a los nobles que los acompañaban. Es de creer que fueron a por ellos antes incluso que a por nosotros. Malintzin y Aguilar, los farautes, habían conseguido salvarse. No estaba el capitán Velázquez de León, tampoco el capitán Francisco de Lugo. Busqué a Orteguilla y tampoco lo hallé, el pobre chico debió quedar atrapado en el canal. La Santa Madre de Dios lo acogería en su seno. Mucho lo sentí, le había tomado gran aprecio. Fue un chaval muy espabilado, su labor junto a Motecuhzoma nos fue de mucha utilidad. No se limitaba solo a traducir, aportaba sus opiniones y era apreciado por su buen juicio. Por su intermediación se allanó más de un conflicto. Tengo por seguro que hubiera llegado a ser un hombre de provecho si la fortuna lo hubiera respetado. En fin, no conocemos los designios del Señor.
A otro que se echó en falta enseguida fue al nigromante Blas Botello, algunos quisieron preguntarle si íbamos a poder escapar y cuando lo buscaron no lo hallaron. Su predicción de muerte resultó certera para él mismo.    
Contamos veintitrés caballos, todos heridos, de los más de ochenta que tuvimos. En palacio éramos mil cien hombres y seis mujeres de Castilla, allí hicimos un recuento de cuatrocientos hombres y María de Estrada, mi salvadora, tan brava que ningún indio pudo con ella. Unos pocos más fueron llegando durante las primeras horas, los que se habían extraviado por los maizales, heridos, maltrechos, a punto de desfallecer. De los tlaxcaltecas debieron caer unos dos mil, y de las mujeres de servicio creo que no salvó ninguna, los que venían en retaguardia fueron los más perjudicados, la mayoría cayó en la calzada, y unos pocos regresaron al palacio para intentar una resistencia desesperada e inútil. 

Toda la artillería se había perdido, todo el oro, la impedimenta, gran cantidad de armas, fue una noche muy triste. La noche triste.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", libro y ebook disponibles en Amazon.

CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]


jueves, 26 de junio de 2014

El 26 de junio de 1541 murió Francisco Pizarro.

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En el verano de 1537, le llegaron noticias de nuevos incidentes en Cuzco, esta vez causados por las desavenencias con Almagro. Cuando Martín regresó a España, lo hizo en el mismo barco que traía a Fernando Pizarro para visitar la Corte. El Emperador quedó tan satisfecho con el tesoro que trajo y con sus relatos de la conquista, que accedió a sus demandas y a las de su hermano. Confirmó las concesiones ya acordadas al gobernador Francisco Pizarro y añadió a su jurisdicción otras 70 leguas al sur de los límites anteriores. A Almagro le concedió el derecho de descubrimiento y posesión de hasta 200 leguas de las tierras situadas al sur de las de Pizarro. La expedición que organizó Almagro para descubrir los nuevos territorios resultó un completo fracaso. Al principio utilizó la calzada del Inca, pero después tuvo que internarse en los pasos de la cordillera, caminar por estrechos senderos que bordeaban barrancos vertiginosos, atravesar ríos caudalosos y bravíos, y soportar los intensísimos fríos de las alturas. Las bajas temperaturas mataron a decenas de indios y negros esclavos, algunos perdieron la vista, a otros muchos se les congelaron las extremidades. Al quedarse sin víveres tuvieron que comerse algunos caballos. Cuando salieron de la trampa de las montañas, solo encontraron nativos salvajes y aguerridos que les dieron cruenta guerra, y ningún oro del que pensaban hallar. A la vista de la dificultad de la empresa y de los nulos resultados decidieron volver. Tardaron dos años en recorrer más de dos mil kilómetros en condiciones extremas, salvando cumbres nevadas y áridos desiertos, perdiendo más de quinientos hombres, y exponiendo a todos los demás a seguir el mismo fin. Almagro volvió con la intención de asentarse en Cuzco, consideraba que la ciudad entraba dentro de la jurisdicción que le había sido acordada por el rey. La línea divisoria se había establecido en la costa, en la desembocadura del río Santiago, pero al prolongarla hacia el interior no quedaba claramente definida y se prestaba a las discusiones que efectivamente se produjeron. Cada bando pretendía tener razón y no había una autoridad que definiera exactamente los límites. A pesar de las enormes pérdidas aún contaba con fuerzas superiores a las que le podía oponer Fernando Pizarro. Entró en Cuzco, apresó a Fernando y Gonzalo Pizarro, y tomó posesión de la ciudad. 

Se sucedieron conversaciones entre los antiguos socios que se prolongaron durante meses. Finalmente Almagro accedió a liberar a Fernando Pizarro con la promesa de que este regresaría inmediatamente a España. Pero en cuanto estuvo con su hermano, se olvidaron del compromiso y prepararon un ejército para marchar sobre Cuzco. El 26 de abril de 1538, las tropas de uno y otro bando se enfrentaron en la llanura de Las Salinas, a menos de una legua de Cuzco. Las faldas de las colinas circundantes se llenaron de indios dispuestos a asistir al espectáculo de una batalla entre españoles, en la que por primera vez no tenían que exponer ellos sus vidas. Almagro era viejo y estaba muy enfermo, no podía montar y tenía que ser llevado en litera. Confió su ejército al mando de Rodrigo Orgóñez. La batalla duró poco, apenas un par de horas, las tropas de Fernando Pizarro se impusieron y Almagro fue hecho prisionero. La pelea fue breve pero cruenta, el campo quedó salpicado de los cuerpos de docenas de muertos, a media noche todos los cadáveres estaban desnudos, los indios que contemplaron la batalla desde las alturas, bajaron y se llevaron las ropas y las armas de los que habían caído.

Ahora era Almagro el preso y Fernando Pizarro el carcelero. Cuando la situación fue la opuesta, Almagro respetó la vida de su enemigo, pero esta vez las cosas ocurrieron de modo distinto. Pizarro no tuvo compasión, después de tenerlo algo más de dos meses en prisión, le sometió a un rápido juicio, se le condenó a muerte, y Don Diego de Almagro, conquistador, descubridor y Adelantado de Chile, fue estrangulado con el garrote, y su cadáver decapitado en la plaza Mayor de Cuzco.

Pocos días después, Francisco Pizarro entró en Cuzco entre vítores y fanfarrias. Ya no tenía ningún enemigo interno, los partidarios de Almagro perdieron todos sus privilegios y fueron dispersados; Pedro de Valdivia, con una nueva expedición, a Chile; Francisco de Olmos a la bahía de San Mateo; García de Alvarado a Huánuco.

Francisco Pizarro era el dueño y señor de todo el Perú, amasaba una inmensa fortuna, poseía encomiendas en las que tributaban 30.000 indios, era propietario de palacios, terrenos, rebaños, barcos y minas, y el rey le había otorgado el título de Marqués.

En el verano de 1541 le llegó la noticia de la muerte de Pizarro. Un grupo de diez o doce partidarios del hijo de Almagro, al mando de Juan de Herrada, fueron a su casa y lo abatieron a estocadas. El gobernador se encontraba en compañía de unos amigos y de su hermano de madre, Francisco Martín de Alcántara.  Cuando oyeron el tumulto, la mayoría de los invitados se apartó y dejó solos a los dos hermanos que, armados de sus espadas, se enfrentaron con arrojo al numeroso grupo de asaltantes. Martín de Alcántara recibió una estocada en el pecho que lo atravesó y cayó muerto. El viejo conquistador se defendió solo durante unos minutos, manteniendo a raya a los que querían acabar con su vida. A pesar de la edad, seguía manteniendo la energía y el coraje que había acreditado durante toda su vida. Conservaba la fuerza y la pericia con la espada que le habían hecho a vencedor de mil batallas. Pero los enemigos eran muchos, lo rodearon y le atacaron por todos lados. Lo cosieron a estocadas, en un brazo, en las piernas, en el pecho, una le sajó la garganta, la sangre manó a borbotones, viéndose morir pidió confesión pero se la negaron. Se llevó la mano a la herida, y con los dedos llenos de sangre trazó la señal de la cruz en el suelo. Después se desplomó sobre ella, muerto.  

Curiosamente, el jefe de los asaltantes era Juan de Herrada, el mismo que había actuado de abogado defensor en el juicio de Atahualpa.

CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES.
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Con el alma entre los dientes: De Tenochtitlán a Cajamarca

miércoles, 25 de junio de 2014

Junio 25, Santa Orosia.

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Seguramente las peregrinaciones existen desde que el hombre se bajó de los árboles. Cuando el homínido pensó que había algo más allá de donde alcanzaba su vista, se puso en marcha para descubrirlo.

La idea que tenemos del antiguo peregrino es de la de un esforzado varón que con su capa y su cayado se lanzaba con determinación al incierto albur de los caminos. Pero también algunas mujeres se atrevieron a enfrentarse a los peligros que acechaban a los intrépidos caminantes.  

La primera peregrina de la que se tiene constancia es Egeria, o Etheria, o tal vez Arteria o Geria, que todos esos nombres se le atribuyen. Vivió en el siglo IV, y fue una escritora galaica que dejó testimonio de sus viajes. Se la supone originaria de la provincia romana de Gallaecia y emparentada con Teodosio el Grande, el emperador que impuso el catolicismo como religión oficial del Imperio. Hay otros que piensan que podía ser hermana de Gala, la mujer de Prisciliano, y en consecuencia seguidora del priscilianismo. Lo que parece evidente es que era de origen noble, posición acomodada, gran religiosidad y amplia cultura. Entre el 381 y 384 recorrió los Santos Lugares, Egipto, Palestina, Siria, Asia Menor y Mesopotamia, dejando constancia del viaje en su libro Itinerarium ad Loca Sancta.

Otra pionera fue Bona de Pisa, canonizada por Juan XXIII en 1962. Santa Bona fue una monja que vivió en la segunda mitad del siglo XII, y parece que peregrinó a Santiago hasta nueve veces. Realizó tantas veces el camino que no es de extrañar que hiciera de guía de peregrinos. Por eso es la patrona de las azafatas.

Otra dama famosa que realizó la peregrinación fue Isabel de Portugal, nieta de Jaime el Conquistador, que lo realizó en dos ocasiones, hacia 1325. Después entregó importantes sumas de dinero para ayudar a los centros por los que había pasado en su recorrido. Dejó escrito que abril y septiembre eran los mejores meses para hacer la peregrinación. En eso estamos de acuerdo, siempre que no llueva en exceso. Ya se sabe lo que pasa en abril.

También hizo el camino Isabel la Católica, quien además mandó construir los hospitales de Ponferrada y Santiago.

Otras muchas construcciones se levantaron con el mecenazgo de reinas y nobles damas que previamente habían recorrido el camino. Por ejemplo, el puente de Puente la Reina, la iglesia del Santo Sepulcro de León, el hospital de Nájera o el de Sandoval.

Hay también historias trágicas en las que son protagonistas las mujeres.

Una de ellas es la de Santa Orosia, patrona de Jaca y Yebra de Basa. Nació en Bohemia en el año 855. A los quince años fue casada por poderes con el rey aragonés Fortún Garcés y marchó a reunirse con él acompañada por el obispo de Lusacia, su tío Acisclo, y por su hermano, el príncipe Cornelio. Al llegar a los pirineos, los vigías árabes avisaron de la llegada de la comitiva a Aben Lupo, “el hijo del lobo”, jefe renegado que dominaba con sus tropas el valle de Tena. Salieron a su encuentro, los localizaron en Yebra de Basa y los hicieron prisioneros. Lupo quedó prendado de la belleza de la joven y quiso tomarla por esposa. Otra versión dice que quiso ofrecerla a Muhammad al Násir, califa de los almohades, más conocido entre los cristianos como Miramamolín. En cualquier caso, Orosia se negó en redondo a abdicar de su fe y entonces, Lupo, intentó convencerla martirizándola. Primero mató a su tío y a su hermano, y como eso no la hizo cambiar de parecer, la emprendió con ella. Le cortó las manos y los pies, y finalmente la cabeza. Después esparció sus restos por el puerto.

Doscientos años más tarde, en 1072, un pastor llamado Guillén de Guasillo, recibió la visita de un ángel que le invitó a que le siguiera y le mostró el lugar en el que estaban los restos de la mártir. A continuación le ordenó que llevase el cuerpo a Jaca, donde se encuentra en la actualidad. Santa Orosia es la patrona de Jaca y de Yebra de Basa, celebrándose su festividad el 25 de junio.

En la actualidad, afortunadamente con menos riesgos, son muy numerosas las mujeres que se deciden a hacer el Camino. Incluso hay quien asegura que la ruta es más transitada por mujeres que por hombres.

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El Camino de Santiago para jubilad@s y gente de poco andar.
Disponible en Amazon.es y Amazon.com

martes, 20 de mayo de 2014

Tenochtitlan, año 1520, mes de mayo, Pedro de Alvarado decide atacar el primero.


Alvarado nos reunió y nos puso al corriente de lo que se estaba tramando. Nuestros amigos los tlaxcaltecas no tenían duda, cuando estuviéramos contemplando el baile, se lanzarían sobre nosotros y nos matarían a todos.

-Nuestro capitán nos ha enseñado cómo hay que actuar en estos casos. Debemos adelantarnos al enemigo. El que acomete, vence. Somos muy pocos para dejar que nos ganen la mano, si les dejamos la iniciativa estaremos perdidos. Santiago ayuda a los valientes. La fiesta la van a celebrar en el patio del templo, dejaremos que entren y después bloquearemos las salidas. En eso nos ayudarán nuestros aliados, ellos se ocuparán de cortar la retirada. Nosotros rodearemos a los celebrantes, a mi señal les caeremos encima, sin piedad, pensad que son ellos o nosotros. Debemos actuar antes de que estén preparados. Que no escape nadie. Acabaremos con todos ellos y eso servirá de escarmiento para los demás. No podemos permitirnos la más mínima concesión. Dios nos ayudará como tantas otras veces.

Los celebrantes llegaron por la tarde y enseguida empezaron a aderezar a su ídolo, estuvieron toda la noche con sus ritos y adoraciones. Al alba iniciaron los cantos. Habría unos doscientos entre bailarines y músicos. Otros dos mil se sentaban en círculo alrededor. Nosotros nos preparamos, nos habíamos situado detrás de ellos, los tlaxcaltecas se ocupaban de cerrar las salidas. Cuando empezaron a bailar nos fuimos aproximando al centro del patio. Nos colocamos cerca de músicos y danzantes y aguardamos la señal. Nuestros aliados nos habían avisado que habían introducido armas y las tenían en algún lugar próximo. No podíamos darles la menor oportunidad de alcanzarlas. Cuando Alvarado dio la señal nos lanzamos sobre los bailarines con furia, todos eran guerreros y no había que dejarles reaccionar. A cuchilladas y lanzazos acabamos con ellos. Los tlaxcaltecas, a su vez, se encargaron de eliminar a los que estaban sentados.

Cuando los que esperaban fuera comprendieron lo que estaba pasando, se pusieron a gritar, a ulular dándose golpes en los labios, a llamarse unos a otros, y a insultarnos. Inmediatamente nos cayó una rociada de flechas y piedras. Tuvimos que retroceder y refugiarnos en el Palacio. Allí los contuvimos momentáneamente, pero quedamos rodeados.

Acudieron a millares, con sus macanas y lanzas se nos entraban por todas partes, con tanto ímpetu que teníamos que avivarnos para tapar las acometidas. Colocaron escalas para saltar los muros y nos metieron fuego por varios lugares. Desde fuera nos lanzaban tanta flecha y piedra que nos hirieron a más de una docena. Así nos tuvieron cuatro días, dándonos tanta guerra de día y de noche, que teníamos que dormir vestidos y con las armas en la mano. Alvarado demandó a Motecuhzoma que calmara a sus súbditos. El rey accedió y subió a la azotea acompañado por Itzcuauhtzin pero casi no le dejaron hablar, en cuanto inició la plática le lanzaron una rociada de piedras, decían que ya no le tenían respeto, que se había entregado a los extranjeros, se tuvo que poner a cubierto para no ser herido.

Nos aislaron, pusieron obstáculos en las calles, cegaron las acequias, nos cortaron los suministros. Solo algunos fieles al rey conseguían colarse para traer alimentos. Al que descubrían, lo mataban en el acto. No teníamos noticias de Cortés, nuestra esperanza era que regresaran pronto, pero ni siquiera sabíamos si ellos estaban a salvo. Nos quedamos sin víveres y casi sin agua, todos estábamos heridos en mayor o menor grado y prácticamente exhaustos de tanto pelear. Un día prendieron fuego a las puertas de entrada, los oíamos ulular al otro lado, sentimos que estaban a punto de entrar y que acabarían con todos, ya no nos quedaban fuerzas para enfrentarlos. Nos encomendamos al Señor y nos dispusimos a entregar nuestras almas. De repente, entre la espesa humareda vimos como una luz que parecía llegar del cielo, un resplandor sobrenatural, los indios también lo vieron y detuvieron el asalto, aturdidos, dejaron de acosarnos y se retiraron. Ese día ya no volvieron a darnos guerra y pudimos recuperar el ánimo.
Con el alma entre los dientes: De Tenochtitlán a Cajamarca

CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES. A la venta en Amazon.es y Amazon.com

En el mes de mayo de 1520 se produjo la matanza del Templo Mayor de Tenochtitlan.
 
Los mexicas quieren la fiesta de Huitzilopochtli, van a ver a Motecuhzoma y le dejan la petición. Motecuhzoma habla con Tonatiuh El Sol, le dice, ha llegado la fiesta de nuestro dios, quieren subirlo al templo, harán incensaciones, bailarán, cantarán, un poco de ruido, eso será todo. El Sol dice, está bien, el español quiere ver la fiesta, quiere ver en qué forma se festeja. Ya las mujeres se ponen a moler la semilla de chicalote, las mujeres que ayunan todo un año, muelen las semillas en el patio del Templo. Al caer la tarde comienzan a dar forma humana al cuerpo de Huitzilopochtli. Lo hacen con la semilla de bledos de chicalote, lo van haciendo. Lo ponen sobre un armazón de varas y lo sujetan con espinas. Ya van componiendo la figura. Ya han compuesto la figura. Ahora lo empluman, le ponen el tocado mágico de plumas de colibrí, le pintan la cara, le pintan los ojos, le colocan sus orejas de turquesas, de ellas cuelgan anillos de oro. Le incrustan la nariz hecha de oro, de ella cuelgan anillos de oro. Le ponen al cuello el aderezo de plumas de papagayo amarillo, lo cubren con su manta en forma de hojas de ortiga, le ponen el chaleco y el paño de color azul cielo en la cintura. En la espalda lleva la bandera color sangre, la bandera teñida de sangre. Le colocan el escudo adornado con plumas finas de águila, el escudo teñido de sangre. Al igual que la bandera, está teñido de sangre. Lo preparan durante toda la noche. Vienen los guerreros jóvenes, los más bravos guerreros se sientan alrededor, esperan al alba.

Cuando va a amanecer, los que han hecho voto de ayuno, los que han ayunado durante un año, le descubren la cara, lo inciensan, le colocan delante toda clase de ofrendas. Le ofrecen semilla de bledos apelmazada y comida humana.

Todos están en el patio del templo, allí están todos reunidos, los guerreros jóvenes están reunidos en el patio. Se inicia la música, ya suenan las flautas, suenan los caracoles, suenan los tambores, los teponastles. Se inicia el canto y la danza del culebreo.

Los que han ayunado una veintena, los que han ayunado un año, van al frente, presiden la danza. Los que han ayunado un año son venerados, ellos son los hermanos de Huitzilopochtli. Va guiando el baile Cuatlázol, de Tolnáhuac. Ahí van los grandes capitanes, ahí van los más valientes. Van los guerreros águilas, van los guerreros tigres. Detrás van los jóvenes, los que no han hecho prisioneros, son los que llevan el mechón largo. Ahí van también los que han hecho prisioneros con ayuda ajena. Van los guerreros jóvenes que ya hicieron un cautivo. Van bailando todos los guerreros.

Los españoles los miran, los españoles los están mirando. ¿Qué están pensando? Han cerrado las puertas, han cerrado todas las entradas. La entrada del Águila, la de Acatl Iyacapan, la de Tezcacoac, todas están cerradas, ya nadie puede salir. Los españoles entran al Patio Sagrado con sus espadas de hierro, con sus escudos de hierro, con sus cascos de hierro. Rodean a los danzantes, rodean a los músicos, de repente inician la matanza. De un tajo cortan los brazos del que toca los atabales, de otro tajo le cercenan la cabeza, ya rueda su cabeza. Ávidamente se lanzan sobre los guerreros, hunden sus espaldas, sajan, cortan cabezas, cortan brazos, brota la sangre de los cuerpos jóvenes. El suelo del patio es una charca de sangre joven. Los hombres corren, intentan ponerse a salvo, buscan las salidas. No pueden, las salidas han sido cerradas, las espadas de hierro los alcanzan, se hunden en sus cuerpos, desparraman sus entrañas, la sangre es un manantial desbordado.

Uno tras otro, han muerto los capitanes. Uno tras otro, han muerto los mejores guerreros. Todos han muerto.  
Con el alma entre los dientes: De Tenochtitlán a Cajamarca
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domingo, 30 de marzo de 2014

Los libros de Alejandría


El día del festejo, antes de que el sol llegara a su cenit, le envió Teo un carro ligero para recogerlo en el Museo y trasladarlo hasta su residencia. Bías se vistió con una clámide blanca que sujetaba con un broche de oro sobre su hombro derecho. La prenda le llegaba por las rodillas dejando al aire sus musculadas pantorrillas. Calzaba sus pies con unas sandalias de cuero bermellón y sujetaba el cabello negro y rizado con una fina cinta dorada.

El auriga, un joven escita de pequeña estatura, condujo el poderoso corcel con maestría por la calle Soma, atravesándola de punta a punta. Pasaron por delante del Mausoleo de Alejandro y continuaron en línea recta hasta la salida sur de la ciudad. Una vez fuera de las murallas se dirigieron hacia el oeste bordeando el lago y al cabo de un rato alcanzaron la entrada de la villa del padre de su amigo. Pasaron entre dos columnas dóricas de mármol blanco y recorrieron un largo camino flanqueado de palmeras hasta llegar a la entrada del edificio principal. 

El esclavo detuvo el carro delante de una ancha escalinata que daba acceso a un caserón de piedra rosácea, que más parecía un templo por sus dimensiones y monumentalidad. Al final de la escalera, una barandilla de piedra se extendía a ambos lados, adornada cada pocos pasos por estatuas de dioses griegos y egipcios. Dos esclavas nubias ataviadas con túnicas amarillo azafrán lo recibieron en la puerta y lo acompañaron por un patio interior en el que destacaba una enorme fuente coronada por una estatua del dios Helios representado conduciendo un carro tirado por cuatro poderosos caballos. El patio daba acceso a las habitaciones de la casa pero las esclavas le dirigieron hacia la parte derecha y pasaron por un pequeño arco para acceder a una gran terraza que dominaba un extenso valle. Desde allí podía observarse un ejército de caballos retozando, comiendo y corriendo por la planicie. 

Teo salió a su encuentro sonriente saludándole con un efusivo abrazo y le acompañó a presentarle a su padre. Parmenio de Pella era un hombre grande y macizo que lucía una abundante cabellera gris de león que le hacía parecer aún más voluminoso. Tenía el aspecto de los que están acostumbrados a mandar y no aceptan una negativa a sus deseos. Hablaba con voz muy fuerte y se mostró con el joven tan afectuoso o más que su hijo. Se sentía muy feliz de recibir en su casa a un campeón de los juegos de Olimpia.

Desde el privilegiado observatorio en que se encontraban le fue señalando con orgullo los ejemplares que criaba. 

-Tengo los mejores caballos de Egipto -le decía-, y probablemente los mejores de todo el mundo heleno. Llevo treinta años mejorando la raza y ahí abajo tienes el resultado. Cuando volví de las campañas de Asia, Ptolomeo Sóter me concedió estas tierras y una docena de caballos y mira lo que tengo ahora. Observa aquella yegua blanca de largas crines. O aquel zaino brillante. ¿Has visto algo más hermoso en tu vida? Mira con qué elegancia se mueve. Es un campeón.

Bías aprobaba con gesto admirativo lo que iba diciendo su anfitrión.

-Me los cuidan mis esclavos escitas. Son, sin duda, los mejores jinetes del mundo. Idóneos para estos menesteres. Ten siempre presente que de todas las propiedades del hombre, la mejor, la más importante y beneficiosa, es el esclavo. Tan solo debes preocuparte de elegir con sagacidad y buen juicio. No todos valen para todo. Estos escitas son los mejores para los caballos porque aprenden a cabalgar antes que a andar. Sus madres los paren a caballo. Viven sobre los caballos. Son nómadas que en sus tierras se desplazan constantemente de un lugar a otro, montan sus tiendas sobre grandes ruedas y las atan a la grupa de los caballos, y así pasan más tiempo cabalgando que andando. Son capaces de manejar el arco y las flechas con precisión sin dejar de cabalgar. Son unos salvajes pero hemos podido domesticarlos..., hasta cierto punto, nunca puedes estar seguro del todo de que no se les desmande su bronca naturaleza. Por eso sólo tengo los justos para las necesidades de las caballerías, ni uno más. Procura siempre tener a tus esclavos repartidos entre gentes de pueblos distintos, así conseguirás que no hagan causa común y te evitarás problemas. Yo tengo escitas, nubios, tracios, frigios, y de algún otro pueblo, y entre ellos ni se entienden. Es lo mejor. Estos escitas que ves ahora tan aparentemente pacíficos son hijos de terribles guerreros y esa herencia la llevan impregnada en cada poro de su piel. Sus padres y sus hermanos en libertad se beben la sangre de sus víctimas cuando todavía están vivos para apoderarse completamente de sus fuerzas. Utilizan los cráneos de los enemigos e incluso los de su propia gente como vasijas para beber. 

- Es natural -comentó Bías-, si están todo el tiempo desplazándose no podrán dedicarse a la alfarería.

Parmenio rió con una carcajada estruendosa.

- Sí, así es, sólo tienen tiempo de cortar cabezas. ¿Sabías que antes de empezar una batalla se concentran para intentar derrotar al enemigo con la  fuerza de la mente, enviándoles deseos de muerte? Sólo cuando comprueban que los pensamientos no surten el efecto deseado es cuando se lanzan al ataque.

- ¿Y alguna vez han podido obviar la batalla con ese método? -preguntó el joven.

Parmenio volvió a reír atronando el espacio.

- Creo que no, amigo Bías, y además me temo que no les gustaría hacerlo. ¡Les encanta luchar! Se sentirían frustrados si ganasen alguna batalla sin cortar cabezas. Pero de lo que no hay duda es que no hay quien les iguale con las caballerías.

- ¿Ni siquiera los sibaritas? -preguntó el joven.

- Nooo -dijo haciendo un gesto de negación con la mano-, esos eran jinetes de parada y alarde, pero nunca habrían sido capaces de disparar el arco con la montura al galope..., no, no, ya sabes lo que les pasó con los de Crotona.

Bías puso cara de no saber.

- La fama de los de Síbaris se debe a que amaestraban a sus caballos para que obedecieran a la música. Así, las tropas avanzaban, se replegaban, o se desplazaban a un lado u otro, según los sones de las trompetas. Esto impresionaba y desconcertaba a sus enemigos en las batallas. Pero cuando se enfrentaron a sus vecinos de Crotona se encontraron con que estos se habían aprendido bien la lección. Conocían los acordes que utilizaban los sibaritas y al empezar la batalla se pusieron a interpretar órdenes contradictorias. Los caballos se desorientaron y se produjo tal desbarajuste en la formación de los de Síbaris que fueron derrotados fácilmente.     

Sin dejar de reír echó su brazo sobre el hombro de Bías y lo empujó hacia la zona de las mesas mientras el olor a carne asada empezaba a esparcirse por el aire.
 
Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela que transcurre durante el tiempo que permaneció activa la mítica Biblioteca de la Antigüedad.
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Los libros de Alejandría

viernes, 7 de marzo de 2014

Me quedé en Tánger


René estuvo eufórico durante unos cuantos días. Se sentaba a la puerta de la librería y tocaba el himno de Riego una y otra vez. Eso lo hacía cuando sabía que mi madre no estaba en casa, si yo le decía que estaba arriba no se atrevía, porque ella siempre había sido monárquica y se había apenado mucho con la expulsión del Rey. Andaba triste pensando qué sería del pobre hombre fuera de su país.

- Yo sé lo que es eso –decía-, yo tuve que dejar mi casa, mi padre recién fallecido, mis amigas, mis vivencias…, es muy duro hijo. Tú no lo entiendes porque para ti esta es tu tierra. Llegaste tan pequeño que no has conocido otra cosa, tienes aquí tus primeros recuerdos, tus sensaciones infantiles, esas que te marcan para toda la vida. A pesar de mi edad todavía recuerdo con nostalgia el pueblo y pienso mucho en las amigas de la infancia que no he vuelto a ver. ¿Qué habrá sido de ellas? La infancia y la pubertad son edades muy bonitas, hijo, cuando te arrancan de ellas es como si te arrancaran las raíces y ya durante toda la vida te encuentras como que te falta apoyo.

Siempre que se ponía melancólica acababa sus reflexiones dando un profundo suspiro y se quedaba mirando las aguas de la bahía, como si el mar pudiera traerle aquellas imágenes que extrañaba y que probablemente ya debía tener muy alteradas.

Con el transcurso de los años se van modificando los recuerdos, a lo mejor lo que guardaba en su memoria era distinto de lo que realmente vivió en su niñez. Lo que experimentaba profundamente era la sensación de la falta de algo muy querido. Era el desarraigo que se produce en el alma cuando te obligan, de un modo u otro, a abandonar tus primeras vivencias. Todo exilio es un desgarro.

Aunque en su nueva tierra las cosas le habían ido bien, conservaba en el fondo de su ser esa intensa llama de nostalgia que nunca se apaga del todo. Y le afloraba de tarde en tarde.

Fragmento de "Me quedé en Tánger", novela que se desarrolla entre la ciudad de Tánger y el norte de Marruecos durante la mayor parte del siglo XX. Está disponible en Amazon en formato digital y en papel.
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Me quedé en Tánger

miércoles, 26 de febrero de 2014

Artículo en el Boletín Mensual de Amazon.


Su voz

Luis Molinos, autor de KDP

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Luis Molinos, autor del libro La frontera de los dioses, comparte sus experiencias con Kindle Direct Publishing.

"Mi afición a la literatura comenzó muy pronto, cuando era todavía un niño. Primero me aficioné a la lectura y en seguida tuve la ilusión de emular a aquellos que escribían libros tan fascinantes. Comencé escribiendo poemas y relatos cortos, pero nunca me atreví con una novela, me parecía una montaña imposible de escalar. Después hice una carrera técnica y desarrollé mi vida profesional en un entorno que me exigía el máximo esfuerzo y dejaba poco espacio para la literatura. Mi afición quedó latente durante mucho tiempo. Hace una docena de años hice el Camino de Santiago y al regreso me puse a escribir la experiencia. Cuando me di cuenta tenía un libro. Desde entonces no he dejado de escribir. Hasta el momento llevo publicados diez libros. Todos están disponibles en Amazon.

Escribir requiere esfuerzo y tesón, una novela se completa después de una labor exigente y continuada de muchos días, semanas y meses. Incluso años. Un escritor consagrado decía que una novela se hace con un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de trabajo. Hay que tener ilusión por lo que se hace y no desfallecer en el trayecto. En ese sentido la experiencia del Camino me resultó de gran ayuda. También para completarlo es necesario un esfuerzo continuado durante muchos días y eso hace que encuentres en tu interior fuerzas que tú mismo desconocías.
Para escribir hay que leer mucho. Para poder ubicar un argumento en un contexto histórico, aunque sea contemporáneo, es necesario documentarse exhaustivamente. Me interesan muchos temas, pero quizás priman los que tienen que ver con las migraciones forzadas de las personas, con el desarraigo que se produce cuando la gente, por circunstancias ajenas, es obligada a abandonar la tierra donde ha nacido. La historia está llena de expulsiones, más o menos violentas.
Antes de descubrir la publicación independiente, había publicado cuatro libros en papel. Hay gran diferencia entre la edición clásica y la edición independiente. Los aspectos más positivos de la segunda opción son la libertad de acción y la inmediatez de la información sobre tu libro. Cuando firmas un contrato con una editorial, el libro deja de ser tuyo durante el periodo acordado. Con la auto publicación siempre se mantiene el control. Amazon KDP nos informa al instante del desarrollo de las ventas, cosa imposible con una editorial tradicional, que solo lo hace una vez al año, y de un modo que precisa de un auto de fe, ya que el escritor es un mero sujeto pasivo sin ninguna posibilidad de intervención en el proceso. Mi experiencia con Amazon KDP, puedo decir que ha sido muy positiva.
Las nuevas tecnologías han revolucionado el proceso editorial, pero lo más importante es que han contribuido a difundir la lectura, al hacerla más accesible a mayor cantidad de lectores. Indudablemente ofrecen muchas ventajas. Los que nos hemos criado con el papel disfrutamos de la lectura en el formato tradicional, pero cuando lees en un soporte digital tienes acceso a otra serie de utilidades, tamaño, manejabilidad, capacidad de almacenamiento, precio, adecuación del tamaño de letra, etc., todo parece indicar que se va a imponer y el libro clásico acabará siendo un objeto de lujo. Cuando los niños se acostumbren en la escuela a estudiar solo con ordenadores, van a ser poco propensos a leer en soportes de papel.
Por poner una sombra en este universo feliz, creo que las nuevas tecnologías van a cambiar no solo la edición, sino hasta la forma de leer. Es posible que el lector demande textos más cortos o más simples, para poder interactuar cuanto antes con otros lectores. Hay tantos estímulos que todo se hace más urgente y más breve. Pero lo importante es leer, la lectura alimenta la imaginación y mejora la inteligencia. Lean mucho y disfruten con la lectura."
--Luis Molinos

viernes, 21 de febrero de 2014


La pregunta le sonó impertinente. ¿Qué le importaba a aquel viejo andrajoso lo que estaba haciendo allí? Pensó inventarse cualquier historia. Estaba haciendo turismo, conociendo el país, recorriendo las playas, buscando lugares para fotografiar, investigando los sitios donde hubiera buena pesca, estudiando las aves marinas, mil cosas. Cualquier historia le iba a parecer bien a aquel vejestorio medio cegato. ¿Cómo le iba a contar el motivo que le había llevado hasta allí?

- Verás, esta torre la he estado viendo en sueños durante muchos meses –se sorprendió al oír sus propias palabras y al mismo tiempo lo encontró divertido, decidió contarle todo, total, el viejo no se iba a enterar-. Llevo meses soñando cada noche con esta playa, exactamente con esta misma playa que nunca antes había pisado. Lo creas o no, lo cierto es que llevo viendo este lugar, mientras duermo, desde hace mucho tiempo. Cada noche se me reproduce la visión de esta ensenada, y como jamás había estado aquí, pensaba que no existía. Hace un par de días, paseando por Madrid, vi por casualidad un póster de propaganda que reproducía exactamente el paisaje de mis sueños y puedes imaginarte mi asombro al descubrir que este lugar era real. Intenté averiguar dónde se hallaba y tuve suerte porque tropecé con un hombre que era de la zona, un paisano tuyo, a lo mejor hasta lo conoces, trabaja en la Embajada de Marruecos en Madrid, no me dijo su nombre pero me contó que se había bañado muchas veces en estas aguas. Es un tipo de expresión fosca pero amable en el fondo. Me indicó con exactitud cómo llegar hasta aquí. Me monté en la moto y me vine derecho, he llegado muy bien, sin problemas. Quería estar en el lugar de mis sueños. De mis sueños… Nunca se habrá dicho esa frase con mayor juicio.

El hombre había escuchado la larga parrafada con atención, como si se estuviera enterando. Se pasó la mano por la cara, miró a su alrededor y dijo:

- Esta torre más vieja, más. ¡Antigua!

- Eso parece, sí, estas atalayas de vigilancia se construían para proteger el territorio de los invasores y de los piratas. Supongo que será de la Edad Media.

- ¿Media?, no, más vieja, más. Esta torre guarda secreto.

Santiago lo miró con gesto de extrañeza. “Ven”, dijo el viejo y lo llevó hasta el otro extremo del recinto. Le mostró una oquedad en la pared del muro en la que podría esconderse una persona agachada. Le explicó que la había descubierto él gracias a una de sus cabras, “¡ésta!”, y le señaló concretamente a la responsable. El animal había estado comiendo yerbas alrededor de una piedra que desplazó con la testuz. Al ver que se podía mover, él la extrajo totalmente y descubrió que detrás estaba hueco. Era una alacena que guardaba unas armas, utensilios de cocina, herramientas, y tres libros grandes, “¡antiguos!”. Le contó el hallazgo a un primo suyo que vive en Tánger, un hombre muy sabio, un ulema, El Hach Sidi Amselam, hijo de una prima. Vino enseguida a verlo, se entusiasmó con el descubrimiento, y le dio un buen dinero por el lote. Lo que más le gustó fueron los libros. Los estuvo hojeando delante de él y dijo que uno de ellos estaba escrito por un prisionero que había estado recluido en el torreón hacía muchos años. Un hombre que había venido de España, de un pueblo llamado Denia.

Fragmento de "El salto del caballo verde", novela que transita entre 1609, año de la expulsión de los moriscos del Reino de Valencia, y la actualidad.
Está disponible en formato libro electrónico en Amazon.es y Amazon.com

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El salto del caballo verde

jueves, 13 de febrero de 2014

Con el alma entre los dientes


Uno de los barcos hacía aguas y hubo que ponerlo en seco para carenarlo, lo que hizo que nos detuviésemos allí unos días. Los indios de la isla se mostraron amistosos y trajeron comida a cambio de collares. Cortés tenía noticias de que en la tierra que veíamos enfrente habían naufragado varios hombres unos años atrás, y que alguno de ellos continuaba con vida. Como estaba muy interesado en localizarlos, escribió una carta y la envió con unos indios, junto a unos collares de cuentas para el rescate. Partieron en una canoa y regresaron a los pocos días diciendo que sabían dónde vivían dos españoles pero que no los habían podido traer. Cortés entonces decidió ir a por ellos, y como ya estaba reparada la embarcación, nos ordenó hacernos a la mar. Justo cuando partíamos se desató tan gran temporal que no hubo más remedio que regresar a refugiarnos en el ancón para pasar la noche y aguardar hasta que se calmasen las aguas. A la mañana siguiente, ya con la mar serena, y prestos a partir, vimos venir una canoa con tres indios. Detuvieron el bote cerca de donde estábamos y bajaron a tierra, venían desnudos, salvo unos taparrabos que les ocultaban las vergüenzas, y portaban arcos y flechas. Dos se quedaron en la orilla, como atemorizados, y el tercero se acercó decidido a nosotros, alzando los brazos y gritando. Era cenceño y cárdeno, y llevaba el pelo trasquilado al modo de los indios esclavos. Al ver que venía hacia nosotros tan decidido y alegre, con aquella forma de gesticular y gritar, pensamos que no estaba en sus cabales. Hasta que estuvo muy próximo no entendimos qué decía. Aunque tenía un acento lastimoso logramos descifrar algunas de sus palabras:

-¡Dios!, ¡Santa María!, ¡Sevilla!

Se arrodilló y elevó los brazos al cielo dando gracias al Altísimo.

Por su aspecto todos le habíamos tomado por indio, pero era uno de los españoles perdidos. Llevaba ocho años entre los indígenas y tenía que hacer esfuerzos para expresarse en castellano. De los naufragados solo sobrevivían dos, él y otro que no quería venir. Intentó superar las dificultades que encontraba para volver a expresarse en castellano, y nos relató su aventura poco a poco:

"-Jerónimo Aguilar me llamo, natural de Écija, franciscano. Ha ocho años, estando en el Darién, estallaron conflictos entre Diego Nicuesa y Vasco Núñez de Balboa. Partimos con el regidor Valdivia en una carabela para dar cuenta a don Diego Colón de lo que estaba aconteciendo, pero cerca de Jamaica la embarcación empezó a hacer aguas y se nos fue a pique muy rápido. Llevábamos un cargamento de quince mil pesos de oro para la corona, todo se perdió, junto a la vida de gran parte de la tripulación. Solo nos salvamos veinte, entre hombres y mujeres, tuvimos que apretarnos en un pequeño esquife, nos encomendamos a Dios, y nos dejarnos arrastrar por las corrientes. Estuvimos catorce o quince días a la deriva, sin agua ni comida, la mitad murieron antes de arribar a la costa. Cuando al fin alcanzamos tierra firme, nos asaltaron los indios y nos llevaron prisioneros. El capitán y otros cuatro acabaron en la piedra del sacrificio. Mientras los comían, tres hombres y dos mujeres pudimos escapar. Anduvimos errando hasta que caímos en manos de otros indios menos sanguinarios. Nos tuvieron de esclavos, trabajando como bestias para ellos. Las dos mujeres y uno de los hombres murieron pronto, extenuados. Al final solo sobrevivimos dos, el Señor sabrá por qué. Todos los días, sin faltar ninguno, le rogué para que pudiera retornar con los míos. ¡Alabado sea Dios! Por fin habéis llegado. Más de ocho años he pasado cautivo.

-¿Y tu compañero?

-Gonzalo es su nombre. Es un marinero oriundo de Palos, tosco y bragado. Cuando el cacique me autorizó a venir, pasé por su pueblo a buscarlo, pero no quiso acompañarme. Él encontró una nueva vida, no sufrió lo que yo, está casado y tiene tres hijos, él no está de esclavo, es esforzado y se distinguió en las guerras que acostumbran a librar. Le nombraron capitán, es respetado, tiene ascendiente con el cacique. No quiere abandonar a su familia, me dijo que ya es uno de ellos, alguien importante. ¿Adónde voy a ir?, preguntó. Ni siquiera tuve tiempo para intentar convencerle, su esposa me amenazó con un palo, quería agredirme, nada pude hacer para que me acompañara."  

-¿Qué te parece, Felipe?, nadie sabe dónde está el destino de cada uno. El tal Gonzalo encontró su vida entre los indígenas. Si no quiso venir con nosotros es porque allí era más feliz. No hay que preocuparse tanto por el porvenir, a veces el destino te lleva al lugar adecuado sin tú proponértelo.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela que narra la llegada de los españoles a México y Perú. Disponible en Amazon.

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Con el alma entre los dientes: De Tenochtitlán a Cajamarca