domingo, 27 de octubre de 2013

415 d.C.


Enrolló los dos papiros y los volvió a introducir en el cilindro de madera. Después subió de nuevo a la terraza para ver cómo evolucionaban los acontecimientos.

Las llamas alcanzaban una altura sobrecogedora y se veía el monumento a Serapis casi totalmente destrozado. La multitud corría de un lado a otro gritando exaltada. Sin duda los pocos defensores que intentaron enfrentarse a ellos ya habían tenido que desistir.

Finalmente la estatua fue derribada, el templo devastado, y la Biblioteca hija sufrió el mismo destino que su predecesora, el fuego la arrasó por completo y todos los libros que habían quedado en su interior fueron destruidos.

Como siempre, los hombres parecían no contentarse con destruir a otros hombres, tenían también que destruir la obra de otros hombres, el legado de otros hombres, el pensamiento de otros hombres. Sólo cuando veían arder el último vestigio de otros juicios distintos a los suyos parecían tranquilizar sus odios y sus miedos.

Allí terminó su andadura la biblioteca más prestigiosa de la historia de la humanidad. Hacía setecientos años que a Ptolomeo Sóter se le ocurrió que se podía recopilar en un mismo centro todo el conocimiento que el hombre había ido produciendo a lo largo de su existencia. Durante ese largo tiempo fue recogiendo el legado de centenares de hombres señalados por la naturaleza para guiar a sus semejantes por la senda del progreso. Durante siete siglos fue sorteando guerras, saqueos, incendios y terremotos, durante ese vasto periodo el empeño de unos pocos se impuso al afán devastador de muchos. Pero finalmente no pudo superar el odio y el ansia de destrucción de la mayoría, y sucumbió.

El mundo clásico heleno agonizaba. 
 
Fragmento de "Los libros de Alejandría", disponible en formato digital en Amazon.
Los libros de Alejandría

sábado, 26 de octubre de 2013

Regreso a Tánger.


Una mañana, ya con el otoño muy avanzado, me sorprendió una intensa lluvia a medio camino de la villa, en un paraje donde no había modo de guarecerse del súbito aguacero y por más que corrí cuando llegué al portal iba completamente calado.

Me abrió la puerta Alí, el del tarbush rojo, que sin apiadarse de mi aspecto me dijo:

- Mademoiselle n´est pas içi.

Le iba a responder cuando apareció madame Szabonyi envuelta en una vaporosa bata azul turquí, a medias desabrochada, luciendo la más espléndida de las sonrisas.

- ¡Querido Casimiro, cómo vienes!, ¡mein Gott!, estás empapado, ven conmigo enseguida. ¡No puedes quedarte así!

Me agarró de la mano y me arrastró escaleras arriba hacia la primera planta de la casa. Justo cuando subíamos los primeros escalones asomó el pájaro del cuco por su ventanita y la música que lo acompañaba me sonó distinta a otras ocasiones, como si fuera el preludio de algo importante.

Hasta entonces, en mis visitas no había pasado del jardín o la planta baja, y no conocía el resto de la villa. La condesa me condujo por un ancho pasillo recubierto de alfombras y adornado con lujosas alahílcas, cuadros, jarrones y esculturas, y me introdujo en la alcoba que se encontraba en el extremo opuesto.

- ¡Quítate la ropa! –ordenó-, tienes que secarte inmediatamente.

La habitación tenía un amplio ventanal que daba al jardín por donde se podía ver, a través de los visillos, que seguía jarreando como si alguien hubiera pisado los huesos de Anteo. Una enorme cama con dosel señoreaba en el centro de la alcoba dominando y apabullando con sus dimensiones a todos los otros muebles, veladores, cómodas, dos armarios con espejo, y varias sillas y sillones. Entre la mojadura y la carrera por el pasillo me había quedado un poco confuso, sin saber muy bien qué hacer.

Me espabiló la condesa con un grito que habría despertado a un cadáver:

- ¿¡Pero qué esperas!?

No aguardó mi reacción. Se abalanzó sobre mí y comenzó a desnudarme, o mejor, a arrancarme la ropa.

En un decir amén me quitó la chaqueta, la camisa y los pantalones, cuando me vi en ropa interior me entró un ataque de pudor e intenté resistirme pero no me fue posible. Con una energía inusitada me despojó de los calzones de felpa y me quedé como un querubín de los que pintaba Murillo.

Sin inmutarse por mi desnudez, cogió una toalla y comenzó a frotarme todo el cuerpo con la fuerza de un alabardero sacándole brillo a su lanza. Yo tenía diecisiete años y aquel vigoroso masaje me produjo una súbita y majestuosa erección. Al verme en aquella tesitura la condesa lanzó un grito desmedido, tiró la toalla, me lanzó a la cama de un empujón y dejó caer su bata mostrándose ante mis sorprendidos ojos tal y como la había visto unos años antes desde mi escondite, agazapado tras el macizo de adelfas del jardín. Sólo que ahora la tenía a un metro de distancia y además de aturdirme con la visión de su mata rubia, me embriagaba con el perfume a jazmín que desprendía todo su cuerpo. 

Durante unos instantes posó para mí, exhibiendo su figura rotunda y espléndida, orgullosa de mostrar su cuerpo de mujer madura. Satisfecha, arrogante y vanidosa.

Después se me abalanzó como lo haría una leona con su presa y me envolvió en su sensualidad.

Fragmento de "Me quedé en Tánger", novela que se desarrolla en Tánger durante el siglo XX,

Disponible en Amazon en digital y en papel.



ME QUEDÉ EN TÁNGER de [Molinos, Luis]

miércoles, 23 de octubre de 2013

Me quedé en Tánger.


- ¿Qué te parece esto?

- ¿Que qué me parece?, ¿qué me va a parecer?, que esto se acaba. Que adiós Tánger. Te lo vengo diciendo desde hace algún tiempo.

- ¡Ya estamos otra vez!, hombre, contigo no se puede hablar. Enseguida empiezas con tu pesimismo y así no hay manera. ¿Qué es lo que se va a acabar hombre? ¿Porque a un majareta se le haya ido el dedo en el gatillo ya se va a acabar todo? No, hombre. Habrá que castigar al responsable y ya está. Estos son hechos aislados que se pueden reconducir.

- Te digo que no. Se acabó. Y no es sólo por el tipo ese al que se le ha ido la olla. Eso en todo caso empeorará las cosas, pero sin la ayuda de ese idiota también se acabaría de igual modo. Esto ya ha tomado la pendiente de las cosas irreversibles. No va a ser mañana ni pasado, no, pero va a ir rápido. Vamos, que seguramente lo veremos nosotros. Esto es como una ampolla de cristal, cuando aparece una pequeña fisura y dentro hay mucha presión se rompe sin remedio. No hay manera de restañar la grieta, se va haciendo cada vez más grande y acaba por estallar. ¡Paf!, sin remedio.

- ¿Paf?, el que no tiene remedio eres tú. ¡Paf!, ¿pero qué ¡paf!? No va a pasar nada, aquí estamos bien. Ahora es cuando mejor estamos. No creo que haya muchos sitios en el mundo que estén tan bien como nosotros.

- Pues sí, tu y yo y cincuenta mil más. ¿Y qué?, hay varios millones que no quieren que esto se perpetúe. Ten en cuenta que estamos hablando de cuestiones de posesión, de pertenencia, de soberanía, de tú estás usurpando lo que es mío, de tú eres un puto extranjero que me has quitado mi tierra…

- ¿Un extranjero?, yo no soy un extranjero, yo llevo aquí toda mi vida. Mi madre está en Bubana, tus padres también, y tu abuelo. ¿Cómo se puede sentir nadie extranjero en la tierra donde están enterrados sus antepasados?

- Todo eso es muy conmovedor pero llegado el caso sirve de poco. Los muertos se quedarán y los vivos tendrán que irse. Por aquí pasó mucha gente, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, portugueses, ingleses… ahora estamos nosotros, los tangerinos. Sería nuestra definición ¿no? No somos ni españoles, ni franceses, ni italianos. No somos ni de aquí ni de allí. Somos tangerinos.

Es bonito ¿no? Es bonito pero frágil. Nos creemos que estamos aquí desde siempre, que esto es nuestro, que Tánger es distinto y nosotros también. Pero no es así, aquí estamos de prestado, de paso. Sí, aquí estamos bien. Aquí se está bien. Se está bien pero no puede durar. Las raíces no son lo bastante profundas. Nos van a trasplantar amigo. Estamos de paso.

- Yo no, yo vine para quedarme.

- Eso es lo que dicen todos ahora, pero ya veremos cuando llegue el momento. Esto no ha hecho más que empezar. Ya me gustaría equivocarme pero…

Se nos había ido el apetito y se no pasó la tarde allí sentados, observando a los paseantes que iban y venían del Bulevar o cruzaban la Plaza de Francia. La noticia del incidente en el Zoco Chico se había expandido con rapidez pero parecía como si el impacto se hubiese amortiguado al chocar contra la gente. Como si se quisiera eliminar cuanto antes cualquier sobresalto o alarma ante sucesos tan extremos. Como si bastara ignorar la evidencia para que dejara de existir. Los jóvenes paseaban despreocupados, gastándose bromas como de costumbre, los hombres y mujeres caminaban a sus cosas con la misma displicencia de cualquier día. Era difícil imaginar desde aquel observatorio que se pudieran cumplir los presagios de René. 
 
Fragmento de "Me quedé en Tánger", novela disponible en Amazon, en digital y papel.

lunes, 21 de octubre de 2013

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA


Pero el exilio no duró mucho tiempo, los acontecimientos se desarrollaban muy deprisa y los vientos no tardaron en volver a cambiar de dirección.

La guerra civil romana llegó a su punto culminante en la batalla de Farsalia. César respondió a las agresiones de sus enemigos cruzando el Rubicón y Pompeyo no quiso enfrentarse a él en la península itálica, atravesó el Adriático y preparó la lucha definitiva en Grecia. César venía de obtener un triunfo incuestionable en las Galias y se sentía invencible, no dudó en perseguir a su rival hasta donde éste se había acuartelado. Pompeyo disponía de un ejército muy superior en número al de César, más del doble en infantería y siete veces más numeroso en caballería, además había preparado con tiempo el escenario de la batalla y estaba aguardando a su enemigo, parecía que tenía todos los ases para conseguir la victoria. Pero una vez más se puso de manifiesto el genio militar del gran caudillo romano. Las legiones de César estaban compuestas por los veteranos que habían conquistado las Galias, hombres curtidos, disciplinados, aguerridos y valerosos, todos confiaban en su general y le obedecían ciegamente. Mil brazos con una sola cabeza. César prefería pocos avezados antes que muchos inexpertos y el resultado de la contienda refrendó su planteamiento. Su inferioridad numérica no fue obstáculo para obtener una aplastante victoria. Desplegó una brillante estrategia sustentada en la movilidad y rapidez de acción de sus legiones, y consiguió un triunfo fulminante, le bastaron poco más de dos horas para destrozar las tropas enemigas. Diez mil pompeyanos sucumbieron en la batalla por apenas unos centenares de cesarianos. Mientras César combatía espada en mano al frente de sus hombres, Pompeyo huía del campo de batalla desamparando a sus tropas, que sufrieron una derrota total. Al abandonar la contienda buscó refugio en Egipto, sin duda pensó que puesto que allí le debían muchos favores, aquél era el sitio ideal para guarecerse y reorganizar su ejército.

Pero las circunstancias habían cambiado radicalmente en las pocas horas que duró la lucha. Pompeyo venía de perder la guerra y sabido es que a los fracasados les desaparecen pronto los amigos. Las noticias de la severa derrota se adelantaron a su embarcación. El consejero del faraón, el eunuco Potino, pensó que lo más conveniente era estar al lado de los vencedores y que la presencia de Pompeyo no podía traerle más que complicaciones. Dio órdenes a sus esbirros para que lo ejecutaran nada más poner pie en tierra, y en cuanto desembarcó fue acribillado a puñaladas mientras su mujer, Cornelia, observaba la escena horrorizada desde la cubierta de la nave. Por si quedaba alguna duda, después de acuchillarlo le cortaron la cabeza. El eunuco pensaba que ofreciéndole ese regalo a Julio César se ganaría u favor.

Se equivocó. Cuando César entró con sus legiones y se enteró de que Pompeyo había sido ajusticiado montó en cólera, nadie más que él tenía derecho a disponer de la vida de un cónsul romano.
Entonces Cleopatra volvió a dar muestra de su inteligencia y astucia.

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela histórica disponible en Amazon en formato digital.

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LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]


lunes, 14 de octubre de 2013

Me quedé en Tánger.


Cuando me dijeron que Estrella se marchaba no me lo creí. Fui a hacerle una visita convencido de que no era posible lo que me habían contado, y me la encontré en el jardín, al lado de un gran bidón llameante. Tiraba en su interior papeles, documentos, cartas y fotografías. Tenía tristes los ojos. 

- Pero entonces –dije incrédulo-, ¿es verdad?

- Si preguntas si me voy, sí mi rey, me voy. Nos vamos todos.

- Me lo dijeron y no lo creía, por eso vine.

- Pues ya ves, mi bueno –dijo con voz entrecortada-, casi no me lo creo ni yo, pero es verdad.

Dejó de arrojar papeles al interior del bidón y se quedó mirando al Estrecho.

- Sesenta años llevo mirando este mar y los montes de España y ahora los voy a cambiar por no se qué.

- Pero no puede ser. ¿Por qué?

- Esto ha cambiado, mi rey. Nada será ya como antes. Yo por la edad me arriesgaría a quedarme pero Luna es joven, tiene mucha vida por delante. Ella y su marido no tienen ninguna duda, se han decidido a irse, y claro, nosotros vamos detrás. Mis dos nietos tiran mucho.

- Pero ¿por qué?, vosotros lleváis aquí mucho tiempo.

- ¿Mucho?, mi abuelito construyó esta casa. En ella nació mi madre, en ella nací yo y en ella nació Lunita. ¿Te parece mucho?, mi papá decía que mis ancestros llegaron en el siglo XVI, cuando los expulsaron los Reyes Católicos. Tal vez exageraba un poquito pero en cualquier caso llevamos muchas generaciones.

- Pues entonces, ¿por qué os vais?

Estrella rompió a llorar.

- No lo sé mi rey, no lo sé –balbuceó entre sollozos-, por los niños, por el futuro. Esto cambió, mi bueno, ¿no lo viste? Ya nada será igual. Se acabó Tánger, se acabó la Zona Internacional, ahora todos iguales, kif kif, ¿todavía no te convenciste?, ya derogaron también la Carta Real, nada nos quedó, habrá nuevos impuestos, nuevas normas, nos quitarán lo que tenemos. Se nos cayó el mazzal. Es mejor irse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. No quiero acabar en el Mellah.

- ¡Pero Estrella!, aquí nunca hubo Mellah, ni antes del Estatuto ni en los siglos anteriores, es la única ciudad de Marruecos donde los judíos siempre vivieron donde quisieron, sin tener que estar recluidos en sus barrios.

- Sí, ¿pero quién garantiza que no va a pasar ahora?, todo cambió, esto se hunde, hay que salvar lo que se pueda. Es mejor marchar cuando estás a tiempo. El marido de Luna estuvo en Venezuela y vio la posibilidad de iniciar allí un negocio. Dice que el país está creciendo mucho y tiene un gran futuro. Nos vamos a Caracas. Con el corazón desgarrado, mi bueno, pero nos vamos.

- ¿Y la casa?

- Se la dejo a mi primo Isaac para que intente venderla. Ahora todo será más difícil, ya han empezado a bajar los precios y bajarán más. Va a haber mucha oferta y la gente se esperará a que sigan bajando. Wó, wó, mi vieja casita, ¡cómo la voy a echar de menos!, mis jazmines, mi Estrecho, mi levante…, c´est la vie, mon Vieux…, por los niños, hay que darles un futuro. Ya está decidido, la semana que viene cogemos el barco.

- ¿En barco?, no son muchos días.

- Sí, ¿y qué?, el avión m´espanta, mi bueno. En el barquito iremos mejor. Así podré ver durante más tiempo mi Tánger querido. Veremos cómo se va perdiendo poco a poco en la distancia, mi rey. Se me quedará en la retina para siempre.

- Pero…

No se me ocurría nada. Pensaba que la gente se alarmaba sin motivo, que se estaba produciendo un temor general injustificado. No hacía más que preguntarme: ¿Pero por qué se van?

La vida no es lineal, no podemos ir siempre hacia arriba, es como un tobogán, tiene altos y bajos, ahora había tomado una cuesta descendente, sí, ¿y qué?, no había que preocuparse, ya volveríamos otra vez a ascender, era cuestión de tener un poco de paciencia, seguro que llegarían de nuevo los buenos tiempos.

Fragmento de "Me quedé en Tánger", libro disponible en Amazon.

Opiniones de lectores
el 27 de noviembre de 2014

4.0 de un máximo de 5 estrellas Y viva Tánger 3 de enero de 2013
Formato:Versión Kindle
Otra buenísima novela de Molinos sobre Tánger, esta va de finales del siglo 19 hasta los años 70 del siglo 20. Es como estar allí y vivirlo todo, si eres oriundo del norte de Marruecos es como oir los cuentos de tus padres o de tus abuelos. La recomiendo con El salto del caballo verde (Spanish Edition). De lectura amena , no quieres dejar estos dos libros hasta acabarlos.

http://www.amazon.es/Me-qued%C3%A9-en-T%C3%A1nger-ebook/dp/B008R0DWGY/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1381766914&sr=8-1&keywords=me+quede+en+tanger


En digital.
ME QUEDÉ EN TÁNGER (Spanish Edition)

En papel.

viernes, 4 de octubre de 2013

Con el alma entre los dientes.


Decían que los barcos al nuevo mundo partían de Sevilla. Allí se fue. Lo primero que hizo al llegar a la ciudad fue ir al puerto. Ante sus ojos impúberes se ofreció un espectáculo abigarrado de frenética intensidad. Nunca antes había contemplado tanta gente en un mismo lugar, y todos tan atareados y apresurados como si fuera a acabarse el mundo esa misma tarde. Señores de aspecto solemne, señoras rodeadas de criadas, mujeres cargadas de fardos, niños corriendo entre las piernas de los mayores, soldados con sus armas, vendedores vociferando sus mercancías, guardias, pillos, desocupados, ladrones buscando incautos, putas llamando a jóvenes y viejos, burros cargados hasta lo inverosímil, caballos, mulos, todos corriendo en todas direcciones, en una barahúnda atronadora.       

Amarrados a los muelles, una veintena de navíos elevaban un bosque de mástiles contra el limpio cielo sevillano. Era primavera de 1514, la expedición de don Pedro Arias Dávila, noble de España, primer gobernador de Tierra Firme, estaba a punto de zarpar hacia Castilla del Oro. Era la armada más importante que se había formado hasta la fecha. Mil quinientos hombres; soldados, marineros, agricultores, carpinteros, alarifes, sastres, zapateros, herreros, armeros, familias enteras, mujeres solas en busca de maridos para poblar, caballos y yeguas, cerdos, perros de guerra, semillas del viejo mundo para el nuevo, una expedición colosal que Martín vio partir con enormes ganas de sumarse a ella. Pero era todavía demasiado niño.

Entró al servicio de un hidalgo y durante unos años siguió escuchando historias sobre las Indias, ahora mucho más reales y cercanas. Sus ratos libres los pasaba en el puerto, viendo aparejar los navíos que zarpaban hacia las tierras recién descubiertas y escuchando los relatos de los que volvían. Algunos contaban cosas fantásticas, monstruos gigantescos, animales desconocidos, pájaros de colores que hablaban mejor que las personas, seres con cuerpo de hombre y cabeza de perro, bellas mujeres cubiertas de oro, guerreras feroces, hombres que se comían a sus enemigos, todo lo asimilaba y lo transformaba a su gusto, cuanto más escuchaba, más deseos sentía de partir a conocer aquello. Se sabía cada barco, quién lo armaba y cual era su destino.

Cuando cumplió los quince se sintió con fuerzas para emprender la travesía.

Habló con el contramaestre de una expedición de tres navíos que estaba para partir hacia Santiago de Cuba. Juró que tenía veinte años y conocía la mar. La edad la aparentaba, era recio como un hombre bragado, la mar no la había visto más que en su imaginación, a través de las historias de los que volvían. Lo adscribieron a la marinería.

"Con el alma entre los dientes" Novela histórica disponible en Amazon en eBook y papel.

http://www.amazon.es/entre-dientes-Tenochtitl%C3%A1n-Cajamarca-ebook/dp/B00EC7BIIA/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1380873477&sr=8-1&keywords=con+el+alma+entre+los+dientes

Las opiniones más recientes

Por Kikong en 28 de julio de 2016
Formato: Versión Kindle Compra verificada
Lo recomiendo sobretodo para aquellos que no tengan ni idea o que se quieran introducir en las conquistas que hicieron Cortés y Pizarro.
No entra mucho en detalles, pero lo sintetiza/resume todo muy bien, aparte de que el libro engancha por la temática y porque está bien escrito y es muy ameno de leer.
CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca (Spanish Edition)