lunes, 30 de diciembre de 2013

Una reflexión de Miguel Delibes sobre el aborto.

Ahora que de nuevo andamos a "abortazo" limpio, he rescatado una reflexión del maestro Delibes sobre la relación entre aborto libre y progresismo. La publicó hace seis años y la suscribo absolutamente.



En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto


POR MIGUEL DELIBES

20-12-2007 08:32:38

En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.

La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.

Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Con el alma entre los dientes


El rey en su palacio está angustiado. Los negros presagios le tienen abrumado. Dice a Petlacálcatl que traiga a sabios y hechiceros, quiere saber si ven señales de próximas guerras, de desastres, de temblores de tierra, si perciben enfermedades, pestilencia, inundaciones, secura, hambre, quiere saber si en todo el reino se ha oído llorar a Cihuacóatl.

Los augures vienen de los confines de sus dominios, del último poblado, de la más lejana montaña. Acuden todos los nigrománticos. Todos están mudos, nadie avanza nada. Lo que está presto a venir, vendrá. Lo que está ordenado, se hará. Lo que tiene que ser, será. Lo que debe suceder ya ha sido dicho y tratado en los cielos. Ante nuestro señor Motecuhzoma se consumará un profundo misterio. Poco tiempo hay que aguardar. La espera será tan breve que pronto sabrá qué es.

El rey se encoleriza, no le dan respuestas, manda encerrarlos a todos en prisión. 

Llama de nuevo a Petlacálcatl: Ve y pregunta a esos nigrománticos de dónde vendrá lo que tiene que venir, del cielo o de la tierra, del este o del oeste. 

Petlacálcatl va a la prisión donde los ha encerrado y puesto bajo guardias. Abre y no hay nadie, han desaparecido como humo, los guardas no saben nada, no han visto nada, no han oído nada.

Señor, mátame, córtame en pedazos, haz lo que desees, los brujos han desaparecido, cuando llegué y abrí las puertas todo estaba vacío, no están, creo que volaron, marcharon al fin del mundo.

El rey, en cólera, llama a Tlacohcálcatl, ordena que vayan a las casas de los nigrománticos, saqueen, maten a sus parientes, que no quede rastro. Van y degüellan a sus mujeres, atraviesan el pecho a sus hermanos, rompen los cráneos de los niños contra las paredes. Arrancan los cimientos, queman los despojos, no queda rastro.

Llega al palacio un macegual, viene de la costa del mar grande del este. Se arrodilla, besa el suelo, no osa levantar el rostro, tiembla de miedo. Señor, disculpa mi atrevimiento, vengo de la orilla del mar grande, por donde sale el sol, he visto cosas nunca vistas, he visto dos como torres flotando sobre las aguas, iban y venían sin tocar la tierra. Descolgaron un bote y bajaron unos hombres, blancos de piel, largas barbas y cabello hasta los hombros. Eso es lo que he visto, señor.

El rey llama a Petlacálcatl, que vayan unos teuctlamacazquis a la costa, que miren al mar, que digan qué ven. Los sacerdotes van a la orilla y ven unos como cerros pequeños que flotan sobre las aguas, unos hombres blancos y barbudos se bajan en un bote y pescan con anzuelo. Los sacerdotes suben a un amate frondoso para mejor mirar. Miran hasta que los hombres vuelven a la torre y entran en ella. Los sacerdotes, bajan del árbol y corren sin parar hasta México-Tenochtitlan a decir lo que han visto.

Señor, hemos visto unos como cerros o torres que flotan sobre el agua sin tocar la tierra. Unos hombres han bajado en un bote y han pescado con cañas. Eran de carnes muy blancas, más que nuestras carnes, los más llevan largas barbas y cabello hasta los hombros. En las cabezas traen unos bonetes colorados o unos sombreros redondos muy grandes, visten sayas, unas verdes, unas azules, otras pardas o grises. Eso hemos visto, señor.

El rey Motecuhzoma, en su palacio, está triste y pensativo. Calla y medita, ninguna palabra sale de su boca.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela que narra la llegada de los españoles a los imperios de México y Perú.
Disponible en Amazon.es y Amazon.com

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Opinión de lectores

5.0 de un máximo de 5 estrellas Un gran libro. 
Por Elisa
Formato:Versión Kindle|Compra verificada
Una novela que te sumerge en la fascinante aventura de los primeros españoles que llegaron a América.
Muy bien documentada, narra los increíbles hechos que vivieron aquellos pioneros que no sabían ni adónde iban ni qué se iban a encontrar. Cuenta con todo detalle la llegada de Cortés a México y la de Pizarro a Perú. Aporta también la visión de los indígenas, desconcertados ante la presencia de unos extraños seres nunca vistos.
Un gran libro que merece la pena leer.

En digital
CON EL ALMA ENTRE LOS DIENTES: De Tenochtitlán a Cajamarca de [Molinos, Luis]

En papel

sábado, 30 de noviembre de 2013

La cacería (Me quedé en Tánger)


A la gran masa de árboles la habían bautizado el "Bosque Diplomático", porque los que lo frecuentaban con más asiduidad eran los agregados de los consulados establecidos en Tánger. Nada más empezar a penetrar en aquella espesura de pinos, cedros y alcornoques, sentí la profunda sensación de que estaba hollando un mundo mágico.

A medida que avanzábamos por un estrecho sendero que nos obligaba a ir en fila, percibía que éramos observados desde la espesura por extrañas criaturas, enfurecidas por vernos invadir su territorio. Las imaginaba ocultas entre el follaje, vigilando nuestros zafios movimientos y urdiendo el modo de expulsarnos de su espacio para recuperar el equilibrio que rompíamos con nuestro paso.

Los trinos de los pájaros tenían un eco de advertencias y el ruido de las hojas al ser azotadas por el viento era un murmullo de amenazas. Los olores que nos asaltaban por todas partes nos traían aromas de misterios inquietantes. Los aullidos más lejanos de los chacales, o los gritos de otras criaturas desconocidas que llegaban atravesando la maleza e imponiéndose a los ladridos de nuestros perros, me producían una sensación de escalofrío en el ánimo. 

Accedimos a una pista más ancha por donde podíamos cabalgar con más comodidad y al cabo de un rato empecé a percibir el sonido del mar. Una parte de nuestra expedición se separó del grupo y se adentró por otro sendero lateral que se dirigía al Oeste. Nosotros continuamos tras la estela del padre de Johnjo y llegamos a una algaida, preludio de una enorme playa de arenas blancas que parecía no tener fin, perdiéndose de nuestra vista a uno y otro lado.

Los cinco caballeros que se habían quedado en nuestro grupo, reclamaron las lanzas y enarbolándolas sobre sus cabezas, hicieron dar unas veloces carreras a sus monturas animados por los gritos de los criados y perseguidos por la jauría de los cada vez más excitados perros. Después regresaron a nuestro lado y repartieron las últimas instrucciones. Los criados se echaron las escopetas al hombro y entre gritos y el sonar de los silbatos consiguieron conducir la jauría hacia el interior de la espesura.

El padre de Johnjo nos dijo que nos subiéramos a una pequeña duna desde donde podríamos contemplar mejor la cacería y le hicimos caso inmediatamente, en parte para mejorar nuestra perspectiva, y en parte para alejarnos unos metros del lugar donde imaginábamos que se iba a producir la batalla.  

Estuvimos bastante tiempo observando ansiosos a los jinetes que tranquilamente conversaban cerca de los primeros árboles. Después y poco a poco, como no sucedía nada, nuestra atención se fue decantando hacia el océano que se extendía inmenso y majestuoso ante nuestros ojos. Las olas se iban sucediendo unas a otras, diluyéndose en la orilla para dejar paso a la siguiente, en una secuencia sin fin. Eran unas olas enormes aquellas del Atlántico, extensas, casi interminables, diferentes a las rápidas y nerviosas del Mediterráneo. El sol empezaba a calentar y las gaviotas se deslizaban sobre el azul llenando el aire de graznidos.

De repente sentimos que un rumor procedente del interior del bosque se imponía a todos los demás ruidos. Se inició como un murmullo sordo que enseguida se convirtió en un estruendo que se nos venía encima. Los jinetes se irguieron sobre sus monturas y sujetaron con fuerza las lanzas. Los gritos, los silbidos y los ladridos se iban acercando muy deprisa hacia donde nos encontrábamos. Los caballos relincharon nerviosos, enderezaron las orejas, cabecearon y removieron la tierra con sus pezuñas, listos para lanzarse a la carrera.

Fragmento de la novela "Me quedé en Tánger", disponible en formato ebook y en papel en Amazon
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Me quedé en Tánger

jueves, 21 de noviembre de 2013

Con el alma entre los dientes


Cortés se apeó del caballo y caminó hacia los tres hombres. Ellos hicieron la ceremonia de poner la mano en el suelo y besarla, el capitán se aproximó a Motecuhzoma con la intención de darle un abrazo pero los dos acompañantes se lo impidieron inmediatamente, no se podía tocar al emperador. En vista de ello, el capitán se quitó un collar que llevaba colgado y se lo ofreció al Tlatoani, al comprobar que hacía gesto de aceptarlo, se lo colocó alrededor del cuello. El emperador hizo una indicación a sus acompañantes y al momento le trajeron dos collares con colgantes de oro como de un jeme de longitud, que a su vez colocó en el cuello del capitán. Después se dieron media vuelta y echaron a andar, el noble de mayor edad se puso al lado de Cortés y el más joven caminó junto a Motecuhzoma. Así fueron, uno tras otro, recorriendo el trecho de calle que faltaba para llegar al palacio que nos habían reservado para nuestro alojamiento.

Al llegar allí, una casa de grandes dimensiones precedida de un enorme patio, el emperador tomó de la mano a Cortés y lo condujo hasta una sala en la que habían instalado dos sillones. Invitó al capitán a sentarse en uno de ellos y él se instaló en el otro, todos sus nobles se colocaron detrás. Los capitanes flanquearon a Cortés, detrás quedaba sitio para una veintena de soldados, yo fui uno de los que consiguió entrar en la sala. Unos servidores trajeron muchas joyas de oro y plata, plumajes riquísimos, diversas prendas, y mantas de vivos colores, bordadas y decoradas con gran maestría. Todo lo que traían se lo iba ofreciendo a Cortés. Cuando acabó con los obsequios, inició un discurso que tradujeron entre Malintzin y Aguilar.    

- Desde tiempo inmemorial, de generación en generación, mis antepasados se han transmitido la historia de nuestro pueblo. Ellos sabían que eran extranjeros en esta tierra, vinieron de algún lugar remoto traídos por un señor del cual todos eran vasallos, que les acompañó y les mostró el camino. Este gran señor retornó a su casa natural por un tiempo y después regresó a buscar a los que había dejado aquí. Pero habían pasado muchos años, para entonces los hombres se habían casado con las mujeres de esta tierra, habían formado familias y pueblos, se habían aposentado y estaban a gusto. No quisieron regresar, ni quisieron aceptarlo como señor. Él se volvió a marchar, triste y frustrado, y prometió que él mismo o sus descendientes, volverían un día para ocupar su trono. Siempre hemos sabido que sus descendientes vendrían a sojuzgar esta tierra. Él dejó dicho: “Regresaré por el lado en que sale el sol para la fecha de mi aniversario, el día de Ce Acatl”. Él se marchó hacia donde sale el sol y vosotros venís de allí, en otro año de Ce Acatl, los presagios os han precedido. Hace dos años me trajeron noticias de unos hombres que llegaron a Champotón, y el año pasado de otros que desembarcaron cerca de un río, y hoy por fin, puedo veros y hablaros. Tenemos por cierto que ese gran rey que os ha enviado es descendiente de aquel nuestro señor que marchó y prometió regresar. Él os ha enviado porque sabía que nosotros estábamos aquí. Él os ha enviado a recuperar su trono. El trono que conservaron los que ya se fueron, los señores reyes Itzcoatzin, Motecuhzomatzin el viejo, Axayácac, Tízoc, Ahuítzotl, y yo mismo, Motecuhzoma. Ojalá ellos pudieran ver lo que yo veo. Ojalá ellos pudieran estar aquí en estos momentos.
 
Fragmento de "Con el alma entre los dientes (De Tenochtitlan a Cajamarca)", novela sobre la llegada de los españoles a América disponible en Amazon.
Con el alma entre los dientes (De Tenochtitlán a Cajamarca)
 

jueves, 14 de noviembre de 2013

Con el alma entre los dientes


Seguía soñando con Sabelilla, siempre que estaba en peligro se acordaba de ella, su imagen era la luz que iluminaba sus momentos sombríos. La imagen que conservaba en la memoria, claro, que a lo mejor se iba modificando conforme pasaba el tiempo. La memoria nos juega malas pasadas, los recuerdos se van difuminando y hay que hacer esfuerzos para recomponerlos. Él procuraba mantener viva la imagen que guardaba de la joven en el parque de Sevilla, pero a veces se tamizaba, se iba cubriendo de velos, y tenía que rehacer los trazos. A lo mejor la iba transformando con la facciones de las muchas mujeres que habían pasado por sus brazos, a lo mejor había ido modificando su perfil en todos estos años. Pero eso era lo de menos, lo fundamental era el recuerdo que conservaba en el corazón, ese permanecía intacto.

No quería apartarse de ella un palmo y se fue al otro lado del mundo. Pero pensaba volver, y el momento estaba a punto de llegar. De hecho, se había alistado con Pizarro porque creía que era la ocasión de recaudar el oro suficiente que le permitiera regresar a España rico. El poco que había tenido anteriormente se había ido como agua entre los dedos. No quería volver tan pobre como vino, quería regresar triunfante. Y esta expedición le brindaba la oportunidad. Había oído tantas historias fantásticas sobre estas tierras que pensaba que iba a ser llegar y recoger las riquezas. Pero la realidad era bien distinta, el camino se había ido endureciendo tanto, las amenazas se habían hecho tan patentes, que si estaban allí era solo por la determinación del capitán. Si no hubiera sido por su inquebrantable obstinación, los hombres habrían dado media vuelta y habrían regresado a los barcos. Él los había conducido hasta allí.

Y allí estaban, en el centro de un volcán en erupción, rodeado de lava indígena que se aprestaba a calcinarlos. Estaban, una vez más, en las manos de Dios.

Esa misma mañana, al acceder al hermoso valle ya se evidenció ante ellos la magnitud de las tropas incaicas. Las colinas que rodeaban la ciudad parecían nevadas por la cantidad de toldos blancos que habían extendido sobre ellas. El espectáculo era sobrecogedor y los hombres se sintieron amedrentados, no habían previsto un adversario tan numeroso, el despliegue que tenían ante ellos era apabullante. Pero ya no podían volver atrás, eso hubiera sido reconocer su temor y habría fortalecido el coraje de sus enemigos. El capitán ordenó continuar el paso en formación, intentando demostrar firmeza, sin interrumpir la marcha. Así fueron aproximándose lentamente a las murallas. El valle tenía una extensión de unas cinco leguas y tardaron un buen tiempo en recorrerlo. Cuando llegaron a las puertas de la ciudad aún no se había iniciado el ocaso, y pudieron corroborar, con gran preocupación, que todos los alrededores se hallaban cubiertos por tiendas blancas en una extensión de más de dos leguas. La multitud que allí se albergaba era inmensa, Hernando la había estimado en cincuenta mil almas y Hernando tenía buen ojo, solía acertar en sus cálculos. Más de la mitad serían guerreros.

Al caer las sombras todo ese espacio se había inflamado con cientos de hogueras. A medida que oscurecía iban apareciendo más y más, hasta alumbrar completamente todas las faldas de los montes vecinos. Era como si estuviesen cercados por un inmenso incendio que amenazaba abrasarlos.

Seguramente habían subestimado el poderío del Inca. Tal vez los cegó la soberbia, el capitán pensó que era suficiente con ser portador de la fe verdadera y representar al monarca más poderoso del mundo. Pero éste se hallaba muy lejos, al otro lado del mar océano. No podían esperar ninguna ayuda, se habían metido ellos solos en las entrañas de su enemigo, un enemigo mucho más poderoso de lo que habían imaginado. Y astuto. Les había permitido llegar hasta allí sin oponerles la menor resistencia. Podía haberles atacado en cualquiera de los estrechos pasos de montaña que habían tenido que atravesar, esos angostos pasos que serpenteaban entre cortados gigantescos, de una altura inverosímil, como jamás habían imaginado que pudieran existir en el mundo. Daba miedo mirar a los ríos que corrían furiosos allá abajo, en las profundidades de aquellos desfiladeros, tenían que cuidar cada paso que daban, debían descabalgar y llevar los caballos del ronzal para que no se despeñaran. Por dos veces habían cruzado unos barrancos sobre puentes extendidos sobre el abismo, fabricados con gruesas lianas y maderas. Si para los hombres era difícil caminar por ellos, para los caballos había sido un tormento. Era casi milagroso que ninguno se hubiera despeñado. Había que conducirlos con sumo cuidado, muy despacio, cuidando donde pisaban porque algunas maderas se quebraban con el peso. Hasta el centro se iba descendiendo, y a partir de allí había que ascender, y siempre meciéndose por el viento y el movimiento de los que iban cruzando.

Arriba, sobrevolando los gigantescos picos, a una altura inmensa, parecían ser vigilados por unos enormes pájaros que gritaban acompasadamente, los indígenas les llamaban cóndor.

Fragmento de "Con el alma entre los dientes", novela histórica disponible en Amazon.
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Con el alma entre los dientes (De Tenochtitlán a Cajamarca)

jueves, 7 de noviembre de 2013

Me quedé en Tánger


Cuando una bengala estallaba alta, iluminaba la noche y permitía ver las olas que se acostaban en la playa, tan cercanas y dóciles, siempre en movimiento. La tenue brisa de levante nos traía su fresco aroma salitroso y nos envolvía en su fragancia. El mar, el mar, siempre el mar. 

Fue una noche muy bonita, la última del siglo.

Nos acostamos muy tarde y cuando nos levantamos al día siguiente mi madre dijo suspirando: “Hay que ver hijo, ya estamos en el siglo veinte… ¡Cómo se pasan los años, Casimirito!, ¡el siglo veinte!…, ¡cuántas cosas vas a ver, hijo mío!”

Tenía razón, porque lo cierto es que los años siguientes se pasaron muy deprisa, casi sin darme cuenta. Entre la playa y el monte, entre el Zoco Chico y el Marchán, entre pedradas y cabezazos, entre el levante y el mar, entre el mar y el levante…, haciendo excursiones en burro al cabo Espartel o al de Malabata, disfrutando con las carreras de caballos que hacían en la playa, deambulando por el Zoco Grande para ver a los encantadores de serpientes o a los halconeros, o simplemente contemplado a los camellos, tan indiferentes, tan como ausentes de este mundo..., pero lo que más me gustaba era escuchar a los contadores de cuentos.

Se me iban las horas maravillado con las fantásticas historias que narraban.

Me encantaban las narraciones de un rawi viejo y ciego que solía relatar fábulas de al-Ándalus, en las que siempre había hermosas princesas, guerreros invencibles, enormes palacios con cientos de columnas, y mármoles de colores, y arcos de abenuz, y sedas de la India, brocados de Persia y asientos de guadamecí, y muchas fuentes entre arriates de jazmines y azahares. Y casi siempre transcurrían en la Córdoba de las mil mezquitas.

Yo me lamentaba de que habiendo nacido tan cerca nunca me hubieran llevado allí y trataba de imaginar lo que mis ojos no habían podido admirar. Pensaba que tal vez Ginés, ahora que se había quedado solo, tendría tiempo de acercarse a la capital y lo suponía paseando por entre aquellos palacios y templos, cubriendo su cabeza con un gran turbante en vez de aquel sombrero tan arrugado que solía llevar.

Había otro rawi, negro de larga cabellera hirsuta, que contaba historias terribles que me asustaban mucho. Narraba cuentos de brujas que se transformaban en serpientes o lobas, y que deambulaban por las noches en busca de pobres caminantes a los que mataban a dentelladas. Eran seres malvados que se dedicaban a destruir con sus mágicos poderes todo lo bueno que había en el mundo. Cuando escuchaba aquellas historias pasaba mucho miedo por las noches y era cuando más echaba de menos a Panchito, porque cuando estaba con nosotros y tenía miedo de algo, me dormía abrazado a él. Yo sabía que el perro tenía un oído muy fino y estaba seguro de que se daría cuenta en seguida si se acercaba alguna de aquellas horribles criaturas, y ladraría para ahuyentarla, como hacía con las gallinas.

A veces aparecía la cabeza de algún chivato o enemigo de Raisuni clavada en la punta de una pica encima de las murallas, pero eso no era tan frecuente y cuando ocurría, los guardias del Majzén la quitaban enseguida. Por aquellos tiempos se decía que no era prudente aventurarse a unos kilómetros fuera de la ciudad a no ser que estuvieras acompañado por gente armada, porque había bandoleros que asaltaban y robaban.
Extracto de un capítulo de la novela "Me quedé en Tánger", disponible en digital y papel en Amazon.




Opiniones de clientes:

el 1 de noviembre de 2015

el 1 de noviembre de 2015





4.0 de un máximo de 5 estrellas Debemos recordar cosas 30 de julio de 2013
Por mirindos
Formato:Versión Kindle|Compra verificada

Las relaciones de España con Marruecos siempre me fascinaron, pero apenas sabía algo de ellas. Tal vez en la Historia que nos contaron nunca incluyeron nada de este tema. Es una pena que la mayoría de los españoles no sepan "nada" de nuestra relación con ese vecino del sur. Me baje el libro pensando que sería una autobiografía y empecé a leerlo con calma, pero sin pausa. Me ha llevado acabarlo seis meses pero en cuanto lo he acabado he comenzado a releer capítulos, ahora si con voracidad lectora. Me gustaría recomendarlo a cualquier persona que pretenda ser culta en España y no sepa nada de nuestra relación con Marruecos en la primera mitad del siglo XX.

ME QUEDÉ EN TÁNGER (Spanish Edition)

domingo, 27 de octubre de 2013

415 d.C.


Enrolló los dos papiros y los volvió a introducir en el cilindro de madera. Después subió de nuevo a la terraza para ver cómo evolucionaban los acontecimientos.

Las llamas alcanzaban una altura sobrecogedora y se veía el monumento a Serapis casi totalmente destrozado. La multitud corría de un lado a otro gritando exaltada. Sin duda los pocos defensores que intentaron enfrentarse a ellos ya habían tenido que desistir.

Finalmente la estatua fue derribada, el templo devastado, y la Biblioteca hija sufrió el mismo destino que su predecesora, el fuego la arrasó por completo y todos los libros que habían quedado en su interior fueron destruidos.

Como siempre, los hombres parecían no contentarse con destruir a otros hombres, tenían también que destruir la obra de otros hombres, el legado de otros hombres, el pensamiento de otros hombres. Sólo cuando veían arder el último vestigio de otros juicios distintos a los suyos parecían tranquilizar sus odios y sus miedos.

Allí terminó su andadura la biblioteca más prestigiosa de la historia de la humanidad. Hacía setecientos años que a Ptolomeo Sóter se le ocurrió que se podía recopilar en un mismo centro todo el conocimiento que el hombre había ido produciendo a lo largo de su existencia. Durante ese largo tiempo fue recogiendo el legado de centenares de hombres señalados por la naturaleza para guiar a sus semejantes por la senda del progreso. Durante siete siglos fue sorteando guerras, saqueos, incendios y terremotos, durante ese vasto periodo el empeño de unos pocos se impuso al afán devastador de muchos. Pero finalmente no pudo superar el odio y el ansia de destrucción de la mayoría, y sucumbió.

El mundo clásico heleno agonizaba. 
 
Fragmento de "Los libros de Alejandría", disponible en formato digital en Amazon.
Los libros de Alejandría

sábado, 26 de octubre de 2013

Regreso a Tánger.


Una mañana, ya con el otoño muy avanzado, me sorprendió una intensa lluvia a medio camino de la villa, en un paraje donde no había modo de guarecerse del súbito aguacero y por más que corrí cuando llegué al portal iba completamente calado.

Me abrió la puerta Alí, el del tarbush rojo, que sin apiadarse de mi aspecto me dijo:

- Mademoiselle n´est pas içi.

Le iba a responder cuando apareció madame Szabonyi envuelta en una vaporosa bata azul turquí, a medias desabrochada, luciendo la más espléndida de las sonrisas.

- ¡Querido Casimiro, cómo vienes!, ¡mein Gott!, estás empapado, ven conmigo enseguida. ¡No puedes quedarte así!

Me agarró de la mano y me arrastró escaleras arriba hacia la primera planta de la casa. Justo cuando subíamos los primeros escalones asomó el pájaro del cuco por su ventanita y la música que lo acompañaba me sonó distinta a otras ocasiones, como si fuera el preludio de algo importante.

Hasta entonces, en mis visitas no había pasado del jardín o la planta baja, y no conocía el resto de la villa. La condesa me condujo por un ancho pasillo recubierto de alfombras y adornado con lujosas alahílcas, cuadros, jarrones y esculturas, y me introdujo en la alcoba que se encontraba en el extremo opuesto.

- ¡Quítate la ropa! –ordenó-, tienes que secarte inmediatamente.

La habitación tenía un amplio ventanal que daba al jardín por donde se podía ver, a través de los visillos, que seguía jarreando como si alguien hubiera pisado los huesos de Anteo. Una enorme cama con dosel señoreaba en el centro de la alcoba dominando y apabullando con sus dimensiones a todos los otros muebles, veladores, cómodas, dos armarios con espejo, y varias sillas y sillones. Entre la mojadura y la carrera por el pasillo me había quedado un poco confuso, sin saber muy bien qué hacer.

Me espabiló la condesa con un grito que habría despertado a un cadáver:

- ¿¡Pero qué esperas!?

No aguardó mi reacción. Se abalanzó sobre mí y comenzó a desnudarme, o mejor, a arrancarme la ropa.

En un decir amén me quitó la chaqueta, la camisa y los pantalones, cuando me vi en ropa interior me entró un ataque de pudor e intenté resistirme pero no me fue posible. Con una energía inusitada me despojó de los calzones de felpa y me quedé como un querubín de los que pintaba Murillo.

Sin inmutarse por mi desnudez, cogió una toalla y comenzó a frotarme todo el cuerpo con la fuerza de un alabardero sacándole brillo a su lanza. Yo tenía diecisiete años y aquel vigoroso masaje me produjo una súbita y majestuosa erección. Al verme en aquella tesitura la condesa lanzó un grito desmedido, tiró la toalla, me lanzó a la cama de un empujón y dejó caer su bata mostrándose ante mis sorprendidos ojos tal y como la había visto unos años antes desde mi escondite, agazapado tras el macizo de adelfas del jardín. Sólo que ahora la tenía a un metro de distancia y además de aturdirme con la visión de su mata rubia, me embriagaba con el perfume a jazmín que desprendía todo su cuerpo. 

Durante unos instantes posó para mí, exhibiendo su figura rotunda y espléndida, orgullosa de mostrar su cuerpo de mujer madura. Satisfecha, arrogante y vanidosa.

Después se me abalanzó como lo haría una leona con su presa y me envolvió en su sensualidad.

Fragmento de "Me quedé en Tánger", novela que se desarrolla en Tánger durante el siglo XX,

Disponible en Amazon en digital y en papel.



ME QUEDÉ EN TÁNGER de [Molinos, Luis]

miércoles, 23 de octubre de 2013

Me quedé en Tánger.


- ¿Qué te parece esto?

- ¿Que qué me parece?, ¿qué me va a parecer?, que esto se acaba. Que adiós Tánger. Te lo vengo diciendo desde hace algún tiempo.

- ¡Ya estamos otra vez!, hombre, contigo no se puede hablar. Enseguida empiezas con tu pesimismo y así no hay manera. ¿Qué es lo que se va a acabar hombre? ¿Porque a un majareta se le haya ido el dedo en el gatillo ya se va a acabar todo? No, hombre. Habrá que castigar al responsable y ya está. Estos son hechos aislados que se pueden reconducir.

- Te digo que no. Se acabó. Y no es sólo por el tipo ese al que se le ha ido la olla. Eso en todo caso empeorará las cosas, pero sin la ayuda de ese idiota también se acabaría de igual modo. Esto ya ha tomado la pendiente de las cosas irreversibles. No va a ser mañana ni pasado, no, pero va a ir rápido. Vamos, que seguramente lo veremos nosotros. Esto es como una ampolla de cristal, cuando aparece una pequeña fisura y dentro hay mucha presión se rompe sin remedio. No hay manera de restañar la grieta, se va haciendo cada vez más grande y acaba por estallar. ¡Paf!, sin remedio.

- ¿Paf?, el que no tiene remedio eres tú. ¡Paf!, ¿pero qué ¡paf!? No va a pasar nada, aquí estamos bien. Ahora es cuando mejor estamos. No creo que haya muchos sitios en el mundo que estén tan bien como nosotros.

- Pues sí, tu y yo y cincuenta mil más. ¿Y qué?, hay varios millones que no quieren que esto se perpetúe. Ten en cuenta que estamos hablando de cuestiones de posesión, de pertenencia, de soberanía, de tú estás usurpando lo que es mío, de tú eres un puto extranjero que me has quitado mi tierra…

- ¿Un extranjero?, yo no soy un extranjero, yo llevo aquí toda mi vida. Mi madre está en Bubana, tus padres también, y tu abuelo. ¿Cómo se puede sentir nadie extranjero en la tierra donde están enterrados sus antepasados?

- Todo eso es muy conmovedor pero llegado el caso sirve de poco. Los muertos se quedarán y los vivos tendrán que irse. Por aquí pasó mucha gente, fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, portugueses, ingleses… ahora estamos nosotros, los tangerinos. Sería nuestra definición ¿no? No somos ni españoles, ni franceses, ni italianos. No somos ni de aquí ni de allí. Somos tangerinos.

Es bonito ¿no? Es bonito pero frágil. Nos creemos que estamos aquí desde siempre, que esto es nuestro, que Tánger es distinto y nosotros también. Pero no es así, aquí estamos de prestado, de paso. Sí, aquí estamos bien. Aquí se está bien. Se está bien pero no puede durar. Las raíces no son lo bastante profundas. Nos van a trasplantar amigo. Estamos de paso.

- Yo no, yo vine para quedarme.

- Eso es lo que dicen todos ahora, pero ya veremos cuando llegue el momento. Esto no ha hecho más que empezar. Ya me gustaría equivocarme pero…

Se nos había ido el apetito y se no pasó la tarde allí sentados, observando a los paseantes que iban y venían del Bulevar o cruzaban la Plaza de Francia. La noticia del incidente en el Zoco Chico se había expandido con rapidez pero parecía como si el impacto se hubiese amortiguado al chocar contra la gente. Como si se quisiera eliminar cuanto antes cualquier sobresalto o alarma ante sucesos tan extremos. Como si bastara ignorar la evidencia para que dejara de existir. Los jóvenes paseaban despreocupados, gastándose bromas como de costumbre, los hombres y mujeres caminaban a sus cosas con la misma displicencia de cualquier día. Era difícil imaginar desde aquel observatorio que se pudieran cumplir los presagios de René. 
 
Fragmento de "Me quedé en Tánger", novela disponible en Amazon, en digital y papel.

lunes, 21 de octubre de 2013

LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA


Pero el exilio no duró mucho tiempo, los acontecimientos se desarrollaban muy deprisa y los vientos no tardaron en volver a cambiar de dirección.

La guerra civil romana llegó a su punto culminante en la batalla de Farsalia. César respondió a las agresiones de sus enemigos cruzando el Rubicón y Pompeyo no quiso enfrentarse a él en la península itálica, atravesó el Adriático y preparó la lucha definitiva en Grecia. César venía de obtener un triunfo incuestionable en las Galias y se sentía invencible, no dudó en perseguir a su rival hasta donde éste se había acuartelado. Pompeyo disponía de un ejército muy superior en número al de César, más del doble en infantería y siete veces más numeroso en caballería, además había preparado con tiempo el escenario de la batalla y estaba aguardando a su enemigo, parecía que tenía todos los ases para conseguir la victoria. Pero una vez más se puso de manifiesto el genio militar del gran caudillo romano. Las legiones de César estaban compuestas por los veteranos que habían conquistado las Galias, hombres curtidos, disciplinados, aguerridos y valerosos, todos confiaban en su general y le obedecían ciegamente. Mil brazos con una sola cabeza. César prefería pocos avezados antes que muchos inexpertos y el resultado de la contienda refrendó su planteamiento. Su inferioridad numérica no fue obstáculo para obtener una aplastante victoria. Desplegó una brillante estrategia sustentada en la movilidad y rapidez de acción de sus legiones, y consiguió un triunfo fulminante, le bastaron poco más de dos horas para destrozar las tropas enemigas. Diez mil pompeyanos sucumbieron en la batalla por apenas unos centenares de cesarianos. Mientras César combatía espada en mano al frente de sus hombres, Pompeyo huía del campo de batalla desamparando a sus tropas, que sufrieron una derrota total. Al abandonar la contienda buscó refugio en Egipto, sin duda pensó que puesto que allí le debían muchos favores, aquél era el sitio ideal para guarecerse y reorganizar su ejército.

Pero las circunstancias habían cambiado radicalmente en las pocas horas que duró la lucha. Pompeyo venía de perder la guerra y sabido es que a los fracasados les desaparecen pronto los amigos. Las noticias de la severa derrota se adelantaron a su embarcación. El consejero del faraón, el eunuco Potino, pensó que lo más conveniente era estar al lado de los vencedores y que la presencia de Pompeyo no podía traerle más que complicaciones. Dio órdenes a sus esbirros para que lo ejecutaran nada más poner pie en tierra, y en cuanto desembarcó fue acribillado a puñaladas mientras su mujer, Cornelia, observaba la escena horrorizada desde la cubierta de la nave. Por si quedaba alguna duda, después de acuchillarlo le cortaron la cabeza. El eunuco pensaba que ofreciéndole ese regalo a Julio César se ganaría u favor.

Se equivocó. Cuando César entró con sus legiones y se enteró de que Pompeyo había sido ajusticiado montó en cólera, nadie más que él tenía derecho a disponer de la vida de un cónsul romano.
Entonces Cleopatra volvió a dar muestra de su inteligencia y astucia.

Fragmento de "Los libros de Alejandría", novela histórica disponible en Amazon en formato digital.

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LOS LIBROS DE ALEJANDRÍA de [Molinos, Luis]


lunes, 14 de octubre de 2013

Me quedé en Tánger.


Cuando me dijeron que Estrella se marchaba no me lo creí. Fui a hacerle una visita convencido de que no era posible lo que me habían contado, y me la encontré en el jardín, al lado de un gran bidón llameante. Tiraba en su interior papeles, documentos, cartas y fotografías. Tenía tristes los ojos. 

- Pero entonces –dije incrédulo-, ¿es verdad?

- Si preguntas si me voy, sí mi rey, me voy. Nos vamos todos.

- Me lo dijeron y no lo creía, por eso vine.

- Pues ya ves, mi bueno –dijo con voz entrecortada-, casi no me lo creo ni yo, pero es verdad.

Dejó de arrojar papeles al interior del bidón y se quedó mirando al Estrecho.

- Sesenta años llevo mirando este mar y los montes de España y ahora los voy a cambiar por no se qué.

- Pero no puede ser. ¿Por qué?

- Esto ha cambiado, mi rey. Nada será ya como antes. Yo por la edad me arriesgaría a quedarme pero Luna es joven, tiene mucha vida por delante. Ella y su marido no tienen ninguna duda, se han decidido a irse, y claro, nosotros vamos detrás. Mis dos nietos tiran mucho.

- Pero ¿por qué?, vosotros lleváis aquí mucho tiempo.

- ¿Mucho?, mi abuelito construyó esta casa. En ella nació mi madre, en ella nací yo y en ella nació Lunita. ¿Te parece mucho?, mi papá decía que mis ancestros llegaron en el siglo XVI, cuando los expulsaron los Reyes Católicos. Tal vez exageraba un poquito pero en cualquier caso llevamos muchas generaciones.

- Pues entonces, ¿por qué os vais?

Estrella rompió a llorar.

- No lo sé mi rey, no lo sé –balbuceó entre sollozos-, por los niños, por el futuro. Esto cambió, mi bueno, ¿no lo viste? Ya nada será igual. Se acabó Tánger, se acabó la Zona Internacional, ahora todos iguales, kif kif, ¿todavía no te convenciste?, ya derogaron también la Carta Real, nada nos quedó, habrá nuevos impuestos, nuevas normas, nos quitarán lo que tenemos. Se nos cayó el mazzal. Es mejor irse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. No quiero acabar en el Mellah.

- ¡Pero Estrella!, aquí nunca hubo Mellah, ni antes del Estatuto ni en los siglos anteriores, es la única ciudad de Marruecos donde los judíos siempre vivieron donde quisieron, sin tener que estar recluidos en sus barrios.

- Sí, ¿pero quién garantiza que no va a pasar ahora?, todo cambió, esto se hunde, hay que salvar lo que se pueda. Es mejor marchar cuando estás a tiempo. El marido de Luna estuvo en Venezuela y vio la posibilidad de iniciar allí un negocio. Dice que el país está creciendo mucho y tiene un gran futuro. Nos vamos a Caracas. Con el corazón desgarrado, mi bueno, pero nos vamos.

- ¿Y la casa?

- Se la dejo a mi primo Isaac para que intente venderla. Ahora todo será más difícil, ya han empezado a bajar los precios y bajarán más. Va a haber mucha oferta y la gente se esperará a que sigan bajando. Wó, wó, mi vieja casita, ¡cómo la voy a echar de menos!, mis jazmines, mi Estrecho, mi levante…, c´est la vie, mon Vieux…, por los niños, hay que darles un futuro. Ya está decidido, la semana que viene cogemos el barco.

- ¿En barco?, no son muchos días.

- Sí, ¿y qué?, el avión m´espanta, mi bueno. En el barquito iremos mejor. Así podré ver durante más tiempo mi Tánger querido. Veremos cómo se va perdiendo poco a poco en la distancia, mi rey. Se me quedará en la retina para siempre.

- Pero…

No se me ocurría nada. Pensaba que la gente se alarmaba sin motivo, que se estaba produciendo un temor general injustificado. No hacía más que preguntarme: ¿Pero por qué se van?

La vida no es lineal, no podemos ir siempre hacia arriba, es como un tobogán, tiene altos y bajos, ahora había tomado una cuesta descendente, sí, ¿y qué?, no había que preocuparse, ya volveríamos otra vez a ascender, era cuestión de tener un poco de paciencia, seguro que llegarían de nuevo los buenos tiempos.

Fragmento de "Me quedé en Tánger", libro disponible en Amazon.

Opiniones de lectores
el 27 de noviembre de 2014

4.0 de un máximo de 5 estrellas Y viva Tánger 3 de enero de 2013
Formato:Versión Kindle
Otra buenísima novela de Molinos sobre Tánger, esta va de finales del siglo 19 hasta los años 70 del siglo 20. Es como estar allí y vivirlo todo, si eres oriundo del norte de Marruecos es como oir los cuentos de tus padres o de tus abuelos. La recomiendo con El salto del caballo verde (Spanish Edition). De lectura amena , no quieres dejar estos dos libros hasta acabarlos.

http://www.amazon.es/Me-qued%C3%A9-en-T%C3%A1nger-ebook/dp/B008R0DWGY/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1381766914&sr=8-1&keywords=me+quede+en+tanger


En digital.
ME QUEDÉ EN TÁNGER (Spanish Edition)

En papel.